Capítulo seis

De pie frente a la ventana de mi habitación, y bañada por las sombras de la noche, veía fijamente a la nada. La luz blanca de los faros allá afuera apenas me rosaba la punta de los pies. Pero sabía que mis ojos brillaban. Estaba atenta a las sensaciones que rápidamente iban devorando mi interior, matando a la que solía ser y dejando a mi nueva yo.

Si alguien me hubiera visto, sin duda se habría asustado. Parecía autista. Los brazos sueltos a los costados, el cabello abundante y ligero cayéndome sobre los hombros, sobre mis brazos. Ya no había vuelto a crecer, al parecer ese era el largo adecuado para mi.

Pensaba y sentía. Todo eso había ocurrido por una sola razón, ¿o no? Me la dijo ese ser con rostro de ensueño. Vengarme de Ranma. Pero yo no quería eso. No quería hacerle daño… antes. Mi vieja yo, la llorona, la que todo se lo toma personal y de carácter volátil. Ella no quería dañarlo, pero en ese momento, la hermosa, la controladora, la segura de sí, quería destrozarlo.

Verlo suplicar.

¿Por qué?

-Por años y años de sufrimiento –susurré para mi misma, tan bajo que me costó trabajo escucharlo.

Años y años, así era. Pero, ¿y las cosas buenas?

-¿Qué con ellas? Fue más el dolor, los celos, la inseguridad, que cualquier otra cosa.

Sí, claro, era fácil convencerme de eso en ese estado.

-Ranma… -alcé una mano, tan fina y elegante, y la posé sobre el vidrio de la ventana-. Todas y cada una de las humillaciones, Ranma, todas y cada una te las haré pagar.


Pasaron unos días sin mucho que contar, todo igual, Ranma celoso, enojado, pero por sobre todas las cosas, estaba que moría de preocupación por mi. Me observaba de reojo, creyendo que no lo sabía, y se quedaba pensativo. Tal vez pensaba en el dolor que me había doblado, o la amenaza que le hice, o en mi belleza que iba en aumento.

Tal vez se sentía inseguro de que lo fuera a dejar definitivamente.

Porque si antes podía, ahora no significaba ningún problema para mi.

El viernes por la mañana, ambos listos para irnos a la Universidad, y recién desayunados (preparó hot cakes con miel y mantequilla), terminé de perfumarme y me asomé desde mi habitación para verlo. Terminaba de beber un gran vaso de leche. Estaba tan serio, como llevaba desde que me encontrara casi inconsciente esa noche.

Serio. Maduro de golpe. Estúpidamente apuesto con su ropa china. Ese día llevaba una camisa blanca y los pantalones negros. Mi corazón latía desbocado, amándolo incontrolablemente. Eso nada ni nadie lo podría cambiar jamás.

De igual forma que mi necesidad por hacerlo pagar tampoco cambiaba.

Salí al pasillo y me acerqué a él, ya no sólo grácil, sino acorde con el viento, con movimientos tan sutiles y delicados que parecía salida de un libro de buenos modales para la nobleza.

Me miró turbado pero boquiabierto, sin moverse.

-No iré a la Universidad hoy –declaré muy campante.

-¿Por qué no? ¿Te sientes mal?

-¿Me veo mal? –y di una vuelta que alzó las orillas de mi vestido amarillo hasta los muslos. Lo escuché tragar con fuerza.

-Veo que no –y volvió la mirada azul al frente.

-¿Por qué no me miras? Siempre prefieres ver a otra parte.

-Porque no me gustas –sentenció muy seguro. Sonreí por lo bajo y me incliné hacia él. Llevaba un escote hermoso, ni muy pronunciado ni muy mojigato, era perfecto. Supe que aquello lo ponía nervioso. Tomé su barbilla con la misma delicadeza que él aplicaba en mi para tocarme, e intenté hacer que volteara. Pero de pronto, con un movimiento brusco, alejó el rostro de mis dedos.

-No me toques.

