Prometido, prometido prometido contestar a vuestros reviews en el proximo capítulo!!! Sigo sin tiempo para hacerlo ahora... pero quería actualizar antes de irme a dormir.
¡Ojala os siga gustando!! Este capítulo es uno de los que menos me gusta del libro y no me ha motivado mucho :(
¡Besos!!!
Después de ponerse los primeros pantalones y la primera chaqueta que encontró en su baúl, Lily regresó aprisa y corriendo a la Sala Común. James, Sirius y Remus, aunque este último en menor medida, la esperaban sentados con cara de mártires. Hizo acopio de valor para no sonreír.
—¿No habréis leído sin mí, verdad?
—No, no. Ni se nos hubiese ocurrido —contestó James de inmediato.
—Bien —suspiró y ocupo de nuevo su lugar en el sillón— Muy bien, ahora creo que me debéis unas cuantas explicaciones.
—¿Por dónde quieres que empecemos? —preguntó Remus. Era el que más relajado de los tres estaba, y Lily supuso que se debería, en parte, a que su gran secreto había sido ya revelado.
—Tenéis una capa de invisibilidad —afirmó ella.
—Cornamenta tiene una capa de invisibilidad —matizó Sirius, quien estaba deseando quitarse culpas de encima. James apretó los labios y me miró mal.
—Gracias, Sirius —le dijo— para la próxima vez que necesites la capa tendré en cuenta que es mía.
—¡No seas rencoroso! —se rió el animago perro.
—¡No seas tú cobardica!
—¡Basta los dos! —gritó Lily. Se giró hacia James y alzó una ceja con impaciencia— ¿Así que tienes una capa de invisibilidad? ¿Saben McGonagall o Dumbledore algo al respecto?
—¡Es una reliquia familiar! —se exaltó él—Ha ido pasando de generación en generación. Mi padre me la dio cuando comencé Hogwarts, y a él se la dio mi abuelo, y a mi abuelo se la dio mi bisabuelo, y…
—Vale, vale. Entiendo la idea de pasar algo de generación en generación. Pero no has respondido a mi pregunta, ¿lo sabe algún profesor?
—¡Que importa eso, pelirroja! No es asunto suyo, de todas formas.
—¡No te estoy preguntando a ti, Black!
—Bueno, pero él tiene razón —se defendió James. Odiaba contradecir a su Lily, pero no tenía razón en ese punto— Es un legado familiar, los profesores no pueden meterse en eso.
—Pero deberían saberlo. Ahora entiendo porque nunca os pillo en la mayoría de vuestras fechorías —dijo con algo de resentimiento—, no creo que eso esté permitido en el colegio.
—Te equivocas, pelirroja. ¿Crees que el padre de Cornamenta le hubiera dejado traer la capa si estuviese prohibida?
Vale, reconoció para sí Lily, puede que en ese punto tuviese razón. Aunque seguía sin gustarle un pelo la idea de que tales gamberros tuviesen en posesión una capa de invisibilidad. Se giró hacia Remus con los brazos en jarras. Él debería apoyarla.
—¿Tú no dices nada?
—Lo siento, Lily, pero no tengo nada en contra de la capa de James.
—¿Podemos empezar a leer? —les interrumpió Sirius— Quiero saber qué pasa con Harry.
—¡Aún me debéis muchas respuestas!
—Más tarde —zanjó el animago. Recogió el libro de encima de la mesa y empezó a leer sin preocuparse por si los demás deseaban hacerlo en su lugar.
Capítulo 2: La despedida de los Dursley
El portazo de la puerta de entrada resonó en el piso de arriba y una voz grito:
—¡Eh, tú!
—Seguro que es el novio de mi hermana, ¡qué grosero!
Como hacia dieciséis años que lo llamaban así cuando querían hablar con él,
—¿Dieciséis años? —gritó con espato— ¿Lleva dieciséis años en casa de mi hermana?
—¿Dónde estamos nosotros? —dijo ahora James— No puede habernos pasado nada, ¿no?
—No creo que se refiera a que lleva dieciséis años viviendo con ellos —concilió Remus, quien tampoco se hacía a la idea de que les hubiese pasado algo—, querrá decir que desde hace dieciséis años, cada vez que los ve, ellos se dirigen a él así.
—Eso no tiene mucho sentido, Lunático.
—¿Tienes tú otra explicación mejor? —le dijo algo enfadado. Odiaba cuando Sirius desbarataba sus teorías con un simple eso no tiene sentido.
— No, pero…
—Pues entonces no protestes.
—De todas formas —continuó Lily— ¿por qué esta con mi hermana ahora?
—Si seguimos leyendo nos enteraremos.
—Perdone usted, señorito .
Harry no tuvo ninguna duda de que su tío lo requería; con todo, no respondió inmediatamente. Siguió contemplando el fragmento de espejo en que, por una milésima de segundo, le había parecido ver un ojo de Dumbledore.
Solo cuando su tío bramo ¡MUCHACHO!, se levanto poco a poco y fue hacia la puerta de su dormitorio, deteniéndose para meter el trozo de espejo roto en la mochila, donde había guardado las otras cosas que deseaba llevarse.
—Te ha costado, ¿eh? —rugió Vernon Dursley cuando el muchacho apareció en lo alto de la escalera—. Ven aquí, quiero hablar contigo.
Bajo despacio los escalones, con las manos en los bolsillos de los vaqueros. Cuando llego al salón, vio que los tres Dursley se hallaban allí. Iban vestidos como si fueran a marcharse de viaje: tío Vernon llevaba una cazadora beis con cremallera; tía Petunia, una pulcra chaqueta de color salmón, y Dudley, su corpulento, rubio y musculoso primo, la cazadora de piel.
—Al menos sabemos, Cornamenta, que no tienes el gusto tan malo como para llamar a tu hijo Dudley.
—¿Qué ocurre? —pregunto Harry.
—¡Siéntate! —ordeno tío Vernon,
—¡Por favor! ¿No puede tener más modales? —se ofendió Lily— El marido de mi hermana tenía que ser…
y su sobrino enarco las cejas—. Por favor —añadió e hizo una mueca, como si esas dos palabras le lastimaran la garganta.
