Disclaimer VK pertenece a Matsuri Hino
Título: La Anacrónica Realidad Reinventada
Pairing: Kaito/Zero
Rating: M
Advertencias: Yaoi explícito (hombre/hombre). Si no te gusta leer de esto, da hacia atrás y asunto arreglado, no me hago responsable por traumas.
La Anacrónica Realidad Reinventada
Domingo, dieciocho, soleado.
La luz del sol sombrío se colocaba por entre las rendijas, silente, dejó caer la mano en la cama, el polvo danzó en espiral en los haces de luz de una interminable balada que ascendía y ascendía. El joven dejó vagar su mirada por los pliegues de las sábanas. Perezosamente estiró los dedos de su mano, su pensamiento más rápido que su cordura se arrastró por debajo de la almohada. Cerró los ojos aferrándose al sabor del metal.
¿A dónde se habían ido esas manos?
Un sentimiento más fuerte que cualquier cosa. Su mirada sincera observándole firmemente se dispersaba por toda su mente. Los hilos deshilvanados de su memoria fluctuaban, puntadas que se enterraban en la piel le recordaban aquellos instantes. Entonces clavaba sus uñas y desgarraba las reminiscencias arrancándose partes de sí mismo, prefería morir desangrado que ahogado en los recuerdos.
Se levantó de la cama con presteza, la pistola resbaló por entre las sábanas hasta el suelo. La maldita bestia lo acechaba pero no se permitiría caer en sus brazos, ya le había arrancando su humanidad, sus padres, su hermano, su destino y esencia, no se llevarían su consciencia. Caminó descalzo por la fría madera. Abrió la ventana dejando que el sol le diera en la cara ¿por qué las nubes le negaban su inmolación? Observó al astro directamente, sus pupilas ardieron de inmediato, las lágrimas se derramaron y todo fue blanco, incluso los humanos bajaban la mirada ante el rey sol.
Hincado frente la ventana recargando sus manos en el alfeizar y pegando su barbilla al pecho, murmuró algo ininteligible. El frío del medio día besaba su cuerpo con vehemencia, deseaba poder otorgarse a su malicia pero la verdad era que apenas si podía percibirlo. ¿Por qué ya no podía ni siquiera tener la satisfacción de doloroso invierno?
Los olió en la lejanía, casi podía jurar que los escuchaba riéndose en las esquinas, cuchicheándose planes para engatusar a sus presas, lanzando miradas lascivas sobre cualquier incauta que se dejara embelesar por sus ojos, moviéndose furtivamente para encontrar más fuentes de alimento. ¿Qué les importaba la vida? ¿Qué les importaba la dignidad? ¿Qué les importaba a ellos el mundo?
Pero no, no lo permitiría, ni lo toleraría. Él regía esa ciudad y ningún vampiro osaría en mancharla, los asesinaría a todos.
Sus largos cabellos negros ondeando en el viento. Maldita sea el día en el que le conoció, ojalá pudiera esfumarse su esencia, pero esa estaba arraigada a sus venas. Ahí estaban ambas bestias.
Debía apurarse, llegaría tarde a clase.
Miércoles, tres, ventoso.
Tenía que decirle algo sobre su manía de invadir su espacio personal pero ¿para qué? Si quería adueñarse de la cafetera podía hacerlo, la última vez que había intentado detener el avance de una persona sobre de él había terminado contaminado con su veneno.
—Desayuna apropiadamente, no es como si ya no lo necesitaras. —Pero tampoco moriría si no lo hacía. Soltó el tenedor. El tintineo del metal golpeando la porcelana reverberó por toda la habitación—. Sólo los vampiros no necesitan de los alimentos. —Volvió a agarrar el tenedor y le prestó atención al bistec que tenía por delante—. Iremos a las oficinas aunque hace calor afuera y nada de viento, necesitamos una lista nueva de nuestras presas, aunque preferiría ir por algo menos sencillo. Me gustaría ir por una de esas nobles escorias sé que están raptando niños, claro que Cross no quiere destapar el asunto, sería un escándalo para su protegido ese.
