Capítulo Uno
Todo comenzó en un día normal en Tokyo. Desde hacía un año vivíamos ahí debido a la Universidad, Ranma estudiaba Educación Física por supuesto, y yo Historia. Había sucedido lo más extraño, en ese tiempo, papá y tío Genma nos dijeron que tendríamos que vivir juntos porque no había dinero para mantenernos, a cada uno, en las habitaciones de fraternidades ni las residencias escolares. Lo extraño fue que ambos aceptamos, no sin antes quejarnos un poco, pero finalmente estuvimos de acuerdo. Después de todo cada quien tendría su habitación, y el piso del departamento era lo suficientemente amplio. Había sido de una tía de mi padre, y desde hacía un par de años estaba abandonado.
Lo limpiamos, amueblamos con lo que pudimos, y dejamos a la familia para comenzar los estudios lejos de ellos.
Yo iba esperanzada y feliz, porque al fin pasaría todo el tiempo con Ranma, sólo con él, y ninguna loca o psicótico acosador nos molestaría. Aunque claro, me sentía nerviosa, me sonrojaba con cualquier roce de sus manos o su piel, y cada vez me era más difícil sostenerle la mirada. ¡Estábamos solos! ¡Vivíamos solos!
A los dieciocho años Ranma y los demás habían recuperado sus formas originales, y el agua fría ya no representaba nada grave, desde entonces él era como una visión ante mis ojos. Alto, más que antes, fuerte como un hombre de acero, con cada músculo perfectamente delineado y poderoso, los movimientos de un ágil guerrero, la mirada de un hombre sin temores ni desconfianza. Demasiado para mi, pensaba. Más que nunca, él era demasiado.
Yo seguía igual, tal vez un poco más alta, me había crecido un poco el pecho, tenía la cintura más definida, pero nada extraordinario. Mi cabello seguía siendo corto, mi piel muy pálida, y mis celos estaban intactos. Era increíble lo que Ranma causaba apenas ponía un pie en la Universidad, ¡prácticamente podía escuchar la ola de suspiros a coro que soltaban todas sus admiradoras! ¿Y él? Sonreía, claro, como el prepotente que siempre fue, encantado con tanta atención, y su sonrisa de ensueño las derretía. Yo me sentía morir, porque a mi también me causaba bochorno y me aceleraba el pulso, pero jamás le daría el gusto de verme como a otra admiradora, así que bufaba, me cruzaba de brazos y le lanzaba algún insulto. Entonces él reía. Ah, ¿cómo decirlo? Su risa era un canto para mi, tan armoniosa, tan aterciopelada.
Estábamos juntos todo el tiempo, excepto claro, por las horas de clase tan distintas entre una materia y otra. Pero apenas teníamos unos minutos libres, él me encontraba donde fuera que yo estuviera, caminaba a mi lado o se sentaba conmigo, y esperábamos juntos el siguiente timbrazo, charlando. Era extraño, pero cuando él no estaba, yo también tenía a mis seguidores, pero debo decir que a lo mucho eran tres, y en presencia de Ranma, ninguno se me acercaba.
Recuerdo muy bien que una vez estaba en las mesas de la cafetería, hablando con un chico un año mayor que yo. La plática era amena y él sonreía demasiado, me hacía sentir bien su optimismo, pero de pronto se borró su sonrisa al tiempo que miraba sobre mi hombro. Me giré para ver qué sucedía, y topé directamente con las esferas de zafiro que eran los ojos de Ranma. Éste se sentó a lado de mi sin decir palabra, me saludó con una sonrisa deslumbrante y después miró a mi acompañante. En ese instante su sonrisa se esfumó y vi en Ranma algo que pocas veces había visto. Estaba molesto, y hasta amenazador.
-¿Por qué sigues aquí? –le preguntó con un tono hosco.
El muchacho tartamudeó intentando hallar la respuesta correcta que no disparar la furia del gran Saotome, pero él lo interrumpió antes de poder decir cualquier cosa:
-Esfúmate, ¿no lo entiendes?
