No puedo creerlo, estoy actualizando Máscara! *se muere de la emociónn* Bueno, a quien esté siguiendo este fic, la verdad es que... ¡en verdad lo siento! Pero es que me he quedado en un charco de barro del que no logro salirme, en el que todos los problemas se acumulan y en que debo recordar lo feo que es estar estancada. En cuanto al título y este capi, primero cabe aclarar que Gakuto solo tiene una pequeña aprición y que aquí es donde su hermana se relaciona más con Yuushi. Además, contrario a lo que había pensado en un inicio, la historia tomará un rumbo un tanto diferente a lo uqe estaba originalmente planeado, por lo que ahora ya no sé cual será más o menos el número de capítulos que tendrá, pero eso es lo de menos. Lo que si debo anunciar, es que posiblemente esto no acabe en un Dirty Pair. no me miren mal, hay úna mínima posibilidad de que el gran amor al final sea Ayame, la hermana de Gaku, y no Gaku. Pero eso será al final, así que aún no se rompan la cabeza con ese tema En fin, espero que les guste el capi, el cual es un poco más corto que los dos anteriores.


Máscara

"Claroscuro"

Si por algo me podría adorar en este mismo momento, es por despertar antes que mi nuevo amante, razón por la que ahora puedo observarlo con toda la tranquilidad del mundo. Ese extraño color de cabello no me deja duda que era él quien desprendía –y sigue desprendiendo– ese fuerte perfume de cerezas. Tras sus párpados cerrados se ocultan un par de ojos azules, los cuales había logrado discernir solo con dificultad a causa de la noche. Cuando lo vi por fin en el bar de la discoteca, pensé que tenía una pinta demasiada buena, aunque se veía un poco -que digo, ¡un montón!- aniñado. Sin embargo, ahora viéndolo dormir, parece la criatura más linda e inocente de la tierra. Ah, las ironías de la vida... Sin querer evitarlo, acaricio su mejilla con un dedo y luego con el dorso de la mano, como si con la menor brusquedad se fuese a romper. Se había sentido tan bien y tan embriagador la primera noche, pero eso no se había comparado con la última. Pero de pronto aparece en mi cabeza la imagen de Ayame. Veo ante mí su mirada vacía y desilucionada, como si yo mismo le hubiera partido el corazón. Sacudo mi cabeza tratando de deshacerme de ese pensamiento, pero no funciona. ¿Qué me pasa ahora? Entonces oigo un quejido a mi costado y vuelvo otra vez la mirada hacia el niño, perdón, el chico que duerme, o dormía, a mi costado. Parpadea varias veces y después me mira con ojos grandes y un poco confndidos. Y luego parece volver a recordarlo todo.

-¡Mierda!

-Vaya vocabulario para tan tempranas horas -le respondo de manera sarcástica, pero divertida, cosa que no parece agradrle.

-Cierra la boca, violador -sisea molesto, causándome un ataque de risa.

-¿Violador? Si practicamente te me entregaste en bandeja de plata... –le contesto cuando recupero la compostura, viendo que sus ojos brillan de manera peligrosa.

-¡Mentira! ¡Tú me trajiste aquí!

-Y no es que te hayas negado.

-Quería mi máscara...

-Y la tienes, ¿o no?

No obtuve respuesta alguna. El chico solo se levanta, esquivando mi intento de agarrarlo, y comienza a vestirse. Me acerco, acaricio su espalda y dos segundos después ha salido a toda carrera de la habitación. Este niño me pone lento.


-Su orden.

Alzo la mirada y me encuentro con una camarera joven y atractiva (vaya que lo es). Asiento y le agradezco con una seductora sonrisa, viendo con un sentimiento de victoria como la chica se sonroja y huye de la escena. A lo lejos siento -sí, siento- que unos ojos azules siguen clavados en mí. Ayame. Me siento como si hubiese roto algo, como si se me hubiese caído de las manos un jarrón. O una muñeca de porcelana. Bebo un sorbo de mi café. El clima frío y mojado ahora trae en sí un aura depresiva, o al menos así lo percibo yo. Mi trabajo parece haberse congelado, al igual que mi cerebro, lo cual obviamente no ha sido causado por las bajas temperaturas. Ni modo... Ya han pasado tres días desde la última vez que vi a Gakuto. Un sorbo más y mi mirada vuelve hacia la página en la que me había quedado. No puedo escribir, como dije, mi cerebro quedó congelado, por lo que me he dedicado a leer. Pero las palabras entran en mí y siento como si solo fuesen un tren expresso que pasa a toda velocidad por una estación en la cual no le toca parar. Dios, un poco más y ya voy a pensar que estoy deprimido...

