Capítulo trece

Verla muerta, frágil y rota como una muñeca de porcelana, con los labios azules, la piel pálida como el papel, los cabellos húmedos aún desprendiendo su aroma de flores silvestres… Casi enloquecí. Ya una vez la había tenido así, ¿cierto? Un recuerdo que nunca se apagaría, que nunca, en la vida, podría superar. Y otra vez, otra vez estaba ahí, ¡matándome! ¡De la forma más lenta, más odiada! Escuché mi propio grito de dolor muy lejano, como el final de un eco que corre hacia mis oídos para morir antes de ser entendido. Estaba muerta. Yo quería morir para ir con ella. Y es que, siempre se trató de eso. Desde que la conocí, la primera vez que me miró, que me sonrió, incluso su primer golpe. Todo señalaba esto. Si ella muere, yo muero. No había más.

Ahora lo sabía.

Pero me había pedido que esperara. ¿Cómo había sido capaz de pedirme tal cosa? ¿Cómo iba a ser capaz de superar tal prueba? Sí, podía vencerlo todo, ¡a todos! Pero eso… Eso no. Y sin embargo, debía hacerlo.

Su cuerpo apenas pesaba entre mis brazos, su presencia se desvanecía como la espuma de las olas al chocar contra mis rodillas y su cuerpo. Estábamos en la playa, a las orillas, donde el mar parecía lamernos lentamente. El perfume de la sal y del agua me sofocaba, me incitaban a irme con ellos.

-Akane –no había podido parar de llorar, no había manera de detener mis lágrimas, confundiéndose con las gotitas que le perlaban el rostro. Muerta. Muerta. Su cuerpo inerte, frío-. Dios mío, Akane… -sentía los dedos de la locura rosando mi mente, pronto cedería, no concebía otra manera de soportar aquello-. Dime lo que hice tan mal. ¡Dime porqué me has castigado así! Y es que lo merezco todo, ¡todo mil veces! Pero no esto… No, no, no esto.

Me había dicho que en tres días, me lo había jurado en su mirada celestial, y yo necesitaba creerle con cada fibra de mi ser, o me moriría en seguida. Pero mientras, ¿qué haría con su cuerpo escultural, ahora inmóvil y helado? ¿Enterrarla? La sola idea me cimbró el corazón. Tampoco incinerarla, ni nada, nada que sugiriera un funeral y la aceptación de su muerte. Nada de eso tenía sentido, y era absurdo esperar que aquella mujer que sostenía entre mis brazos tensos, fuera a abrir los ojos en tres días con los latidos renovados y nueva sangre calentándola. Pero, ¿qué no había estado por una semana entera en ese desierto rojo, cuando en realidad fueron sólo unos minutos en la realidad? ¿Qué no había hablado directamente con ese ser de belleza insólita y maldad perturbada, para enterarme de un trato? Claro que sí, y ella estaba ahí, la otra Akane, la de siempre.

-No me importa cómo vuelvas –le seguí susurrando al oído, dejando que sus cabellos me acariciaran el rostro con el ir y venir de las olas-. No me importa si eres vil o dulce, si eres hermosa o sólo bonita, si todos te quieren y tengo que luchar contra el mundo entero… ¿Qué no ves que siempre ha sido así? Yo nací para amarte, para ser tu protector, y una vez más se me salió de las manos. Volví a fallar… Pero, si me das una última oportunidad, ni siquiera el mismísimo Diablo te alejará de mi lado, nunca más… Nunca más te perderé de vista. Así que por favor, te lo ruego, vuelve. Te voy a estar esperando, ¿de acuerdo? Sabes que no soy paciente, y si en tres días no te veo, voy a ir por ti. Así me arriesgue a la eternidad de tortura que me prometió ese maldito.

Como pude, haciendo uso de una fuerza más allá de la física, me puse de pie con ella aún entre mis brazos, ¡y qué ligera era! Sentir su peso de pluma me encogió aún más el corazón, y me sentí tan débil por dentro, tan absolutamente desgarrado, que solté otro lamento en llanto. Temblaba como una hoja y me repetía, una y otra vez, hasta el cansancio, que ella volvería, que debía confiar, que lo que estaba a punto de hacer era lo correcto. Caminé hacia el océano brillante como un espejo, que me pedía en susurros a Akane, de forma casi seductora. Y no quería dársela, ni al mar ni a nadie, pero es que no tenía más opciones, no las tenía ¿cierto?

Sentí el agua fría subiendo por mis pantorrillas, mis pies hundiéndose en la arena mojada, y vi cómo la punta de sus cabellos azulados tocaba la superficie del agua, y luego la punta de sus finos dedos, sueltos y sin vida como sus brazos. Y cada paso que daba, más nos hundíamos, hasta que por fin el agua me llegó a la cintura, y a ella le rosaba la espalda.

-Te lo juro por mi vida, por la tuya, Akane, que si no regresas te odiaré para siempre. ¡Y ni siquiera el odio hará que me detenga! ¡Iré por ti y me vengaré! ¡Vengaré tu abandono! Porque tú sabes que podrías hacerme cualquier cosa, pero dejarme… Jamás. ¿Me entiendes? ¡Jamás! ¡Eso no te lo perdonaría nunca! –miré su rostro blanco, fantasmal, y sus labios cerrados para siempre, sus pestañas largas, sus párpados ya de un tono purpureo, y sentí la tibieza de más lágrimas por mis mejillas, escociéndome los ojos.

En ningún momento dudé, en ningún momento mis brazos temblaron o mis manos se aferraron a su cuerpo, me quedé firme, roto por dentro pero fuerte por fuera, y de esta forma, poco a poco, comencé a sumergirla. Lentamente, con suavidad, hasta que el agua ocultó su rostro hermoso, y dejé de sentir su peso, y finalmente, su cuerpo.

La vi irse de mí, la vi ser el amor de mi vida y llorar, transformarse y ser vengativa; la vi noble, sonriente, valiente, y cruel. La vi saltar… Y en ese momento, la vi irse con el mar. Muerta.

Hasta que desapareció de mi vista.