Y acto seguido estábamos de nuevo los dos solos.
-¿Por qué hiciste eso? ¡Fue terriblemente descortés y grosero de tu parte, Ranma!
Mi respuesta fue otra sonrisa divina, y punto. Sacó su almuerzo y empezó a devorarlo en silencio.
Fuera de eso todo iba bien, o mejor que bien. Casi no discutíamos, aunque a mi me daban muchísimas ganas de golpearlo hasta dejarlo inconsciente cada vez que coqueteaba con alguna voluptuosa chica, y también por la parte en la que yo, por más que quisiera, no llamaba la atención como él. Cuando caminaba a su lado todos lo veían a él y nadie a mi, pues era opacada ante su majestuosidad, convirtiéndome en una mera sombra. No, no estoy siendo dramática, esa era la verdad. Yo seguía exactamente igual, con mi belleza de niña, incapaz de terminar de ser una mujer, no tenía mayores atractivos, y si alguien me hacía sentir que si, Ranma estaba ahí para hacerlo desaparecer. Nadie se me acercaba.
Lo odiaba y lo amaba al mismo tiempo. Comencé a estar celosa. Muy celosa. En las mañanas, a veces, lo veía salir del baño con la toalla atada a la cadera, y la asombrosa maravilla de su cuerpo de hombre, tan fuerte, tan perfecto, me dejaban sin aliento. Entonces era mi turno de ducharme, y me desnudaba para quedar de pie frente al espejo detrás de la puerta del baño, me veía durante largo tiempo, pensando: "¿Nunca seré mujer? ¿Nunca seré lo suficientemente hermosa para merecer a Ranma?" Era delgada, sin mucho chiste, e insegura. Cada día más y más insegura.
El teléfono de la casa comenzó a sonar a diario unas treinta veces, ¡era una pesadilla! Al principio hablábamos una sola vez con la familia y el resto del día estaba tan silencioso como un muerto. ¡Pero una semana después, no dejaba de sonar! Y todas las llamadas eran para él, la gran mayoría de chicas que encabezaban las listas de las más hermosas de la Universidad, y si no eran ellas, los fastidiosos amigos de Ranma hablaban para invitarlo a fiestas donde iría tal chica o tal otra. ¡Qué tormento! ¿Pero qué podía hacer? ¿Demostrarle mis celos, mi desconfianza, mi terrible temor porque me dejara? No, eso jamás. Así que fingía indiferencia, lo ignoraba, y en algunas ocasiones, no le dirigía la palabra.
-¿Qué te sucede? –me preguntaba entonces.
-Nada, idiota, aléjate de mi.
Pero en lugar de irse, se sentaba a mi lado y hacía los deberes acompañándome. No lo entendía, ¿porqué quedarse cuando lo acababan de invitar a algún lugar divertido con un montón de seguidoras?
Entonces llegó el maldito día. Estaba atardeciendo y yo seguía metida en la biblioteca de la Universidad, buscando en los libros lo que me faltaba para mis tareas, cuando se acercó el mismo chico de antes. Su nombre es realmente irrelevante, pero ahí estaba, con su sonrisa animosa siempre.
-Hola –me saludó sentándose frente a mi.
-Hola.
-¿Estás muy ocupada?
-Algo, pero ya casi termino.
-Qué fastidio, ¿no crees? Odio los deberes.
Sonreí, era un joven tranquilo que me transmitía paz.
-Oye –continuó-, ese chico, Ranma. ¿Es algo tuyo?
Me sonrojé de inmediato, no era posible que con su sola mención yo reaccionara de esa forma, me sentía patética.
-N-No… No, ¿por qué? ¿Alguien te dijo algo?
-Hay un rumor por ahí de que son novios y se van a casar.
Mi corazón dio un vuelco. Ese era mi deseo más grande, sin embargo, era el más escondido también. El que me empeñaba en negar incluso a mi misma.
