Últimamente hubo muchos mosquitos. Los odios. Siempre zumban alrededor de tu oreja y no te dejan dormir en lo absoluto. El jardín es enorme, y es un buen lugar, aparentemente, para la proliferación de estos molestos bichos. Hace un calor horrible, y la humedad es alta. No suele haber tal cantidad de mosquitos por esta época del año, pero la hay.

Son casi las siete de la tarde del sábado. De las ventanas abiertas de mi oficina puedo escuchar los grillos cantar y alguna que otra luciérnaga hace su aparición entre los arbustos. Vi corretear a Luna de un lado para el otro en el jardín tratando de atrapar algunos grillos, luciérnagas que veía o quizá algún mosquito. Luego, a mi hermano persiguiéndola también, con un jarro transparente de mermelada entre las manos, intentando atrapar las luciérnagas que podía.

-¡Seto, Seto! ¡Conseguí atrapar tres luciérnagas!-grita Mokuba desde el jardín.

Yo levanto la mirada y le sonrío.

-¿Y qué tal le fue a Luna?

Él se queda pensativo y mira a la gata, que estaba concentrada y acurrucada sobre el césped mirando fijamente algo que tenía delante.

-Está tratando de atrapar un sapo.

Aparté la mirada de mi papeleo y miré raro a mi hermano. Me quité los anteojos y me acerqué a la ventana, observando los alrededores del jardín. No noté nada que saltar o escuché algún croar, así que miré a Mokuba con ojos inquisitivos.

-¿Estás seguro?-le pregunté.-No escucho a ningún sapo o rana croar o saltar entre el césped.

Él se encogió de hombros y de repente Luna pegó un salto, como lo hacen los zorros para atrapar a sus pequeñas presas, revolcándose en el pasto con algo entre sus zarpas. Escuché un croar y supe de inmediato cuál fue la víctima de la traviesa gata. Me pasé la mano por el pelo, perplejo. Nunca en mi vida había notado que mi jardín fuera un perfecto lugar para los sapos. Pero nos venía bien. Los mosquitos comenzaban a fastidiarme mucho.

Luna siseó enojada y dejó que el sapo huyera dando brincos, croando desesperado. Mokuba la recogió en sus brazos, riendo y diciendo que no tenía que tocar los sapos venenosos. Regreso al interior de mi oficina y sigo trabajando hasta pasada las nueve de la noche, hasta que mi hermano me grita desde las escaleras que la cena estaba servida.

Apagué todo, acomodé los papeles, los guardé y salí, escuchando el silencio roto por el canto de los grillos. Noté con gracia a Luna dar brincos de mueble en mueble, sobre la pared, moviendo la punta de su cola con diversión y girando su cabeza de un lado a otro, como si estuviera persiguiendo algo. Veo como un jarrón peligra por el violento juego del animal y decido ponerle fin; tomo a Luna del cuello y la acurruco entre mis brazos, pero ella no aparta la vista de lo que fuera que estuvo persiguiendo todo este rato. Ella maulló y gruñó enojada, moviendo la cola con furia pero me mantuve firme.

Mokuba ya estaba sentado en la mesa del comedor esperándome. Dejé a la gata en el suelo e inmediatamente se subió, trotando hasta los brazos de mi hermano. Suspiré mientras me sentaba, haciéndole saber a Mokuba que detestaba que la gata se subiera a la mesa a la hora de comer, pero parecía no escucharme y tampoco captaba mis indirectas.

Al terminar de cenar, ambos salieron nuevamente al jardín, pero esta vez no corretearon en el césped como usualmente lo hacían después de comer, sino que se quedaron sentados en una de las reposeras, contemplando el cielo estrellado y la luna en cuarto creciente. Luna se había acurrucado en el regazo de Mokuba, moviendo las orejas cuando algo le llamaba la atención. Decidí acompañarlos un rato y después me fui a la cocina para servirme un poco de agua cuando escuché un sordo sonido.

¡Plaf!

Curioso, volví al jardín pero en cuando Mokuba me vio detuvo lo que estuviera haciendo y me miró. Yo lo escruté con la mirada, mirando alrededor en busca de indicios de la travesura que estaba haciendo, pero no encontré ninguna evidencia que me lo indicara. Lo miré de nuevo y tomé un sorbo de agua.

-¿Qué estabas haciendo?-pregunté volviendo a observar a mi alrededor.

Él se encogió de hombros.

-Nada.

