Capítulo Ocho

Llegué cuando ya había anochecido, y el desastre en el apartamento me dejó asombrada.

Sobe la mesa donde compartíamos las comidas había un desastre. Los vasos volcados, uno de ellos roto. Los platos hechos trizas y agua derramada.

La cocina era aún peor. La leche, los condimentos, el arroz, todo regado por el suelo, en la pared, el pequeño microondas hecho trizas en el lavaplatos. En la sala sólo el florero de cristal estaba destrozado.

Mi habitación estaba intacta, y debo aceptar que fue lo primero que corrí a verificar. Después, muy silenciosa, entré a la suya. Una de las cortinas beige había sido arrancada de sus ganchos, fuera de eso, todo estaba bien.

Ahí estaba él, y dormía.

Era como el sueño de un sueño, y quedé embelesada. El efecto que ahora yo tenía en todos, él lo tenía en mi. Se veía tan pacífico, sin rastros del coraje que había hecho, sin lágrimas secas en el rostro bello.

Mi hermoso hombre, mío y de nadie más. ¿Por qué no puedo detenerme? ¿Por qué insisto en hacerte sufrir?

Me descalcé, y sin hacer el más mínimo ruido, me acerqué a su cama. Lo admiré de cerca, ¿cuántas veces no había deseado verlo así? Su respiración era lenta y profunda, me sentí tentada a acariciarle el rostro suave y tenso a la vez, pero me contuve, y en lugar de eso saqué de un pequeño saco de terciopelo, los grilletes.

Ese era el momento, me dije, ahora o nunca.

La parte buena de mi que aún vivía gritaba en mi interior. "No lo hagas" podía escucharla en mi mente, muy, muy hondo. "Detente, Akane, lo vas a perder para siempre y no puedes vivir sin él. Lo sabes, no puedes." Mis manos temblaron, y los grilletes emitieron un ligero tintineo. Lo miré expectante, ¿se despertaría con tan suave ruido?

No.

Seguía igual.

Al principio fue muy fácil, su mano estaba relajada a la altura de su rostro; la cabecera era de barrotes de metal (venía con el departamento). Era mejor de lo que esperaba, y mi mente perturbada, malévola, no podía esperar para llevar a cabo su plan. Cuidadosamente, pasé la cadena de los grilletes por detrás de uno de los barrotes, y con la misma precaución cerré el primer brazalete de metal alrededor de su muñeca derecha. Hizo un ligero click y nada más. Lo difícil era la mano izquierda, la tenía a un costado, tendría que alzarla y eso definitivamente lo despertaría, entonces todo habría acabado.

Actúa rápido, me dije, y lentamente me acerqué a su cuello. Dejé que mi aliento rozara su piel deliciosa, y vi cómo se erizaba antes de plantar mis labios y rodarlos desde la comisura de la mandíbula hasta el lóbulo de su oreja. Obviamente esto lo sacó del sueño, dio un respingo y después se quedó muy quieto, respirando con fuerza. En tanto, levanté su brazo izquierdo.

-¿Akane? –preguntó, algo confundido, y en seguida notó que no podía mover el brazo derecho.

Las cadenas hicieron un ruido metálico cuando intentó zafarse.

-¿Qué haces? –volvió a preguntar, pero yo estaba muy concentrada en besarle sensualmente el cuello y alzando su otro brazo antes de que se diera cuenta de mi plan.

Sin embargo, era con Ranma Saotome con quien quería "jugar".

Y tratándose de él, era jugar con fuego.

Se resistió, poniéndose de pronto muy rígido, y deteniendo el camino al que quería llevar su muñeca, pero yo también luché y puse fuerza.

Al principio lo doblegué y su mano volvió a chocar contra la almohada, ahora más cerca de la cabecera y del brazalete restante.

-Akane –llamó con una voz de pronto mortalmente seria, tanto que me obligó a detenerme y a mirarlo directo a esos ojos profundos, como aguas de mar-. ¿Qué estás haciendo? –pero era más un tono de advertencia.

Casi amenazante.

