Lamento haberme tardado tanto con la actualización. No tengo excusa puesto que tengo hasta el capítulo 12 de este fic.
Ahora sí, prometo actualizar a más tardar en dos semanas.
Mi más sincero agradecimiento a Hatake Adriana y a Lamoco13 por sus reviews.
¡Muchísimas Gracias! n.n
Capítulo Anterior: Sherry y Brago llegan a Sleepy Hollow, en donde el mamodo percibe una presencia extraña.
Capítulo Dos.
La Leyenda del Jinete Sin Cabeza.
El viejo Craddock (entiéndase: el viejo campesino) y su esposa eran los propietarios del hostal del pueblo, una casona cálida y acogedora.
Era un edificio de dos pisos (cuatro, contando el sótano y el desván). La casa había sido construida en la época en la que los Estados Unidos todavía eran una colonia británica y estaba situada en la zona central del pueblo; el caserón contaba con ese aire de familiaridad y calidez hogareña que poseen todas las casas viejas que han sido habitadas por el mismo linaje desde siempre.
La señora Craddock, una anciana vestida con la moda de veinte años atrás (por lo menos) y con el largo cabello plateado peinado hacia atrás y sujeto en la nuca mediante un chongo, del cual acostumbraban escapar algunos cabellos solitarios, no parecía estar loca de felicidad al momento de abrir la puerta y encontrarse con su esposo, acompañado por los forasteros a los que, apenas una hora antes, había informado de modo convincente que no tenían habitaciones disponibles.
Extrañamente, su aprehensión estaba dirigida a Sherry, a quien le dirigía miradas furtivas con verdadera constancia, haciendo poco caso de Brago, aunque sin llegar a ignorarlo del todo.
El mamodo permanecía imperturbable.
Sonaron ocho campanadas argentinas provenientes del viejo reloj de pie y la anciana señora desapareció tras la puerta de la cocina, reapareciendo minutos después, transportando una generosa olla de sopa y un platón colmado de estofado en una bandeja.
Cuando la vieja dama colocó la fuente de carne humeante sobre una de las mesas del comedor, el mamodo se encaminó hacia la puerta.
-¿A dónde vas? –preguntó el señor Craddock sobresaltado.
-Les ruego que disculpen a Brago, pero él únicamente come carne cruda –explicó la chica rubia, tratando de restarle importancia a la información.
-¿Carne cruda? –repitió la señora Craddock, incrédula y temerosa.
-Elise, tráele al chico la pierna de ternera –ordenó el viejo.
-No es necesario –se apresuró a decir Sherry-. Brago es perfectamente capaz de cazar algo por su cuenta. En todo caso, no creo que con una pierna le baste.
-Entonces le daremos la ternera completa –repuso el viejo, sin amilanarse por el comentario sobre el apetito del mamodo-. No es bueno salir cuando oscurece.
Sherry continúo discutiendo por un rato más, pero considerando que Craddock era uno de esos viejitos obstinados, imposibles de hacer cambiar de idea una vez que han decidido algo, habría tenido más éxito tratando de convencer a la pared de que se pusiera a bailar.
Brago había seguido la conversación recargado contra la puerta y de brazos cruzados.
Cuando el viejo dejo firmemente establecido que el chico se comería la ternera y no había nada que hacer al respecto, Sherry se reclinó en su silla, con aire derrotado; el ser oscuro se acercó a la ventana y atisbó al exterior.
El sol había desaparecido casi completamente por entre los árboles; sus últimos rayos perecían en medio de un cielo coloreado de azul, verde, naranja, violeta y rojo. El manto nocturno se abría paso con velocidad.
Las pupilas del mamodo desaparecieron, dejando sus ojos en blanco, y un gruñido escapó de su garganta.
Aquella sensación que había percibido al aproximarse al valle se había hecho más fuerte.
-¿Brago? –preguntó Sherry desde la mesa.
