Capítulo 5

EL RECUERDO

Edward pensó que hacía el clima perfecto para dar un paseo en cabriolé. El aroma limpio del aire de junio se mezclaba con la intoxicante fragancia a violetas que provenía de la joven sentada a su lado.

—¿Te gustaría manejar las riendas? —ofreció a Isabella.

—Sí. —Ella asintió con la cabeza—. ¿Me dirás cómo hacerlo?

—Por supuesto. —La rodeó con un brazo y la aproximó a su cuerpo antes de ponerle las riendas en las manos—. Ahora agárralas con fuerza. Usa los músculos de los antebrazos, no solo los dedos. Dirígelo, indícale al caballo qué quieres que haga.

Mientras ella seguía sus instrucciones, él enterró la cara en su cuello, acariciándole con la nariz ese punto que tanto le gustaba.

—El animal quiere complacerte —aseguró.

—¡Debe de ser un caballo especialmente complaciente! —Se rio ella.

Su risa tenía un tono melodioso. Era preciosa. Resultaba un sonido extraño en su boca y él se recreó en ese momento concreto, en el precioso regalo que suponía.

—Sí que lo es. Me pregunto si yo te complazco de igual manera —comentó ella.

—Te aseguro que sí, Isabella.

Atravesaron la colina que sobresalía sobre el mar y se extendía a sus pies. Él puso las manos sobre las de ella y la ayudó a frenar el cabriolé.

—Este es un buen lugar para detenernos. ¿Te apetece acompañarme a pasear un poco?

Rodeó la fina cintura de Isabella con las manos y la alzó con facilidad del asiento. Tocarla era una sensación tan maravillosa como la certeza de que pronto sería un derecho para siempre. Le encantaba sentir su cuerpo bajo sus dedos.

Tras asegurar las riendas del caballo, la acompañó hasta el borde del acantilado, donde se quedaron a una distancia prudencial.

—Justo ahí —dijo, señalando un punto— es donde recuerdo haberte visto por primera vez. —La miró a los ojos—. Eras una niña de unos nueve o diez años. Estabas buscando fósiles y los ponías en orden, de más grande a más pequeño. Yo estaba con mi perro, una bestia de caza que respondía al nombre de Jacob. Le gustaba recorrer la playa de un extremo a otro haciendo gala de una gran excitación, hasta que, de pronto, cayó sobre las piezas que habías colocado con tanto cuidado, esparciéndolas por todas partes. Yo fui testigo de todo ello desde lejos. Tú diste un brinco, asustada y furiosa, y comenzaste a regañar a Jacob con dureza. Él se mostraba muy arrepentido y, cuando yo llegué, ya estabas dándole palmaditas en la cabeza mientras le decías que estabas segura de que era un buen perrito y no tenía intención de ser tan estúpido.

Intenté disculparme por él, asegurando que esperaba que el perro no estuviera molestándote.

Recuerdo perfectamente las palabras que dijiste. Jamás las he olvidado. Me miraste solemnemente antes de hablar: «Señor, su perro no ha sido una molestia para mí». Y lanzaste un suspiro. Debías de sentirte muy frustrada, pero te mostraste tan serena y resuelta como un soldado.

—¡Lo recuerdo! Me acuerdo del perro y de ese día en concreto. —Lo miró con expresión de admiración—. ¿Eras tú?

Él asintió con la cabeza.

—Recuerdo que pensé que eras una niña muy inteligente y vital.

Ella se ruborizó al escuchar sus cumplidos, el profundo sonrojo que coloreó sus mejillas hizo que quisiera notar aquel calor en los labios y besarlas sin control.

—El señor Masen solía pagar un penique por cinco fósiles. Se los vendía en la tienda a los turistas. Me consideraba toda una negocianta; estaba segura de que acabaría reuniendo una gran suma de dinero. —Ella sonrió mientras lo ponía al corriente de sus recuerdos—. ¿Y qué es de Jacob? ¿Ya no está contigo?

—No. Falleció tras una vida larga y feliz. Pero todavía conservo a sus descendientes. Pronto los conocerás… Estoy seguro de que Sam y Seth se convertirán en tu guardia personal. — Bajó la voz para seguir contándole—. Esa fue la primera vez que te vi. También recuerdo la segunda. Fue unos siete años después. Estabas de pie sobre esa roca de ahí. —Señaló el extremo sur de la playa—. El viento revolvía tu pelo y ceñía el vestido contra tus piernas. Parecía como si estuvieras esperando algo, allí parada, con la mirada clavada en el horizonte del mar, encima de la piedra. Tu belleza me dijo que eras la misma niña. Recordaba tu pelo, pero fueron tus gestos y actitudes, tu manera de comportarte lo que me dio la certeza.

«¿Durante tanto tiempo?».

Isabella no pudo quedarse más sobrecogida al escuchar tales revelaciones. ¿Era posible que él la hubiera admirado durante tanto tiempo?

