Gracias a RougexKnux, ¿¿?? (¿cómo se pronuncia eso?) y a lamoco 13.
Perdón. No tengo excusa para haberme tardado tanto con la actualización.
Capítulo Tres.
El Retrato de Katrina.
Sherry se levantó temprano a la mañana siguiente.
Había dormido de maravilla y se sentía fresca y descansada.
Preparó sus cosas y se dispuso a tomar una ducha.
Sería un largo día.
-o-o-o-
Elise Janette Craddock volteó el omelette y repasò con la vista las demàs sartenes y ollas. Un olor agradable flotaba en la cocina. La anciana señora miraba como se doraba el tocino, pero sus pensamientos estaban muy lejos de allí.
Esos dos…
Ese jovencito era escalofriante… Esa ropa que usaba y esas uñas… demasiado largas, ¡y negras! Igual que esos extraños dibujos en su piel… Y estaba tan pálido y demacrado, ¡su piel era gris! Sus dientes eran tan puntiagudos…
Y esos ojos… ¡rojos! ¡Rojos como los ojos del demonio!
¡Y comía carne cruda!
La pobre señora había encontrado los huesos de la ternera perfectamente limpios, sin el menor rastro de carne.
¡Ese niño no parecía humano!
Y en cuanto a la chica…
-Buenos días.
Elise Craddock se giró sobresaltada.
Sherry estaba de pie en la puerta y la miraba extrañada.
-¡Querida, me asustaste!
-Lo siento –se disculpó la chica-. No era mi intención. ¿Ha visto a Brago?
-No, no lo he visto –respondió la vieja-. ¿Acaso no está en su habitación?
-No. –Sherry resopló contrariada.-Supongo que salió, sin avisarme.
-A esa edad nunca escuchan –comentó la señora-. Siempre hacen lo que les da la gana. Pero no por eso son malos. Además, tengo la impresión de que él sabe cuidarse solo –concluyó la mujer con un escalofrío.
-Eso si –asintió Belmondt-. Brago sabe cuidarse solo muy bien.
¿No huele a quemado?
-¡Mi tocino!
El señor Craddock llegó justo después de que su esposa salvara exitosamente el tocino, aunque había quedado ligeramente ennegrecido y muy crujiente.
-¡El desayuno! –exclamó el viejo alegremente al sentarse en su silla-. ¡La comida más importante del día! Veo que hoy tenemos tocino al carbón; la especialidad de mi Elise.
Una vez más, Sherry y los Craddock compartieron la mesa mientras ingerían el nutritivo y muy dorado desayuno.
Había que reconocer que la anciana señora era una buena cocinera; la comida era sabrosa a pesar de haber pasado demasiado tiempo en el fuego.
A medio desayuno la puerta se abrió, permitiendo la entrada de una mujer elegantemente vestida, de una edad comprendida entre los 30 y 40 años y con el cabello castaño cenizo peinado en elegantes y complicados bucles. Sus ademanes y gestos reflejaban altanería y un cierto desprecio por cuanto la rodeaba. Sus verdes y apagados ojos se fijaron en los ocupantes de la mesa.
Una mirada helada y llena de soberbia.
-Buenos días.
Su voz era modulada y arrogante. Sherry la encontró repelente.
-Buenos días, señorita Farquhar –saludó la señora Craddock poniéndose de pie apresuradamente.
-¿Qué quieres aquí? –bufó el señor Craddock mirando molesto a la recién llegada.
-Escuché que tenían visitas –dijo serenamente la mujer sin despegar la vista de Sherry.
-¿Y eso a ti qué te importa?
-Me pareció adecuado venir a ofrecerle a la joven alojamiento en mi casa -repuso la señorita Farquhar-. Después de todo, mi casa es mejor que está pocilga.
Sherry frunció el ceño. ¡Qué mujer más desagradable!
-Con el debido respeto –dijo en tono cortante-, me encuentro muy a gusto aquí.
-No entiendo como puede agradarte este basurero –exclamó la señorita Farquhar enarcando las cejas.
-No es un basurero –replicó Sherry-. Comenzando porque los dueños de esta posada son infinitamente más agradables que otras personas.
La bruja Farquhar enrojeció de cólera.
-¡No eres más que una chiquilla insolente y estúpida!
-Deberías cuidar tu lengua, a menos que quieras perderla –dijo una voz rasposa desde la puerta que comunicaba con la cocina.
La señorita Farquhar observó al mamodo fijamente mientras este se detenía al lado de la lectora de su libro.
Brago se cruzó de brazos y le devolvió la mirada.
Al cabo de unos segundos la odiosa mujer se giró con brusquedad y salió del hostal.
-¡Esa condenada arpía! –rugió el viejo Craddock.