-Percibo algo extraño.
-¿Es un…? –inquirió Sherry, dejando la pregunta inconclusa.
-No.
La joven se removió incómoda en su asiento.
Tomó la taza que tenía enfrente, se la llevó a los labios y bebió un largo sorbo de reconfortante té caliente y bien cargado.
Por algún motivo se sentía extremadamente nerviosa.
-o-o-o-
La cena transcurrió en la más completa calma. Sherry y los Craddock conversaron animadamente.
A la muchacha le había costado bastante trabajo convencer al matrimonio (principalmente al anciano varón) de que era mejor que Brago comiera en otro sitio. Le preocupaba que la pareja se asustara ante la principal característica de los modales de Brago a la mesa: su inexistencia.
Y es que el mamodo solía ensañarse de forma brutal con sus alimentos.
-o-o-o-
Después de la cena se retiraron a la estancia común del hostal. La señora Craddock sacó su labor y comenzó a bordar con maestría mientras que el señor Craddock encendió el televisor para mirar las noticias en compañía de su fiel pipa.
Sherry se sentó en un sillón apartado, mirando por la ventana y esperando a que su compañero regresara.
De vez en cuando la señora Craddock apartaba la vista de su bordado y se quedaba viendo fijamente a la joven rubia hasta que ésta levantaba la vista; entonces la anciana regresaba a ocuparse de su labor.
La situación se había repetido varias veces y Sherry se sentía bastante incómoda cuando el señor Craddock habló sin desviar la mirada del televisor.
-Deja a la joven tranquila, Elise. La estás poniendo nerviosa.
La anciana enrojeció visiblemente y a partir de ese momento se dedicó de lleno a su bordado.
Sherry suspiró aliviada al ya no sentir los ojos de la anciana observándola como si estuviera en su lecho de muerte.
Al fin, la chica se decidió a preguntar una de las tantas cosas que la tenían intrigada.
-Señor Craddock.
-¿Uhm?
-¿Podría decirme por qué es tan terrible salir de noche?
La señora Craddock dejó caer su bordado, sobresaltada, y volteó a ver a su marido con angustia.
El viejo hombre le dio otra chupada a su pipa y expulsó una nube de humo azulado antes de responder.
-Todos los pequeños pueblos tienen sus historias, algunas más terribles que otras.
Greensburgh no es la excepción. Menos aún en lo tocante a Sleepy Hollow.
La puerta de la cocina se abrió con un rechinido y Brago entró en la estancia, yendo a pararse detrás de Sherry.
Sherry se sintió mas tranquila con la presencia del mamodo, pero aún así, había algo…
-Continúe, por favor.
El anciano se acomodó en su asiento y suspiró.
-En 1776, a principios de la Guerra de Independencia, uno de los enfrentamientos más sangrientos de todo el conflicto se libró cerca de aquí, un triunfo para los rebeldes y un verdadero desastre para los casacas rojas.
En la contienda perdieron la vida muchos hombres, tanto de nuestro ejército como del enemigo. Los muertos de esa batalla mezclaron su sangre con los huesos de los caídos el año anterior.
Cuando los últimos sobrevivientes, aquellos desgraciados que no habían logrado huir, luchaban peleas sin esperanza, el cielo se cubrió de nubes oscuras y los relámpagos rasgaron el aire, un denso aguacero se desató en un instante, una auténtica tempestad. Junto con la tormenta llegó también la asesina furia del soldado alemán, un hessiano.
Aquel sanguinario sujeto peleó con los ingleses porque podían pagarle más; a él no le importaba a quien mataba. Un maldito y despiadado hombre que trataba sólo con el brillo del oro y el placer de matar.
El germano entró en la refriega como una exhalación, montado en su enorme corcel negro, pasando cuchillo a las pobres almas que estaban demasiado débiles para percatarse de su final y asegurándose de que el resto gozara de abundante sufrimiento en sus últimos momentos sobre la tierra, cuando una bala perdida, una bala de cañón, le arrancó la cabeza de cuajo.
