Los delicados dedos de Pandora se deslizaban por el instrumento, creando una dulce melodía que comenzaba a provocarle sueño. Se encontraban en el templo de Hades, pasando un agradable momento con los dioses gemelos y los jueces. Orfeo se había marchado luego de haber tocado por unas horas, deleitándolos a todos con hermosas tonadas.
—Me gusta mucho —sonrió Tenma, ganándose una tierna mirada de la chica. Él se encontraba sobre el regazo de Hades, quien a su vez, estaba cómodamente sentado en su trono. Cerberos se mantenía en su forma pequeña a un costado, durmiendo pacíficamente sobre un cojín.
—Tal vez el pequeño príncipe herede el talento natural del señor Hades para tocar piano —comentó Radamanthys. Sus párpados seguían sin abrirse, al igual que el de casi todos los presentes. Y es que de esa manera, podían sentir mejor el cosmo del pequeño que venía en camino. Aquello, acompañado con la sublime melodía, era como estar en el cielo.
—Solo espero que no sea tan travieso como su otro padre —agregó Thanatos, arqueando una de sus cejas. Tenma soltó una risa, murmurando un no me arrepiento de nada al recordar todas las travesuras que le hizo al dios de la muerte.
—¿Te han violado las ninfas otra vez? —Aiacos jamás iba a superar eso, la expresión del gemelo había sido épica.
—Lamentablemente no tenemos artefactos del mundo humano, porque podríamos haberte fotografiado —y Minos era el que le seguía, burlón. El cosmo de Thanatos pareció agitarse, oh iba a matar a esos jueces buenos para nada.
—No sean niños —intervino Hades, mas parecía entretenido. Seguramente si querían matarse ahí para llegar nuevamente a su reino no intervendría.
—Arruinan la melodía —acusó Hypnos, aunque pronto su hermano le miró ceñudo.
—Todo es tu culpa —le gruñó.
—¿Por qué mía? Yo soy el encargado de velar por nuestro Regente, lo cual significa verificar que todo lo que haga le salga perfecto —le mostró una perfecta sonrisa falsa, aguantándose una carcajada cuando Thanatos formó una mueca de indignación.
—Tú no eres mi gemelo —bufó, rodando los ojos—. Eres un vil cómplice, deberías ir al Tártaro.
Los hermanos se sostuvieron la mirada como si esperaran que uno cediera primero, y hubieran seguido así por largo rato de no ser por la carcajada que resonó por todo el templo. Tenma estaba que sujetaba su estómago, incluso sus ojos rojizos brillaban entre diversión y felicidad.
—Tendrás una familia demasiado peculiar —le habló a su vientre una vez se calmó, posando una de sus manos allí. Una gran sonrisa se extendía por sus labios, e incluso Pandora dejó de tocar en ese instante.
El Inframundo jamás había sido testigo de tan hermoso sonido como lo fue aquel, y dentro de poco tiempo llegarían llantos y risitas infantiles. Los presentes, sin una explicación aparente, sintieron un nudo en su garganta con solo oír la palabra familia. Tenma los consideraba una y los tenía en su corazón, en un rinconcito de ese órgano vital, algo que realmente agradecían.
—Creo que es hora de descansar, mi príncipe —susurró Hades, encantado con su consorte. Tomó su manito y besó el dorso, sonriendo de lado al notar la mueca de berrinche de su chico.
—Pero quería escuchar un rato más —se quejó, tomando el rostro de su esposo para depositar un tierno beso en sus labios.
—Me estás chantajeando —afirmó con un ligero tinte de diversión, ganándose una fingida mueca inocente de parte del castaño.
—Mi señor —intervino Hypnos, quien parecía estar algo inquieto—, por mi parte, debo ir a revisar algo en los Elíseos —en parte verdad, en parte mentira. Había sentido una extraña presencia que antes pasó desapercibida por estar entretenido en el cosmo de su futuro señor.