No le interesaban esas presas, su cuerpo clamaba por aplastar sangrepuras.
—No creo que Cross lo oculte, si no lo ha anunciando entonces es un mero rumor.
La sonrisa sardónica de Kaito hizo que el tenedor se les resbalara unos milímetros de la mano.
—Le concedes demasiada confianza a los cazadores. —En los indiferentes ojos lilas las emociones se le aglutinaron—. No te ofendas, Cross es mejor director que el anterior pero no todos los cazadores son buenos, muchos de ellos se venden. Hay gente corruptible, Zero. —Ahora sí lo había hecho enojar—. Calma, no quise ofender a Cross, Yagari no permitiría que alguien semejante al antiguo director fuera la cabeza de los cazadores. Lo digo por los demás, hay algo desagradable en ese lugar.
La perplejidad en su rostro debía ser evidente porque su compañero le miró con sorna, estaba tan confundido intentando descifrar los pensamientos de él que le sorprendió por completo sentir la mano de Takamiya sobre su mentón. Parpadeó repetidamente, no entendía nada de lo que estaba aconteciendo.
—Aún eres tan ingenuo. —Y de nuevo esa extraña sonrisa entre burlesca y sincera—. No puedes dividir el mundo entre vampiros y cazadores buenos, Zero. —Debía separarse, los dedos sobre su rostro eran algo que no quería pero su frío tacto de alguna manera se le hacía natural ¿Quién más le había tocado de esa manera?—. En la guerra no sabes quién es tu amigo o tu enemigo, el poder corrompe a los seres vivos, no importa si lo usas en beneficio propio, en beneficio de la humanidad o de la sociedad. Usar al enemigo para ganar, engañar para poseer es mucho mejor que permitir que mueran más inocentes.
—¿Estás diciendo que los vampiros pueden ser buenos? —le interrogó.
Kaito alzó una ceja.
—No lo sé, pero sé que puedo utilizarlos para hacer caer a los peces más gordos. —El cazador dejó viajar su dedo gordo de la comisura de los labios de Zero a posicionarse casi debajo del mentón—. ¿No te parece una buena idea? —El dedo índice de su compañero recorriéndole el rostro hasta colocarse en sus labios le causó una extraña sensación.
—Para ser un profesor de ética, tú tienes una muy rara.
Esta vez pareció haber dicho alguna especie de chiste.
—¿No has puesto atención a mis clases? Ah, estoy decepcionado de ti y pensar que era especial. —Zero frunció el ceño, no tenía idea de lo que estaba planteando el cazador—. La vida no es blanca o negra, Zero, así que los miembros de la misma tampoco pueden serlo. Usar vampiros corruptos para hacer caer a vampiros aún más corruptos no tiene nada de erróneo. Primero, la muerte de todo vampiro que atente contra la vida de un humano está permitida, así que ¿cuál es la diferencia entre matarlo antes o después? A menos claro que creas en la redención.
Hizo una mueca de disgusto ante la hipótesis de su compañero.
—Ellos no saben hacer otra cosa salvo destruir —afirmó Kiryuu.
—Que nos lleva al segundo punto, asesinar a los de abajo no basta. El nivel E es fácil de aniquilar pero ¿de qué sirve matar a las cabezas cuando el cuerpo de la hidra sigue intacto? Podríamos asesinar a todos los niveles E del mundo, pero mientras sigan existiendo niveles A, seguirán saliendo esos bichos. ¿De qué sirve asesinar vampiros niveles C? si los que dan las órdenes son los vampiros B. ¿Te parece mejor rastrear a los muertos de los líderes que usar a sus propios sirvientes para capturarles?
«La ética no se trata de que alguien te diga que se debe hacer, eso siempre debes preguntártelo a ti mismo.
