2. Accidentes

Kanda no entendía por qué, al parecer, a todo el mundo le había dado por invadir su espacio. No había momento del día en que no encontrara su mesa predilecta del comedor (la que estaba estratégicamente colocada de espaldas a todo el mundo) no estuviera ocupada por algún exorcista, buscador o científico que engullían sus platillos y dejaban su lugar favorito repleto de migajas. Para mala suerte del exorcista, siempre se los encontraba cuando tenía las manos en el plato y desenfundar Mugen sin verter toda la soba en el intento era demasiado arriesgado.

Sin embargo, esa tarde había decidido que sería diferente. Caminó con paso firme y pensando en la forma de amenazar a su potencial rival cuando se encontró al moyashi cómodamente sentado en la mesa. "Maldito bastardo" pensó, maniobrando con dificultad la katana y la soba.

—¡Ah, delicioso! —dijo el inglés poniéndose de pie.

Allen, que no se había percatado del potencial peligro en que se encontraba su vida, sabría minutos después que ponerse de pie repentinamente y por ende, tirarle encima toda la comida a cierto japonés que ese día casualmente no estaba de buen humor no era para nada divertido ni algo que se le deseara al peor enemigo.