Capítulo Diez

-No –alejó sus manos de mi rostro, pero se quedó quieto. Podía sentir el desenfrenado y herido palpitar de su corazón entre mis dedos-. Esa no puede ser la solución. No.

-Si –insistí envuelta en lágrimas ardientes-. ¡Si es, Ranma, esa es la única solución! ¡Escúchame!

-¡No!

-Me dijiste que confiara en ti…

-Pero no para esto, nunca para esto. ¿Qué no escuchaste todo lo que te dije? ¡¿No entiendes que ese dolor me va a volver loco? ¡Literalmente loco, Akane, lo sentí en Jusenkyo, únicamente gracias al milagro de que volviste a la vida no enloquecí! ¡Pero lo sentí!

-Ranma, ¡no me estás escuchando! ¡No puedo detenerme! Tienes que hacerlo. Hazlo, hazlo ahora, aún hay tiempo –me solté en lamentos, un llanto imparable, lleno de miedo y angustia. Él volvió a inclinarse hacia mi y esta vez me envolvió en sus brazos, en el más hermoso abrazo que me había dado jamás.

-Nunca. Nunca –susurraba meciéndose hacia delante y hacia atrás conmigo en brazos.

-¡Voy a lastimarte, Ranma! Cometí un error tan terrible, fui tan estúpida, y ahora eres tu mi víctima. No me puedo detener. ¡Tienes que hacerlo!

-Ya te lo dije, prefiero eso a dejarte. Y ahora más, prefiero ser el blanco de tu vileza a hacerte daño. ¿Cómo me puedes pedir eso?

-No, no, no –repetí incansablemente, ahogándome en mis propias lágrimas. La Akane dulce, lo que quedaba de ella, era tan fuerte en ese momento que había dejado atrás a la malvada y cruel. Al menos por ese lapso-. Mátame, Ranma, si me amas ¡tienes que hacerlo!

-Ya. Ya, tranquila, debe haber otra solución –pero entonces caí en la cuenta, ¡cómo temblaba mi hombre de fuego y hielo! Su voz, si aliento, todo su imponente cuerpo-. Debe haberla, debe haberla…

-¡Estúpido! –rugí alejándolo de mi con un empujón que no significaba nada ante su fuerza, pero al menos lo separé-. ¡Estúpido mil veces, Ranma! ¡¿Me vas a dejar pudrirme por dentro? ¡¿Cómo puedes ser tan egoísta? ¡¿Qué no ves? ¡¿No ves que ya estoy agonizando? ¿Y si para mañana no queda nada de la que era antes? Ya estaré muerta. ¡Ya estoy muerta! ¡¿Cómo puedes negarme esto? –y dejándome arrastrar por la angustia de mi llanto, y por la locura de mi situación, me descontrolé. Moviendo mis piernas lo obligué a quitarse de encima, y me puse a tratar de zafar mi muñeca del brazalete de irrompible acero, con tanta desesperación que me iba asustando más y más. Gritaba y lloraba todo al mismo tiempo, pero nada de eso podía asimilar. Jalaba de mi brazo, hiriéndome la muñeca, la mano apresada, con cada intento.

-¡Basta! –me gritó lanzándose a mis brazos para detenerme-. ¡Te haces daño!

Pero yo luché en su contra, cortándome la piel con el filo del grillete, y viendo, pero no sintiendo, la sangre brotar hasta la almohada blanca.

-¡Maldita sea, Akane! –exclamó saltando de la cama con una agilidad asombrosa y regresando a mi en un parpadeo, con la llave. Sin perder tiempo, abrió el brazalete que me acorralaba pero yo seguí pasmada en mi llanto, en mi furia y miedo.

Me levante, sin siquiera hacer caso de la sangre, de sus ojos preocupados hasta los límites de la razón. Intentó detenerme, pero yo fui más rápida y me deslicé de su agarre por un centímetro. Corrí rodeando la cama hacia el pasillo, y él se levantó como un rayo detrás de mi. Me sujetó de la cintura, atrapando mis brazos, apenas puse un pie en el área de la sala.

-¡No! –le grité fuera de mi por completo, e intentando liberarme de su poderoso agarré.

-¡Ya, basta! ¡Detente!

-¡Si no haces nada tu, lo haré yo!

Con gran fuerza me hizo girar sobre mis talones, volvió a sujetarme pero ahora nada más de un brazo, yo estaba histérica, pensando únicamente en la cocina, en los chuchillos en la cocina, y en el escape que me ofrecían con sus sonrisas heladas. Pero entonces vi la otra mano de Ranma, alzado por encima de su cabeza, y descendiendo rápidamente… hacia mi rostro.

La bofetada pareció dejar el mundo entero en silencio.

Mi mejilla derecha ardió como fuego, como si me hubieran golpeado con acero al rojo vivo. Mis largos cabellos ocultaron la sorpresa hueca que tenía en los ojos y en la boca abierta. Toda mi cara había girado con el golpe, y me quedé así, paralizada y anonadada, intentando asimilarlo.

