Capítulo 6

EL PLACER

La nota de Edward llegó a primera hora de la mañana.

Mi hermosa Isabella:

Enviaré el carruaje a recogerte hoy a la una. Ponte el traje de equitación nuevo, el azul. Tengo una sorpresa para ti y no veo el momento de mostrártela.

E. C.

La saludó con un beso en la frente y luego se dedicó a estudiarla con atención de pies a cabeza.

—Ese color te favorece. Isabella, deberías vestir siempre de azul.

—Hace un año que no monto a caballo.

—Estoy seguro de que no has olvidado cómo se hace, es una de esas habilidades que una vez aprendidas no se olvidan. Estoy seguro de que lo harás de maravilla, pero considérame a tu disposición si me necesitas. —Ella pensó que Edward parecía excitado; sonreía como un niño ilusionado con un dulce.

Ella soltó un grito cuando vio la «sorpresa». El precioso caballo gris que ocupaba la cuadra no era otro que Tempestad, su propia yegua. O al menos lo había sido hasta que la ruina económica les había obligado a venderla.

—¿Tempestad? —Le acarició la testuz inclinándose hacia ella—. No puedo creer que esto sea cierto.

—Es para ti, Isabella. Es tuya de nuevo.

Ella se giró con rapidez para mirarle.

—¿Edward? ¿Cómo lo has sabido? —Notaba un nudo tan grande en la garganta que apenas podía hablar.

—Tu padre me dijo que la vendió a los establos de Whitlock. El dueño es un buen amigo mío y se mostró muy complaciente cuando me ofrecí para comprarla. También he adquirido la silla. —Él la miró de manera inquisitiva—. ¿Vamos?

Cabalgaron tierra adentro, sobre rocas y prados, hasta alcanzar un bosque frondoso. Edward anunció que aquel era un buen lugar para detenerse y dejar que los caballos descansaran un poco. La sostuvo con brazos firmes para ayudarla a bajar de la silla y la dejó en el suelo.

Entonces no la soltó, sino que la miró a los ojos.

—¿Qué te ocurre? —inquirió él.

—Nada —repuso ella con rigidez, sabiendo que su respuesta no satisfaría a Edward. Estaba exigiéndole una explicación y sabía que acabaría dándosela.

—Sí, te ocurre algo. Es evidente que estás triste; está claro como el agua. Explícame el motivo. —Sin apartar la mirada de ella, repitió el mismo mensaje con otras palabras—. Quieres decírmelo, Isabella.

Ella notó un ardiente rubor en las mejillas y bajó la mirada.

—N-no me merezco todo esto —susurró. Alzó la mirada a Tempestad—. Es demasiado, Edward. Me hace sentir incómoda. No merez…

—Yo creo que sí lo mereces —la interrumpió—, y haré que tú también lo creas. Repite conmigo: «Merezco todo lo que Edward me regala». Repítelo, Isabella. —Su voz era firme, más dura que nunca. Era una orden directa y ella era incapaz de negarse a sus mandatos.

—M-merezco… todo lo que E-Edward me… r-regala.

—Sí, te lo mereces, y voy a asegurarme de que te convences de ello. —Recogió una manta que llevaba en la silla y la extendió sobre el suelo—Sé lo que necesitas. —Le tendió la mano —. Ven, túmbate aquí conmigo, Isabella.

Ella se quitó con cuidado el sombrerito antes de obedecerle. Se acomodó sobre la manta sin dejar de mirarle. Él se unió a ella mientras la observaba fijamente, deslizando los ojos por sus curvas de una manera casi reverente. Pensó que, sin duda, Edward sabía cómo provocarla, pues era muy fácil cumplir sus deseos.

Se vio reflejada en aquellos ojos oscuros cuando él se acercó. Primero se apropió de su boca. La apresó con voracidad, usando los dientes para rozarle los labios, para mordisqueárselos antes de lamerlos y succionarlos. Luego siguió por la barbilla y la mandíbula al tiempo que apretaba su duro cuerpo contra su costado. A continuación, la hizo rodar hacia él, alineando sus cuerpos de pies a cabeza.

Ella se dio cuenta de que sus figuras encajaban a la perfección.

Tras recrearse en su cuello, él se retiró ligeramente y volvió a mirarla, concentrándose en su cara. No, un poco más arriba. Volvió a acercársele para besarle el pelo e inhalar su aroma. En ese momento supo que haría cualquier cosa que él le pidiera.

—Suéltate el pelo para mí, por favor.

Ella se sentó en la manta con su ayuda. Luego, Edward la observó quitarse las horquillas con que sujetaba el cabello. Lo oyó suspirar un poco antes de retirar la última y de que los rizos oscuros cayeran formando una cortina alrededor de su cara. Él parecía feliz mirándola.