-¡Jacob! –se escandalizó su esposa-.¡No hables así de la señorita Farquhar.
-¡Yo hablo de ella como a mi se me de la gana! –rezongó el anciano-. ¡Esa mujer ya tiene bastantes lamebotas en este pueblo!
No es una mujer agradable –resopló el viejo-. Es una víbora cizañosa y engreída. ¡Se cree que todo el mundo debe estar al pendiente de sus caprichos solamente porque es la más rica de por aquí!
-No olvides que tiene influencias –recordó la señora Craddock-. Quizá, si fueses un poquitín más amable con ella…
-¡Con esa bruja! ¡Debes estar bromeando!
Sherry se levantó disimuladamente y salió del lugar seguida por Brago.
-No es buena idea presenciar una pelea de casados –comentó la rubia.
El mamodo la miró sin responder.
-Podrías contestarme de vez en cuando –gruñó Sherry.
-…
-En serio, Brago, sería bueno que hablarás un poco, para variar.
-No.
Sherry suspiró, dándolo por imposible.
-o-o-o-
Realmente no había mucho que ver en el pueblo.
Había tres o cuatro tiendas de víveres, un almacén con ropa que parecía del siglo pasado y una tienda de electrodomésticos y antigüedades siendo los primeros mas viejos que las segundas.
Lo único medianamente digno de atención era el ayuntamiento: una especie de combinación entre un museo y una biblioteca con la oficina del alcalde.
Sherry curioseó por el lugar, mirando las vitrinas y los estantes y leyendo los títulos de los libros acomodados de cualquier forma, mientras Brago permanecía de pie, apartado en un rincón, con los brazos cruzados y dirigiendo hoscas miradas a lo que lo rodeaba, repitiendo una y otra vez en su mente lo que opinaba sobre aquella forma tan estúpida de desperdiciar el tiempo, cuando algo inesperado capturó su atención.
-Sherry.
La mujer buscó con la vista al ser de la oscuridad y lo encontró de pie ante la vieja chimenea, al otro lado del vestíbulo. Se encaminó hacia donde estaba y advirtió que el niño observaba algo sobre la repisa de la chimenea.
Sherry Belmont alzó la mirada y contuvo el aliento.
Sobre la repisa, colgado del muro, había un retrato; por su aspecto podría decirse que era muy antiguo, pero la persona retratada era…
-Se parece a ti –murmuró Brago sin dejar de examinar el cuadro.
Sherry tragó saliva con dificultad.
Brago tenía razón; la mujer del retrato y ella eran idénticas.
La joven se acercó un poco más y leyó en voz baja el nombre que figuraba en una placa en la parte baja del marco.
"Katrina Van Tassel."
El ser oscuro frunció el seño y miró a su contraparte humana.
-¿No es ese el nombre de la mujer en la historia del viejo?
Sherry asintió en silencio.
Eso explicaba muchas cosas.
Y creaba muchas más incógnitas.
-o-o-o-
Encontraron al señor Craddock sin mucha dificultad.
Como era un pueblo pequeño y todos conocían a todos, la gente sabía donde era más probable encontrar a determinada persona. El señor Craddock, por ejemplo, solía trabajar en el huerto de los Grable a esas horas.
Todas las personas con las que se habían encontrado los habían mirado con hosquedad y aprehensión.
Pero Sherry ya sabía porque.
-Señor Craddock –llamó con nerviosismo.
El anciano levantó la vista del parterrete de flores junto al cual estaba arrodillado y sonrió al ver a la joven.
-¡Sherry! ¡Qué sorpresa!
Dejó sus herramientas de jardinería sobre el pasto y se levantó con cierta dificultad, maldiciendo en voz baja a su reuma.
-Lamento molestarlo –se excusó Sherry-, pero necesito preguntarle algo.
-Dime.
-Estuvimos en el ayuntamiento… -comenzó Sherry.
-… y vieron el retrato de Katrina –completó Craddock.
No te dije que te parecías a ella porque no tiene importancia –explicó el viejo.
-A la gente de aquí parece importarle –repuso la joven-. Todos me miran de un modo…
-¡Son un atajo de supersticiosos! –ladró Craddock-. ¡No deberías prestarles atención!
-¿Eso incluye a su esposa? –preguntó Brago con ironía.
El viejo suspiró.
-Elise es tan supersticiosa como el resto, aunque no quiera admitirlo –comentó-. Pero no tiene mala intención.
El anciano miró al cielo y se agachó para recoger sus herramientas.
-Está a punto de llover. No podré seguir trabajando con este clima –gruñó-. Vamos. Los acompañó de regreso.
Próximamente:
Capítulo Cuatro.
El Jinete.