Harry se sentó; creía saber lo que iba a pasar. Su tío empezó a pasearse por el salón; tía Petunia y Dudley seguían sus movimientos con expresión de angustia. Por fin Vernon Dursley, cuya enorme y morada cara
—Qué favorecedor… —comentó James.
—Él ya se ve así ahora.
—¿Le conoces?
—Le vi en el funeral de mis padres.
—Oh…
se contraía en un gesto de concentración, se detuvo delante del muchacho y anuncio:
—He cambiado de idea.
—¿Sobre qué? —se interrumpió Sirius.
—Si lees lo sabremos.
—Que sorpresa —replico Harry.
—No permitas que te hable con ese tono... —chillo tía Petunia, pero su esposo la acallo con un ademan.
—Todo esto es un cuento chino —continuo Vernon, fulminando al muchacho con sus ojillos porcinos—. He decidido que no me creo ni una sola palabra. Nos quedamos aquí; no vamos a ninguna parte.
Harry sintió una mezcla de regodeo y exasperación. Vernon Dursley llevaba cuatro semanas cambiando de idea cada veinticuatro horas: cargaba el coche, lo descargaba y volvía a cargarlo cada vez que alteraba sus planes. El momento más divertido para Harry había sido cuando su tío, que no sabía que Dudley había puesto las pesas en su maleta después de la última vez que su padre descargara el coche, intento levantarla para meterla en el maletero y se cayó de golpe; había soltado una buena retahíla de gritos e improperios.
Los cuatro adolescentes comenzaron a reír ante la imagen que se había formado en su cabeza tras esas palabras.
—Lástima no haber estado allí para presenciarlo —rió Sirius.
—Según tú —prosiguió Vernon, reiniciando sus paseos por el salón—, Petunia, Dudley y yo estamos amenazados por... por...
—Algunos de los míos, sí —afirmo Harry.
—¿Alguno de los míos? —repitió James— ¿Se refiere a nosotros, a los magos?
—Me temo que sí. Mi hermana odia todo lo relacionado con la magia, no se atreve ni siquiera a pronunciar su nombre. Veo que no cambia mucho en el futuro.
—¡Vaya tontería! No pronunciar magia… Un nombre no te va a comer. —dijo Siirus.
—Eso díselo a todos los miembros de la población mágica que tienen miedo de pronunciar el nombre de Voldemort —remarcó Remus.
Sirius murmuró algo inteligible por lo bajo y siguió leyendo.
—Pues no te creo —le espeto su tío, y volvió a detenerse delante de el—. Me he pasado la noche en vela dándole vueltas, y opino que es una estratagema para quedarte la casa.
—¿La casa? —repitió James— ¿Qué casa?
—¿La casa, dices? —repitió Harry—. ¿Qué casa?
—De tal palo tal astilla… —murmuró Sirius.
—¡Esta casa! —chillo Vernon, y la vena de la frente le latió—. ¡Nuestra casa! En este barrio, el precio de la vivienda se está disparando. Lo que quieres es quitarnos de en medio para poder hacer tus trapicheos y antes de que nos demos cuenta la escritura este a tu nombre y...
—Ese hombre es completamente idiota —y girándose hacia Lily— y siento mucho meterme con tu familia, Lily, pero no hay otra definición para él. ¿Por qué demonios iba a querer mi hijo su casa?
—¿Te has vuelto loco? —replico Harry—. ¿Una estratagema para quedarme esta casa? ¿De verdad eres tan estúpido como pareces?
—¡Cómo te atreves! —salto tía Petunia, pero Vernon la hizo callar de nuevo con un ademan. Al parecer, el escarnio de su aspecto personal no era nada comparado con el peligro que había detectado.
—Por si no te acuerdas —dijo Harry—, yo ya tengo una casa: la que me dejo mi padrino.
—¡Le he dejado una casa! —gritó con emoción Sirius.
—¡Eso es genial, Canuto! ¡Gracias!
—Me preguntó qué casa —dijo Remus—, ¿no te desheredó tu familia cuando te fuiste de casa?
—Ni loco le legaría a alguien Grimauld Place. Me habré comprado una o algo, pero…
—¡¿Te fuiste de casa?! —les interrumpió Lily, mirando con sorpresa.
—Sí. Ya habrás adivinado lo poco que mi madre me quiere…
—Pero…
—Y además —siguió Sirius— también sabes el tipo de ideales que tiene mi familia, ¿crees que podía vivir con gente así?
Lily medio sonrió. Sirius Black era una de las últimas personas que se rodearía de magia oscura. Ni él, ni Remus ni, por supuesto, Potter. Tendrían todos los defectos que quisiesen, pero en ese tema eran inflexibles. Tan inflexibles como ella misma.
—¿Y a dónde fuiste?
—A mí casa, por supuesto —respondió James.
¿Para qué iba a querer esta? ¿Por los recuerdos felices?
Se produjo un silencio y Harry creyó que había impresionado a su tío con ese razonamiento.
—Dices que ese lord como se llame... —retomo Vernon su argumentación.
—Voldemort —aclaro su sobrino, impaciente—, y ya hemos hablado de esto cientos de veces. Y no lo digo yo: es la verdad; Dumbledore te lo explico el año pasado, y Kingsley y el señor Weasley...
—¡Conozco a los Weasley! —gritó emocionado James— Arthur Weasley trabaja en el ministerio, mi padre me ha hablado de él, es un buen tipo.
—Se casó con Molly Prewett, según he oído —intervino Sirius— La hermana de Giddeon y Fabián.
—Sí, y creo que tienen dos o tres hijos. Muy buena gente —repitió de nuevo—, eso es lo que dice mi padre siempre.
—En cambio mi madre los considera unos traidores a la sangre —dijo Sirius con algo de resentimiento.
Vernon Dursley encorvo los hombros, furioso, y Harry dedujo que intentaba ahuyentar los recuerdos de la inesperada visita, recién empezadas sus vacaciones de verano, de dos magos. En efecto, cuando abrieron la puerta y vieron a Kingsley Shacklebolt y Arthur Weasley, los Dursley se habían llevado una desagradable sorpresa. Pero Harry reconocía que, dado que en una ocasión el señor Weasley había destrozado la mitad del salón de aquella casa, era lógico que su reaparición no causara demasiado placer a tío Vernon.
