Capítulo seis

Cenábamos juntos, todos los días, a la misma hora, en casa. Uno sentado frente al otro. Anteriormente habían sido buenos momentos, pláticas amenas, sonrisas de ambas partes. Hablábamos de cómo estuvieron nuestros días, de los deberes, de lo mejor y lo peor de las clases. A veces, él solía preguntarme: Y dime, ¿algún acosador hoy?

Yo no sabía cómo tomarme eso, ¿era burla? ¿Era genuino interés? ¿Por qué le importaba? Pero eso era antes.

Esa noche él no cenaba, sólo me observaba, con una pierna sobre la otra, los brazos cruzados, la mirada helada capaz de congelar al Sol mismo. Sin embargo, yo hacía todo lo posible por ignorarlo, y estaba realmente sorprendida de que me saliera tan bien. Era otra, y todavía ese día, ese primer día, me gustaba. Verlo fuera de sus casillas resultaba todo un espectáculo para mí.

-¿No vas a cenar? –le dije después de dejar mi taza vacía de té sobre la mesa. Al fin dignándome a mirarlo.

No me respondió, siguió imperturbable, asesinándome con esa mirada. Sonreí malévola.

-Parece que me quieres matar, Ranma. Qué descortés de tu parte. ¿A qué se debe?

Frunció el ceño aún más, no cabía duda que sabía por dónde tocar sus fibras.

-¿A qué estás jugando? –preguntó con la voz tensa.

-¿Jugando?

-¡Si, Akane, jugando! ¿No me escuchaste? ¿No me entiendes?

Pero si buscaba una reacción de ofensa o de dolor, no se la di, al contrario, sonreí aún más, como diciendo: Mírame, Ranma, mira como ya no me afectas.

-¿Estás enojado? –fingí.

-¡Claro que estoy enojado! ¿Qué demonios pretendías, eh? ¡Incitándome para luego morderme!

-¿Yo te incité? –desvió la mirada apretando con fuerza los dientes-. ¿Quieres decir que tengo ese poder?

-¿Ese poder?

-Si, el poder de incitar a los hombres. ¿De verdad crees que lo tengo?

Era como activar palancas, apretar botones, todo lo sabía ya, lo conocía demasiado bien y en mi nueva yo, no me importaba usarlo todo. Si lo quería enfurecer, ahí estaba, si lo quería tranquilizar, también podría, ¿cierto? Creía que lo tenía todo bajo control.

Lo creía firmemente.

Delante de mi se tensó aún más, toda su piel crispada, su gesto el de un monstruo, un hombre desconocido y a la vez tan endemoniadamente atrayente, que me resultó difícil no lanzarme a él.

-Te hice un pregunta –ahí estaba yo, avivando las llamas, profundizando en sus heridas. Si estaba enojado, lo enojaría más-. ¿Crees que pueda incitar a todos los hombres a besarme?

-¿Qué quieres, Akane? ¿Quieres verme ser lo que nunca te he mostrado que puedo ser?

-¿Es una amenaza?

-¡Es una maldita pregunta! –gritó, exasperado, volviendo a clavar sus ojos de mar en mi.

-¿Qué es lo que puedes ser y no me has mostrado? –qué cambiado estaba, gritándome, estando tan serio, tan atrapado que al no saber qué hacer, se transformaba en algo que no conocía. Y que divertido me parecía-. ¿Ranma?

-Si te acercas a un solo hombre que no sea yo…

-¿Qué? –entrecerré un poco los ojos, con gesto sombrío-. ¿Qué va a pasar?

Me observó desesperado, tan impresionado por mis palabras, por mis reacciones, por todo, que no podía ni pensar, sabía que tenía el estómago hecho un nudo, que su corazón era un tambor de guerra, lo sabía todo. Y sabía que estaba al borde de la ira. La luz del viejo candelabro sobre nosotros lo llenaba de luz y de sombras, lo mismo debía sucederme a mi ante sus ojos. Para mi, él era un sueño demasiado bueno para ser verdad.

-Los voy a dejar irreconocibles –respondió al fin con la voz amarga y dura.

-No –negué con la cabeza suavemente-, no lo harás. ¿Qué hay de tu código y de todo lo que sabes y has aprendido? Además, ¿por qué me dices esto? Pensé que no te interesaba –fue triste, terriblemente triste para mi, porque a pesar de estar gozando con todo lo que podía causar en él, si estaba celoso a tal grado, era por mi cambio, y peor que se pondría cuando fuera aún más hermosa. De no ser por eso, a él seguiría sin importarle.

Estaba viviendo una mentira y era perfectamente consciente de eso. Pero si ya estaba ahí, lo único que podía hacer era disfrutarla, al menos hasta que no pudiera más.

-Pues pensaste mal –contestó con tanta determinación que mi corazón saltó con fuerza y pareció quedarse en suspenso. Mi expresión cambió un poco, por un segundo le demostré lo impactante que sus palabras me resultaban. Después, recordé que sólo era el cambio, sólo porque ahora era mucho más guapa que antes.

-No te creo, Ranma. Es muy tarde para que te crea algo. Ya bastante me has demostrado que no te gusto y no te intereso para nada.

-¿De verdad? –dijo irónico-. ¿Y qué hay de las veces en las que te he demostrado todo lo contrario? ¿Esas no valen?