El caballo huyó despavorido, con el cadáver de su jinete firmemente montado sobre su lomo. Dicen que era una visión espantosa; el jinete venido del infierno esgrimiendo su espada y dejando un rastro de sangre y muerte a su paso.
Jinete y montura desaparecieron en medio de la noche para nunca más ser vistos. Aunque algunos de los antiguos pobladores aseguraban haberlos visto atravesar la calzada durante la madrugada, rompiendo el silencio imperante con el retumbar de los cascos sobre la piedra y una risa de ultratumba, loca y homicida.
Después de eso comenzaron las muertes: se oían gritos de terror y desgarradores lamentos a mitad de la noche, y por las mañanas se encontraban los cuerpos decapitados en medio de los caminos y las veredas del bosque. Y la historia se repitió continuamente a lo largo de los años.
El Jinete Sin Cabeza no podía tener descanso sin una cabeza sobre sus hombros y, sino la suya, la de cualquier otro estaría bien.
Craddock se llevó la pipa a los labios nuevamente y prosiguió después de una profunda calada:
-Unos años más tarde, en 1820, Ichabod Crane llegó a Sleepy Hollow.
Era un joven alto, extremadamente flaco; más de una vez se dijo que tenía toda la pinta de un espantapájaros que se hubiese fugado de su sembradío, con sus ropas, demasiado grandes para su escuálido cuerpo, hondeando al viento. De piernas y brazos exageradamente delgados y con unas manos y unos pies que más parecían balsas, era todo un espectáculo verlo caminar por las calles de Greensburgh. Unida a todo este desparpajo por algo que bien pudiera haber sido un palo de escoba, pero que en realidad era su cuello, estaba la cabeza, pequeña y aplanada, de la cual sobresalían dos orejas gigantescas; bajo la frente chata lucían dos ojillos verdes, como de vidrio; su nariz, de tan larga, era la envidia de los sabuesos de la región. Aficionado a la buena mesa y deseoso de salir de la pobreza propia de un ratón de biblioteca, el señor maestro siempre estaba alerta ante la aparición de un boleto de ida a la riqueza.
Éste era el nuevo maestro del colegio: un títere sin cuerdas venido desde Connecticut.
La pequeña y destartalada escuela era su reino: una casucha vieja que se caía a pedazos en medio de un paraje solitario, en las afueras del pueblo. Crane era un creyente del viejo dicho: «La letra con sangre entra». Sin embargo, su justicia era siempre administrada con medida al delito y al delincuente; castigaba con indulgencia a los débiles y con severidad a aquellos que según él la requerían. Pero tenía buen cuidado de estar en buenas relaciones con sus alumnos; particularmente con aquellos que tenían hermosas hermanas mayores o buenas cocineras por madres.
Pobre como un ratón y con un hambre rival a un enjambre de langostas, vivía de la mesa de los padres de sus estudiantes y se alojaba en sus casas, una diferente cada semana, según la costumbre de entonces. Su comportamiento sufría un cambio radical en tales situaciones, portándose dócil como un corderillo y ganándose el cariño de los padres gracias a sus múltiples habilidades.
Destacaba el aprecio del que era objeto por parte de las mujeres del pueblo, quienes lo consideraban un hombre importante cuyo saber era superado únicamente por el pastor de la iglesia. Ichabod tenía el don de encantar a las damiselas del campo, y siempre estaba a la espera de aquella que pudiera proveerlo de la más dulce riqueza... ¡ah, sí! Y del amor también. Así mismo, era estimado por su costumbre de mantener informadas a las señoras de todo chisme, rumor o habladuría que surgiera en el pueblo y por sus charlas de sobre mesa, frecuentemente salpicadas con fragmentos de la obra de Cotton Mather.