—¿Le destrozaron medio salón? —dijo Lily, debatiéndose entre unirse a las risas de los merodeadores o entre espantarse. Por un momento imaginó la cara de su hermana Petunia, ella que era tan limpia y escrupulosa, y no pudo contener una carcajada.
Los chicos rieron más fuerte al ver que Lily se les unía.
—¡Ya os dije que ese Weasley es un buen tipo! —exclamó James.
—Aunque no creo que le volase el salón aposta, James —dijo Remus—, debió ser algún tipo de accidente.
—No importa —contestó Sirius—, sigue siendo divertido de todas formas.
—... Kingsley y el señor Weasley también te lo explicaron —repitió Harry, implacable—. En cuanto cumpla diecisiete años, el encantamiento protector que me mantiene a salvo se romperá,
—¿Un encantamiento protector? —James frunció algo el ceño— ¿Existe algún tipo de protección capaz de frenar a Voldemort?
—Al parecer sí, y tu hijo la tiene, Cornamenta.
y eso os expondrá al peligro tanto como a mí. La Orden está segura de que Voldemort vendrá por vosotros, ya sea para torturaros e intentar averiguar mi paradero, o porque crea que si os toma como rehenes yo volveré para rescataros.
Las miradas de tío y sobrino se cruzaron, y Harry tuvo la certeza de que en ese instante ambos se preguntaban lo mismo.
—Él no les dejaría morir —dijo Lily— por mucho que ellos parezcan odiarle.
Se acurrucó en el sofá y se recostó un poco contra James. Tenía un mal presentimiento. Según el libro, parecía que Harry tenía bastante contacto con su hermana y su marido, y eso no era nada normal. De estar ella en condiciones de hacerse cargo, jamás lo dejaría al cuidado de Petunia. Algo les había ocurrido (a ella y a James, ya que tampoco creía que él abandonase a Harry a la primera de cambio), estaba segura de ello.
Entonces Vernon arranco de nuevo a pasearse y el muchacho continuo:
—Tenéis que esconderos, y la Orden quiere ayudaros. Os están ofreciendo una protección excelente, la mejor que puede haber.
Su tío no dijo nada y siguió dando vueltas por el salón. Fuera, el sol estaba a punto de ocultarse detrás de los setos de alheña y el cortacésped del vecino volvió a calarse.
—Pero ¿no existe un Ministerio de Magia? —pregunto de pronto Vernon Dursley.
—Sí, claro que si —contesto Harry, sorprendido.
—Pues entonces, ¿por qué no nos protege el tal ministerio? Me parece a mí que, como víctimas inocentes que somos, cuyo único delito ha sido hospedar a un individuo fichado,
—¡Harry no es un individuo fichado! —repitió Lily encolerizada.
deberíamos tener derecho a recibir protección del Gobierno.
—Qué típico… —se burló James— como si el Gobierno fuese a solucionar todos los problemas del mundo.
—Además —continuó Remus— nuestro gobierno está infectado en esos momentos. No sabemos hasta qué punto es fiable.
Harry no logro contener la risa. Era típico de su tío depositar sus esperanzas en el Gobierno, incluso en el de ese mundo que tanto despreciaba y del que tanto desconfiaba.
—Ya oíste lo que dijeron el señor Weasley y Kingsley —repuso—. Creemos que se han infiltrado en el ministerio.
Vernon fue hasta la chimenea y regreso; respiraba tan hondo que se le movía el espeso bigote negro, y todavía tenía la cara morada por el esfuerzo de concentración.
—Esta bien —dijo deteniéndose una vez más frente a su sobrino—. Esta bien, pongamos por caso que aceptamos esa protección, pero sigo sin entender por qué no pueden asignarnos a ese tal Kingsley.
—¿Conocemos a Kingsley? —preguntó Sirius. Llevaban bastante rato leyendo sobre él y le ponía nervioso eso de no poder ponerle cara.
—Hay un Kingsley unos cuantos años por debajo de nosotros —contestó Remus—. ¿Te acuerdas, Lily, qué empezó en Hogwarts en nuestro primer año como prefectos?
—Creo que sí… —dudó ella— ¿Es uno al que siempre nos topábamos en nuestras guardias por los pasillos?
—Sí, el mismo. Creo que tenía alguna obsesión extraña con pasear a mediachoche.
Sirius protestó: —¡Pero yo sigo sin saber quien es!
Lily se encogió de hombros— Lo sentimos, pero sigue leyendo.
Harry se esforzó por no poner los ojos en blanco. Esa pregunta se la habían formulado muchas veces.
—Como ya te he dicho —respondió apretando los dientes—, Kingsley se encarga de proteger al ministro mug... quiero decir, a vuestro primer ministro.
—¡Exacto! ¡Porque es el mejor! —bramo tio Vernon señalando la pantalla del televisor. Los Dursley habían visto a Kingsley en el telediario, caminando discretamente detrás del primer ministro muggle mientras este visitaba un hospital. Esa imagen, y el hecho de que Kingsley tuviera una habilidad especial para vestirse como un muggle, por no mencionar el efecto tranquilizador de su grave y pausada voz, consiguió que los Dursley confiaran en el como jamás habían confiado en ningún mago, aunque era cierto que nunca lo habían visto con el pendiente puesto.
—¡Kingsley es un tío guay! —dijo Sirius.
—Y tanto… —estuvo James de acuerdo.
—Si, pero resulta que el esta ocupado —aclaro Harry—. Y Hestia Jones y Dedalus Diggle
—¡Conozco a Diggle! —gritó Sirius.
—Todos conocemos a Diggle —dijo Remus—, se graduó el año pasado.
están perfectamente capacitados para realizar este trabajo.
—Si al menos hubieramos leído sus currículos... —rezongo Vernon.
Entonces Harry perdió la paciencia.
—Oh, oh… —se burló Sirius.
—¿Qué pasa? —dijo Lily, ya que los tres la estaban mirando a ella.