—Estamos… estoy en peligro, ¿verdad? —preguntó Tenma con una sonrisa floja. Ya sabía que algo así pasaría. Hades era un dios peculiar, prefería la oscuridad de su reino a subir al Olimpo. Muchos lo tachaban de ser un ente malvado, sin corazón y dispuesto a sacrificarlos a todos, tan solo por ser el Rey de la muerte; sin embargo, era todo lo contrario.
Con el paso del tiempo a su lado, el castaño comprendió que Hades vivió muchos años solo —por no decir la eternidad. Por eso mismo, se le hacía muy difícil identificar emociones y sentir otras. Además, sus ojos azules reflejaban la pureza de todo su ser. Era uno de los dioses más justos y puros que podrían llegar a existir. Y eso, nadie lo veía, nadie más que él. Porque estaba seguro que ni la mismísima Athena sería capaz de pensar de esa manera, con lo paranoica que se encontraba.
El caballero ya lo había pensado. Por ese hecho era muy probable que las demás divinidades desconfiaran de él y quisieran levantarse en su contra, sin entender sus simples deseos de formar una familia y quedarse allí, como siempre. Toda la eternidad en su reino, lleno de recursos, riquezas y calidez por los nuevos integrantes.
—No debería preocuparse por eso, mi señor —Pandora se levantó de su lugar, al igual que los gemelos y los jueces, cuando Hades y Tenma lo hicieron. Se acercó al castaño, rodeándolo en un cálido abrazo que fue correspondido casi al instante. El chico pareció relajarse un poco con ello, y es que hasta el perfume de la joven lo tranquilizaba. Era su madre, su hermana y su todo, no se cansaría de pensarlo—. No le hará bien al bebé —susurró, acariciando los cabellos marrones.
—Pero, de todas maneras, lo mejor es que no te alejes demasiado de Giudecca —para sorpresa de todos, el que habló fue Thanatos—. Mi señor ya debe saberlo, pero para aclararlo, lo diré. Usted ya es inmortal, por lo que no necesitará del cosmo de Hades-sama.
—Lo cual significa, que el bebé se formará con ayuda de su propio cosmo. Por eso mismo estará débil hasta el día del nacimiento —siguió Hypnos. Sus sospechas habían sido confirmadas cuando, esa mañana, el castaño casi se desmaya en uno de los tantos pasillos del castillo.
—¿Demasiado? —repitió Tenma, deseando en el fondo que no fuera lo que estaba pensando. Pandora se había hecho a un lado, su cintura siendo rodeada por uno de los brazos de su gobernante.
—Las prisiones, los lagos, ríos o cualquier parte del Inframundo que no esté cerca de aquí —Minos no quería ser quien diera la mala noticia, pero no había de otra, puesto que nadie parecía dispuesto a decirle aquello.
—¿Por qué? ¿Acaso debemos temer en nuestro propio territorio? —no quiso sonar duro, pero su voz exigía una clara respuesta. Hades, a su lado, no pudo evitar sonreír ligero, negando un par de veces. La sangre de guerrero seguía corriendo por las venas del caballero, siendo mezclada, ahora, con la de gobernante.
—No. No hay lugar más seguro que este para ti —intervino el dios—. Pero los dioses tienen muchas artimañas, y estoy seguro que vamos contra la mayoría… si no es contra todos. Por eso mismo, deseo que estés seguro. ¿Lo harías por mí?
—Pero… —suspiró, frustrado. Su esposo tenía razón, pero eso no hacía que estuviera de acuerdo. Solo atinó a asentir, sin duda lamentaba el asunto. Él llegó a amar hasta las partes más horribles del lugar, su propio cosmo parecía ser un ying-yang— ¿Al menos podré ir a los Elíseos? —cuestionó bajito.
—Las veces que quieras —respondió Hypnos con suavidad, dándole una tierna mirada antes de volver a su expresión neutral, dirigiéndose a su señor—. Hades-sama, si me permite, debo retirarme —la urgencia en su voz supo ser ocultada.
—Pueden volver a sus asuntos —contestó, recibiendo una reverencia por parte de los gemelos. El rubio desapareció primero, y Thanatos se tomó su tiempo.