El sonido de su voz, la intensidad de sus palabras, la firmeza de su mirada, todo Kaito le producía un no sé que en el cuerpo, pero de alguna manera le gustaba. Nunca había pensado mucho en él, siempre le había parecido un poco inflexible casi intolerante, siempre había creído que la lógica de su hermano de armas rozaba lo insensible. Las cosas para él se podían reducir a sencilleces matemáticas en donde todo se dominaba mediante las reglas, cuyas normas era imposible quebrantar. El mundo desde su perspectiva era una ecuación con una solución tan sencilla como lógica que cuando te daba la respuesta parecía que todos aquellos números, letras y signos fueran lo más fácil de comprender y tú que te viste en un lío resolviendo eso, te sientes estúpido.
Kaito le soltó el rostro pero colocó su mano sobre la de Zero quien ya había soltado el tenedor.
—¿Aún sigues pensando en que el mundo es bello? —Kiryuu quitó la mano lleno de enojo consigo mismo. Los planteamientos de Kaito eran correctos, quizás crudos e insensibles pero en términos lógicos y balanceando las pérdidas con las ganancias, lo que proponía no eran disparates. Él en cambio siempre había optado por creer en la amabilidad, las buenas causas, los dulces corazones y… frunció el ceño ¿a qué lo había llevado todo eso? Yagari había perdido un ojo, su hermano odió a sus padres, él había llegado a tener sentimientos por… por una vampira disfrazada de humana, había perdido a su hermano, a esa humana de tiernos ojos. ¿De qué servía sentir compasión por los demás? ¿Para qué quería un corazón capaz de amar?
—Pero sabes —interrumpió su compañero sus pensamientos—, hay humanos a los que les gusta creer en la bondad de las cosas aun cuando reciben golpes a cambio y eso los hace todavía más humanos, algunos incluso son elevados a calidad de santos. Si aún sientes todo eso, es prueba de que eres humano.
Deseó sentir los dedos de Kaito firmemente apretados a su muñeca, como si con ello lo salvara de convertirse en aquello que más odiaba.
—Los sentimientos es uno de los elementos que nos distingue de los animales y también de los vampiros, no sé si ellos tienen o no tienen sentimientos pero sé que deben ser diferentes. Los tuyos en aquel entonces y ahora son humanos.
Humano.
Jamás había pensando en ello, sencillamente sabía que lo era como que la roca era roca. Sin embargo, tras la muerte de sus padres esa palabra había adquirido un significado sumamente importante; aferrándose a sus cualidades como el náufrago a la tabla en la tormenta. Si Kaito, quien despreciaba tanto a los vampiros le llamaba humano, entonces… entonces…
Alzó el rostro buscando en los ojos del cazador el más mínimo indició de rechazo, pero sólo encontró veracidad, creía en los que decía, en lo que le expresaba. Ya había visto antes esa mirada… y eso lo hizo dudar.
Hace mucho tiempo, una niña le había tomado de las manos, le había pedido detenerse, le había pedido creer y él le había entregado todo su ser. Ahora ella era lo que más odiaba en este mundo. No quería volver a pasar por el mismo calvario.
—¿Dudas de mis palabras? —Zero no pudo contestar a esa pregunta cuya respuesta de sobra sabía, simplemente agachó la mirada. Kaito se levantó de su silla para colocarse a su lado, se recargó sobre el filo de la mesa, puso una mano sobre el mueble y la otra la puso sobre los labios de Kiryuu—. ¿Eres un cazador? —Asintió con la cabeza—. Entonces no dudes de ser humano.
Pero las cosas no eran así de sencillas, no al menos para Zero. Abrió la boca para protestar, los dedos de Kaito se posaron sobre sus dientes, el dedo índice se encontraba sobre el canino puntiagudo, el cazador se deslizó lentamente recorriendo la prueba de su inhumanidad. La sensible caricia produjo éxtasis en su cuerpo, sintiendo que sus colmillos se alargaban, aunque el pantalón que repentinamente le quedaba apretado le anunciaba que sus colmillos no eran lo único que se alargaba y engrosaba.
