Capítulo tres
-Entiendo… -escuché a lo lejos, muy a lo lejos, la cabeza me dolía, el pecho me estaba matando, pero no podía abrir los ojos-. Si, ya está hecho… ¿Seguro? –la voz de Ranma. Me había tomado unos segundos reconocerla. ¿Qué había pasado? ¿Por qué me sentía tan mal? Peor que enferma, y como sumida en una inconsciencia eterna que no podía vencer-. Si, si, eso me quedó claro, ¿pero está seguro que no hay problema con que pase aquí la noche y no en un hospital? –otro silencio, poco a poco, comencé a abrir los ojos-. Gracias, le avisaré cualquier cambio. Adios –y colgó, después escuché sus pasos hacia la habitación.
Mi habitación. La luz de la noche entraba como caricias por las ventanas descubiertas, el dolor en el pecho empezó a mitigar, no sé decir si fue rápido o lento, pero de pronto ya no estaba, solo una leve punzada, casi invisible, y ese vacío extraño… Algo se había perdido. Pero, ¿qué? Ranma entró y para ese momento, ya había olvidado la sensación en el pecho.
No me moví porque aún me costaba trabajo, sentía que estaba recuperándome de una fuerte dosis de anestesia. Se acercó a mi y entonces sorprendido vio que tenía los ojos abiertos y lo observaba desde mi lecho.
-¡Akane! –se sentó a mi lado y pasó una de sus fuertes manos por mi frente, tomándome la temperatura. Luego volvió a profundizar en mi mirada-. ¿Cómo te sientes?
-Bien… -la pesadez también estaba desapareciendo, lentamente-. Extraña.
-¿Te duele algo?
-No –pero hacía un momento si, ¿cierto? ¿Qué había sido?-. ¿Qué pasó?
Soltó un suspiro pesado, el brillo de la culpa atravesó sus hermosos ojos azules.
-Te desmayaste, supongo que después de haber corrido como lo hiciste, perdiste la fuerza y te desvaneciste.
-Ah.
-¿Ah? –se puso de pie, molesto y casi ofendido. ¿O muy ofendido?-. ¿Qué es eso? ¡Casi me matas de la preocupación, ¿y esa es tu respuesta?
-Fue tu culpa.
Se quedó callado, las sombras bañaban la mitad de su cuerpo, cualquier expresión que tuvo me la perdí. Entonces se acercó a la puerta, pensé que se iría, pero en vez de eso encendió la luz que bañó el cuarto como un torrente de agua. Cerré los ojos rápidamente y me quejé.
-¡Idiota, avísame que vas a hacer eso! –volví a abrir los ojos, él miraba hacia la ventana, preocupado.
A partir de ese momento lo vería siempre preocupado, siempre a un paso de la angustia, del horror.
-Si, fue mi culpa. Otra vez, yo no… -deslizó los ojos del cielo a mi, y se quedó mudo. Repentinamente mudo.
Yo ya había logrado vencer la pereza de mi cuerpo y estaba sentada en la orilla de la cama, me sentía mucho mejor, y ligera, demasiado ligera. Lo miré, expectante, pero me topé con un gesto de sorpresa y confusión que lo había dejado boquiabierto.
-¿Qué pasa? –le pregunté-. ¿Tengo algo en la cara? –me llevé las manos al rostro, pero no sentí nada extraño-. ¿Qué es? –insistí.
El negó con la cabeza repetidas veces, pero con osada lentitud.
-No lo sé –dijo al fin, acercándose a mi para acabar de rodillas, casi a mi altura-. No sé, hay algo…
-¿Algo? –me asusté, ¿qué era? ¿Una cicatriz? ¡¿Qué demonios había pasado? Al notar mi creciente pánico me tomó de los brazos y se puso de pie junto conmigo, me guió al baño, sin decir palabra, cerró la puerta y me enfrentó al espejo.