—Que como Harry haya heredado tu carácter ese Dursley se va a enterar —dijo el animago perro.
—¡No hay nada de malo con mi carácter!
—Eres un poco gritona, reconócelo.
—¡YO NO SOY GRITONA!
Lily se dio cuenta del grito que acababa de meter y enrojeció en el acto. Vale, puede que algo gritona fuese… ¡pero es que esos dos la sacaban de quicio! Carraspeó, ignorando la risita tonta de Black, y le ordenó que siguiese leyendo.
Se levanto y se aproximó a su tío señalando el televisor.
—Esos accidentes (aviones estrellados, explosiones, descarrilamientos), así como cualquier otra desgracia que haya sucedido desde que vimos las ultimas noticias, no son accidentes. Esta desapareciendo y muriendo gente, y Voldemort se encuentra detrás de todo esto. Ya te lo he dicho cien veces: Voldemort mata muggles por pura diversión. Hasta La niebla está producida por los dementores, y si no te acuerdas de quienes son, pregúntaselo a tu hijo.
—¿Por qué un niño muggle conoce a los dementores? —preguntó Remus. Nadie tenía respuesta para eso, por lo que Sirius se limitó a leer.
Dudley levanto automáticamente ambas manos y se tapo la boca. Sus padres y Harry lo miraron; el chico bajo lentamente las manos y pregunto:
—¿Hay... hay mas?
—¿Más qué? —rio Harry—. ¿Quieres decir mas dementores, aparte de los dos que nos atacaron?
—Espera, espera, espera —interrumpió Sirius— ¿Unos dementores atacaron a Harry y a ese muggle?
Lily tenía los ojos dilatados por el espanto.
—¿Por qué?
—Quizás Voldemort los envió —especuló Remus.
—¿Dónde narices estamos nosotros cuando Harry nos necesita? ¡Merlín, el pobre muchacho es atacado por dementores y no tiene aun ni diecisiete años!
Lily buscó a tientas la mano de James y se la estrechó. Empezaba a tener con él cierta confianza como para permitirse ese tipo de acercamientos. Su cercanía ya no era tan molesta como antes. Suspiró e intercambió con él una mirada preocupada. Sabía que James pensaba lo mismo que ella: algo grave les había ocurrido.
Pues claro que hay más, cientos de ellos, quizá miles a estas alturas, porque se alimentan del miedo y la desesperanza.
—Esta bien, esta bien —bramo Vernon Dursley—. Ya has dicho lo que querias decir...
—Eso espero, porque cuando cumpla diecisiete años todos ellos, los mortífagos, los dementores, quizá incluso los inferi, que son cadáveres embrujados por magos tenebrosos, podrán salir en vuestra busca, os encontraran y atacaran. Y si te acuerdas de la última vez que intentaste huir de un mago, creo que me concederás que necesitáis ayuda.
—¿De qué mago creéis que intentaría huir? —preguntó Remus.
—¿De Dumbledore? —dijo Lily a su vez.
—¿Por qué alguien querría huir de Dumbledore? —dijo Sirius. La simple idea era algo inconcebible.
—Estamos hablando de mi hermano y su marido, todo puede ser posible.
Hubo un breve silencio durante el cual el lejano eco de los golpes de Hagrid
—¡Hagrid! —gritó Sirius, carcajeándose ligeramente— ¡Huían de Hagrid!
en una puerta de madera resonó como si no hubieran pasado los años. Tia Petunia miraba a su esposo, y Dudley, a Harry. Por fin el señor Dursley dijo:
—¿Y que pasara con mi trabajo? ¿Y el colegio de Dudley? Supongo que esas cosas no les importan a un puñado de magos holgazanes...
—¡Eh! ¡No somos holgazanes!
—Bueno, Canuto, tú quizás un poco sí que lo seas —se rió James.
—¿Es que no lo entiendes? —le espeto Harry—. ¡Os torturaran y mataran como hicieron con mis padres!
Y como había ocurrido con la revelación de la muerte de Sirius, se hizo el silencio, aunque esta vez tardaron mucho más rato en salir de ese mutismo.
Si la muerte de Sirius fue algo que les costó asimilar, la de James y Lily resultaba totalmente imposible de creer. James, siempre tan entusiasmado con todo y tan lleno de vida, y Lily, tan sensata y tan sensible, no podían estar muertos.
El primero en recuperar el habla fue Remus.
—¿Cu… cuando?
No fueron necesarias más palabras. Todos entendieron. ¿Cuándo iba a ocurrir?
—Dieciséis años —susurró Lily, atando cabos con todo lo que habían leído hasta el momento—. Harry lleva con los Dursley dieciséis años, y él tiene casi diecisiete.
—¡Un año! —exhaló James— Morimos cuando él no tiene más que un año.
—Oh Dios mío… pobre Harry.
Lily notó que le apretaban la mano. Buscó la mirada de James y se encontró con unos ojos aguados. No supo porqué, pero en ese instante fue consciente de que estaban juntos en aquella guerra; estaban juntos en todo. Nunca había pensado en Potter de esa manera, pero supo con total certeza que podría contar con él para cualquier cosa.
—Mueres antes que yo —Sirius habló con un tono de voz tan mínimo que le escucharon a duras penas—. Yo le di el espejo a Harry, Harry me conoce. Y tú… y tú mueres cuando él tenía un año—se le rompió la voz y escondió la cara entre sus manos.
James soltó a Lily y se acercó a él para posarle una mano confortable en el hombro. Entendía como se sentía Sirius ahora mismo: exactamente igual a como él se había sentido en el capítulo anterior.
—Sirius, tienes que…
Pero Sirius no le dejó terminar. Alzó la cabeza y le miró de forma suplicante:
—No puedes hacer eso, Cornamenta. Se supone que era yo quien moría. Yo me moría en el capítulo anterior, ya lo tenía asumido… y tú seguías aquí. Con tu Lily y con Harry, y riéndote de Remus por haberse casado con una niña de cinco años. Tú debías seguir vivo. Ese era el trato.
—No había ningún trato, Canuto.
