Capítulo quince
Los tres días pasaron como un suplicio. Cada segundo que pasaba sentía el terror, vivo, latente en mi piel, en mis venas, de que ella no volviera. Quería pensar que lo haría, que apenas dieran las doce del tercer día, como en un absurdo cuento de hadas, mi amada volvería.
Pero, ¿y si no?
Ryoga no se separaba de mí ni un instante, no se iba al departamento ni siquiera a la maldita tienda, decía que no quería perderse.
-No ahora, Ranma, te veo y me da esta sensación de que te podrías hacer daño.
-No necesito esto. ¡No te lo pedí!
Lo fulminaba con la mas fiera de mis miradas, sabiendo que podía ser infinitamente cruel, algo para temer, pero en el fondo me sentía agradecido. Esa era la verdad, tenía ese aspecto porque eso mismo pensaba todo el tiempo. Si ella no volvía, yo iría por ella, ¡odiándola! Pero iría… La amaba demasiado, casi hasta la locura, y nadie, ni en esta vida ni en la otra, me la quitaría.
Entonces soñaba. Soñaba con Akane volviendo del mar oscuro, pero llena de luz. Porque para mí eso significaba su existencia: luz. Y tenía sus cabellos un poco más largos, danzando entre sus hombros y su espalda, y podía ver la luna brillante como una joya, reflejada en sus ojos. Pero luego palidecía y se hacía más hermosa que un ángel, y ms terrible que un demonio, y aún así… aún así la amaba, necesitaba de ella.
Luego venían las preguntas, ¡otro martirio! ¿Cómo regresaría? ¿Dónde? ¿Debía esperarla ahí, en el departamento, o volver al mar? ¿Y qué si no regresaba? Ah, para esa pregunta, sí que había respuesta. Era la única que no me atormentaba.
Y así como los temí, los sufrí y ansié, pasaron los tres días.
En la tarde del tercero, antes de que cualquier cosa sucediera, tenía que hacerme cargo de Ryoga. Él estaba en la sala, leyendo un libro con el título demasiado desgastado para ser legible. Era muy sencillo lo que tenía que hacer, y eso era esperara a Akane, solo, si él se interponía yo no respondería de mis actos. Con mi amigo ahí, en su papel de hermano mayor, jamás podría ir detrás de Akane sin que intentara detenerme. Me acerqué a donde estaba con paso tranquilo, me detuve frente a él y lo miré con intensidad hasta que dejó el libro a un lado y levantó la vista.
-¿Qué sucede?
-Tengo una pregunta para ti, Ryoga –y mi tono fue tan frío, tan seco, que casi pude escuchar a su corazón deteniéndose.
-Ranma…
-Es muy fácil, y sólo hay dos opciones, así que no creo que tengas problemas en contestármela –me incliné un poco, nada más para que sintiera la presión de mi presencia-. Quiero que te vayas de aquí, ahora mismo. La pregunta es: ¿lo harás?
Sus ojos como de gato me observaron como si intentara ver a través de mis ojos todos mis planes, luego frunció el entrecejo en una expresión de repentina determinación.
-Por supuesto que no. ¡Eres un cobarde! –sentenció, poniéndose de pie y alcanzando mi altura-. ¿Crees que no sé lo que planeas? ¡Dime tú, que tan maravilloso te crees, sin es digno de un guerrero el siquiera…! –pero nada de lo que tuviera que decirme tenía el mínimo valor para mí. Yo ya había tomado una decisión, así fuera a costa del honor. Antes de que pudiera seguir hablando, una de mis manos acabó en su garganta en un parpadeo, fue tan rápido que corté su discurso de golpe, y me miró anonadado.
-Si, Ryoga, soy más rápido que antes, y mucho más fuerte. Me entreno, día a día, porque es lo que amo, y porque siempre debo estar en forma para proteger a Akane. Y verás, amigo… –éste comenzaba a tomar un tono purpureo en las mejillas, mientras intentaba deshacerse de mi sencillo agarre moviéndose como una serpiente y lazando golpes que no me llegaban-, hoy tengo que hacer algo más para cuidar de ella, ¿ves? Sé que no lo entenderías, por eso, en este momento, me estorbas.
-Ra…Ran… -apreté aún más, mi corazón golpeaba como un martillo mi pecho, nunca había hecho algo semejante, me sentía como un psicópata, pero no tenía alternativa.
-Ya duérmete. Ya duérmete –comencé a decir repetitivamente, hasta que lentamente sus fuerzas se fueron haciendo menos, sus movimientos torpes, y sus ojos perdieron todo brillo. Cuando lo solté, estaba inconsciente.