-Hola.

Una vez más, alzo la mirada, solo que esta vez puedo ver de cerca esos ojos azules tan cautivantes. Le sonrío a la chica, pero no puedo evitar sentir la boca seca y un revoltijo en el estómago. Ayame se sienta en la mesa, tratando de sonreírme con nerviosismo. Le pregunto si quiere que le pida algo, pero ella solo menea con la cabeza, murmurando algo como "dieta". No es que no notase que es una grandiosa y pésima mentira, pero no insisto.

-Y... –comienzo a decir, sin saber con exactitud que, mas ella me interrumpe.

-¿Cómo has estado? –dice mientras que recoje sus piernas y las pone sobre la silla. Cierro mi libro y lo guardo.

-No del todo bien, he tneido unas cuantas dificultades con el trabajo –contesto, sin mencionar los detalles.

Ayame no tenía que saber que ella o su hermano, o directamente los dos, eran la razón de mi bloqueo. Veo como una pequeña sonrisa adorna su delgado rostro. Se ve cansada, un poco más maquillada de lo que recuerdo de nuestro último encuentro. Desde aquella vez nunca más, hasta ahora, se había vuelto a acercar a atenderme, por más que haya ido todos los días a ese café. La mínima clientela hacía lo posible.

-Gakuto no parecía muy satisfecho cuando volvió con su máscara –atacó entonces la chica, sin mirarlo a él, sino el borde de la mesa-. Lo percibí muy tenso e irritble ese día, pero ya se está calmando un poco. Debes saber que esa máscara es muy importante para nosotros, es la única que él usa.

No resondo en lo absoluto, solo espero a que ella continúe. Pero no lo hace, solo se queda callada. Y por fin me mira. Sus ojos ensombrecidos me observan con lentitud, mientras que vuelve a bajar los pies de la silla y se acomoda un poco. La débil sonrisa se borra por completo y deja atrás solo un rostro vacío. Y de pronto siento la necesidad de decir algo que ni si quiera sé si es verdad.

Ayame, yo...


Paso mi brazo por sus hombros, dejando que me guíe.

-Es aquí –susurra tranquila, mientras que de su bolso saca las llaves.

Se separa de mí para abrir la puerta, dejándome entrar a lo que es un pequeño apartamento en un barrio bastante agradable y modesto. Dejo que me jale consigo hasta la cocina, prestando atención a la enésima anécdota que me contaba en ese día. Había finalizado su turno antes de tiempo, importándole poco el descuento que sufriría su paga mensual. "No es que me falte" aclaró la chica. Me pasa un bol con ensalada de frutas y me indica que vaya saliendo al balcón. Ella me sigue con el azucarero y dos pequeños tenedores. Nos sentamos y seguimos platicando animadamente. Un gran alivio me había invadido desde que comencé a notar como la chica parecía recobrar poco a poco el espíritu que tanto había irradiado el primer día que la vi. Y eso en una sola tarde.

-¿Sabes? Yo y Gakuto, la verdad es que siempre habíamos sido unidos... tal vez nuestro lazo no era increíblemente enorme, pero con la situación que había en nuestra casa...

Asiento vagamente mientras que la oigo seguir con el tema que habíamos empezado poco antes de llegar a su casa. Su historia, la de ella y la de Gakuto.

-Tu padre, ¿era tan estricto? –pregunto, pero ella sacude la cabeza.

-No –murmura en japonés-. No, él no era estricto. Simplemente tenía un problema con la bebiday uno muy grande. Eso, y una gran afición por sacarnos en cara nuestros defectos y de corregirlos.

-¿Y tu hermano menor...?

-Kotaro, se llamaba Kotaro. Pues, él se quedó atrás. Cuando Gakuto y yo le propusimo esto, dudó mucho y al final nunca tomó una decisión...

La miro a los ojos, los cuales ya recuperaron su brillo. Clavo mi tenedor en una manzana y me la llevo a la boca. Quien diría que ese par de hermanos escaparía hasta el otro lado del mundo.