No había puesto ni un cuarto de su fuerza, prácticamente no había aplicado fuerza, pero a mi me ardió y dolió tanto por la perfección de mi piel. Y como mujer perfecta, debía ser extremadamente frágil para así llamar a todos los hombres a la necesidad de protegerme. Poco a poco fui incorporando el rostro, y busqué con mis ojos ennegrecidos por las lágrimas y por la maldición de mi alma, los azules como lagunas de él.

Estaba pálido, pero inmutable. No, me decía su expresión dura, no me arrepiento, Akane. La histeria había pasado, me sentía caer poco a poco dentro de mi otra vez.

Debía hacer algo, porque la Akane oscura estaba volviendo a emerger de las profundidades, la sentía como se siente un escalofrío recorrer la columna.

-Perdóname –me dijo, pero llevando el control todavía-, pero no me dejaste opción –si, lo sabía, pero también sabía que con histeria o sin ésta, la única solución seguía siendo mi muerte.

-Ranma… -murmuré, aferrándome lo más que podía a lo que quedaba de mi-, te necesito.

-Aquí estoy.

-No, no. No entiendes, necesito que hagas esto por mi.

-Si vuelvo a escucharte decir algo así… ¿Qué fue lo que hiciste? ¡Dímelo ya! –me sacudió, y yo lo sentía tambalearse entre la calma aparente y la impotencia.

Me llevé ambas manos al pecho, pero no había dolor ahí, como esa mañana y como todas las malditas mañanas, sino era algo más profundo, más terrible: el darme cuenta de mi error, de la pesadilla a la que nos había introducido por egoísta e idiota.

-Quiero que me dejes –le dije, perdiendo fuerza en las piernas, pero él me sostuvo y una vez más, como aquel día, se arrodilló a la par conmigo-. Dame eso Ranma, y yo…

-¿Y tú qué? ¿Me lo recompensarás?

-S-Si.

-¿Cómo?

-Salvándote de mi, ¿cómo más?

Suspiró, otra vez, ¿cuántas veces lo había hecho en esos últimos días, tan cargado de preocupaciones? Su aroma… qué tontería recordar eso ahora estando en una situación tan gris y deprimente como aquella. Pero su aroma me hacía sentir en casa, sujetaba a la antigua Akane y se negaba a dejarla ir. Olía a lluvia y a noche.

Me tomó de la barbilla, y creo que todo comenzó a ir muy lento desde ahí. Como en las películas, de alguna manera irreal, como todo aquello, así me lo pareció. Sus ojos, de los cuales no me canso de hablar, eran el núcleo de toda la magia, la magia real, su rostro, su piel, su expresión, la luz de mi vida. Entonces lo supe, lo sentí como se siente el viento cantando alrededor de los oídos, como algo papable. Estaba ahí, quien sabe desde hacía cuanto. Tal vez desde siempre.

-Akane, ¿es que no te he demostrado una y mil veces, que no ha nacido quien me pueda vencer? –y en cierta forma, ahí estaba la ironía, y también lo supe.

-Ranma… -logré decir, pero no me salió la voz, y de haber sucedido, no pude escucharla.

En la esquina de la sala, a lado de las ventanas, estaba él.

Tan hermoso y poco humano como la primera vez que lo vi.

-Te equivocas –dijo con su voz de terciopelo y sueños, mi amado prometido se quedó helado mientras yo veía fijamente sobre su hombro al dueño de mi belleza interna-. Nací mucho, mucho antes que tu.

Ranma volteó, fuerte, lento, letal para mis ojos, para ver a ese dios griego con todo su porte de imposible de pie en nuestra sala, bajo nuestro techo, regresando por… ¿mi? ¿Y había llegado la hora?

Un parpadeo, ¿o menos? Ranma ni siquiera acababa de asimilar la presencia repentina de ese ser, cuando ya estaba frente a nosotros, porque no era rápido, no, era algo que iba más allá. Escuché a mi hermoso hombre de ojos azules contener el aliento.

-¡No! –grité, ¿o no lo hice? ¿Lo pensé? ¿Por qué se había acercado a Ranma y no a mi? ¿Qué no era yo lo que ese hombre quería?

El ser divino alzó una mano y atrapó el cuello de mi prometido, pero es que era imposible ver sus movimientos, era como la luz. Ranma sujetó al tipo de la muñeca e intentó liberarse, pero ya lo sabía, lo vi en su forma de mirarlo, era imposible librarse de él.

-Es hora de que te vayas –le susurró con el veneno de una serpiente-. Y creo que te quiero para mi, por haberte robado el corazón que me pertenece –lo vi, ¡lo vi y no pude moverme del terror! Su mano libre colocándose a la altura del estómago de Ranma, presionando un poco contra su piel, y separase de nuevo.

Una milésima de segundo, lo que dura un suspiro, y el ser perfecto ya no estaba.

Ranma me miró, fue un instante atroz debo confesar, porque nada me había asustado tanto en toda mi vida como la mirada de auxilio que me lanzó en ese segundo, antes de caer al suelo con un ruido sordo, abrir la boca y comenzar un desesperado intento por conseguir aire.

No le llegaba a los pulmones.

Se estaba ahogando.


Hola! Me voy de vacaciones unos días, no tardo.