Cuando despertara, Ryoga se iba a encontrar más desorientado que nunca, perdido en un parque, en medio de Tokyo, sin tener ni idea de qué dirección tomar. Le pedí mil disculpas a pesar de no poderme escuchar, y me lamenté de tener que hacer una jugada tan baja cuando me estaba ayudando y no atacando, como era costumbre.
Cuando volví al departamento, ya había anochecido.
Me senté en la mesa del comedor, y esperé, como se espera una sentencia de muerte, a que dieran las 12:00. Y he de confesar, que ya para ese entonces, pensaba más en el hecho de que me iba a suicidar, que en el del regreso de Akane. Frente a mí, estaba un cuchillo largo de acero inoxidable. Ryoga me había llamado cobarde, y tal vez lo era al pensar en una muerte así, tan poco digna de un guerrero…pero…por ella, lo haría todo, y no me temblaban más las manos ni las convicciones esa vez.
A las 11:59 mi corazón dio un vuelco. No se escuchaba ni el más mínimo ruido en el departamento, solo mi respiración obligada a llevar un ritmo tranquilo, y el rugir de mis pensamientos. Fuera de eso, nada. "¿Y qué esperabas, idiota? ¿Qué apareciera así, de la nada, en medio de la bruma? ¡Esta muerta! ¡Tú se la entregaste al mar! ¡Tú la mataste!" Todo eso pensé, y después tuve una idea final, tajante, firme como una montaña: No va a volver. Me había hecho falsas ilusiones a pesar de no querer confiarme mucho, y en ese momento, en ese último minuto, sentí que todo mi mundo, por fin, se me venía encima. La idea de su muerte me devastó, ¿cómo más decirlo? Era real, había sucedido, se había lanzado al vacío frente a mí para castigarme por todos mis malos tratos. Le había fallado. No más peleas absurdas, no más lágrimas y perdones, no más amarla en secreto y amenazar a quien se atreviera a posar sus ojos en ella… Ya no había ella.
Casi sin darme cuenta, una de mis manos aferró el mango del cuchillo, y lo alcé hasta la altura de mi rostro para ver mis ojos reflejados en su hoja letal.
Escuché la canción del reloj sobre la repisa de la sala anunciar que ya era media noche, y el inicio de un nuevo día. El cuarto día.
-Te lo dije –murmuré, soltando un suspiro helado, pues sentía mis pulmones como dos cubos de hielo-. Y ahora tendré que ir por ti para reclamarte tu falta de palabra, tonta.
Tomé aire de nuevo, y sin pensarlo más, de un golpe, guié el cuchillo a la boca de mi estómago. Iba tan rápido que nada me hubiese podido detener, tan fuerte, que me estaba asegurando la muerte, y tan decidido, que nadie se habría atrevido a hacer algo.
Excepto él.
Su larga mano como de mármol, fuerte e insuperablemente poderosa, me detuvo sujetando mi puño un instante antes de que la hoja me perforara. Sentí su calor como el fuego de una llama que se propagaba por todo su cuerpo, y sin embargo, no me quemaba. Lo miré asombrado, y sus ojos arcanos atraparon los míos y me hizo sentir que estaba de pie frente a un abismo más negro que una noche sin luna.
-¡Vaya! Pero qué gran prueba de amor la tuya –me dijo con esa voz como de plata, alejándose de mí. Cuando me di cuenta, él tenía el cuchillo en sus manos-. Así que de verdad te ibas a matar para estar con ella. Muy noble –se paseó delante de mí y luego tomó asiento a mi lado, en el lugar que era de Akane. Cruzó una pierna y debo decir que jamás, jamás, había visto a un hombre con tanto porte. Era como si fuera el padre de todos los Reyes de la historia. El Rey de todos ellos-. ¿Sabes dónde iba a estar tu error? En que ni con esto lo hubieras logrado. ¿Entiendes? Te ibas a ir a mi mundo, un mundo que controlo no como aquí tus gobernantes, sino que de verdad lo controlo. Aire, tierra, vidas… Todo es mío. Ahí no te habría permitido verla, nunca. Habrías sido mi esclavo para toda la eternidad. ¿Sabes lo que eso significa, Ranma? ¿Eternidad? Oh, no, claro que no.
-¿Quién eres?
-¿De nuevo con lo mismo?
-Quiero saberlo, ¡lo necesito!
-¿Lo necesitas? Me halagas.
-¿Por qué estás aquí?
-He venido a ponerle fin a todo esto, Saotome –y sonrió te tal manera, que estuve tentado a gritar-. ¿Estás listo?
