Capítulo doce

Estuve en este desolado, seco, y ardiente desierto rojo, por una semana. O quiero pensar que fue una semana. Ahí no hay tiempo, no hay sombra, ni noche, ahí todo es rojo, todo es arena. Si miraba hacia arriba, no había cielo, sino una enorme bóveda de piedra roja, tan alta como el cielo mismo, pero de roca. Y no había Sol ni Luna, ni estrellas, pero si un asfixiante calor que me quemaba los hombros, la espalda, las mejillas.

No existía forma de contar las horas, pero yo lo hice por experiencia, esa que queda grabada en el cuerpo y en la forma de sentir los días inconscientemente. Bien, ahí era muy consciente de eso. Era de lo único…no. Había algo más.

Akane.

La había perdido, no recordaba cómo ni por qué, pero el corazón me lo decía a gritos. Para variar había sido mi culpa, no podía detenerme, yo era siempre su verdugo, su nube negra, el que le cambió la vida para mal mientras ella simbolizaba todo lo bueno para mí, una luz a la que era adicto. Por eso no la dejaba ir a pesar de ser lo mejor. Una vez más, Akane estaba en problemas graves, por mi maldita culpa.

Pero ¿cómo? Durante todo ese tiempo no me pude preguntar otra cosa; escarbaba en mi memoria desesperadamente, buscaba en mis sueños cuando el agotamiento me vencía. ¿Qué hice esta vez? ¿Quién se atrevió a quitarla de mi lado? ¿O fui yo quien la alejó?

Me detuve, las piernas me temblaban de un cansancio que no conocía hasta el momento, y me dejé caer de rodillas. No tenía sombra, pero aún así la busqué. No tenía ni idea de dónde estaba, pero de nuevo me lo pregunté. Mis dedos estaban manchados del rojo de la arena, y vibraban.

Ranma

Alcé la vista, ahí estaba de nuevo, la voz de mi amada, la había escuchado por lapsos, cortos y largos, durante toda mi eterna caminata que no parecía llevar a ningún lado. La primera vez que lo escuché fue para despertar ahí, y quedé tan sorprendido que ni las palabras ni los pensamientos surgieron para nada.

-¡Akane! –volví a gritar, una y otra vez, hasta desgárrame la voz había dicho su nombre-. ¿Dónde estás? –me pregunté en voz baja, qué dolor y qué maldita pena el no recordar nada.

Ranma

Ahora si me sorprendí, nunca había sido uno después del otro. ¿Eso quería decir que estaba más cerca? Me puse de pie, tambaleándome.

-¡Akane!

-Ya, ya, ya por favor –dijo una voz a mis espaldas, sarcástica, seca. Giré en seguida y me topé con un hombre que me pareció familiar y me robó el aliento. Su extraña hermosura, tan perfecta, me asustó hasta lo más hondo, y yo jamás había sentido miedo de ningún enemigo. Si, supe que era mi enemigo, el peor de todos porque irradiaba esa maldad pura sin motas de luz, sin alternativa. Pero, ¿quién era y porqué me parecía tan conocido?

-¿Quién eres?

-¿Tienes idea de cuánto me aburre esa pregunta? –se rió, ¡y qué risa! ¿Era armoniosa o tan subnormal que parecía una pesadilla?- Milenios, Saotome, milenios escuchándola.

Sentí desconfianza, ganas de retroceder cuando eso jamás me había pasado por la mente, pero es que a él, o a eso, no lo entendía en lo absoluto.

-¿Dónde estoy?

-Si –sonrió-, eso está mejor –extendió los brazos a los lados, en un ademan de señalarlo todo-. ¿Te gusta? Lo hice para ti.

Ranma

Mi corazón di un vuelco.

-Tú la tienes –supe de pronto, tan seguro que me cimbró el cuerpo entero.

-¿A quién?

-No intentes mentirme.

-Oh, Saotome, si yo intentara mentirte, créeme, no te darías cuenta. No hay nada en todo el Universo que haga mejor que mentir.

Ranma… por favor, Ranma

-Akane, ¡tu la tienes! ¡Tu…!

-¡AKANE ES MIA! –gritó de pronto y el mundo entero, el cielo de roca, mi alma confundida, todo tembló con brutalidad, y por un instante tan veloz que creí imaginarlo, todo ardió también.

Su furia era el infierno.

-¡Devuélvemela! –grité después del pesado silencio que se hizo entre ambos, superando mi miedo.