-No recuerdo ninguna.

Su gesto cambió por la vileza de mis palabras, abrió la boca, la volvió a cerrar, alzó las manos como rindiéndose, pero de pronto las azotó con fuerza en la mesa, haciendo vibrar mis platos vacíos.

-¡¿Qué te parece todas las veces que te he salvado la vida? ¡¿Ya no lo recuerdas?

-¿Me lo estás echando en cara? No tienes por qué, si no quieres salvarme más no…

-¡Suficiente! –soltó fuera de sí, silenciándome-. ¡Deja de voltear las cosas! ¡Sabes perfectamente a qué me refiero!

Me puse de pie, imperturbable, alisé mi vestido y le dije que ya no quería escucharlo más, que me iba a la cama. Pero en cuanto pasé a su lado se levantó de la silla, arrastrándola con tal fuerza que ésta se fue hacia atrás y pego en el piso de madera. Me sujetó de una mano, apretándola fuerte entre la suya, tan poderosa. Me acercó hasta que su rostro estuvo a escasos centímetros del mío. ¿Cuántas veces no había soñado con semejante cercanía?

-Te lo advierto, Akane –sus ojos bailaban sobre mi rostro, pero ardían como dos antorchas, ardían de rabia pura.

-No, Ranma, yo te lo advierto a ti. Si no me dejas ahora, no me voy a detener ante nada.

Y me solté de un jalón, siguiendo mi camino paso a paso, a pesar de querer salir corriendo.

Al día siguiente, al despertar, noté algo más. Mi cabello, lo sentía como una caricia de seda en mi mejilla, en mi cuello, en mi…¿hombro? Me levanté de un brinco acompañado de un ligero mareo, pero no me importó. Corrí como pude al baño y ahí me vi. El impacto casi me derrumba.

Era preciosa. Mi cabello había crecido casi hasta la cintura, y se veía divinamente, lacio, perfecto, moviéndose a la menor provocación. Mi cuerpo era escultural, aún debajo del camisón que llevaba lo pude saber. El mareo se intensificó, sentí que el mundo entero se agitaba violentamente bajo mis pies, pero antes de caer ahí estaba mi príncipe amado, como siempre a tiempo. Listo para salvarme, siempre atento a que nada me hiciera daño, ni siquiera yo misma. Entonces, ¿porqué no llegó a tiempo cuando me encontré con ese ser? ¿Por qué no me salvó de mi misma?

Sus brazos me rodearon, pero yo me sentí demasiado débil y dejé que la fuerza en mis piernas se perdiera por completo. Caí de rodillas, pero muy lentamente porque él me guío, arrodillándose también.

-Por Dios, Akane… -exclamó con la voz en un hilo. Estaba asombrado, era obvio que no daba crédito a lo que estaba pasándome-. ¿Qué fue lo que hiciste?

Entonces, ¡crack! De nuevo el dolor en el pecho, de nuevo algo me era arrebatado, y una parte vital de mi se perdía. Me llevé las manos al lugar del dolor, ahogué un grito y me encorvé hasta que mi frente topó con su musculoso pecho.

-¡Akane!

-No me muevas –le supliqué, esperando, sudorosa, a que se pasara el martirio.

-¿Qué hiciste? ¿Qué hiciste? –repetía una y otra vez, pasando sus manos que tan segura me hacían sentir, por mis brazos, en busca de una forma de apoyarme si no me podía mover-. Dios mío, ¿qué fue lo que hiciste? ¿Qué te está pasando?

Poco a poco, el dolor fue desapareciendo, igual que la primera vez, ni rápido ni lento. Por un segundo me sentí extraña, más fuera de mi.

Un poco más cruel.

Me separé lentamente de él, pero ambos nos quedamos arrodillados.

-¿Estás bien? –¡qué angustia había en sus ojos!

-¿Te gusto más ahora? –debía estar pálida, pero sabía que el color en mis labios, y la nueva insólita belleza en mis ojos, eran suficientes para robarle el aliento a quien se me viniera en gana.

Él no fue la excepción. Me tomó el rostro entre sus manos, con tanta delicadeza que de verdad me sentí de cristal, justo como él me veía.

Delicada, fácil de romper.

-¿Qué te está pasando?

Yo hice lo mismo, mis manos en su rostro de ángel, una parte de lo que era aún gritaba en mi interior.

-Escúchame bien, Ranma. Tienes que irte, tienes que hacerlo ahora mismo.

-¿Qué? ¿Por qué?

-Porque… -y listo, ahí volvió a dormirse mi parte buena, esa que estaba siendo arrancada de mi poco a poco. Me acerque a él, lo vi contener el aliento, pero me desvié hacia su oído, donde le susurré-: Porque voy a acabar contigo.

Me alejé, ambos sin soltarnos. La forma en la que me miró… Por un segundo no me reconoció. Bien hecho, pensé, date cuenta de una vez. Pero entonces volvió a esa expresión decidida, a esa mirada de invencible.

-Hazlo. Adelante, hazlo. No me voy a alejar, Akane. Tendrías que matarme para que eso sucediera.

Lo solté y me alejé de su agarre, de pronto no me sentí digna de su roce ni de su cercanía.

-Si, tal vez lo haga -aseguré, poniéndome de pie.