Ichabod era un hombre sagaz y crédulo, siempre a la caza de relatos de brujas y aparecidos. Su miedo a lo sobrenatural crecía con cada historia que escuchaba y con cada palabra que leía en los trabajos del viejo Mather; su imaginación se desbordaba con aterradoras ilusiones cuando caminaba por los viejos y solitarios caminos del pueblo, con el sol desapareciendo a la distancia, por lo que no era raro escucharlo entonar los salmos durante sus frecuentes paseos, asustando a los pobladores de Greensburgh, que con frecuencia lo confundían con un alma torturada escapada del abismo.
Frecuentaba a las mujeres más viejas de la aldea, escuchando con la boca abierta y el corazón palpitante sus historias de demonios y aparecidos. La historia que más lo impactaba era la del guerrero decapitado, el Jinete Sin Cabeza que recorría el valle galopando en alas del viento. En pago, el señor maestro les contaba los relatos de brujería y fantasmas que conformaban su vasta colección. Sin embargo, ninguno disfrutaba el fin de aquellas veladas y la subsiguiente vuelta a casa en medio de la oscuridad y los sonidos de la noche...
La vida del maestro Crane hubiera podido transcurrir plácida y feliz de no haberse topado con una criatura que le ocasionaría más sufrimiento y turbación que ningún espectro, brujo o demonio: la hermosa Katrina Van Tassel, con dieciocho años recién cumplidos y cierta tendencia a la coquetería y los caprichos.
En este punto del relato, el viejo hizo una nueva pausa y miró a Sherry titubeante.
Pero ya había llegado muy lejos cómo para echarse atrás.
-Katrina era la única hija de Baltus Van Tassel, el granjero holandés más rico de la región y, por lo tanto, heredera de sus riquezas. Y fue esto, más que su belleza, lo que firmó la condena del pedagogo.
Después de la primera visita de Ichabod a la granja, en donde fue testigo del trato que la buena fortuna prodigaba a los Van Tassel, todos sus pensamientos se centraron en la búsqueda del corazón de Katrina, empresa plagada de obstáculos y competencia.
Su principal rival llevaba por nombre Abraham Van Brunt, pero era conocido en todo el pueblo como Brom Bones, un fortachón famoso en toda la región por su fuerza y sus continuas bromas, así como por su destreza al cabalgar. El típico héroe de pueblo.
Pronto la rivalidad por la mano de la joven quedó reducida a estos dos rivales: el rudo y alegre Brom Bones, con la fortaleza del roble, y el escuálido y melancólico profesor Crane, con la elasticidad del junco.
La diferencia entre los dos nunca era tan palpable como cuando cortejaban a Katrina; los galanteos indiscretos y la brutal caballerosidad de Bones eran completamente opuestos al cauteloso y constante asedio del maestro.
La enemistad entre el profesor y Bones fue creciendo; Bones buscando un enfrentamiento directo y el señor maestro tenía siempre el gran placer de evitarlo; sabía muy bien que, en una pelea abierta entre él y Brom, saldría triunfador el último.
La banda de compinches de Bones no tardó en secundar a su jefe, hallando en el maestro una víctima perfecta para sus crueles bromas. El mismo Brom no desaprovechaba ni la más mínima ocasión que se le presentaba para ridiculizar a Crane.
Había dos hombres enamorados de la bella Katrina y ella no daba muestras de preferir a ninguno.
Noche tras noche, Bones acrecentó su odio, llegando al extremo de decir que haría cualquier cosa con tal de librarse del maestro, incluso sellar un pacto con los espíritus de la oscuridad.
Así continuaron las cosas hasta que llegó la Noche de Brujas…
Año con año el viejo Van Tassel organizaba una fiesta en la noche de brujas. Lo cierto es que organizaba muchas fiestas; pero sin duda alguna, la más esperada era la de la Noche de Brujas.