—Sí, sí lo había. Yo lo di por hecho. Tú tenías que llorarme a mí y no al revés… porque eres más sensato, y si no lo eres tendrás a la pelirroja que no dejará que te vuelvas loco. ¿Pero yo? Se me cruzarán los cables, lo sé, me liaré a palos con el mundo y terminaré cometiendo alguna estupidez.
—Remus no te dejará, ¿verdad? —preguntó girándose hacia el aludido.
—Cierto —contestó el licántropo, también con la voz rasposa—, yo no te dejaré cometer estupideces, Sirius.
—Pero no funcionará —rebatió él— No funcionará. Porque Peter es un puto mortífago y porque James estará muerto, y Lily también. Y no importa que sea una prefecta insufrible, porque al final todos nosotros la queremos —soltó algo parecido a una carcajada— ¡Y eso es culpa tuya, Cornamenta! Tanto hablar de la pelirroja que al final hemos terminado todos a sus pies, y ella morirá, y tú también, y…
—Ya basta, Sirius. Estarás bien.
James le abrazó para hacerle callar y ninguno de los dos se molestó en ocultar las lágrimas que habían estado aguantando. Porque él era James Potter, y a James Potter no le avergonzaba exponer ante sus amigos sus sentimientos.
Lily tragó el nudo que tenía en la garganta y miró a Remus, quien a su vez miraba a Sirius y a James como si entendiese a la perfección el momento que estaban pasando. Y por primera vez Lily comprendió a los merodeadores. Los merodeadores no eran cuatro —tres ahora que Peter resultaba ser del bando oscuro—, los merodeadores eran uno solo que los englobaba a todos. Ni ella misma llegaba a entenderlo del todo, pero sabía que se había equivocado al juzgarlos tan duramente durante todos los años en la escuela.
Recuperó el libro del suelo, donde Sirius lo había dejado caer tras la fatídica información, y esperó a que se hubiesen repuesto para seguir leyendo.
—Papa... —tercio Dudley—. Papa, yo me voy con la Orden esa.
—Por primera vez en tu vida dices algo con sentido común, Dudley —afirmo Harry, ahora seguro de que la batalla estaba ganada. Si Dudley estaba lo bastante asustado para aceptar la ayuda de la Orden, sus padres lo acompañarían, porque nunca se plantearían separarse de su cachorrillo. Miro el reloj de sobremesa que había en la repisa de la chimenea—. Llegaran dentro de cinco minutos —anuncio, y como nadie dijo nada, salió de la habitación.
La perspectiva de separarse —seguramente para siempre— de sus tíos y su primo le producía una alegría considerable, pero en la casa reinaba una atmosfera un tanto violenta, ya que... ¿que se dicen para despedirse las personas que llevan dieciséis anos detestándose?
—Ha tenido que ser un infierno para él —dijo Lily— Si vieseis como Petunia me trata a mí… Odia la magia, le asusta, y para ella todos nosotros somos anormales, monstruos. No me quiero ni imaginar lo que habrá sido para Harry vivir con eso toda su vida.
James se acercó a ella en el sillón, le pasó un brazo por los hombros y Lily se recostó contra su costado, mientras continuaba dándole vueltas a esa idea. Como descubriese gracias al libro algún desplante o alguna ofensa grande hacia su hijo, Petunia se iba a enterar.
Una vez en su dormitorio, Harry repaso el contenido de su mochila y luego metió entre los barrotes de la jaula de Hedwig un par de chucherías lechuciles que cayeron con un ruidito sordo, pero la lechuza las desdeñó olímpicamente.
—No tardaremos en irnos —le dijo—. Y entonces podrás volver a volar.
De repente, sono el timbre de la puerta. Harry vacilo un momento, pero salió de su habitación y bajo la escalera; era excesivo pretender que Hestia y Dedalus se las arreglaran solos con los Dursley.
—¡Harry Potter! —chillo una emocionada voz en cuanto el muchacho abrió la puerta; un individuo bajito con sombrero de copa color malva le hizo una profunda reverencia—. ¡Es un gran honor, como siempre!
—Dedalus no ha cambiado nada en todos esos años —dijo Remus.
—Siempre fue demasiado entusiasta.
—Gracias, Dedalus —repuso Harry dirigiéndole una tímida y embarazosa sonrisa a la morena Hestia—. Os agradezco que hagáis esto. Mirad, aquí están: mis tios y mi primo...
—¡Buenas tardes, parientes de Harry Potter!
James se rió:
—Seguro que les encanta ese tratamiento —ironizó.
—saludo Dedalus alegremente al entrar con decision en el salon.
A los Dursley no les gusto nada ese tratamiento, y Harry temió que volvieran a cambiar de idea. Al ver al mago y la bruja, Dudley se acerco más a su madre.
—Veo que ya estan listos para marchar. ¡Excelente! El plan, como les ha explicado Harry, es muy sencillo —dijo Dedalus mientras examinaba el enorme reloj que se saco del bolsillo—. Nos iremos antes que Harry. Debido al peligro que conlleva emplear la magia en esta casa (puesto que el muchacho todavía es menor de edad, si lo hiciéramos el ministerio tendría una excusa para apresarlo), cogeremos el coche y nos alejaremos unos quince kilometros; luego nos desapareceremos e iremos al lugar seguro que hemos elegido para ustedes. Supongo que sabe conducir, ¿verdad? —le preguntó a tío Vernon.
—Apuesto a que esa pregunta a Dursley le encanta —dijo Lily.
—¿Si se condu...? ¡Pues claro que se conducir! —farfullo Vernon.
—Es usted muy inteligente, senor, muy inteligente. Reconozco que yo me haría un lio tremendo con todos esos botones y palancas.
—Tiene toda la razón del mundo —corroboró James—, yo sería incapaz de conducir un trasto de esos.
—¡No es tan difícil! —se rió Lily. Para ella, que era hija de muggles, los aparatos eléctricos, la tecnología y la mecánica era algo tan natural como la propia magia. Le causaban gracia los magos que veían todo aquello como algo imposible de entender.
—Yo siempre he querido una motocicleta —dijo Sirius entonces— Cuando salga de Hogwarts me compraré una, y la haré volar.