—Edward, no lo sabía. —Apenas era capaz de creer lo que él acababa de decirle y solo podía menear la cabeza—. Todavía no comprendo cuál es la razón de un interés…

—Así que me fui de Somerset. Pasaron los años e intenté olvidarme de ti mientras esperaba que crecieras. Lo intenté, ya te digo, pero no lo logré en absoluto. —Lo vio sonreír antes de que le rozara con el pulgar debajo del ojo—. Me resultó imposible olvidarte —añadió con suavidad, sin apartar de su cara aquella penetrante mirada.

—Eh…, yo…

Él le puso dos dedos sobre los labios.

—No digas nada, Isabella. Solo quería que lo supieras, eso es todo. —Se aclaró la voz— Tengo un regalo para ti.

—¿Más regalos? Ya me has hecho muchos, Edward.

—Pero quiero seguir haciéndotelos. Me satisface elegirlos para ti.

—No tengo nada para ti —explicó ella, triste por aquella realidad.

—Estás equivocada. Te entregas a ti misma… y eso es todo lo que quiero. —Él ladeó la cabeza—. Ven… —La hizo girar sobre sí misma hasta que ella recostó la espalda contra su pecho. Él desplazó el pelo a un lado y puso los labios en su cuello—. Esta es mi parte favorita. Me gusta besarte justo en este punto.

Su cálida piel, el aroma masculino, el volumen de su cuerpo contra el suyo provocaban en ella emociones maravillosas. Edward la sostenía con firmeza, atrapándola con su brazo. Ella notó algo duro debajo de la cintura, una cordillera de acero que pugnaba contra sus nalgas. Era algo intenso y anhelante a la vez. Ella comprendió que Edward la deseaba, pero, por alguna razón, también la necesitaba. Precisaba que ella fuera suave y sumisa. Y obediente. Necesitaba que fuera aquel puerto tranquilo donde él podría encontrar cierto sosiego. Si pensaba demasiado en ello, se preocuparía, así que no lo hizo. Rechazó la idea. ¿Y si le decepcionaba? ¿Y si pasaba lo mismo que con…?

—¿Me sientes contra ti?

—Eh…, sí…

«¡Sí, claro que te siento!».

—Esto es para ti, Isabella. Eres tú quien me pone así. Mi dureza es la respuesta a mi deseo… por ti. —Le deslizó los labios por el lateral del cuello—. Apriétate contra mí. Presiona tu cuerpo contra el mío. ¡Quieres hacerlo! —La estrechó con firmeza y él se impulsó hacia ella, frotando lentamente su erección contra sus nalgas sin dejar de acariciarle la nuca con la boca—. Me satisfaces, Isabella. Tu dulzura me hace feliz. Eres tan dulce como las violetas a las que hueles. Para mí, eres perfecta.

Ella se dejó llevar por las sensaciones. Envuelta en el brazo protector de Edward, se sentía bien. Lo que él apretaba contra ella parecía enorme. Conocía la mecánica básica; había escuchado historias y tenía algunas amigas casadas. Edward insertaría ese enorme y duro pedazo de carne dentro de ella. ¿Dolería? Le habían dicho que dolía la primera vez. ¿Sentiría placer? Los pícaros comentarios y risitas tontas de sus amigas sugerían que sí. Sabía que, sin duda, para el hombre resultaba placentero y que era la única manera de quedarse embarazada.

También sabía que a los hombres les gustaba hacerlo a menudo; al menos eso era lo que le habían comentado sus íntimas.

En ese momento, los besos y las caricias de la lengua en el cuello le gustaban, eran placenteras. Estimulaban su curiosidad y quería saber más. Eso era lo que Edward provocaba en ella. Hacía que estuviera dispuesta a llevar a cabo actos que jamás había soñado realizar. En ese momento, sería capaz de hacer cualquier cosa que le pidiera; jamás se había sentido tan querida y necesitada.

—Tu regalo. —La hizo girar y sacó una caja del bolsillo; era un joyero. Ella lo abrió y vio un collar de perlas con un colgante. Era un crucifijo con un diamante en el centro.

Contuvo un jadeo al verlo.

—¡Oh, Edward! Es precioso. ¡Me encanta! Me haces demasiados regalos. Eres un hombre muy generoso.

Sin duda, él era un misterio que quería desvelar. ¿Por qué ella le importaba tanto? ¿Por qué le gustaba? No se merecía todo lo que le ofrecía.

—Te lo pondrás por mí, Isabella.

—Quiero ponérmelo para ti, Edward.


Edward es muy atrevido 😉, pero Isabella no se queda atrás, ¿Qué les pareció este recuerdo de Edward? Pareciera que toda su vida a admirado de lejos a Isabella. Espero sus REVIEW!

Besos y abrazos.

Anastacia.