Ahora lo veía. Ahí estaba él, con su altura perfecta, y yo delante, tan… Tan bella. Era mi piel, ¿o mi rostro? No lo sé, algo estaba cambiando. Mi rostro parecía más liso de lo normal, y mi piel pálida había adoptado un tono dorado, como ligeramente bronceado, y de alguna manera, mis facciones, nariz, pómulos, mejillas, ojos, labios, todo estaba más delineado, casi…perfecto. Mis brazos parecían de seda a la vista, mi piel más suave que terciopelo.
-¿Qué pasa? –me pregunté, alarmada.
Pero él no tenía las respuestas, sólo yo. Recordé de golpe, fue como si me lanzaran un balde de agua helada. El hombre de ojos terribles y belleza absurda, su calor de fuego, su promesa y... el precio. Sí, el precio que debía pagar. Perder la belleza interior por la exterior. ¿Había sido eso? La desesperación me había llevado a aceptar algo así, ¿cierto? Sentí miedo y me tambaleé. Los brazos de Ranma me sujetaron, uno rodeándome la cintura y el otro sin soltar mi brazo.
-¡¿Estás bien?
Dije que si, pero no lo estaba. No, ya nunca más lo estaría. Me llevó de nuevo a mi habitación y se sentó a mi lado, sobre la cama. No podía dejar de verme.
-Basta, Ranma, me incomoda que me veas así –pero, ¿lo decía en serio? No, porque yo anhelaba con cada parte de mi ser que me mirara siempre a mi, sólo a mi.
-Lo siento –desvió los ojos al frente-. Eso sólo que… No sé que es diferente.
-Ranma –alcé una mano y lo tomé del rostro, haciendo que me mirara de nuevo. Volvió a quedar mudo, como si cada vez fuera a ser así-. Estoy bien. No me pasó nada. Ahora quiero descansar, mañana hablaremos de esto, ¿de acuerdo?
Abrió la boca pero no dijo nada, tomó mi mano sobre su rostro con la suya, parecía que no quería que lo dejara de tocar. Yo no quería hacerlo, por supuesto, pero como él tampoco, lo hice…
Me alejé de él, me puse de pie y, sin poder creérmelo, me sentí grácil.
-Vete –murmuré, acercándome al ropero para sacar mi ropa de dormir. Lo escuché ponerse de pie, y luego cerrar mi puerta tras él.
Me quedé estupefacta. ¿Qué había pasado? La intensidad con la que me miraba, la forma en la que me tomó la mano, su falta de palabras.
¿Era real?
Sonreí, victoriosa, sin siquiera imaginar que eso sólo era el principio, y que aquella victoria no duraría más que un suspiro.
Al día siguiente, me levanté, me duché, y noté cómo mi cuerpo tomaba una forma exquisita sin ser vulgar, mi pecho tenía un tamaño perfecto, mi cintura estaba más delineada, mucho más delicada, mis piernas torneadas, mis brazos delgados, mi vientre, como siempre, plano, pero ahora más femenino, no sé cómo decirlo. Sonreí.
A la hora de vestirme elegí un vestido azul y blanco que se pegaba divinamente a mi cintura, y me hacía lucir como una de esas mujeres de revistas, tan hermosas. Me cepillé el cabello, deliciosamente suave, abundante, controlado, y ¿había crecido? Si, un poco. Al principio sólo fue un poco.
Estaba sonrosada, mis labios sensuales como nunca antes tenían un color parecido al carmín, muy natural, mis pestañas estaban enchinadas y largas como nunca antes. Todo natural, todo mío. No necesité maquillarme en lo absoluto.
Salí del baño y busqué a Ranma. Tenía hambre y me apetecía un buen desayuno. Él jamás cocinaba ni me dejaba a mi hacerlo, claro, así que normalmente comprábamos algo en el camino a la Universidad, o en el peor de los casos, no desayunábamos. Pero ese día sería diferente.