Viernes, dieciséis, templado.
Todo se derrumbaba desde lo más alto hasta estrellarse en la proterva tierra, todo caía con furia y enjundia. Los árboles, las casas, el vidrio, incluso el ladrillo temblaba ante la fuerza de la naturaleza. Era la hora de las brujas, de los demonios y las bestias. Debería sentirse incómodo, molesto, pero por el contrario parecía que la maldita noche le daba fuerza, que la oscuridad le apremiaba. Fluyó en contra de las lágrimas del cielo buscando a su presa debajo de los techos que surcaba. Saltó a la siguiente casa, sus ojos adaptados a las tinieblas detectaron el sutil movimiento, la adrenalina lo invadió tomando su cuerpo y su mente por entero, sus manos ansiosas se pegaron al metal de la pistola, la cabeza le zumbaba mientras su corazón palpitaba con mayor fuerza.
Se agazapó esperando el momento oportuno, los dedos de sus pies cosquilleaban en un intento de lanzarse inmediatamente, sus entrañas se revolvían implorando por lanzarse al frenesí de la caza, sus manos querían probar su fuerza, externar su violencia, sus pies querían correr, burlarse de la lentitud del enemigo, quería medir su poderío ¡quería vivir al filo!
El vampiro se metió al callejón volteando hacia atrás de cuando en cuando, olía a sangre fresca. Zero le siguió con una sonrisa en el rostro. Nadie los interrumpiría. Saltó al vacío acompañando a las gotas de agua que descendían del cielo. Aterrizó justo atrás de su presa, el cual volteó a ver que había caído. Lo pescó por el pescuezo azotándolo contra la pared, su boca se abrió instintivamente mostrando su dentadura.
—¿Quién es tú maestro? —bramó por encima del estruendo del trueno.
Una risa desquiciada resonó al vals de la tormenta.
—¡No te diré nada!
Apretó la mano que sostenía en cuello del vampiro antes de lanzarlo al suelo, en cuanto el sujeto intentó incorporarse le disparó. La cenizas se mezclaban con el agua formando lodo, no iba a existir mucha diferencia en el lugar, después de todo la suciedad del callejón no se esfumaría ni aunque cayera un diluvio.
Quiso reírse de su propio chiste pero el sabor amargo en su boca ganó, miró al cielo dejándose empapar por la tristeza de las alturas, abrió los brazos y caminó sin rumbo intentando encontrarle significado al momento. Pero el cielo sólo le dio por respuesta la frialdad de la pared de concreto, restregó su frente en el cemento buscando serenidad, tratando de abrazar la calma para dejar de pensar en el éxtasis de la sangre, la adrenalina y el sexo.
Se pasó la lengua por los dientes para aliviar la comezón, las descargas placenteras que produjo la autoestimulación viajaron a gran velocidad por su médula espinal pidiendo más. Recargó su espalda en la pared, con las manos entre las piernas sosteniendo la Bloody Rose se dejó resbalar hasta el suelo encharcado. Nadie en sus cabales se hubiera sentido cómodo al sentarse sobre el agua fría y puerca en medio de una gran tormenta, cuyas gotas de lluvia pesaban al caer sobre la piel, con un viento muy fuerte y estando empapado hasta las entrañas, pero él prefería someterse a cualquier incomodidad antes que seguir pensando en esas obscenas imágenes.
Cerró los ojos apretando la mandíbula fuertemente intentando repetir algún mantra que le distrajera lo suficiente. Ojalá pudiera inmolarse con las gotas que se estrellaban contra el suelo fundiéndose con el ignominioso asfalto.
—Te dije que no salieras solo. —Quiso reaccionar al disgusto de su rostro pero hundido en la imperiosa fiebre del deseo, aquel gesto le era indiferente—. Vamos a casa.