Para estar a la altura de semejante ocasión, Ichabod Crane consiguió en préstamo a un muy viejo caballo de iracundo carácter llamado Gunpowder.
Flaco el corcel y aún más flaco el jinete, parecían una abominación salida del sueño de un borracho.
Ichabod Crane fue el último invitado en llegar; no bien hubo cruzado la puerta de la casa, sus pasos lo llevaron hasta la mesa llena de viandas, en donde dio buena cuenta de lo que allí había. Y aunque hubiera querido no tuvo la menor oportunidad de quejarse por falta de comida y bebida: Baltus Van Tassel era un magnífico anfitrión, siempre al pendiente de que sus invitados disfrutaran de la velada.
A la cena siguió el baile, donde Ichabod hizo gala de sus habilidades. No hace falta que añada que su pareja de baile fue la bella Katrina, lo que avivó los celos del fornido Brom Bones.
Terminado el baile, Ichabod Crane se reunió con Balt Van Tassel y un grupo de hombres de edad avanzada en el porche de la mansión, en donde intercambiaron historias de la guerra y de aparecidos.
Crane contó una historia escalofriante sobre una bruja condenada a la hoguera y, en cuanto terminó, Bones se puso de pie e hizo honor a su fama del mejor narrador de historias del condado, contando como había logrado huir del Jinete sin Cabeza un año antes, luego de alcanzar sano y salvo el puente que el espectro era incapaz de atravesar.
Cuando llegó la hora de la despedida, Ichabod Crane se demoró, a fin de mantener una conversación a solas con la dueña de su corazón. Nunca se supo que dijeron, pero el caso es que el pedagogo salió de la granja Van Tassel completamente desolado.
Fue a la Hora de las Brujas, en lo más negro ya de la noche, cuando Ichabod tomó de vuelta el camino que bordeaba las laderas de los cerros. Pasada la media noche, todas las historias de aparecidos, brujas y demonios que había oído en su vida lograron sobreponerse al dolor de su corazón.
Pronto llegó a un punto tenido por maldito en todas las historias de la región, topándose con un enorme árbol, un tulipero conocido como "El Árbol Del Mayor André". Ichabod se apresuró a salir de los dominios del árbol y continuar su camino, llegando al poco tiempo a otro punto maldito: un puente hecho de troncos que atravesaba un arroyuelo que corría hacia el pantano de Wiley, a poco menos de medio kilómetro de la antigua iglesia. El terror se apoderó de Crane, por lo que fustigó a su montura, urgiéndolo a cruzar el puente, a lo que el testarudo caballo se negó, estampando a su jinete contra un árbol. El pedagogo castigó este oprobio con dureza y saña y Gunpowder salió a galope tendido.
Antes de llegar a la entrada del puente, el equino se detuvo. El maestro percibió unas pisadas en el agua y distinguió una sombra oscura y amorfa, quieta, dispuesta a saltar sobre su presa en cualquier instante.
La figura no respondió cuando Ichabod, con voz temblorosa e insegura, lo interrogó sobre su identidad. Simplemente guardó silencio, esperando...
El señor maestro fustigó a su montura y salió a la carrera, entonando uno de sus salmos. La sombra dio un salto y le cerró el paso. Ahora la sombra tomaba forma; Ichabod distinguió a un jinete alto y corpulento montado sobre un gigantesco y fuerte caballo negro.
El maestro y su caballo avanzaron con lentitud y el Jinete les permitió el paso, emparejando su montura a Gunpowder y avanzando al lado del pedagogo en completo silencio. Atemorizado, Ichabod picó espuelas para adelantar a su montura, siendo alcanzado sin el menor esfuerzo por el Jinete Maldito. Entonces el maestro disminuyo la velocidad de su equino; el espectro lo imitó.
Lo que más atemorizaba a Crane, era el silencio de su acompañante; un rayo de luna logró colarse por entre las ramas de los árboles, e Ichabod pudo apreciar que el Jinete que cabalgaba a su lado, era aún más corpulento de lo que había creído al principio... y que no tenía cabeza.