No estaba ni en la diminuta sala, con sólo un sofá y una mesita baja enfrente, ni en el comedor para dos personas, ni en la cocina. Así que, totalmente desprendida del pudor, entré a su habitación. Estaba dormido, se nos haría tarde para variar, pero no me atreví a despertarlo inmediatamente, sino que me quedé muy quieta observando su hermosura, respiraba profundamente y lento, típico del sueño, llevaba sus pantalones beige de dormir, y una camiseta blanca, sin mangas. Sus brazos tan fuertes y marcados me hicieron contener un suspiro.
Me acerqué, me senté a su lado, y lo desperté con una caricia en el rostro tan bello. Abrió los ojos de inmediato, pero no se movió, sino que me miró y la sorpresa regresó a su expresión. En silencio nos miramos, y yo dejé que observara con detalle cada cambio en mi, y que mi nueva belleza lo atravesara hasta el fondo.
Poco a poco se irguió, hasta acabar sentado frente a mi.
-Ranma –dije, y mi voz sonó como campanillas de cristal, casi pude escuchar a su corazón detenerse-. Tengo hambre. Quiero desayunar.
-Bien, sólo déjame darme un baño y vamos…
-¿Vamos? No, no me entiendes. Después de lo de ayer tengo mucha hambre, ¿y sabes qué quiero? Que me prepares tú el desayuno. Nadie más. No quiero comprar un pedazo de pan en la calle, quiero que me hagas algo realmente bueno.
-¿Qué?
-Ya me oíste –me puse de pie, y con mi nueva ligereza de bailarina me dirigí de nuevo a la puerta.
-Akane, tu sabes que yo no me acerco a la cocina jamás. No me da la gana cocinar. ¿Por qué lo haría ahora?
-Bien, entonces me voy.
-¿A dónde? –preguntó fastidiado, poniéndose de pie. No pude evitar recorrer con los ojos su figura.
-A desayunar por ahí. Tal vez encuentre quien me invite algo realmente delicioso. ¿Tu qué crees? ¿Lo lograré? –y sonreí tan retadoramente como el tono en mis palabras y mis palabras mismas.
Mi primer sonrisa de maldad.
Le di la espalda y salí de su cuarto, pero apenas puse un pie fuera, me sujetó de la muñeca deteniéndome en seco. Lo miré de nuevo.
-¿Estás loca? –ahí estaba de nuevo, un dejo de preocupación, pero había algo más… ¿Qué era? ¿Miedo? Si, un poco. ¿Celos? Oh, si, ahí estaban.
-¿De qué hablas?
-¡No vas a ir a ningún lado a que nadie te invite nada!
-No me dejas otra opción, Ranma. Suéltame, por favor.
-¡No! ¿Qué te pasa? ¿Dejaste de conocerme de la noche a la mañana? ¿Se te olvida que no puedes ir a ningún lado sin mi? ¿O al menos sin que yo lo sepa? ¿Tú crees que de pronto voy a dejar que te vayas con un completo desconocido sólo por capricho?
-De que puedo –solté, usando un tono de voz tan nivelado, que parecía impasible-, puedo. No lo olvides. Tu crees que no, pero ya te demostraré que la "irresistible Akane", como me llamaste, no se quedó en Nerima. Está aquí.
Se quedó callado de nuevo, adiós a las palabras, se las había robado. Por un segundo se sintió desorientado, sin saber qué hacer, pues lo había amenazado y él sabía que planeaba cumplir cada una de mis palabras. Antes, tal vez, lo había amenazado con otras cosas, pero nunca así. Nunca en un punto que él no supiera controlar. No me soltaba.
-Suéltame –repetí, calmada, sin hacer esfuerzos por zafarme.
-No vas a salir de aquí sin mi –sentenció. Luego, tragó duro, miró por encima de mi hombro hacia la cocina, y volvió a verme-. ¿Qué quieres desayunar?