Los otros tres le miraron sin decir nada durante un par de minutos. Esa fue su primera intervención desde que se enterase de la muerte de James. Les dedicó una de sus sonrisas características, una promesa de estaría bien, y Lily continuó entonces la lectura.
—declaro Dedalus. Era evidente que creía estar halagando a Vernon Dursley, pero este iba perdiendo confianza en el plan a cada palabra que pronunciaba el mago.
—Ni siquiera sabe conducir —mascullo, y el bigote se le agitó con indignacion, pero por suerte ni Dedalus ni Hestia lo oyeron.
—Tu, Harry —continuo el mago—, esperarás aquí hasta que llegue tu escolta. Ha habido un pequeño cambio de planes...
—¿Que quieres decir? —salto el chico—. Yo creía que iba a venir Ojoloco y me llevaría mediante la Aparicion Conjunta.
—¿Quién es Ojoloco? —preguntó Remus— no creo conocer a nadie con ese nombre.
—Ni idea, pero no suena nada… ¿cuerdo? —bromeó Sirius.
—No ha podido ser —intervino Hestia, laconica—. Ya te lo explicará el mismo.
Los Dursley, que escuchaban la conversación con cara de no entender nada, dieron un respingo cuando una fuerte voz chillo: ¡Daos prisa! Harry recorrio la habitacion con la mirada hasta que comprendió que la voz había salido del reloj de bolsillo de Dedalus.
En la sala común, los cuatro adolescente se echaron a reír con tan solo imaginar la cara de los Dursley ante la hazaña.
—Si, es cierto; estamos operando con un margen de tiempo muy ajustado —aclaro el mago asintiendo a su reloj y guardándoselo en el bolsillo del chaleco—. Intentaremos que tu salida de la casa coincida con la desaparición de tu familia, Harry; de ese modo, el encantamiento se romperá en el preciso instante en que todos vayáis hacia un lugar seguro.
—O sea —interrumpió Lily—, que el encanto protector que tiene Harry, está, por lo que parece, relacionado de laguna forma con mi hermana. ¿He entendido bien?
—Sí, eso parece —le contestó Remus—. Yo no entiendo mucho de estas cosas, pero parece que la protección se romperá cuando Harry y su familia separen sus caminos.
Lily no entendía tampoco, y eso que encantamientos era la asignatura en la que la joven bruja más destacaba. Intentó hacer memoria y recordar algo que el profesor Flitwick hubiese nombrado respecto a hechizos protectores, pero tenía la mente en blanco. Suspiró y siguió leyendo.
—Se dio la vuelta hacia los Dursley y añadió—: Bueno, ¿estamos listos para partir?
Nadie le contesto: tío Vernon seguía contemplando, horrorizado, el abultado bolsillo del chaleco del mago.
—Quizá deberíamos esperar en el recibidor, Dedalus —murmuro Hestia, creyendo que demostrarían muy poco tacto si se quedaban en el salón mientras Harry y los Dursley intercambiaban afectuosas y quizá emotivas palabras de despedida.
—No hace falta —murmuro Harry, pero su tío zanjo la situación diciendo en voz alta:
—Bueno, chico, pues adiós.
—¡¿Adiós?! —gritó Lily— ¿Simplemente adiós? ¡Llevan viviendo con él dieciséis años! Debería tener que decir algo más que adiós.
Vernon Dursley levanto el brazo derecho para estrecharle la mano, pero en el último momento debió de sentirse incapaz de ello, porque cerro la mano y balanceo el brazo adelante y atrás como si fuera un metrónomo.
—¿Listo, Diddy? —pregunto tía Petunia comprobando, nerviosa, el cierre de su bolso para no tener que mirar a Harry.
Dudley no contesto, pero se quedo allí plantado con la boca entreabierta, y Harry se acordó de Grawp, el gigante.
—¿Los gigantes tienen nombre? —preguntó Sirius. Remus bufó y le miró con algo parecido a indignación— ¿Qué pasa, Lunático?
—Que no veo porqué no van a poder tener nombre. Tienen de seres mágicos lo mismo que tú, y…
—Son seres despiadados y oscuros.
—También los hombres lobo.
Sirius volteó los ojos —¡No es lo mismo!
—¿Por qué no? ¿Conoces a algún gigante?
—No, pero sí conozco a un hombre lobo.
James se estaba divirtiendo con la discusión, pero, por el bien de todos, decidió intervenir antes de que se prolongase lo indecible. Sirius y Remus podrían tirarse horas rebatiendo las ideas del otro.
—Dejadlo ya, chicos —les dijo—. Los dos tenéis parte de razón. Hemos comprobado que no todos los hombres lobo son peligrosos, por lo que no podemos asegurar que todos los gigantes sean despiadados. Necesitamos conocer antes a un gigante para decir tal cosa.
—Pues el que sí parece conocer a un gigante es Harry —intervino Lily—, y vale, puede que a vosotros os entusiasme la idea de comprobar el grado violento de todas las criaturas mágicas, pero yo preferiría que mi hijo se mantuviese alejado de ellas.
Y sin esperar réplicas, siguió leyendo.
—Pues... ¡nos vamos! —anuncio tío Vernon, y ya había llegado a la puerta del salón cuando su hijo mascullo:
—No lo entiendo.
—¿Qué es lo que no entiendes, Peoncita?
—¿Peoncita? —se carcajeó Sirius— ¿Es que esa mujer no puede encontrar apodos menos ridículos para su hijo?
—pregunto tía Petunia mirándolo con extrañeza.
Dudley levanto una mano, enorme como un jamón, y señalando a Harry pregunto:
—¿Por qué no viene con nosotros?
—¿Se está interesando por lo que Harry vaya a hacer? —preguntó James.
—¡Pero si le odian! —gritó Sirius.
Lily sonrió. Quizás, después de todo, quedase alguien de su misma sangre que sintiese algo parecido al apego por su hijo.
Sus padres se quedaron paralizados, mirándolo como si acabara de expresar el deseo de ser bailarina.
—¿Qué dices? —trono Vernon.
—¿Por qué el no viene con nosotros?
—Pues... porque no quiere —repuso Vernon; se dio la vuelta, fulminó a Harry con la mirada y añadió—: No quieres venir, ¿verdad que no?