Su mano extendida era una invitación a la perdición, los ojos del cazador anunciaban que no le dejaría escapar de sus quimeras, en el olor de su cuerpo se inscribía locura. Era su hermano de armas, era quien le había llamado desde las profundidades del infiero, era quien le sostenía con falacias y vagas ilusiones a la terrenal existencia de una humanidad disipada.
Sus dedos vacilaban, no quería caer, no quería acariciar, no quería desear. Había abrazado la luz de un ángel caído ¿por qué ahora confiar en la sonrisa del diablo?
—No quiero pillar un resfriado —farfulló el chico tomándole de la mano con fuerza y obligándole a levantarse. Caliente, la sangre de Kaito despedía una esencia varonil almizclada con el fuego, la salivación en su boca aumentó. Fue la primera vez que experimentó la crudeza de la noche tormentosa, necesitaba de su ardor y lo requería ahora. Quería su piel férvida restregándose con la suya, demandaba su lengua adentrándose en los rincones, codiciaba su pasión arrancándole hasta el último de los suspiros—. Siento tu deseo desprendiéndose por cada poro de tu piel.
La respiración se le cortó y tuvo la necesidad de salir corriendo del lugar, pero sus pies anclados estaban. Takamiya lo puso contra la pared, su personalidad lo confundía, su presencia lo invadía, sus actos doblegaban a la bestia.
Sus labios pegados a los suyos descuadraban por entero, así no debía ser y sin embargo así era. La lengua de Kaito acariciando sus colmillos con delicado fervor le enloqueció, desconectó su raciocinio de su cuerpo quedando únicamente el deseo de sentir ese eléctrico cosquilleo a lo largo y ancho de esa parte sensible de la dentadura que se extendía. Súbitamente una mano del cazador experimentado se colocó en su entrepierna y luego le dio un apretón.
El eco de su gemido reverberó por los callejones.
Martes, cuatro, muy frío.
El rastro de agua se adueñaba casi por toda la casa, iniciaba en la entrada pasaba por la sala, seguía por el comedor hasta la habitación. Una bota se hallaba cerca de la puerta de la cocina, alguien la había tirando ahí sin importarle que con ello hubiera ensuciado la puerta, el piso y la pared de barro. Tampoco les había importado dejar una chamarra escurriendo agua sobre el teléfono; no escucharían si llamaban. ¿Qué diablos iba a importarles dejar la ventana abierta en plena tormenta aunque con ello se empapara el sofá?
Sus manos sobre su cuerpo era todo lo que necesitaba, sus dedos tocando cada parte de su ser era todo lo que su fantasía requería. Tendido sobre la cama con las piernas abiertas, embriagado de su propia falacia se dejaba hacer todo lo que su compañero anhelara.
Irrefrenable, la boca de Kaito le tocaba por todo el torso dejando un rastro de saliva por donde pasaba, le pasó la punta de sus dedos desde la oreja hasta el hombro, Zero se retorció al sentir mayor opresión cuando su compañero tocó su cuello. Jadeó y entrecerró los ojos cuando Takamiya se recreó en una de sus tetillas. La espalda del cazador estaba húmeda así como resbalosa, el de cabello plateado hecho la cabeza hacia atrás arqueándose al máximo, exponiendo su pecho por entero.
El mundo desde esa perspectiva le parecía menos insípido, incluso hasta adquiría color. Las manos de Kaito buscaron su rostro, ¿qué había ahí? ¿Qué era lo que buscaban? Al de ojos lilas realmente la respuesta no le importaba mientras la sensación de éxtasis no desapareciera de su cuerpo.
La tela de su ropa interior deslizándose sobre sus piernas era la sala de antelación, que no se hizo esperar cuando su hermano de armas lo tomó por la empuñadura, examinando la finura del acabado, desdibujando bajo su inspección táctil los relieves que le constituían, descubriendo las zonas especiales del arma. Tomándose la libertad incluso de adentrarse en la culata.
