Capítulo Dos
Corrí hasta casi caer desmayada de agotamiento. Las piernas me temblaban tanto que tuve que sentarme en el banquito de un parque. No sabía qué lugar era, no sabía dónde estaba, pero eso era lo que menos me importaba. Me senté respirando entrecortadamente por la boca, nunca había corrido tanto en toda mi vida, me sentía desfallecer. Así que, para evitar una escena, con mucho esfuerzo controlé mi respiración, y poco a poco, comencé a recuperarme.
Había anochecido y estaba sola. Apenas recuperé el aliento noté lo vacío que estaba ese parque, y las calles que lo rodeaban parecían desiertas. En algún lugar muy lejano, tanto que me pareció irreal, escuché el ladrido de un perro. En lo árboles sólo escuchaba el canto de un par de grillos, pero hasta eso parecía tétrico y distante. Me asusté, no parecía normal tanta quietud, y a pesar de que la Luna ya asomaba muy brillante allá en el cielo, no era tan tarde como para estar todo tan sumamente vacío.
Me puse de pie, intentando no caer en el pánico. ¿Dónde estaba? Entre las lagrimas y el dolor en mi alma, no me había figado ni siquiera en el nombre de las calles, o si giré a la izquierda o derecha. Estaba oficialmente perdida.
-Ranma… -musité, sintiendo de nuevo el dolor de su rechazo, y de que hubiera visto mi punto débil, mi inseguridad, mi falta de belleza. ¡Qué pena la mía! Tan terrible era que pensé que no debería existir un dolor así. Comencé a andar, insegura, por el parque, regresando sobre mis pasos para intentar recordar de dónde exactamente había venido.
Entonces lo sentí. Fue un frío tan penetrante que me caló los huesos, y un miedo tan terrible que tenía aroma, y era casi palpable, casi físico. Me detuve en seco conteniendo el aliento, las manos crispadas, erizada mi piel de pies a cabeza. Había algo, no alguien, nunca, en ningún momento pensé que fuera alguien, era algo, y me estaba rondando, me había visto llegar… tal vez, siempre supo que llegaría; ese día, a esa hora, con el corazón roto.
Era un devorador.
Un ser despiadado.
Sentí su aliento en mi nuca, ardiente como fuego mismo, y sus dedos, largos y hermosos, delineando mis brazos. Me quedé estática, con un grito atrapado para siempre en mi garganta. Sin embargo, cuando me giré, no estaba detrás de mí. No había nada, ni nadie, pero podía seguir escuchando su respiración, y sintiendo su presencia de fuego y hielo.
-Akane… -dijo, con la voz de ultratumba-. Akane –y en esa ocasión su voz pareció más suave, más… bella. Estaba a un lado, a la derecha, no, a la izquierda. ¿Dónde estaba?-. Lo he visto todo, querida mía –y entonces, cuando volví a girar sobre mis talones, ya habiendo recorrido desesperada con los ojos todo a mi alrededor, me topé con él. Ahogué un grito.
Era perfecto.
Tanto que entonces supe que no era humano.
Alto, de piel dorada, tersa y suave como seda, con un cuerpo muy parecido al de Ranma, poderoso e invencible, de cabellos cobrizos que atrapaban el birlo de la Luna convirtiéndolo en ases de luz plateada. Sus labios, carnosos, formaban la silueta de una sonrisa en extremo perfecta. Su nariz era recta, sus pómulos altos, su mandíbula cuadrada, pero fueron sus ojos los que me delataron qué era. Algo malvado, cruel. Eran negros como un noche sin luna, una cueva donde sólo aguarda la muerte.
-¿Quién…?
-Shh, querida mía. ¿Acaso importa? ¿De verdad, querrías saber quién soy? No lo creo. He venido aquí, desde muy lejos, a ofrecerte algo. Sé lo que quieres, sé todos tus secretos, tus miedos –extendió una mano y tomó una de las mías. Estaba ardiendo, como una flama, pero no me quemaba, sino al contrario, me tranquilizó-. Es muy sencillo, hermosa mía, vamos a hacer un trato.