El espectro apoyó una enorme calabaza, que hasta entonces llevaba bajo el brazo, sobre el arzón de su silla. El rostro tallado en la dura cáscara le sonrió malévola al asustado maestro.
Aterrorizado, Ichabod espoleó a Gunpowder y salió a todo correr, siendo alcanzado por el Jinete Sin Cabeza en menos de un segundo.
Cabalgaron en una loca carrera hasta el cruce de caminos que conducía a Sleepy Hollow; Gunpowder tomó el camino equivocado, aquel que conducía desde los árboles al puente grande que lleva a la colina en la que se alzan la iglesia y el camposanto.
El temor que atenazaba al viejo corcel compensaba la falta de pericia de Ichabod, otorgándoles cierta ventaja sobre el Jinete y su caballo.
Los ojos desorbitados del maestro buscaban con desesperación el puente; Brom había dicho que al cruzarlo estaría a salvo. Fustigó a Gunpowder una última vez y sus cascos arrancaron un sonido hueco de los viejos tablones.
Una vez del otro lado, el profesor detuvo a su montura y se dio la vuelta, esperando que su fantasmagórico perseguidor hubiese desaparecido.
El corazón encogiósele en el pecho al ver como el Jinete se erguía en su montura, apoyando los pies en los estribos, y le lanzaba la calabaza, ahora envuelta en llamas, directamente a la cabeza.
El encendido proyectil golpeó la escasa frente del pedagogo, produciendo un sonido similar al de dos rocas que se golpean entre sí...
Y nadie volvió a ver a Ichabod Crane, el señor maestro.
A la mañana siguiente hallaron a su caballo pastando tranquilamente cerca de un riachuelo. El profesor de escuela jamás fue encontrado, por mucho que lo buscaron los habitantes del pueblo. Lo que si se apareciò, fue su sombrero flotando en la parte más profunda del río, y una calabaza partida cerca de la orilla arenosa.
La misteriosa desaparición del maestro fue el tema central de todas las conversaciones durante mucho tiempo; pronto se llegó a la conclusión de que Ichabod había sido raptado por el Jinete Sin Cabeza. La escuela fue trasladada a una casona en el interior del pueblo y el viejo y destartalado edificio que había sido el dominio de Crane quedó olvidado.
Es cierto que hubo personas que juraban y volvían a jurar que habían visto al pedagogo en la ciudad de Nueva York, en donde se había hecho abogado y, posteriormente, político.
Cada vez que se mencionaba la calabaza hallada a las márgenes del río, Bones estallaba en risas, lo que a más de uno hizo pensar que estaba relacionado con la desaparición del profesor, o que al menos sabía más de lo que aparentaba.
Cosa de un año más tarde, el fornido Brom Bones condujo a la bella Katrina al altar. El matrimonio duró tan sólo unos pocos meses, partiendo la heredera de Van Tassel al mundo de los muertos a consecuencia de una neumonía.
El día de su funeral, Bones estaba loco de dolor. Terminado el servicio religioso, volvió a la casa que había compartido con Katrina, tomó todo lo que pudo cargar, ensilló su caballo y se marchó de Greensburgh.
Esa noche se soltó una terrible tormenta que azotó a toda la región y se incendió el viejo molino ubicado a unos kilómetros de aquí. Cuando la gente del pueblo fue a ver lo que quedaba del desastre encontraron los restos carbonizados de un hombre y su caballo.
El hombre no tenía cabeza, pero pudieron reconocerlo por sus pertenencias.
-Bones pagó por sus pecados –interrumpió Elisa Craddock con voz seca y cortante, sobresaltando a Sherry.