Mi corazón brincó al comprender que el hombre que tanto me había protegido y que yo tanto amaba, me estaba amenazando. Entonces actué veloz, esa era mi única oportunidad, ya estaba muy cerca de lograrlo.

Sin embargo, ¿alguna vez fui más rápida que él? ¿Alguna vez acerté un golpe sin que él lo permitiera?

¿Alguna vez logré vencerlo?

No, nunca.

Tan rápido que me dejó impactada y con el aire atrapado en los pulmones, movió la mano libre para sujetar la mía. ¡Qué rapidez! Y entonces, en contra de todo lo que pude haber imaginado, fue él quien me esposó al brazalete restante.

Las llaves estaban en el saco de terciopelo, en el suelo, aún era posible liberarme, pero esa esperanza quedó atrás cuando, con su brazo ahora definitivamente libre, me apretó a su cuerpo escultural, duro como piedra, y me giró para colocarme del otro lado de la cama.

Pensé, por un segundo, que cualquier que nos viera pensaría que éramos una hermosa pareja de enamorados, charlando plácidamente en la cama, uno al lado del otro.

Me quedé en blanco, intentando procesar los sucesos. Mi mano derecha había sido apresada, igual que la suya, y las llaves estaban cerca de él, no de mi.

Las sombras de la noche, la luz azul de la luna entrando por la ventana descubierta, todo eso lo transformaba ante mis ojos en un dios. Un hombre imposible.

Se quedó quieto un momento, mirando el techo, boca arriba. Tranquilo. Luego volteó el rostro para verme, y la tristeza que reflejaba me dejó sin palabras.

-¿Qué intentabas hacer, Akane? –la suavidad en su voz, su forzada calma, me asustaron.

Ahí lo supe.

Había llegado al límite.

Me quedé muda, incapaz de pensar en nada, incapaz de hacer fluir las palabras de ese nuevo yo tan despectivo y cruel. Hermosa o no, maldita por dentro o bella, él podía contenerme en un suspiro, podía robarme las ideas, y aplastar todo mi ego.

-¿Ibas a forzarme? -¡Dios, la forma en la que lo decía! Fingiendo, claramente, que estaba tranquilo cuando por dentro reventaba. ¡Y yo lo sabía, porque si se esforzaba por permanecer relajado, no lo hacía en lo absoluto por ocultar la furia en su interior, emanando como olas de fuego!- ¡Akane! –volvió a jalar mi atención, ya que yo estaba comenzando a estar realmente temerosa de la ira que dejaba fluir-. Te hice una pregunta. ¿Ibas a forzarme?

No existía una sola palabra en el mundo entero, que yo pudiera responder.

-¿Me ibas a obligar a hacerte el amor? –sentí un nudo en la garganta, grande como un puño de acero-. Prácticamente, pensabas violarme, ¿cierto?

¡Si, Dios mío, eso quería! ¡Eso quería! ¿En qué me había convertido?

Tragué con fuerza, mirándolo aterrorizada, pero no sólo por su reacción ni por el estallido que veía venir, sino por mí. Estaba asustada de mi misma.

-Esto –continuó, alzando la muñeca atrapada y por lo tanto, alzando también la mía-, es de Mousse. ¿Fuiste a Nerima? –silencio-. ¿Cómo lograste que te lo diera? ¿Lo robaste? –nada.- ¿Se lo pediste, verdad? ¿Cómo? ¿Cómo conseguiste que ese idiota te diera una de sus preciadas armas? ¿Eh? –no podía hablar, no podía creer en lo que me estaba transformando, ni lo que había causado en él-. Te estoy hablando, maldita sea. ¿Te acostaste con él, o lo obligaste como pensabas hacerlo conmigo?

Exploté.

-¡Yo no necesito obligar a nadie! ¡Sabes perfectamente que todos darían lo que fuera por estar conmigo!

Y entonces, haciendo uso de la misma velocidad y de una fuerza que siempre estuve segura de que jamás, jamás usaría contra mi, deslizó su mano libre por la curva entre mi cuello y hombro, y cerró el puño en mi nuca, alrededor de mis cabellos de seda, tirando de ellos y al mismo tiempo atrayendo mi rostro al de él.