Edward estiró el brazo para apropiarse de un rizo y llevarlo hasta su nariz. Tenía la cara tan cerca de ella que podía sentir su aliento en la piel. De pronto, los cálidos labios masculinos cayeron sobre los suyos de una manera casi desesperada, buscando el dulce interior. Su aterciopelada lengua la probó una y otra vez mientras la cubría con su cuerpo como si fuera una manta.

Apresándole el cabello con los puños, inhaló su perfume recostado encima de ella.

—Te he imaginado de esta manera miles de veces, con todo este glorioso pelo suelto, tumbada en nuestra cama, esperándome. —Movió la boca sobre su cuello, donde se detuvo para inspeccionar las depresiones de las clavículas con los dientes y los suaves labios—. Desabróchate la parte superior del vestido. Quiero verte, Isabella.

Ella no vaciló. Se llevó los dedos con rapidez a la tela que cerraba el cuello y comenzó a desabotonar la chaqueta. Edward hizo el resto. Abrió el corpiño con ansiedad hasta dejar al descubierto sus pechos, que sobresalían por encima de un corsé de seda francés. Uno de los que él había elegido para ella. También vio las perlas que le había regalado y se quedó paralizado. Jadeó con fuerza antes de lograr controlarse. —Te las has puesto. —Comenzó a besarle la piel de los senos al tiempo que emitía un ronroneo de placer, explorando cada centímetro desnudo con labios errantes pero decididos.

Incluso besó el crucifijo que colgaba entre las perlas—. Bellissima, eres tan hermosa…

La siguiente maniobra de Edward fue mucho más atrevida y posesiva. Le puso una mano en la nuca al tiempo que deslizaba la otra por debajo de la falda para acariciarle la pierna. Ella se tensó y meneó la cabeza. Él se limitó a sonreír, sin detenerse hasta llegar a la parte superior del muslo. Entonces llevó los dedos al interior de la pierna, buscando aquel punto caliente.

—Ábrete para mí, Isabella. Quieres que haga esto…, deseas que te toque aquí.

Con un sonido entre un suspiro y un sollozo, ella obedeció y separó las piernas. Comenzó a estremecerse sin control al notar los ardientes dedos quemándole el interior del muslo.

—Tienes la piel tan suave como la seda que la cubre —susurró él.

Sosteniéndole la nuca, la obligó a mirarle. Mientras tanto, sus largos y elegantes dedos siguieron su camino, rebuscando en la ropa interior de seda hasta dar con el punto más necesitado entre sus piernas.

«¡Oh, Dios mío! Va a tocarme… ahí».

Tensó las piernas e intentó cerrarlas, pero él no se lo permitió. Su contacto era firme, sus dedos estaban decididos a encontrar su centro y sepultarse en los cortos rizos que protegían su sexo.

Jadeó al sentir la mano tanteándola.

Edward presionó con los dedos, un poco más fuerte, y el movimiento hizo que sus pliegues se separaran. Aquella era la ardiente puerta que él buscaba. El punto que quemaba con tanta intensidad como sus ojos, el que la forzaba a entregarse a él por completo. Un dedo se separó de los demás para internarse más profundamente y explorar su interior.

Isabella se estremeció cuando la invadió y no pudo contener el agudo gemido que se formó en su garganta. ¡Edward había metido un dedo en su cuerpo!

—Shhh… —susurró él, sosteniéndola con firmeza—. Está bien —canturreó con dulzura sobre sus labios, revoloteando sobre su rostro al tiempo que seguía acariciando sus resbaladizos pliegues con los dedos.

Ella emitió un gritito. Edward estaba tan cerca, era tan necesario para ella que solo podía dejarle hacer. Pero eso era lo que debía ser después de todo, ¿verdad? Cada uno debía jugar su papel; él dominaba y ella se sometía. De esa manera los dos obtenían lo que querían y necesitaban.

Su cuerpo reaccionó de la única manera posible.

Cuando Edward sintió lo anegada que estaba, arqueó las cejas.

—Estas mojada y resbaladiza para mí…, eres tan suave… —Sus labios rozaron los de ella

—. Sabía que sería así.

Aquellas íntimas palabras crearon un camino de fuego en su interior, abriéndola a él por completo y dejándola a su merced. Se arqueó por completo, entregándose sin reservas y se quedó paralizada cuando aceptó su invasión.

—No te cohíbas ahora. Siente mi caricia. Eres tan suave aquí…, estás preparada para mí. Me encanta que estés así, mojada y resbaladiza. —Ella vio que le ardían los ojos antes de que los entrecerrara.

¡Ay, Dios bendito! Todo lo que él decía la hacía sonrojarse hasta la raíz del cabello, pero eso no reprimía su respuesta ante lo que él le descubría. Lo aceptaba de buena gana. Cerró los muslos, apresando su mano entre ellos y comenzó a mover las caderas. No podía mantener la serenidad… El placer era indescriptible y cada vez más vívido. Moverse resultaba tan necesario como respirar.