—¡Por supuesto que no! —aseguró James.
—No, claro que no.
—¿Lo ves? —le dijo Vernon a su hijo—. Y ahora, vámonos.
Vernon Dursley salió al recibidor y oyeron como se abría la puerta de entrada, pero Dudley no se movió; tras dar unos pasos vacilantes, tía Petunia se detuvo también.
—Y ahora ¿qué pasa? —gruñó su marido, y volvió a plantarse en el umbral.
Al parecer, Dudley lidiaba con conceptos demasiado difíciles para expresarlos con palabras. Tras unos momentos de dolorosa lucha interna, cuestiono:
—Pero ¿adónde va a ir?
—¡Ohh, está preocupado por él! —arrolló Lily. Realmente la entusiasmaba que el hijo de su hermana se sintiese de esa forma.
Los tíos de Harry se miraron, de pronto asustados por la pregunta de Dudley. Hestia Jones interrumpió el silencio.
—Pero... ustedes saben adónde irá su sobrino, ¿verdad? —pregunto desconcertada.
—Claro que lo sabemos —contesto Vernon Dursley—. Se va con los de su calaña, ¿no?
—¡Eh! ¡No es necesario faltarnos al respeto!
Metete en el coche, Dudley; ya has oído a ese hombre: tenemos prisa.
Y volvió a ir hasta la puerta de entrada, pero su hijo no lo siguió.
—¿Ha dicho que se va con los de su calaña? —Hestia estaba escandalizada.
—Normal —volvió a interrumpir Sirius.
Harry ya había vivido otras veces esa reacción, pero los magos y las brujas no entendían que los parientes más próximos del famoso Harry Potter se interesaran tan poco por él.
—No pasa nada —la tranquilizo Harry—. No importa, en serio.
—¿Que no importa? —repitió Hestia elevando la voz amenazadoramente — ¿Es que esta gente no se da cuenta de lo que has llegado a sufrir, ni del peligro que has corrido, ni de la excepcional posición que ocupas en el seno del movimiento antiVoldemort?
—Vaya… —susurró Lily tras leer aquello.
—Y tanto que vaya, pelirroja. Creíamos que Harry era importante, pero al parecer es mucho más que eso. Es el centro de todo.
—Eso hace que todo esto sea aún más aterrador. Pobre Harry… ¿por qué él?
James la miró y se encogió de hombros. No tenía palabras para responder a aquello, era lo mismo que él llevaba preguntándose desde el primer capítulo.
—Pues... no, la verdad es que no. Ellos creen que lo único que hago es ocupar espacio, pero estoy acostumbrado a...
—Yo no creo que lo único que hagas sea ocupar espacio.
—Eso es sorprendente, sin duda —comentó Remus.
Si Harry no hubiera visto como Dudley movía los labios, quizá no lo habría creído. Miro a su primo unos segundos antes de aceptar que era él quien había hablado, porque, para empezar, Dudley se había sonrojado. Harry se quedo abochornado y atónito.
—Bien... eh... gracias, Dudley.
Una vez más dio la impresión de que Dudley lidiaba con pensamientos demasiado complicados para expresar, hasta que logro balbucear:
—Tú me salvaste la vida.
—No exactamente —repuso Harry—. Lo que te hubiera quitado aquel dementor habría sido el alma...
—¿Harry combatió a los dementores cuando los atacaron? —preguntó James.
—¿Pero cuándo ocurrió eso? —dijo ahora Lily— No estudiamos el encantamiento patronus hasta el último año y…
Remus la interrumpió: —Quizás las cosas cambien en el futuro. Si Voldemort está más poderoso que nunca y si anda mandando demetores a diestro y siniestro, es lógico que Hogwarts enseñe a combatir contra ellos lo antes posible.
—¡Pero es magia muy avanzada! Ya lo has visto en clase —insistió Lily—, no todos logran conseguirlo, y eso que estamos ya en el nivel de los EXTASIS.
—Pues Harry sí que domina el hechizo —dijo Sirius—, o al menos es lo que se entiende con la lectura.
—Bueno —intervino James—, no por nada Voldemort irá contra él, ¿no? Tiene que ser un mago bastante poderoso para estar causándole tantas molestias.
—Quizás simplemente le tenga ojeriza —apuntilló Remus.
James le miró con los ojos entrecerrados. Tenía que haber un motivo más grande que ese para que Voldemort se interesase por su hijo. Harry debía suponer una verdadera amenaza para él, no había otra explicación.
—Sea lo que sea —dijo Lily— nos enteraremos si seguimos leyendo.
Miro con curiosidad a su primo. Durante ese verano y el anterior apenas se habían relacionado, porque Harry había pasado poco tiempo en Privet Drive y casi siempre se encerraba en su habitación. Sin embargo, entonces comprendió que la taza de té frio con que había tropezado esa mañana no era ninguna broma.
Aunque estaba emocionado, le alivio que Dudley hubiera agotado su capacidad de manifestar sus sentimientos. Tras despegar los labios un par de veces más, su primo, rojo como un tomate, decidió guardar silencio.
Tía Petunia rompió a llorar. Hestia Jones le dirigió una mirada de comprensión que se transformo en indignación al ver que la mujer corría a abrazar a Dudley en lugar de a Harry.
—¡Qué tierno eres, Dudders! —sollozo Petunia hundiendo la cabeza en el inmenso pecho de su hijo—. ¡Qué chico tan encantador! ¡Mira que darle las gracias...!
—¡Pero si no le ha dado las gracias! —protestó Sirius
—Sí lo ha hecho —le contradijo Lily—. A su modo, pero está agradecido.
Si su sobrino se parecía en algo a su hermana, esas pocas palabras amables hacia Harry le habrían supuesto un gran esfuerzo. Petunia era orgullosa y si había algo que odiase, eso era dar su brazo a torcer.
—¡Pero si no le ha dado las gracias! —protesto Hestia, ofendida—. ¡Solo ha dicho que no creía que Harry únicamente ocupara espacio!
—¿Ves? Esa Hestia piensa como yo —dijo Sirius.