No insistí, sabía de sobra que hacía hasta lo imposible por no caer en mis encantos, pero cada vez se ponía más violento y lo conseguía menos. A mi me encantaba pelear con él, sacar su furia, lo retaba a hacer todo lo que nunca antes había hecho. Gritarme lleno de coraje, pero el de verdad, el que quema las venas. Acorralarme entre las paredes. Decirme que estaba muy preocupado. Tenerlo de mal humor todo el día.

Ese era el Ranma que ni siquiera él conocía.

-Como quieras. Adiós –pasé tarareando por detrás de su silla, llegué a la puerta, giré el pestillo, abrí unos diez centímetros cuando él, de pronto a mis espaldas, cerró de un azotón estirando un brazo por encima de mi cabeza. Giré sobre mis talones, con gesto travieso, para verlo.

Dios, que alto y fuerte.

-¿A dónde vas? –de nuevo la voz que quería fulminarme.

-Por ahí.

-Estoy ¡harto de tus juegos! ¡Harto! –gritó.

-Entonces déjame, vete, ya lo sabes.

-Dime de una buena vez qué es lo que quieres. ¡Dímelo! ¿Me quieres volver loco de preocupación, de celos?

-¿Celos? No, Ranma, todavía no sabes lo que es eso, pero ya te lo mostraré.

¡Pum! Me encogí de hombros, a una velocidad impresionante golpeó con el puño cerrado a escasos centímetros de mi rostro. Escuché la madera de la puerta quebrarse. Su respiración se hizo fuerte y pesada.

Le sonreí abiertamente, pero sin un gramo de la antigua Akane, sino que esta era una sonrisa llena de malicia.

-No sabes lo atrayente que me pareces cuando te portas así. Tan enojado. La angustia te atrapa, no sabes qué hacer, cómo proceder y ayudarme. Pero, ¿quién te dijo que necesito ayuda? Estoy mejor que nunca. ¿No lo ves? –y mi voz era moderada, seductora, sencillamente embriagante.

Me miró a punto de soltar sus defensas y caer a mis pies.

-Tu no eres Akane.

-¿Eso es lo único que se te ocurre? ¿Y por qué no suenas convencido?

Vaciló.

-Ah, ya veo –continué-. Es porque sabes que si lo soy. ¿Verdad?

-¿Qué te ha pasado? ¿Por qué me odias tanto?

-Odiarte… -repetí, como reflexionando-. No estoy segura de que eso sea, pero es una posibilidad.

Por su impecable rostro se formó una mueca de dolor inconsolable, pero mi sonrisa no varió ni por un segundo. Me miraba y en seguida desviaba la mirada, un par de veces ocurrió, pero después desistió y me miró fijamente.

-No te voy a dejar ir a ningún lado sola. Dime a dónde piensas ir.

-Eso depende.

-¿De qué?

-De ti.

-Entonces está resuelto, vamos a la Universidad, y si no quieres ir, aquí nos quedamos.

-No es tan fácil –alcé una mano y la pasé por una de sus mejillas, con mis dedos recorrí la comisura de su mandíbula, de sus labios, luego la pasé por detrás de su cuello y me acerqué a él.

Se irguió por completo dando un paso atrás, pero yo seguí, y pegué mi cuerpo delgado al suyo tan musculoso, dejé que mis senos presionaran contra su pecho, sin quitarle los ojos de encima ni por un instante.

-¿Qué haces? –me preguntó claramente nervioso.

Intentó alejarme, pero tomé un poco de fuerza y fui yo ahora la que lo azotó contra la pared, para quedar ahora él en medio. Con lentitud, metí mi mano libre debajo de su camisa y recorrí suavemente la dureza de su abdomen, deleitándome con su forma tan bien delineada. Lo escuché soltar un suspiro y en sus ojos apareció la sorpresa. De inmediato me tomó de la muñeca y sacó mi mano. La pérdida de contacto casi me lastimó. Pero sonreí satisfecha por su reacción.

Después alejó también mi mano en su cuello.

-No me toques –repitió.