Edward la tocó como si fuera un instrumento, provocando en ella ardientes sensaciones que le arrancaron inflamados gemidos a cada instante. Poco a poco, la hizo revivir; sabía dónde tocarla y de qué manera presionarla en cada momento. Los acelerados y placenteros latidos crecieron en intensidad en el centro de su vientre hasta convertirse en un sordo rumor. Tenía la mente en blanco, el cuello tenso, los ojos cerrados…, y pensó que se moriría si él detenía tan gloriosa fricción. Iba a ocurrir algo. Quizá estaba muriéndose. Sin embargo, no le importaba si él continuaba acariciándola de esa manera tan perfecta y magnífica.

—Isabella, mírame. ¡No cierres los ojos! ¡Mírame!

Cuando él le daba una orden, algo se desenredaba en su interior, algo se quebraba en lo más profundo de su ser. Por eso, cuando comenzaron a cerrársele los ojos al notar los primeros temblores, luchó con todas sus fuerzas para mantenerlos abiertos, para obedecer su orden. Lo intentó a pesar de que los estremecimientos que provocaban las explosivas corrientes tomaban el mando. Todo su cuerpo se convulsionó.

Edward detuvo la fricción y presionó la palma de la mano con fuerza. A ella se le llenaron los ojos de lágrimas y una de ellas se deslizó por sus mejillas mientras seguía mirándole a los ojos.

Un poderoso placer la atravesó y finalmente comprendió que aquella era la razón de que su cuerpo comenzara a arder cuando él la tocaba. Era la culminación de todos los arrebatadores sentimientos que él le provocaba. Era magnífico.

—¡Oh, Edward! ¡Me haces sentir…! —Jadeó entrecortadamente contra su cuello al tiempo que surcaba la ola. Fue incapaz de terminar la frase.

—Es una maravilla observarte, mi preciosidad. No hay nada más maravilloso que verte a ti alcanzando el placer. Te lo mereces todo. Te mereces lo que acabo de proporcionarte, Isabella, y mucho más. Yo te enseñaré. —Él secó las lágrimas que mojaban sus mejillas y besó el rastro salado mientras asentía con la cabeza lentamente—. La próxima vez que sientas este placer, no serán mis dedos lo que sientas en tu interior. —Frotó la mano contra los cortos rizos y rozó el clítoris con los dedos, obteniendo en respuesta un gemido y un tembloroso escalofrío—. Será esto. —Quitó la mano y se colocó sobre ella para empujar con fuerza, enseñándole el inconfundible peso de su masculinidad.

Ella sintió cada centímetro de su erección contra su sexo a pesar de la ropa. Los empujes de las caderas de Edward la hicieron separar más las piernas. Notó su miembro sobre el vientre, pegado al hueso púbico. Por instinto ella se opuso al empuje, encontrando un ritmo fluido y primitivo en los movimientos. Algo que, por lo que pudo ver, a él le encantó.

Sonriendo, él se llevó los dedos con los que la había tocado a la boca. Lo observó rodearlos con los labios y lamerlos. Cuando los sacó, él cerró los ojos y ronroneó.

—Sabes igual que una ciruela dulce.

Ella contuvo el aliento y cerró los ojos. Verlo saborear los dedos que acababan de estar dentro de su cuerpo era tan erótico e íntimo que necesitó esconderse. Era como si él quisiera devorarla. Giró la cabeza llena de vergüenza.

—No, no, no, mi Isabella, así no. —La tomó por la barbilla y la forzó a volver a mirarlo

—. No te alejes de mí. Voy a conocerte por completo, lo haré. Sabré el aspecto de cada parte de tu cuerpo, lo que sientes, lo que me haces sentir, cómo hueles y cuál es tu sabor. Cada parte de ti es hermosa… para mí… y no pienso ignorar ninguna.

No la soltó de inmediato. Siguió encima de ella durante mucho tiempo, abrazándola, besándola al tiempo que se mecía contra su cuerpo, murmurándole frases eróticas al oído. Por fin, cuando se sentía lánguida y sosegada entre sus brazos y Edward pareció satisfecho de que hubiera aceptado su declaración —que ella merecía todo lo que quisiera darle—, la soltó. —Isabella, eres perfecta. —Y esas palabras fueron el resumen de lo que él pensaba.

«Edward, te equivocas, no soy perfecta ni de lejos. He hecho algo imperdonable».


Wau, ¿hace un poco de calor? ¿Cuántas con el abanico en mano y las mejillas sonrojadas? Espero chicas que no hayan leído este capítulo en publico 😉

Ahora esa última frase de Isabella, ¿Qué piensan? ¿Qué habrá hecho Isabella que sea imperdonable?

Espero ansiosa sus comentarios!

Besos y abrazos.

Anastacia.