—Las veces que quieras —repitió las palabras de su hermano—, pero tienes prohibido echarle droga a mi vino —le guiñó el ojo cuando el castaño rió y desapareció. Al menos consiguió su objetivo, volver a colocar una sonrisa en los labios de su príncipe.
—¿Desea algo más, mi señor? —cuestionó Radamanthys, observando a ambos gobernantes. Realmente se veían imponentes allí, a un lado del trono con Cerberos a su lado. El solo hecho de saber que aquel dulce perrito podía convertirse en una bestia feroz de tres cabezas, era suficiente para hacer volar la imaginación.
—No, pueden seguir también. Eso sí… —Hades pareció recordar algo— ¿Saben algo de él? —preguntó, y tal vez de forma inconsciente, su mirada se volvió más filosa.
—Ni un reporte. Al parecer aún no encontró lo que buscaba —respondió Aiacos, solemne como siempre.
—Ya veo. Vuelvan a sus obligaciones —ordenó, recibiendo una sonora afirmación antes de que los tres jueces desaparecieran en un oscuro destello.
—Iré a ver a nuestras criaturas —murmuró la chica. Por alguna razón, tenía un mal presentimiento.
—Está bien, por favor cuídate —le regaló una dulce sonrisa. Tomó la mano de Pandora y depositó un beso en ella, al igual que Hades. La joven les dedicó una última mirada y, luego de hacer una reverencia, se alejó con tranquilos pasos hasta desaparecer en un remolino morado.
Hades le tomó de la cintura y lo abrazó, dándole un tierno beso que no tardó en profundizar. Tenma suspiró en medio del contacto, deslizando sus manos hasta rodear el cuello de su poderoso esposo, pegándose a él. Pero cuando ambas lenguas se entrelazaron, sintió como si su mundo diera vueltas, el piso desapareciera y una sensación extraña se instalara en su estómago.
—Nh…odio cuando haces eso —se quejó cuando el beso se rompió. Y es que al abrir sus párpados se encontró en su habitación, Hades los había teletransportado.
—No quería caminar, además, no oí que te quejaras antes —sí, se estaba burlando. Tenma le dio un codazo, intentando separarse del abrazo; sin embargo, su contrario no lo permitió, apretándolo aún más contra su cuerpo.
—N-no…no quiero ahora ah —apretó sus labios, sus mejillas volviéndose rojas ante el gemido que soltó y no pudo reprimir. El dios había empezado a besar su cuello con suavidad, causándole escalofríos con su cálida respiración.
Las manos del castaño quedaron apresadas, puesto que las había colocado en el pecho del pelinegro para detenerlo, y ahora, no hacían más que estar quietas, sin ejercer fuerza alguna. Débiles sonidos escaparon de los labios del ex pegaso cuando Hades bajó un poco más, mordiendo su sensible piel mientras sus manos se movían inquietas, deshaciéndose poco a poco de la túnica azul eléctrico que portaba el regente.
—Puedes quejarse después, ¿sí? Disfrútame —la voz de la deidad se oyó hipnótica, como un siseo. La espalda de Tenma terminó chocando contra el suave colchón y sus prendas se deslizaron hasta su cintura, dejándole expuesto hacia arriba.
—Eres un tramposo. Nunca…nunca me…a-ah…Hades —gimió bajo, arqueando ligeramente su espalda. El pelinegro había posado sus labios en uno de sus pezoncitos, chupándolo despacio a la par que movía su lengua, dando toquecitos hasta dejarlo duro.
Pasó a su otra tetilla, las manos de Tenma yendo justo a sus oscuros cabellos, enredando sus dedos en ellos mientras abría un poco sus piernas, permitiendo que su esposo se posicionara en medio de ellas. Hades sonrió por lo bajo, sabiendo que su chico estaba más sensible debido al embarazo.
Dejando un camino de húmedos besos, descendió hasta la entrepierna del castaño. Éste contuvo la respiración, removiéndose incómodo cuando el pelinegro besó su miembro erecto por sobre las ropas. Una y otra vez, fue repartiendo más y más besos, provocando que Tenma se quejara bajo, moviendo sus caderas de forma sistemática contra la boca de su dios.