Era extraño pero placentero sentir a Kaito hundiéndose en él, primero uno, luego dos, después quizá fueron tres, la verdad es que ya no prestaba atención. Su realidad se había pintado de color rojo liberando a su mente incluso de propiocepción, sólo se hallaban él y el vacío, lejos de la culpa, los demonios y la amargura.
Hace mucho tiempo le había sido arrancada el alma, toda su constitución humana se había evaporado de su ser, no había en él nada más salvo una bestia desconocida. Era una aberración que no concebía la simpatía, la sinceridad, la amabilidad, la alegría, incluso el amor. Una vez hace mucho tiempo alguien le había obligado a verse al espejo y encontrarse medio digno. Ahora… ahora… no sabía ni que sentía.
Aferrado a la espalda de Kaito, intentaba encontrar una vaga respuesta en sus besos embusteros, con sus ojos le pedía le dijera que era posible confiar, sus piernas buscaban ser ancladas a una esperanza vana, entregándole su pecho quería hallar una pequeña marca de libertad, regalándole sus cabellos demandaba la verdad aunque fuera cruda, aunque fuera cruel pero ya no más mentiras y si con sus caderas unidas a las de él le ofrecía una salvación, se encadenaría a su locura y ética insana.
Cerró los ojos, mientras abría su cuerpo a la bestia, al placer, a su hermano de armas, a lo que sea que fuera que le arrastrará de lejos de aquí pero más cerca de su alma. Una gota de sudor se adhirió a sus labios. Saboreó en el paladar la sapidez salada almizclada con fruición y desespero. Olía su cabello a tierra húmeda, cuero, viento seco, muebles viejos y pólvora, su piel exudaba calidez, diversión, atracción, arrojo, atrevimiento y sexo. Se relamió la boca antes de clavar los dientes.
Se golpeó la cabeza contra la cama, el techo parecía sumamente distante desde esa perspectiva, algo cálido se le escurría por la comisura de los labios y no era saliva. Kaito dejó caer todo su peso sobre su estómago, de inmediato quiso poner resistencia, el sonido de una pistola siendo amartillada resonó en la habitación.
El agujero negro frente a sus ojos lo volvió a sus cinco sentidos. La sangre se adhería en su garganta excitando sus sentidos, clamando a sus instintos por más y más, pero su consciencia agonizaba de culpa. Con la pistola frente a él se dio cuenta de lo poco que valía, era una bestia, era un monstruo, era una abominación.
—¿Mi sangre era tan deliciosa?
Esa noche la luna llena resplandecía iluminando con benevolencia a la Academia, los vampiros acababan de provocarle, había sido imposible controlar al mal dentro de él. Se había apoderado de la ambrosía roja de una inocente humana… no, de una… ¿Era la sangre de Yuuki tan deliciosa? Sus manos, su sonrisa, su corto cabello, su torpeza, su delicado aroma a mañana fresca, sus ojos brillando de alegría, sus labios correspondiendo su beso, el sol rodeando su frágil figura.
Todo se había roto.
¡Maldito Kuran! ¡Malditos vampiros! ¡Maldita perra vida!
¡Maldita vieja pistola llena de recuerdos que sostenía Kaito!
No supo que contestar, no supo qué hacer o decir. ¿Qué podía replicar? ¿Quién podía decírselo? Se giró de lado llevándose las manos a la cabeza pretendiendo que le vendría una terrible jaqueca. Sintió a su compañero sentarse a su lado, acariciándole el cabello como si fuera un niño pequeño, en su faz no había odio, no había rencor, no había desprecio pero la pistola seguía apuntada a su rostro.
—Hay impulsos que controlar —murmuró como si estuviera hablando del clima— la obediencia es algo importante.
Era más importante decir lo siento. Se incorporó. No sabía cómo continuar todo aquello, nunca antes… había imaginado… ¿qué estaba haciendo? Se encontró besando los omoplatos de Takamiya deslizándose hacia abajo para evitar volver a caer en la tentación, poniendo atención por primera vez en las líneas que componían una figura masculina, saboreando un momento confuso. Sintió la punta del acólito rozando su mejilla, la textura era extraña, en realidad creía que era la idea lo que le parecía sencillamente fuera de lo siempre pensando.