-¡Yo no! –me gritó en la cara, y la furia en sus ojos… ¿Cómo puedo describir eso? ¿Cómo hacerlo sin sentirme despojada hasta de mi alma, y acuchillada por el dolor?-. ¡Yo no quiero estar contigo, Akane! ¡NO QUIERO! ¿Y lo sabes verdad? –preguntó moderando la voz, pero sacando ácido en cada una de sus palabras-. Lo sabes, y por eso pensaste en obligarme, porque así sería la única forma de lograrlo.

-¿Por qué? –quise saber, con un hilo de voz-. ¿Por qué tu no?

-¿Y todavía lo preguntas?

-Qué cruel eres.

-¡¿Yo soy cruel? –soltó una risita cansada-. ¿Quieres saberlo si o no? –no, iba a decir, no quiero saberlo Ranma, porque sencillamente no lo soportaré, porque no lo soporto. Tu rechazo es el filo que me mata lentamente, es lo que me lleva a hacer tantas estupideces, es el peor de todos los castigos. Pero no pude decir nada de esto, porque él continuó en seguida-. Te odio –casi pude escuchar a mi corazón quebrarse, el dolor fue mucho peor que ese que sentía al perder una parte más de mi belleza interior-. Es por eso Akane, porque te odio. No quiero que me toques, ¡no quiero que respires junto a mi!

-Mientes -¿esa era mi voz? ¿Por qué salía tan quebrada, tan frágil?

-No. Y esto… -su respiración vibró-. Esto que estuviste a punto de hacer… No te lo voy a perdonar nunca.

-¿Entonces, por qué? ¡¿Por qué me salvas cada vez que algo malo va a pasarme? ¿Por qué me salvaste cuando salté por la ventana?

Por un instante fugaz, como el flashazo de una cámara, o un relámpago en el cielo, creí ver que flaqueaba. Lo vi dudar. Vi como su coraza de hombre cruel, de hombre que odia, se rompía como fino cristal.

Pero en seguida eso desapareció, como si lo hubiera imaginado.

-No quiero más recargos de conciencia. No dejaría que nadie se matara, que nadie sufriera. No es por ti, lo haría por todos –si antes de que lo arruinara de esa forma, si antes de hacerlo madurar tan rápido y después destrozarlo pedazo por pedazo, era malo para mentir… Ahora era un maestro.

-Ranma… -llevé mi mano libre a su mejilla, pero soltó mis cabellos para detenerme antes de poder tocarlo. ¡Cuánto dolor, cuanta rabia había en sus ojos de zafiro, y todo por mi maldita culpa!-. Me hubieras dejado morir en Jusenkyo.

-No –negó suavemente con la cabeza-. Me hubiera muerto yo.

Solté un lamento, casi ni me di cuenta, estaba llorando a mares, y él parecía seco por dentro, muerto. ¡Yo lo había matado! ¡Yo y mi intento desesperado por tenerlo a la fuerza!

Como si hubiera podido; en ningún momento hubo esperanzas de eso, ¿por qué entonces creí que sí? ¿Qué era yo?

Se irguió, alejándose de mi, y la repentina ausencia de su cercanía me hirió. Se sentó en la orilla de la cama para inclinarse y tomar el saco de terciopelo. Sacó la llave y abrió sólo su brazalete. Se puso de pie y me miró, pero por suerte me perdí de la mirada que me estaba lanzando, porque una vez más las sombras lo abrazaron. Pero si vi que dejó la llave en su buró, al que no podía llegar, sin embargo, de haber tenido posibilidades de poder alcanzarla, las rompió todas al alejar el mueble de la cama, hasta pegarlo a la pared contraria.

-¡No me puedes dejar aquí! –le exigí, asustada, indigna, con el orgullo roto y el terror profundo de haberlo perdido para siempre, calando hasta mis huesos.

-¿Quieres ver?