—Mmh… ¿sigo siendo un tramposo? —preguntó burlón, pasando a deslizar su lengua por todo el largo de la erección ajena. Poco a poco, las ropas del castaño se humedecieron, remarcando su duro genital. Éste gimió agónico y, en un acto que tomó por sorpresa a Hades, se levantó.
Utilizó su propio peso para dejar al dios debajo de su cuerpo, sentándose sobre las caderas de éste. Tenma se encontraba con la respiración agitada, sus mejillas arreboladas de un fuerte color rojo y la excitación a flor de piel. Jamás había hecho aquello, en realidad, el pelinegro terminaba ganando los juegos; sin embargo, en esa ocasión, sentía como si sus hormonas lo estuvieran dominando, sin poder detener sus propias acciones.
No estaba pensando.
—Lo eres —jadeó, mordiendo su labio inferior. Ante la oscurecida mirada de su dios, desató la túnica de éste, acariciando el pálido pecho. Sus caderas se movieron sobre la erección de Hades, frotándose contra él mientras acariciaba su dermis, quitándole la prenda con algo de prisa—. Ah…ah…ah amor...nh —gimoteó bajo, el deseo de querer sentirle en su interior creciendo de forma abismal.
Hades tomó las caderas del castaño, obligándole a levantarse un poco para quitarle por completo la túnica, dejándolo desnudo y aprovechando para hacer lo mismo con sus ropas. Sentía su erección palpitar con fuerza, y es que esos movimientos lo habían puesto más duro de lo que ya estaba.
Flexionó sus piernas e hizo que su marido volviera a sentarse en sus caderas, con la diferencia de que esta vez, colocó su miembro en medio de sus nalgas. Tenma jadeó bajo por la sensación, temblando cuando las manos de su esposo comenzaron a recorrer su cuerpo con fascinación.
—Gh… —gruñó, ayudándole con el movimiento al frotarse en medio de su trasero. Colocó un par de dedos en los labios del castaño, haciendo que éste abriera su boca y los aceptara en su húmeda cavidad, chupándolos de una forma tan erótica, que arrancó un ronco sonido de la garganta de la deidad— Eso… es, ven —casi ronroneó, retirando sus dígitos cuando los sintió lleno de saliva.
El menor se apoyó mejor en el pecho de su pareja y elevó sus caderas, intentando mantenerse así cuando sintió el primer dedo explorar su interior. Sin poder evitarlo, se movió un poco, puesto que de esa manera su propio miembro se frotaba contra el estómago de Hades, encontrando algo de alivio.
—Más…uhnn rápido —pidió cuando el segundo dígito se adentró, y el pelinegro tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no estamparlo contra la cama y darle como quería. Su propio vientre se contrajo por la sensación que le provocaba la erección del castaño.
Para cuando le sintió listo, retiró sus dedos y le tomó de la cintura, indicándole que se auto-penetrara. Él le miró con sus rojizos orbes brillantes y su cabello despeinado, asintiendo al instante. Poco a poco, fue sentándose en su miembro. La punta se abrió paso y lentamente llegó al final, siendo apresada por las paredes de carne.
—Bien…ah mi príncipe —jadeó, la visión que tenía era por demás erótica. Hades acarició los muslos de su niño y parte de sus brazos, llegando a su espalda. Hizo que se inclinara hacia delante, atrapando sus labios en un apasionado beso que provocó húmedos sonidos.
Sin separarse y con sus lenguas encontrándose, Tenma comenzó a moverse de atrás hacia adelante para acostumbrarse. Tan solo lo hizo por unos minutos, ya que no pudo soportarlo mucho más. Sin previo aviso, rodeó el cuello de Hades cuando éste se sentó, y comenzó a subir y bajar. Con cada subida, llegaba hasta la punta, y con cada bajada, dejaba caer todo su peso.
Hundió sus dedos en las hebras oscuras, pegándose por completo al cuerpo de su dios. Éste gruñó en medio del beso, separándose solo para hundir su rostro en el cuello de Tenma, repartiendo mordidas y lamidas, junto con algunos chupones que dejarían marca.