Me solté, bajó la guardia, volví a intentar tocarlo y de nuevo me lo impidió. El proceso se repitió unas tres veces, él cada vez más desesperado, y yo también.

-¡Ya basta! –explotó, alzando de nuevo la voz. Me quedé quieta, viéndolo con fingida complacencia. No soportaba ser rechazada.

Ya no, nunca más.

-¿Por qué no?

-¡Haz lo que quieras! –siguió gritando, tomó sus libros llegando a la mesa en dos zancadas-. ¡Vete a dónde quieras y si no vas a volver nunca, mejor! ¡Ya no me importa!

-¿No te importo más?

-¿Estás sorda? ¿No entiendes las palabras? ¿No entiendes el idioma? –era cruel, y usaba el sarcasmo como un maestro, pero no podía ser mejor en eso que yo.

-Si me lastimo, si muero, si desaparezco, ¿ya no importa? –me mantenía firme, muy tranquila.

Soltó una risa forzada y tosca.

-Si me entero que haces alguna estupidez…

-¿Cómo esta? –y rápidamente me lancé a correr en dirección contraria a la puerta y a él, directo a las ventanas abiertas del comedor. Era una mañana hermosa, muy soleada.

A diferencia del faro del que me lanzaría más adelante, la altura de nuestro departamento no era mucha, vivíamos en el tercer piso, nada complicado para él. Pasó así: adivinó mis intensiones un segundo después de que me echara a correr. Ahogó una exclamación, contuvo el aliento y dejó caer los libros. Cuando estos pegaron contra el piso con un ruido sordo, abriendo sus alas cuadradas en extraños ángulos, yo ya tenía un pie en el marco y él pasaba a lado de la mesa.

Cuando abrí los brazos como un ave libre, ya estaba totalmente en el aire, con todo el vacío de una horrible caída esperándome. Ranma apenas ponía un pie en el marco.

Pero ese segundo de diferencia lo suprimió en cuanto comenzó a caer también. No gritó mi nombre en ningún momento. Me aferró con fuerza entre sus brazos, pegándome a él de nuevo, y me sentí viajando en el pasado, a esos tiempos tan cálidos dónde así era todos los días, pero él no se enojaba conmigo nunca, al menos no en serio, y yo no hacía esas cosas para provocarlo. Jamás.

Me cargó entré sus brazos como un príncipe a una princesa, y cayó suavemente sobre el asfalto, como si pudiera volar, conmigo completamente a salvo. Así, tan cerca de su pecho, escuché la velocidad a la que palpitaba su corazón, y por un instante temí que le fuera a dar un ataque.

Me dejó de pie para enseguida cerrar sus manos sobre mis hombros y agitarme sin ninguna consideración.

-¡¿ESTAS LOCA? ¡¿Qué intentabas? ¡¿Matarte? –era el vivo rostro de la desesperación, al fin había llegado al límite. Estaba completamente pálido.

-Dijiste que…

-¡Entonces golpéame o insúltame como solías hacerlo, pero nunca, nunca vuelvas a hacer esto!

La gente se fue congregando a nuestro alrededor. Algunos habían visto la caída y lucían preocupados, otros se acercaban, indecisos, ante la escena y los gritos, y también por la forma tan violenta en la que me sujetaba. Entre la multitud, llegó mi gran oportunidad de escapar. Dos policías se abrían paso entre la gente, con los mazos bien sujetos en una mano.

-¿Está bien señorita? –preguntó uno de ellos cuando estuvo más cerca de ambos.

Ranma aflojó el agarre y respiró más tranquilo.

-No –dije y entonces mi apuesto prometido me miró con los ojos abiertos de par en par-. Me está molestando, por favor, aléjenlo de mi.

-¿Qué? –Ranma no deba crédito, y cuando los oficiales lo tomaron, uno de cada brazo, comenzó a forcejear-. ¡No, eso es mentira! –sin embargo, sabía que de pelear con ellos le iría mucho peor-. ¡Akane!

Di media vuelta, escuchando sus gritos, sus reclamos y explicaciones, mientras me perdía entre la gente.