-¡¿Y por que Venecia? –hago la tan ansiada pregunta, aquella que ya me estaba quemando la boca. Y Ayame me sonríe.

-Porque es una ciudad hermosa, solo por eso.

-Supongo, fue una buena elección.

-Así es, aunque fue un poco complicado el entrar –admite ella ahora con una apenada sonrisita y yo me tengo que reír-. Digo, ambos éramos aún menores de edad, Gakuto tenía solo quince años, y aunque yo ya pronto iba a cumplir los dieciocho no tenía derecho sobre él.

-Ya veo, se puede decir que fue toda una aventura –bromeo, pero sin obtener el efecto deseado. Ayame no me sonríe.

-Sí, una que aveces deseo no haber elegido. Pero de eso ya son diez años.

Un breve silencio se interpone entre nosotros, antes de que ella siga hablando. Pero en vez de continuar con su historia, me hace una pregunta a mí.

-¿Y qué me puedes decir acerca de ti? -la miro un poco sorprendido, pero luego vuelvo a sonreírle.

-Pues, ahora que me pongo a compar nuestras historias, no mucho -me río.

-Pero cuéntame -insiste ella sonriente-. Si no me cuentas no podré opinar que tan aburrida fue tu vida -bromea.

Y así acabo contándole sobre mi vida, sobre el tensai que fui en Hyotei, sobre mi deporte favorito, sobre todo. Le hablo de Atobe Keigo, mi antiguo capitán y un gran amigo muy cercano ahora, de su novio, Jiroh, y de Aizawa Katsu, el chico que fue mi compañero de dobles. Le cuento lo bien que me llevaba con el último y cómo este acabó siendo uno de mis primeros enamorados. Nos reímos ambos de las tonterías que vivimos juntos de las cuales ahora le hablo. Ahora que lo pienso, realmente me gustaba Katsu, más que cualquier otro novio o novia que había tenido en toda mi vida adolescente y adulta. Pero aquello solo había acabado siendo un gran cariño fraternal que iba de la mano con una igual de grande atracción física, por más que muchos calificaban a Katsu como un chico más bien promedio y no muy dotado en la cama. Pero eso ahora no importaba mucho, Katsu es solo mi amigo. Ahora, solo es eso.


Me acerco con cansancio a la recepción, ignorando a la señorita y su plástica sonrisa, esperando solo el momento en que me de mi llave. Se me había hecho increíblemente tarde, mas no lo suficiente como para llegar a verme con el hermano menor de la pelicereza. Se me hace raro el pensar que había estado en su casa y que no se hubiese dignado de mostrar su linda carita por ahí. Pero más etraño se me hace el hecho de que recién lo recuerdo a él ahora. En ese momento solo había existido Ayame. Y sí, había disfrutado al máximo de la compañía de esta, al máximo de lo posible. Porque, debo admitir, había algo que no me quería dejar en paz, que aún no me deja en paz. Algo se sentía como ausente, como un grande y oscuro hueco. Sentía que la chica había perdido algo, no solo un par de kilos, sino también algo importantísimo que ahora no logro identificar, algo que no logro nombrar correctamente. Me meto en el ascensor y agradezco a quien o a lo que sea por el hecho de que no había nadie más, ningún turista molesto que quería subir o bajar, al menos no con la caja de metal. Salgo y busco casi a tientas mi puerta, recordando el día, o la noche, en la cual había traído conmigo a Gakuto. Sonrío al pensar en la cara de la recepcionista. Dios, pagaría por repetir eso...

Entro a mi habitación, sintiendo la presencia de Ayame aún en mí, oyendo aún su recuperada voz. Cierro la puerta tras mi espalda y como puedo doy vuelta a la llave. Me apoyo en la entrada y cierro los ojos por un momento, dejándo que la gravedad me lleva a sentarme en el blando suelo frío. Y de pronto siento que tengo otra vez ante mí a Ayame, su sonrisa, su cabello, sus ojos y su voz reclamándome algo... Pero entonces me doy cuenta de qué era ese algo que tanto faltaba, ese algo que cada vez más me está carcomiendo por dentro. Repaso una vez más la imagen que se me había quedado de la chica de ese día, repaso cada uno de los detalles que recuerdo. Y ya no, no, no estaba. No estaba el ligero aroma de cerezas de Ayame. Algo había pasado.