La temperatura de la habitación se elevó y los gemidos, gruñidos y jadeos, retumbaron en las cuatro paredes. El castaño podía sentir cómo el miembro de su esposo palpitaba en su interior, creciendo y adaptándose a su tamaño. Un gemido lastimero escapó de su garganta, pidiendo más y más.
—¿Qu-…? ¡Aaaah! Ah ah ah nnnh —gimió más fuerte, no pudo evitarlo. La punta de la erección de Hades había golpeado directamente su punto sensible, provocándole una corriente eléctrica. Incluso algo de líquido pre-seminal se deslizó por su glande, manchando el estómago de su contrario.
—T-tch…agh, m-muévete…más, Tenma —soltó su nombre en medio de roncos sonidos, él también lo había sentido. Apresó de mejor manera las caderas del castaño e hizo que se moviera a gusto, golpeando una y otra vez la zona erógena de su esposo.
Las respiraciones de ambos se agitaron aún más, y el cuerpo del castaño tembló. No aguantaría demasiado, se sentía condenadamente bien. Y para cuando los labios de Hades se hundían nuevamente en sus tetillas, mordiéndolas mientras apretaba sus glúteos una y otra vez, llegó a su límite.
Con un último y agónico gemido derramó su esencia en el vientre ajeno, apretando la erección de su esposo con fuerza. Éste dio unas últimas estocadas con dificultad, llegando al orgasmo momentos después, derramándose en su interior luego de soltar un ronco gruñido.
—Te amo… —susurró, recuperando parte de su respiración. Hades hizo un débil sonido por respuesta, moviéndose sin prisas para acomodar a su esposo en las mantas, saliendo de su ser con suavidad. Tenma jadeó un poco por la sensación, aferrándose al torso del dios apenas éste se recostó a su lado— ¿Estarás aquí cuando despierte? —preguntó débilmente, cerrando sus párpados cuando sintió las suaves frazadas cubrir su cuerpo desnudo.
—Por supuesto —respondió, un tinte dulce notándose en su voz. Acarició la espalda ajena, recibiendo a cambio un adorable sonido que más bien, pareció un ronroneo. Hades rió—. ¿Eres un gato?
—Déjame —se quejó, formando una sonrisita antes de frotar su mejilla contra el pecho de su esposo, soltando un último suspiro para, seguidamente, sucumbir por el sueño y el cansancio.
—Nunca —musitó, a pesar de saber que no le escucharía y de que no lo había dicho en ese sentido. Hundió su nariz en los castaños cabellos y aspiró su aroma, apretándolo en un fuerte abrazo.
Nunca lo dejaría, y no permitiría que el miedo cegara sus acciones. Debía protegerlo, debía proteger al regente del averno, costara lo que costara. Su hijo nacería y nadie lo impediría.
Nadie.
[…]
Athena mantenía su expresión serena, sentada en el trono del salón del Patriarca. No así sus caballeros, quienes tenían sus mandíbulas desencajadas luego de escuchar semejante noticia. Frente a ellos, Circe y Medea esperaban con impaciencia una respuesta.
—No.
La voz de la diosa resonó con imponencia. Ambas hechiceras abrieron sus párpados con sorpresa, había creído que aceptaría sin más. Después de todo, era la más paranoica con los temas que estaban enredados con el Inframundo. Circe fue la primera en reclamar, indignada:
—¿De qué estás hablando? ¡Ese chiquillo nos destruirá a todos! —rugió, dando un paso hacia delante. Seiya, quien estaba más cerca de Saori, hizo lo mismo por instinto, dando a entender que la protegería de ser necesario.
—Las profecías siempre serán cumplidas. Si intervenimos, solo será peor —habló con calma, sosteniendo a Nike con firmeza. No por nada era la diosa de la sabiduría, a pesar de que los sentimientos humanos interfirieran en ello la mayor parte del tiempo—. Por eso mismo el Santuario, la Tierra —aclaró—, se mantendrá alejada de todo conflicto.