-¡Tú, imbécil, la lanzaste a mis brazos! ¡Tú, me la entregaste! –me señaló con un largo y fino dedo, de piel muy blanca, y yo sentí aquella culpa que dejaba caer sobre mis hombros como algo natural. Tenía razón, de alguna manera, ¡siempre había sido yo!

¡Ranma! ¡Te lo suplico…!

-¿Dónde está? –pregunté con dificultad.

-Ah, bien, te lo mostraré, porque antes de comenzar a torturarte para toda la maldita eternidad que te queda conmigo, quiero que sepas el porqué de mi odio hacia ti. No creas que yo los odio a todos, Ranma, porque no es así. Yo amo al hombre, ¡a todos los hombres y mujeres! Pero tú, maldito malnacido, tú me quitaste a la única mujer a la que he amado en mi vida.

-¿Akane?

-¿Akane? –me arremedó burlonamente-. ¡Por supuesto, imbécil! ¿Quién más podría ser?

Y de pronto, juntó las manos en un aplauso y el desierto entero, ¡desapareció! En un instante, fue tan veloz que no hubo ni temblores, ni mareos, ni tiempo para parpadear. Ahí y estaba, y de pronto ya no. Ni la arena, ni el calor, nada. Sólo el cielo de piedra seguía constante.

El lugar donde de pronto aparecimos era como una gran sala de piedra. Tan grande como el dojo Tendo cinco veces. Y no había nada más que rocas, pilares y paredes, pero ni un solo mueble, ni una sola luz que no fuera aquella rojiza que parecía salir de todas partes.

-Aquí la tienes –me dijo, pero ya no estaba frente a mí, sino, una vez más, detrás. Debido a la enormidad de ese salón, su voz se había dispersado por cada rincón en un gran eco. Giré y lo vi de pie junto al único objeto que había ahí: una jaula de plata, y dentro de ella, Akane.

Pero no era la Akane absurdamente hermosa, de largos cabellos de seda y piel de perla, sino la de antes. La hermosa niña de cabellos cortos, de mirada inocente, mirándome con los ojos llorosos y una debilidad tal en el cuerpo, que no podía ponerse en pie. Estaba sentada, apoyándose en las barras irrompibles para no desvanecerse. Jamás había sentido un golpe tan fuerte en toda mi vida, ni siquiera en Jusenkyo, como cuando la vi ahí. Prisionera de una bestia que la hacía llorar eternamente, y que la aterraba ¡cómo jamás nada lo había hecho! Contuve el aliento, e incluso, creo que contuve un grito de horror.

Me quedé de piedra.

¡Por favor, vuelve, vuelve a mi…!

De nuevo su voz, pero increíblemente, no salía de sus labios, seguía retumbando a mi alrededor, pero no provenía de ella. Sin embargo, lo era.

-Veras, Ranma –volvió a hablar ese hombre sin imperfecciones-. Cuando Akane nació, yo me enamoré de ella. No de su cuerpo, como le pasa a la gran mayoría de los hombres, en general. Sino de su corazón. Un corazón fuerte, salvaje, pero tan dulce y gentil que podría hacerme llorar si lo contemplo demasiado –él estaba tan cerca de ella, pasando sus manos por los barrotes, ¡y yo estaba indefenso! ¡Incapaz de moverme, de salvarla!-. Era obvio que tendría más de un seguidor, ¡y mira cuantos tuvo…!

-Tiene –le corregí, indignado-. Cuantos tiene, aún.

-Ya no, ya sólo es mía. Pero déjame continuar, que no te queda mucho tiempo –no comprendí eso, pero tampoco dije nada-. Bien, pues no me pareció extraño que la siguieran tantos hombres, no me importaban tantos regalos, palabras de amor, deseos ocultos. Nada de eso podía alterarme porque ella no amaba a ninguno de ellos. Entonces llegaste tú, con tu porte de príncipe pagano, tu fuerza y agilidad y un millón de problemas. ¿Y sabes qué? Tampoco me importó, ni me sorprendió, que la amaras de inmediato, apenas tus ojos se posaron en ella –la observó por entre los barrotes con una calma solemne, antes de mirarme de nuevo-. Pero cuando ella se enamoró de ti, Ranma –hizo un movimiento de cabeza y pude escuchar, a pesar de los diez o doce metros que nos separaban, su cuello crujir-, eso si no lo pude soportar.

¡Ranma!

Y esta vez, no sólo fue su voz, sino que sentí un terrible jalón que provenía del interior de mi pecho. Fue tan fuerte, que a pesar de haberme quedado quieto, sentí que me movía… me elevaba.