Con una mano Kaito lo separó de su cuerpo, le sonrió con benevolencia y le bajó el rostro. Sus labios tocando carne henchida. Intentó alejarse pero la mano de su compañero lo detuvo ¿qué se había dicho así mismo sobre lo más importante. Entreabrió los labios, sólo la idea era rara.
—Buen chico.
No era tan malo, no era tan detestable era… como cualquier cosa de la vida, todo podía pasar rápido si uno quería, si uno lo deseaba nada sucedía. Después de lo de ella nada más podía ser peor. ¿Qué estaba pensando? Kaito no le había obligado a hacer algo, Zero había querido, él lo había elegido ¿cierto?
El sabor salado invadía sus memorias, amargo le sabía el momento ¿no se supone que esto debería hacerle feliz, tranquilizarlo? Pero no podía entregarse a los instintos, no podía dejarse llevar por todo lo que tenía adentro. La bestia, la bestia se apoderaría de él, lo consumiría lentamente dentro de su maldad, le quitaría el último resquicio de ser humano. Claro, claro, con Kaito a su lado podría seguir siendo humano.
Cerró los ojos dedicándose a sentir el falo entre sus dientes, que importaba si era extraño, que importaba si algo le incomodaba, mientras esa esperanza brillara en la lejanía todo lo demás poco le valía. Estaba bien, estaba bien rendirse ante el deseo de hacer algo bueno, de retribuirle de alguna forma a quien le brindaba su mano para seguir adelante.
Sangre caliente rozando sus colmillos, excitación fluyendo a lo largo y ancho, deseo transformado en líquido, la esencia de la vida y el placer yacía dentro de él. Quería robarla, quería probarla, quería, quería transformarse en uno con ella.
Se levantó de golpe apretando los dientes con fuerza, clavándose las uñas en la garganta. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa. No merecía ser tocado, no merecía ser amado. Yo pecador me confieso ante... Golpeó la cama con los puños, conteniendo el impulso de morder al cazador que estaba a su lado. Debía resistir, debía aguantar, debía soportar, vencer las necesidades pueriles de los instintos porque los humanos hacían eso, buscaban la salvación y los vampiros se entregaban al placer. Trató de regular su respiración, inspirando y expulsando el aire a un ritmo pero todos sus sentidos corrían a un compás diferente.
Las preciosas manos de Kaito le tocaban desde el cuello hasta por donde la espalda perdía su decente nombre. Se sentía como si él fuera las cuerdas de un arpa mal construida que el poeta aferrado a un capricho casual, se obstinaba en tocar. Mientras más vibrara más escenas obscenas se recreaban en su cabeza. Restregó la nariz entre las sábanas buscando eliminar el dulce aroma del éxtasis que le llamaba a caer en la tentación. Su hermano de armas le besó una oreja mientras acariciaba sus brazos, le hizo mover las manos colocándolas sobre la cama por encima de su cabeza. Apretó los ojos conteniendo las obsesiones, tenía que decirle que dejara de tocarle, sus arrumacos sólo lo enloquecerían más y más. Soltó un respingo cuando sintió la lengua de su compañero entre sus glúteos. Intentó incorporarse pero Takamiya se lo impidió. Las manos de él le elevaron las caderas, le acariciaron los muslos por la parte interior, en el lugar donde se encontraba el músculo grácil.
