Título: La historia del Sombrerero
Rating: T
Fandom: Alice in Wonderland
Pairing: Alice/Tarrant
Status: En progreso
Disclaimer: Alice in Wonderland pertenece a sus respectivos dueños. Sólo escribo por placer y sin fines de lucro.
"¿Have you ever seen the picture of a much?"
Mallymkum, the Dormouse
Capítulo 5: Mi muchosidad
Comencé a encogerme aún más y el Sombrerero me levantó por la cintura metiéndome en una tetera de porcelana con rapidez.
-Cuidado con tu cabeza- susurró mientras le ponía la tapa a la tetera. Ahora mi vestido era tan enorme que me tapaba por completo. Cuando pude salir de entre los pliegues de tela azul, me puse de pie y empecé a golpear la tetera.
-¡Déjame salir!
A falta de respuesta, me quedé en silencio cuando escuché la voz de un hombre diciendo mi nombre.
-Estamos buscando a la chica, llamada... Alicia.
-Hablando de la reina, aquí hay una pequeña canción que cantábamos en su honor- dijo el Sombrerero, desviando el tema. Se puso a cantar junto con sus amigos.
-Twinckle, twinckle, little bat, how I wonder where you´re at. Up a...
Fue interrumpido por el hombre desconocido para mí que habló de nuevo.
-Si la están ocultando, perderán la cabeza- amenazó.
-Ya la perdimos- dijo el Sombrerero con su voz entrecortada y yo no pude evitar sonreír al comentario. Era obvio que habían perdido la cabeza hace mucho tiempo.
-¡Ahora todos juntos!- exclamó Tarrant y todos retomaron la canción.
-Up above the world you fly, like a tea tray in the sky, Twinckle, twinckle, twinckle, twinckle.
Lo siguiente que oí fue el olfatear de un perro, la exclamación del Sombrerero y después un gruñido. Traté de asomarme por el agujero del pico de la tetera, pero este se oscureció, supongo que algo lo había tapado. Entonces, él le dijo a alguien que yo no podía ver lo que me había dicho a mí hace un rato.
-Fina Damesa Cabazota.
No supe hasta bastante después que había sucedido allí, pero de repente un perro comenzó a ladrar y el hombre desconocido ordenó que siguieran a un sabueso. Me di cuenta de que había un perro que había estado olfateando para encontrarme.
-Están todos locos- agregó el hombre que yo no conocía.
-Muchas gracias- contestó la liebre, halagada.
Y seguido a esto, escuché una taza romperse. El Sombrerero abrió la tetera y cuando se dio cuenta de que yo estaba desnuda porque mi vestido me quedaba grande, cerró la tapa avergonzado.
-Perdón. Un momento, por favor.
Metió un dedo para sacar un pedazo de la tela del vestido. Escuché los sonidos de una tijera muy veloz y un segundo después, metió un vestido de mi tamaño hecho con la tela que había sacado.
-Pruébate este, Alicia.
Me lo puse, encajaba perfecto y di tres golpes en la tetera para que me dejara salir. Él abrió la tetera otra vez y me dio un sonido de ternura mezclado con curiosidad. Me bajó en la mesa y otra vez se quedó mirándome, pero esta vez con dulzura. Sentí que se me acaloraban las mejillas.
-¡Me gusta!- exclamó, orgulloso de su trabajo.
-Menos mal que el sabueso es uno de nosotros, si no te hubieran...- interrumpió la lirona, e hizo la mímica de degollar a una persona. Entonces, me vi obligada a preguntar de una buena vez, porque no tenía ni la más mínima idea de por qué me buscaban o de por qué estaba ahí en primer lugar.
-¿Por qué me están buscando?
-Mejor, hay que llevarla con la Reina Blanca. Ahí estará a salvo- respondió la liebre, quien se llamaba Thackery, como me enteré mucho más tarde.
El Sombrerero se quitó su sombrero y lo apoyó en la mesa.
-Su carruaje, mi lady- dijo con una dulce voz.
-¿El sombrero?
-¡Claro! Todos pueden viajar por caballo o tren, pero la mejor forma de viajar el sombrero es. ¿Acabo de rimar?
-Me encanta viajar en sombrero- dijo la lirona, intentando subirse al sombrero también.
-Mally, solo Alicia esta vez.
La lirona se detuvo ofendida. Una vez que me aseguré bien la tela del sombrero, él se puso de pie y saludó a los demás.
-Fairfarren, todos.
No sé cuánto tiempo estuvo caminando, pero sé que al hombre le gustaba hablar solo. Mientras la tarde caía, recuerdo una de las cosas que dijo. Parecía un poema o una profecía.
-Era brilig, y los silescos tovos gironeaban y gimeaban en el waibo. Oh mimosos estaban los borogobos y guriflaban los ratacaibos.
Cansada de estar callada, me colgué de su sombrero y, dejándome caer en su hombro. Él desprendía un suave aroma a canela.
-¿Perdón? ¿Qué fue eso?
El me miró de reojo, de manera tenebrosa y me preguntó con un extraño acento.
-¿Qué fue qué?
Al parecer no tenía suerte tratando de congeniar con él. Siguió con la profecía.
-El Jabberwocky con ojos de fuego, dientes que muerden, garras que rasgan. Cuidado con el Jabberwocky, muchacho y el frumioso Bandersnacth. Él tomó la espada vórpica en su mano. Con ella aquí y allá cortó. Él lo dejó muerto y con su cabeza, el galumpiando volvió.
Por alguna razón, estas palabras me hacían sentir mal. Era como estar en un sueño que me obligaba más que lo que yo podía soportar. No podía esperar a despertarme. Pobre tonta. Ojalá hubiera sabido entonces que la profecía era para mí y que el sueño era la realidad. Entonces, él volvió a mirarme y me dijo, con una sonrisa interesante.
-Se trata todo de ti ¿Sabes?
-No voy a matar nada. Yo no mato. Quítalo de tu mente.
Él se detuvo y agrandando sus ojos se dijo a sí mismo en voz alta –Mente.
Seguido a esto, me agarró y me dejó sobre una roca mientras se marchaba, dejándome sola. Era demasiado pequeña, no podría llegar muy lejos sola. Era obvio que lo que dije no le había gustado.
-¡Espera! ¡No me dejes aquí!- le imploré y él se dio la vuelta y me miró con enojo.
-Tú no matas. ¿Tienes idea de lo que la Reina Roja ha hecho?- el hombre entrecerró los ojos y volvió a agregar disgustado –Tú… no… matas.
-No podría aunque quisiera.
Su mirada cambió y vino a arrodillarse junto a mí. Parecía decepcionado. Su expresión hizo que me doliera el corazón. ¿Acaso ya lo había visto antes?
-No eres la misma que solías ser- me confesó. -Solías ser mucho más muchosa. Perdiste tu muchosidad.
-¿Mi muchosidad?
El Sombrerero me señaló el corazón.
-Ahí adentro. Falta algo.
Sus ojos verdes estaban apagados. Se lo veía triste. De repente, me interesé en saber más sobre ese lugar.
-Dime lo que hizo la Reina Roja.
-No es una linda historia- contestó el, tratando de evitar el tema, como si lo estuviera poniendo incómodo. Sin embargo, insistí, necesitaba que alguien me lo explicara todo.
-Dímelo igual.
Y con sus aires de locura, el miró alrededor. Había un montón de ruinas quemadas y con horror en sus ojos habló.
-¡Fue aquí!
Por su mirada, me di cuenta de que el tema era delicado, pero él, tan amable como era decidió contarme una larga historia para que yo entendiera que estaba sucediendo.
Continuará...
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Cereza Queenie