-No… -pero apenas tenía conciencia de mi misma, estaba embelesada por su magnífico poder de atracción.
-Sí. Esto es lo que quieres, yo te lo daré.
-¿Qué es?
-Belleza, Akane. Belleza pura, sin imperfecciones, sin dudas. Todos te verán y te adorarán, cualquier hombre será tu esclavo si así lo deseas, si los tocas te amarán, serán tus fieles sombras, como perros. Todos ellos. Todos los que tú quieras.
-Ranma…
-De él es de quien te vas a vengar. ¿No es eso, Akane? ¿No es lo que se merece? Tan creído, andando por ahí como una especie de dios pagano. Me hace reír. Pero tiene a todas a sus pies, ¿cierto? Y después te humilla, te llama fea, te echa en cara que no eres suficiente para él. Yo veo tu belleza interior, y me deja helado. ¿Lo crees?
Lo miré a los ojos, era absurdo, mejor que un sueño pero más terrible que una pesadilla, sin embargo, no mentía. ¿Era real aquello? ¿No lo estaba soñando? Si, pensé, tal vez es un sueño.
-Déjame darte lo que tanto quieres –me susurró al oído, ¿y en qué momento se acercó tanto que no me di cuenta? Me estremecí-. Te juro que él se va a arrepentir de todo lo que te ha hecho. ¿Aceptas?
-¿A…? ¿A cambio de qué? –logré articular.
-Muy sencillo, lo que yo quiero es tu belleza. La que llevas por dentro. ¿Me entiendes? –asentí con la cabeza, pero en realidad no entendía nada, me sentía como flotando dentro de mi misma, demasiado irreal, poseída-. Muy bien, Akane. No te la quitaré en seguida, será poco a poco, porque verás, me parece que eso sería mucho mejor.
-Poco a poco… -repetí perdida, sin tener ni idea de que lo hacía.
-Si querida, y entonces, serás mía. ¿De acuerdo?
-Si.
-¿Si qué?
-Si, estoy de acuerdo.
Sonrió y me sentí más perdida, como atrapada en un sueño infinito. Entonces lo escuché, llamándome desde muy lejos, desde otra tierra, otro mundo: "¡Akane!" la voz de mi amado, del dueño de mi corazón.
-Ranma…- susurré.
-Si, ahí viene el príncipe azul –pero cuando dijo esto, su aliento ya rozaba mis labios, y antes de que pudiera decir, pensar, o sentir otra cosa, lo que fuera, él ya me había besado. No sentí el beso, mentiría si dijera que si, solo me quedó el rastro caliente de sus labios perfectos, y el sabor inusitado de lo oscuro, lo absurdo… aquello que no es real, y sin embargo, es más real que todo lo demás.
Algo se desprendió de mi interior, lo pude sentir justo en el centro de mi pecho, a lado de mi corazón, un crack. Casi lo pude escuchar, y me dolió, oh si, me dolió como si me hubieran roto un hueso, o tres, o todos. No lo sé con exactitud, pero fue tan fuerte que no pude ni siquiera gritar. Algo que era mío había dejado de serlo. ¿Acaba de venderle algo a ese ser? Caí de rodillas al suelo frío y duro, y antes de desvanecerme, enmudecida por el dolor y el verdadero pánico, los brazos de Ranma me rodearon y su voz grave me llenó los oídos y calmó mi corazón.
-Akane, ¿qué te sucede? – preguntó angustiado, al borde de la desesperación-. Akane, por favor, ¿qué pasa? ¿Qué es? –pero yo iba cerrando los ojos poco a poco, perdiendo la visión de él, de su cabello negro siempre en una trenza, de su rostro tenso, varonil, pero como de porcelana, de sus ojos…-. Perdóname, perdóname, es otra vez mi culpa. Otra vez, no sé porqué soy así, un imbécil –sentí que se levantaba conmigo en brazos-. No te vayas. No vuelvas a hacerme esto… -y siguió hablando, pero ya no escuché.
Había caído en las garras de las tinieblas.