—Ya, pero viniendo de Dudley, eso es como decir te quiero
—Y Harry, que conoce bien a su primo, piensa como yo —sonrió Lily con petulancia.
—aclaro Harry, que se debatía entre el fastidio y las ganas de echarse a reír, mientras su tía seguía abrazando a Dudley como si este acabara de salvar a su primo de un edificio en llamas.
—¿Nos vamos o no? —rugió tío Vernon, que había reaparecido en el umbral del salón—. ¡Creía que tenían un margen de tiempo muy ajustado!
—Si, es verdad —confirmo Dedalus Diggle, que había observado la escena con aire de desconcierto. Tras recobrar la compostura, añadió—: Tenemos que irnos. Harry... —Decidido, fue hacia el muchacho y le estrecho la mano enérgicamente—. Buena suerte. Espero que volvamos a vernos. Todas las esperanzas del mundo mágico están puestas en ti.
—Pero sin presiones, Harry —se rió Sirius.
—¡No te burles, Canuto! —le riñó James— No es un tema para tomarse a broma.
—Solo intentaba quitarle presión al asunto —se defendió. Suspiró dramáticamente y puso los ojos en blanco— No hace ni dos horas que eres padre y ya has madurado, Cornamenta. Podre de ti…
—!Ah, vale! Gracias.
—Adiós, Harry —se despidió Hestia, y también le estrecho la mano—. Pensaremos en ti.
—Espero que todo salga bien —repuso el muchacho mirando de soslayo a tía Petunia y Dudley.
—Si, estoy seguro de que acabaremos siendo íntimos amigos —vaticino el mago alegremente, y al salir de la habitación agitó su sombrero. Hestia lo siguió.
Dudley se soltó con cuidado del abrazo de su madre, se aproximo a Harry, que tuvo que dominar el impulso de amenazarlo con magia, y le tendió una manaza rosada.
—Caray, Dudley —exclamo Harry mientras tía Petunia
sollozaba con renovado ímpetu—, ¿estás seguro de que los dementores no te metieron dentro otra personalidad?
—No lo se —farfullo el chico—. Hasta otra, Harry.
—Ya... —Harry le cogió la mano y se la estrecho—. Puede ser. Cuídate, Big D.
—Me gusta Bid D —interrumpió de nuevo Sirius—, suena mucho mejor que Dudders
—E infinitamente mejor que Peoncita —se rió James, de acuerdo con su amigo.
Dudley casi compuso una sonrisa y salió de la habitación con andares torpes. Harry oyó sus fuertes pisadas por el camino de grava y como se cerraba la puerta del coche.
Tía Petunia, que tenía la cara hundida en un pañuelo, alzo la cabeza al oír el ruido. Al parecer no había previsto quedarse a solas con su sobrino, de modo que se guardo precipitadamente el pañuelo húmedo en el bolsillo y dijo:
—Bueno, adiós. —Y camino hacia la puerta sin mirarlo.
—Adiós —repuso Harry.
Ella se detuvo y se dio la vuelta. Por un instante Harry creyó que quería decirle algo, porque le lanzo una extraña y trémula mirada y despego los labios; pero entonces hizo un gesto brusco con la cabeza y salió presurosa de la habitación tras los pasos de su esposo y su hijo.
Lily terminó de leer el capítulo y emitió algo parecido a un gruñido sordo.
—¿Estás bien? —le preguntó James.
—Sí.
—¿Entonces por qué gruñes? —dijo Sirius.
—¡Yo no gruño!
—Has hecho grnñmm, o algo así.
Lily le miró mal, pero resopló y accedió a explicarse.
—Es mi hermana —dijo—, lleva dieciséis años cuidando de mi hijo y no se ha dignado ni en darle un beso de despedida. Ni siquiera un "espero que te vaya bien" o un "mucha suerte, Harry". ¡Yo hubiese criado a su hijo como propio si la situación se hubiese dado a la inversa!
—Pero tú tienes muy buen corazón, Lily —alabó James—. Serías incapaz de tratar mal a alguien.
—Pues a nosotros lleva tratándonos mal desde hace casi siete años.
James le lanzó a su mejor amigo una mirada envenenada y Lily, directamente, ignoró su comentario.
—No se trata de tener mal o buen corazón —explicó—, es algo diferente. No sé explicaros… Se supone que hasta a una mascota le coges cariño, ¿no? Tienes un gato y lo quieres. ¿Cómo es posible no querer a tu propio sobrino al que, para más inri, has criado desde que era bebé? Algo va mal con Tuney; ella no odia a Harry, me odia a mí. Tengo que arreglarlo.
Parecía que hablaba consigo misma más que con ellos, pero aún así James se inmiscuyó en el monólogo.
—¿Y qué vas a hacer?
—Hablar con ella antes de que sea demasiado tarde.
Su futuro marido no encontró esa solución muy razonable. ¿Qué iba a decirle? Ningún muggle se creería la aparición de un libro en el que se narraban acontecimientos futuros. Era algo difícil de creer incluso para los magos… Pero, pese a sus objeciones, James no se opuso. Apretó la mano de Lily y sonrió con franqueza.
—Yo iré contigo —le aseguró.
—No… no, no —ella frunció el ceño. No rehusaba por costumbre o porque no quisiese su compañía, James se dio cuenta, sino porque no quería atosigarlo con sus problemas actuales—. Esto es algo entre mi hermana y yo, un problema familiar que debo resolver por mi cuenta.
—No te enfades por esto, Lily, pero tú y yo seremos familia algún día. Tus problemas son ahora mis problemas también, no te voy a dejar en la estocada.
Lily le sonrió, sorprendida tanto por el interés sincero de James como por sus pocas ganas de reusar su ofrecimiento. Ese libro realmente estaba haciendo mella en ellos.
—¿Podemos seguir leyendo? —les interrumpió Sirius.
—¡Qué poco tacto, Canuto! —bromeó James— La tenía ya a punto de rendirse.
—¡Oye! —protestó, riendo, Lily.
—Sí, claro… —ironizó Sirius—, prácticamente estaba a tus pies, no te digo.
James también rió y recogió el libro del regazo de Lily. Era su turno de leer.