-Eso dicen algunos –asintió el viejo Jacob displicente-, que así pago Bones por haber asesinado a Crane, que fue… ¿cómo se dice?, cosa del destino, o de eso que llaman karma.. Otros dicen que Bones le vendió su alma al Jinete a cambio de que éste asesinara al profesor y que el Jinete había ido a buscarlo para que lo reemplazara por toda la eternidad.
Lo más seguro es que Bones se haya perdido en el bosque y que la noche o la lluvia repentina lo sorprendiera, se refugiara en el molino y una vela o un candil iniciara el fuego; debió perder la cabeza cuando el techo del molino de desplomó. Un final irónico para quien se había escudado en la leyenda del Jinete a fin de deshacerse de su rival.
Sobre la habitación cayó un pesado silencio únicamente roto por el crepitar de los leños en la chimenea.
-Es por eso que no se debe salir después del atardecer –suspiró el anciano-. Los asesinatos todavía continúan, aunque lo cierto es que no hemos tenido un decapitado en varios años.
Probablemente se trata de gente que, como Bones, se escuda en la leyenda para deshacerse de un rival o un vecino fastidioso, o tal vez es una banda de ladrones que no sienten el menor escrúpulo en matar y mutilar a sus víctimas.
Sea cual sea el caso, lo mejor es no arriesgarse y permanecer en casa durante la noche.
-Ya es tarde –comentó la señora Craddock observando el viejo reloj del abuelo-. Será mejor que se vayan a dormir.
Y eso te incluye a ti, viejo cascarrabias.
La anciana señora les mostró sus habitaciones al equipo del libro negro y se aseguró de que tuvieran todo lo que pudieran llegar a necesitar.
Sherry dejó sus cosas sobre la cama, tomó su cepillo y comenzó a cepillarse el cabello.
Un breve movimiento captado por el rabillo del ojo tuvo la virtud de sobresaltarla.
-¡Brago! ¡¿Cuántas veces debo decirte que toques la puerta antes de entrar?!
El mamodo oscuro ignoró la pregunta, cerró la puerta y observó a Sherry, con las manos en los bolsillos.
-¿Qué sucede? –preguntó la chica, aún cepillando su rubia cabellera.
-¿En verdad pueden lo humanos sobrevivir sin cabeza?
-No. Y más vale que no intentes comprobarlo –respondió la joven.-. Además, el tipo de la historia no seguía vivo; era un fantasma.
¿Por qué el interés?
-Un humano sin cabeza sería interesante.
Belmont dejó el cepillo sobre su tocador y volteó a mirar a su contraparte.
-Es solamente una historia para asustar a los niños y que no salgan de noche. No es real, y, aunque hubiera ocurrido, ¿cómo explicarías tú que la gante supiese lo que le sucedió al maestro? Dudo mucho que hubiera alguien con insomnio paseándose por el bosque en plena noche en el preciso momento en que mataron al maestro.
-Los mamodos tenemos historias parecidas –repuso el chico, encogiéndose de hombros e ignorando el último comentario de la mujer-. ¿Todos los humanos se alteran tanto con las historias de niños?
-¿Lo dices por la señora Craddock? Algunas personas son más crédulas que otras. Y el señor Craddock tiene razón en lo que dijo: hay gente que se aprovecha de la credulidad de los demás para obrar impunemente.
Por cierto, ¿qué tipo de historias tienen los mamodos?
-Principalmente sobre los daemons, los wampyr, espíritus, maldiciones… –contestó Brago sin darle importancia- y de lo terribles que son los mamodos de la oscuridad.
-¿Qué tú no eres un mamodo de la oscuridad?
-Si.
-¿Y esas historias son ciertas?
-Debes dormir, Sherry –dijo el ser de la oscuridad, abriendo la puerta y saliendo al pasillo sin mirar atrás-. Necesitas recuperar energía.
Con el ceño fruncido, Sherry miró como se cerraba la puerta.
Eso no había sido una respuesta.
Próximamente:
Capítulo Tres.
El Retrato de Katrina.