—¿Te mantendrás como una espectadora? —cuestionó Medea— ¿No ayudarás al Inframundo?
Los de bronce observaron a su diosa. Si bien, aún estaban impactados por la noticia, creían que lo mejor sería brindar ayuda a Hades de ser necesario. ¡Eran todos los olímpicos por una inocente vida!
—Me mantendré neutral, no es un asunto que me concierna —una vil mentira. El solo hecho de que Seiya fuera la reencarnación de Tenma, lo hacía de su incumbencia; sin embargo, era ahí cuando su humanidad intervenía. Ella no quería exponer a su caballero, y egoístamente, estaba cerrando sus puertas al Averno aún cuando nada estallaba.
—Señorita Saori —Shiryu fue el que habló, sorprendido por sus palabras. Era cierto que los dorados seguían en el monolito, pero los tenía a ellos y a los caballeros de plata, no podía simplemente responder aquello. Pero la joven hizo oídos sordos, levantándose del trono.
—Espero que mi decisión sea respetada. Como ya saben, es imposible que me expulsen del Olimpo, puesto que mi reino está aquí —esclareció, manteniéndose firme. Conocía las artimañas de esas brujas, no podía flaquear.
—Poseidón no ha dicho lo mismo —siseó Circe—. Solo eres una cobarde.
—Más respeto —intervino Hyoga, frunciendo el ceño—. Se ha negado la ayuda, será mejor que se larguen —y no, no tenía delicadeza.
—Lo van a lamentar —apuntó la hechicera, observando con intensidad a Seiya. Éste hizo una mueca, incómodo.
—Tus ojos alejados si no quieres perderlos —advirtió la diosa, y como si lo necesitara, Nike emitió un ligero brillo amenazante.
—¡¿Y tú crees que podrás mantener a tu caballero a salvo?! —soltó una escalofriante carcajada y, antes de que pudieran reaccionar, soltó una bola de energía directo al Pegaso. En su mirada se notó un odio infinito, y es que le hacía recordar a Tenma, ese maldito que se atrevió a robarle a su dios.
Pero no importaba que no hubieran reaccionado, puesto que unas hábiles cadenas rodearon al guerrero, impidiendo que aquello le dañara. Shun hizo brillar su cosmo, y a pesar de que se sentía cálido y puro, se pudo notar lo poderoso que era. Circe estuvo dispuesta a formar un ataque allí mismo; sin embargo, Medea intervino a tiempo.
—Lamentamos mucho la intromisión, si esa es la respuesta —habló apresurada, tomando a su tía con firmeza para desaparecer del Santuario, puesto que la mirada de Athena se había afilado de una forma impresionante. Jamás la habían visto enojada, y no querían ser las primeras. Al menos, Medea no.
—Seiya, ¿estás bien? —preguntó Andrómeda con preocupación, acercándose a su compañero. El nombrado asintió, agradeciendo bajo.
—Debemos ayudar al Inframundo si lo necesitan, es uno de nuestros antiguos compañeros —habló, observando a su diosa. Pero ella no parecía estar dispuesta a devolverle la mirada.
—Seiya tiene razón. Mi maestro le conocía, me ha hablado de él —agregó Shiryu, y es que además, muchas veces había oído a Dohko hablar con alguien en los cinco picos.
—Esa ha sido mi última palabra —cortó cualquier otro intento de convencerla—. No quiero que ese tema vuelva a mencionarse, es una orden directa de su diosa —le dolió decir aquello, se sentía como una tirana; sin embargo, tenía que hacerse.
Volteó, adentrándose a sus aposentos para no oír más. Sus caballeros se observaron entre sí en un gesto de negación, mientras Seiya sentía un vacío formándose en su pecho. ¿Por qué algo le decía que todo terminaría mal? Tenía miedo, un miedo desconocido y unas ganas inexplicables de bajar al Averno. Él quería ayudarlos, debía ayudarlos.
—Será mejor que volvamos a nuestros puestos, no sabemos si ellas volverán —Hyoga salió del salón, ocultando muy bien su decepción. Lo mejor sería intentar comprender a la mujer que les guiaba, puesto que ella era su diosa.