Contuvo la respiración estrujando las sábanas entre sus manos, no sabía si dolía o era extraordinaria la sensación, quizás ambas cosas se entremezclaban pero su cuerpo reaccionaba. El incienso del goce se propagaba sobre su cuerpo como ondas que se extendían en el lago, provocándole espasmos placenteros. Los dedos de Kaito sujetando su miembro viril doblegaron la poca voluntad que le quedaba, dejándose caer sobre sus pulsiones. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva. El olor de su propia sangre deslizándose sobre sus muslos le resecó la garganta, el cosquilleo incesante de la resequedad le atormentaba. Mordió la cama y se dejó mover al ritmo de su compañero. Jadeaba de cara al colchón, permitiendo que el deseo fluctuara aferrándose a la idea de que estaba bien con él, se sentía bien con él, era normal con él. A ti suspiramos, gimiendo y llorando. La tela en sus colmillos le dolía, le lastimaba, no solo porque la sentía muy dura sino porque los embates de su compañero le obligaban a moverse y eso le lastimaba incluso el rostro. También porque la saliva se pegaba a las sábanas aumentando su necesidad de sentir algo fresco en la garganta. Levantó el rostro encontrando el mundo de color rojo. En este valle de lágrimas.
Se acarició las encías con la lengua hallando suma fruición en el acto, su nariz lo atosigaba del olor cálidamente masculino de Kaito, necesitaba de su vida, necesitaba de su alma, requería enterrarse en su níveo cuello extrayendo de su cuerpo la embriaguez de su embustera droga escarlata. ¡No! ¡No la necesitaba! ¡No la quería! ¡No era un animal!
Se mordió su propia mano en su desesperado intento de alivio, la sangre entrando en su garganta calmó la comezón pero aumentó su deseo. El cuerpo de su hermano de armas se le antojó más cercano. Estaban cerca, unidos carnalmente por un acto sentimental había algo más que solo satisfacción de urgencias biológicas, eran humanos que requerían de sentimientos, no eran bestias satisfaciendo instintos ¿verdad? Estaban cerca.
Kaito se clavó en él hasta la empuñadura, para invadirlo con las aguas de una presa que Zero había desbordado. Kiryuu se dejó arrastrar por el clímax de su compañero dejando a su cuerpo pasar por lo mismo.
Takamiya se sentó a su lado, recargando su espalda en la cabecera de la cama. Zero enterró la cabeza en la almohada, no quería verlo a la cara porque no sabía que estaba mal en su cuerpo, debería sentirse bien, debería sentir alivio pero lo único que sentía era amargura.
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¿Quién tiene ganas de achuchar a Zero? Nunca le había encontrado tan lindo siendo angst, en general me desespera el muchacho… pero ahora creo que le he pillado el gusto a su sufrimiento. Ains que vamos a hacer con estos jóvenes que sufren. Últimamente le he tomado interés al mucho porque quiero ver a donde va a parar con su obstinada idea de negar todos sus instintos como vampiro, que para lo mismo es negarse como vampiro (lo que el chico no sabe es que si continúa así, solo se provocará una despersonalización faustuosa que podría acabar en tragedia). En cualquier caso me causa curiosidad que Zero obedezca a Kaito la mayoría de las veces con docilidad y hable con él con tanta familiaridad (vale que ya se conocían y se llevaban bien), pero aún así, es demasiada obediencia sin quejas por parte de Zero. Kaito es un personaje interesante, incluso más que Sara… es que ella parece sólo una chica caprichosa, en cambio el cazador tiene una pinta de "causo caos por gusto" que me encanta.
Mientras hacía el oneshot ideaba una realidad bizarra en donde Zero que tiene una relación siniestra con Kaito, se encuentra un día por casualidad con un Kaname que viene intentando huir de una relación comorbida con Rido. Evidentemente eso nunca saldrá a la luz pero me divertía pensarlo y saber que cada día más encuentro nuevas formas de retorcer la historia por lados erróneos.
Corto mi rollo y me despido de ustedes, esperando que les haya gustado el one-shot, no les hayan parecido los personajes tan OoC. Y alguien se anime a escribir algo de ellos dos algún día.
Gracias a Stildollproduccions, Imaginary Fiusha, laynad3, solcithooh, CiiJaii y a Parecido-a-un-zorillo por sus reviews, sois muy lindas todas.
Atte: Kirsche.
Cualquier queja es bien recibida.