-Sin embargo, sólo tuve que ser paciente para que tú acabaras con ella con tus insultos y tus estúpidas comparaciones –continuó, como si no notara lo que me ocurría.

-¡Cállate!

-¿No te gusta hablar del daño que le has hecho? El mismo daño, el mismo dolor que la guió hasta mi, desesperada.

Otra vez el jalón en el pecho, ahora más fuerte, incluso me dolía, sentí que en las venas mi sangre se espesaba y luego un dedo helado me recorrió la columna.

-¿Q-qué sucede? –logré preguntar, llevándome ambas manos al corazón.

-Te estás yendo. Es una lástima, de verdad quería que te quedaras conmigo.

-¡No! ¡No me voy a ningún lado sin ella! –di un paso adelante y la Akane de la jaula pareció reaccionar por una fracción de segundo.

-¡No te acerques! Entiéndelo, humano insolente, ¡Akane me pertenece! ¡Hicimos un trato!

-¿Un trato?

Sonrió lleno de victoria, y me hizo pensar en ángeles de guerra.

-¿No te ha dicho?

¡Ranma! ¡Por favor! ¡Vuelve, vuelve a mí!

-¿Decirme qué?

-Al rechazar su belleza tan sublime, por última vez, la destrozaste.

-¿Qué? –no podía dar crédito a mis palabras, ¡me rehusaba a creerlo!-. ¿De qué hablas?

-Lo sabes muy bien.

Otro jalón, esta vez solté un quejido, había sido demasiado fuerte, me sentía desvanecer.

-¡Dámela! ¡No me voy a ir de aquí sin ella! –di otro paso hacia delante y estiré una mano. El ser de belleza insólita dejó de sonreír pero no hizo nada más, me miró como si estuviera viendo un insecto que no vale nada, con un desprecio tal que me hirió físicamente. Pero dejé de verlo a él, para mirar a mi hermosa Akane perdida, y de pronto, ella enfocó sus ojos de miel en mí.

Lo hizo con una fijeza extraña, como si intentara decírmelo todo en una sola palabra, como si me rogara que entendiera y la perdonara.

-No tengo nada que perdonarte –susurré, y ella, tan celestial como siempre, me sonrió. Entonces, en contra de todo lo que esperaba, entreabrió los labios y me dijo:

-Búscame en el faro.

El ser demoniaco se giró violentamente para verla, sorprendido de que hubiera hablado, igual que lo estaba yo, porque esa era su voz de verdad, la que recordaba, la que amaba con locura, no aquella tan perfecta que me descontrolaba.

Otro jalón y lo vi todo girar a mi alrededor, girar tan rápido que los colores se convirtieron en una sola mancha, y sentí que me desmayaría y que gritaría hasta enloquecer, pero nada de eso ocurrió porque cuando me di cuenta, estaba abriendo los ojos de nuevo en la realidad. Un hombre alto, con una camisa blanca, abarcaba toda mi visión.

Poco a poco, comencé a escuchar los ruidos y a sentir un hormigueo terrible en todo el cuerpo. Había otros dos hombres a mi lado, con una camilla, y Akane, mi bella Akane perturbada y preciosa, me observaba arrodillada al otro lado, llena de lágrimas.

El primer hombre alejó algo de mi pecho desnudo, algo como plaquetas, y entendí de pronto que aquellos jalones habían sido las descargas eléctricas para revivirme.

Me sentía mareado, y extremadamente débil. El llanto de mi amada me hacía sentir peor, pues ahora sabía, no con todo detalle, pero sabía que había sido mi culpa su desgracia. Pero, ¿qué no lo había sabido desde un principio? ¿No era obvio?

Ella se acercó a mí, prácticamente empujando al paramédico que me revivió, y sus lágrimas llenaron mi pecho dolorido.

-¡Estúpido, estúpido, me has dado un susto de muerte! –lloró amargamente, partiéndome el corazón-. Es todo mi culpa, te lo dije.

Quise hablar, pero tenía una mascarilla de oxígeno que no me permitía hacerlo.

-Ya nunca más, Ranma, ¡nunca te haré sufrir!

¡No! –quise decir, angustiado de nuevo, como nunca antes, ¡como jamás en mi vida!-. ¡No hagas nada que te dañe, te lo suplico, no me dejes! Pero en sus ojos grandes y divinos vi la resolución, vi que me dejaría.

Me dejaría para siempre.

Y de pronto todo se tornó negro a mi alrededor.