Los demás asintieron, siguiendo los pasos del cisne. A la par que el pegaso, por alguna razón, tocaba su corazón. Su brillo estaba apagándose sin que pudiera percatarse.
[…]
El tiempo pasaba lentamente en el Inframundo, y a pesar de sentir que una sombra seguía todos sus movimientos, se mantuvieron firmes. Tenma ya poseía una pancita de dos meses, la completa adoración del señor del Averno y de todos sus súbditos. No había espectro que no quisiera a su regente, estando encantados cuando éste paseaba cerca de sus puestos.
—¡Pero mi señor! ¡Debemos volver, es peligroso! —chilló Zeros, moviéndose rápidamente mientras veía a su alrededor con desconfianza.
—Tranquilo, no pasará nada. Solo es el jardín de Perséfone —negó divertido, sentándose bajo la sombra de un frondoso árbol. Zeus había bajado para aclararle a Hades que no se metería en todo aquel lío, y que era imposible hacer entrar en razón a las demás deidades. Y para cuando oyó que el rol de Athena en la guerra que se avecinaba era dudoso, decidió salir a tomar aire fresco.
Realmente no se sentía preparado para afrontar la manera de ser de la diosa de esa Era. Saori era muy diferente a Sasha, acababa de confirmarlo. Su amiga, su hermana, habría dado todo por protegerlo aún si era una simple reencarnación. No así la joven Kido, quien prefería abrazar su presente, proteger al caballero que en esos momentos portaba la armadura de Pegaso.
—Supongo que está bien —suspiró, acariciando algunos pétalos de las flores que crecían a su alrededor—. Después de todo, ya no pertenezco a su orden. Ni ahora, ni nunca —soltó en un tono amargo. No bastaba con que la Tierra y el Inframundo se llevaran de perros, ahora se enteraba de que la Athena actual no le quería ni en pintura.
Resopló. Al menos agradecía que Zeus hubiera podido advertirles. Lamentablemente Hera lo tenía bien vigilado y fue muy difícil que pudiera bajar a ver a su hermano favorito, las cosas estaban realmente mal.
—Tal vez debimos traer a Cerberos —Zeros seguía murmurando cosas por lo bajo.
—Creo que estás muy paranoico. No me pasará nada aquí —rió ligero. Y pensar que esa cosita fea lo había pateado en la anterior guerra santa. Lo que era el perdón.
—¡Hades-sama dijo que no se alejara demasiado! —exclamó. Él, como todo buen sirviente, había seguido al príncipe apenas le vio salir. Lástima que si de un enfrentamiento se trataba, no podría hacer mucho que digamos.
Tenma, quien con el pasar de los años tuvo que aprender el significado de la paciencia, tomó aire con lentitud. Frunció ligeramente el ceño dispuesto a decirle que dejara de romper la tranquilidad del lugar con sus gritos; sin embargo, todo sonido se ahogó en su garganta.
Un enorme agujero negro apareció en el árbol e inevitablemente, al haber estado apoyado en él, el castaño terminó cayendo de espaldas. No tuvo tiempo de reaccionar, puesto que el portal le succionó con tal fuerza y rapidez, que ni sus reflejos fueron suficientes.
La flor que estuvo sosteniendo perdió sus pétalos al ser soltada y lo último que Tenma logró oír fue el sonoro grito de Zeros. Lo que le siguió a ello fue la completa oscuridad, e incluso el Inframundo pareció apagarse de golpe.
Su regente ya no estaba.
[…]
Su armadura relucía con cada paso que daba y sus pasos resonaban en los estrechos pasillos. Su mirada, violeta y fiera, se mostraba inquieta, con un temor imposible de ocultar. Frenó su andar e hincó su rodilla en el suelo, bajando su cabeza en señal de respeto. Apenas supo que Zeus se retiró al Olimpo bajó al Inframundo, puesto que su misión había finalizado.
—Te estábamos esperando —comentó Pandora, a un lado de Hades—, Kagaho del Bennu.