-¡Claro que no! ¿Qué tontería es esa? Yo jamás me casaría con un hombre como él. ¡Nunca!
-¿Y, exactamente, porque no? –terció una voz a mis espaldas. Pude ver que a mi acompañante se le detenía el pulso, y a mi… bueno, yo sentí que la sangre se me helaba. Me giré para ver a Ranma saliendo de detrás de uno de los libreros.
-¿Me estás espiando? –lo acusé, pero él se veía imperturbable, muy serio.
-Contéstame, Akane. ¿Por qué jamás y nunca te casarías con alguien como yo? -¿había acides en su voz? ¿A qué se debía su repentino mal humor?
-Mejor me voy… -anunció el chico.
-Oh no, quédate por favor –dijo Ranma, tan sumamente… ¿furioso?-. Al parecer a Akane le encanta la compañía de los poca cosa.
-¡Ranma! –exclamé poniéndome de pie de un salto. Alguien nos pidió silencio del otro lado-. ¿Qué estás haciendo? –susurré esta vez.
-No, de verdad, me voy –y dicho esto, el chico tan amable desapareció en un segundo.
-¿Qué crees que estás haciendo tratándolo así? ¿Por qué lo haces? ¿Y por…?
-Contéstame de una buena vez –murmuró, pero con tanta intensidad que me sentí cohibida.
-Yo… -¿Qué quería saber? ¿Qué demonios quería escuchar? ¿Por qué le importaba lo que alguien como yo, tan diminuta a su lado, tan invisible, pensara?
De pronto soltó una carcajada amarga, nos volvieron a callar.
-Olvídalo. No sé ni por qué me importa –sentenció, duro como una roca-. Es obvio que alguien como yo no debe preocuparse por lo que una fea marimacho piense. Vete con ese, o con… ah, lo siento, ahí terminó la lista. Al parecer la irresistible Akane se quedó en Nerima, ¿cierto? –cada una de sus palabras se hundía en mi corazón como dagas al rojo vivo. Estaba tan anonadada, que no podía responder nada. ¡Cuándo lo que merecía era un golpe que le rompiera el cráneo! Sin embargo, con toda la inseguridad que había acumulado en ese tiempo, aquello me estaba destruyendo. Si él podía ver que ya no era la misma, que yo no me había convertido en una belleza insólita como él, entonces la vergüenza, la pena, no era suficiente para describir lo que sentí.
No me importaba que el mundo entero viera o notara que era patética, pero que Ranma lo viera, que lo supiera, era peor que cualquier otra cosa.
-¿No me vas a contestar nada? –siguió, con aires de suficiencia-. ¿Ya hasta eso has perdido? No sé ni porqué sigo hablando contigo, vete con ése insignificante estúpido. Al parecer, es lo único que te queda porque nadie aquí te ve. ¿No ves lo obvio que resulta para todos lo poco atractiva que eres? La forma en la que te opaco, ¿no te parece vergonzoso?
Y de pronto, si saber bien cómo, mi mano le volteó el rostro en una feroz bofetada. Se quedó impactado en esa posición, con la mejilla roja y ardiente, mientras yo, sin darme cuenta, lloraba en silencio. Las lágrimas resbalaban por mi rostro sin que apenas las sintiera, porque estaba siendo absorbida por el dolor en mi pecho. Un dolor que se hizo vacío y comenzó a devorarme por dentro.
-Esta vez… -dije, intentando sofocar el llanto-. Esta vez llegaste muy lejos, Ranma –entonces volvió a verme, y en su divina expresión estaba esa misma seriedad, pero ahora con un velo de arrepentimiento.
-Akane –intentó tomarme de los brazos, pero me alejé de inmediato. Herida hasta lo más profundo, lo último que quería era su lástima.
Me di la vuelta y salí corriendo de ahí, llorando finalmente con todas mis fuerzas, empujando a quien no me abriera el paso, y con tanta desesperación, que lo único que quería, con cada fibra de mi ser, era desaparecer.