Frunzo el ceño y me retiro, esta vez, a mi cuarto. Ya eran cerca de las once y cuarto. Me cambié a mis ropas de dormir, abrí la ventana y le grité a Mokuba que ya era hora de acostarse. Él siguió corriendo con Luna un rato más hasta que lo vi entrar de nuevo a la casa. Pasó por mi pieza, me dio las buenas noches y se retiró a la suya con Luna pisándole los talones.

Me recosté en mi cama. Tomé mis anteojos de lectura y el libro que había empezado el mismo día a la mañana y me dediqué a seguir leyendo, pero nuevamente volví a escuchar ese sordo sonido, pero esta vez provenía del cuarto de Mokuba. Me distraje un poco, pero no le di mucha importancia, deduciendo inmediatamente que seguramente se trataría de Luna dando brincos por la habitación como suele hacerlo antes de acurrucarse en la almohada de Mokuba, pero los extraños sonidos continuaron por casi media hora y eso acabó como mi paciencia.

Me levanté y entré en su pieza, encontrándolo muy entretenido dando brincos en la cama con Luna y una pantufla en cada mano. Lo miré extrañado, sin dar a conocer mi presencia esperando poder captar qué rayos estaba haciendo Mokuba todavía despierto, dando brincos en la cama con su mascota y con pantuflas en las manos.

-¡Allá hay otro!-dijo de repente.

Mokuba dio un brinco y atizó un golpe con la pantufla, creando ese sonido que había estado escuchando por media hora. Me reí y él por fin se dio cuenta de que me encontraba allí.

-¿Qué estás haciendo?-me preguntó y yo volví a reírme.

-Yo debería estar preguntando eso. ¿Qué rayos estás haciendo con las pantuflas?

Luna pegó un brinco contra la pared atrapando algo entre sus garras.

-Uh, ¿cazando mosquitos?

Arqueo las cejas y no digo nada. Me despido y me retiro a mi habitación a descansar.

Dos días después, me encuentro nuevamente sentado en mi oficina, con un terrible calor, las ventanas abiertas, enfrascado en el trabajo. La oleada de mosquitos seguiría por diez días más para mi pesar y el de mucha otra gente, aparentemente debido al viento. Esos dos días, tanto Mokuba como Luna estuvieron corriendo de un lado a otro persiguiendo mosquitos por toda la casa; Luna dando brincos contra las paredes o hacía piruetas en el aire intentando atraparlos, mientras que Mokuba la seguía con pantuflas en mano, golpeando las paredes cada vez que veía uno de esos odiosos bichos.

Hoy no fue la excepción. Cuando regresó del colegio me saludó con un grito, subió a su pieza, terminó la tarea, haraganeó un rato y se fue al jardín con su gata seguir cazando mosquitos. Debo decir que me contagió de ese hábito puesto que me encontré tomando yo mismo una pantufla, una regla o usando mi propia mano para atrapar a un desprevenido bicho que pasaba zumbando por ahí.

Ahora me doy cuenta de que perdí más o menos tres horas de trabajo intentando atrapar a un mosquito que me había colmado la paciencia mientras trabajaba. Había tomado mis pantuflas y las revoleaba por el aire en cuanto veía una mancha negra pasar en mi campo de visión. A veces no me daba cuenta y golpeaba el escritorio con fuerza, e incluso me llegué a parar para acechar al susodicho y tratar de asestarle con la pantufla, pero no logré deshacerme de él. Mokuba o Luna hubieran tenido éxito desde un comienzo. Parecían ser más hábiles que yo.

-Seto, ¿qué estás haciendo?

Me giré y noté a Mokuba de pie en la puerta de mi oficina, sosteniendo a Luna entre sus brazos que inmediatamente captó el leve movimiento del mosquito que seguía acosándome. Él también se percató del bicho y de las pantuflas que yacían en mis manos, pero le pareció tan cómico que ni él mismo se la creía.

Yo me encogí de hombros, notando al mosquito pasar delante de mí y usando las pantuflas, por fin logré atraparlo. Alcé la vista y le sonreí.

-¿Cazando mosquitos?-le respondí.

-.-.-.-.-

N. d. A: La caza de mosquitos es algo muy común entre mi mejor amiga y yo, en especial durante los meses de verano intenso que tenemos en Argentina. Generalmente nos peleamos intentando atrapar a esos molestos bichos, usando pantuflas o lo que tengamos al alcance de nuestras manos. Ella es la que revolea cosas en el aire tratando de pegarles. Yo soy más discreta; acecho a los malditos y los aplasto entre mis manos. XD