HOLAAAAAAAAAAAAA!... gracias por seguir leyendo... perdon si tardo en actualizar o si no les respondo comentarios, pero no tengo mucho tiempo :S

Bueno, este fic ya lo tengo totalmente escrito... asi que... no tardare mucho en subirlo. Gracias a Alynne Hale por leerlo y a Muerte 16 por tooodo su apoyo!... les envio un enorme beso y un abrazo afectuoso!


Entre copas

3.- Desconocido

Una lección en el hombro y el codo a causa de un desmayo fue el causante en aquella abruta interrupción de su beso, y de que sus familiares se encontraran en ese momento en el hospital. La sangre en la alfombra fue producto de la copa que se rompió y le cortó la palma; pero nada grave le había ocurrido a Marin Delorme. Touma, en la sala de espera, se alejó y se sentó en el sillón de espera a pensar, mientras Artemisa suspiraba, tranquila, y lo observaba de reojo.

En cuanto los vio pelear se dio cuenta de que las cosas entre los tres estaba alcanzando un nivel que ella ya no podría detener. Sabía que Camus la quería, lo sentía por la forma en que estaba al pendiente de sus cosas, y el esmero que ponía en la boda. Sus más íntimas amigas estaban celosas de que él pusiera tanta atención en esos detalles, y los novios de las ya casadas no lo hubieran hecho en su momento.

Pensó que tal vez debía hablar con él, sincerarse y exponer todos y cada uno de sus puntos, pero se reprimió al mirar el sitio donde se encontraba, y darse cuenta que, en términos vulgares, 'el horno no estaba para bollos'.

Touma estaba sentado en uno de los sillones con las manos entrelazadas entre las piernas abiertas, mirándola fijamente como si quisiera decirle algo. La muchacha solamente le sonrió de forma amable, dándose la vuelta enseguida al oír los pasos apresurados de Camus, que se dirigía a toda prisa a donde ellos aguardaban.

-"¡Misa!"- Exclamó, yendo a su encuentro y tomándola por los hombros, -"¿Dónde está mi hermana? ¿Cómo está?"- La rubia se quedó pasmada al verlo reaccionar así. Él no solía ser nada expresivo, y al admirar aquellas facciones contrariadas y preocupadas, se le encogió el corazón. –"¡Respóndeme!"- La zarandeó ante su silencio.

-."¡Ya déjala!"- Exclamó el taheño pelicorto, poniéndose de pie de un brinco.

-"No estoy hablando contigo… ¿Cómo pudiste permitir que le pasara algo?"- Artemisa abrió la boca, pero Touma le ganó la palabra.

-"¿Yo? ¡Él estaba bebiendo con ella!"- Acusó a Milo, quien llegó tras del pelirrojo. –"¡El único culpable de su estado es tu amiguito!"- Camus se quedó callado, pero se le veía que estaba a punto de explotar.

-"Lo siento… no…"- Balbuceó el rubio.

-"¡Cállate!"- Lo silencio su amigo, dejando a un lado a Artemisa para quedar cara a cara con Touma. –"Si tú te quedas con ella cuando nosotros ya nos habíamos ido, la responsabilidad es tuya… No embarres con su suciedad a Milo…"

-"Para ti todo es Milo, Milo, Milo… Vives obsesionado con ese estúpido griego, como si fuera algún tipo de Dios para ti… ¿Qué te pasa Camus? Tienes a la mujer perfecta a tu lado y ni siquiera lo notas…"

-"El que o note o no es sólo problema mío, a ti no tiene porque importante lo que hagamos ella y yo. Métetelo en la cabeza, es MI prometida y seré yo quien la despose…"

-"¡Pues hazlo! ¡Cásate con ella y sal de una vez de nuestras vidas! porque te apuesto que hasta él piensa lo mismo, y espera a que la desposes para mandarte al diablo…"- Señaló fieramente al rubio, quien se quedó pasmado ante lo dicho. Un miedo evidente se colocó a través de las fibras del taheño, quien en un acto de desespero se le fue hacia el cuello de su hermano.

-"¡Camus!"- Exclamaron al unísono los dos rubios. Artemisa buscó separarlos tanto o más que Milo. La primera se interpuso entre su prometido y los golpes.

-"Por favor, estamos en un hospital."- Dijo, pero era obvio que estaba defendiendo al menor. Milo sostuvo de los brazos al galo para que dejara de atacar, este se soltó bruscamente. Se apartó. El rubio suspiró con dolor.

Las enfermeras y médicos que se habían detenido por si tendrían que sacarlos continuaron con sus deberes.

Touma estaba encendido, y quería terminar con eso de una vez, aprovechando el fuego de la situación.

-"Eres el hombre perfecto… el que tiene todo lo que quiere cuando se le place, sin importarle lo que los demás quieran…"- Miró a Artemisa, y está no hizo más que empujarlo hacia atrás al ver que quería irse sobre su prometido otra vez. –"Eres el patán que se llevaba a las muchachas a su cama sin…"

-"¡Ya basta Touma! ¡No voy a permitir que continúes insultándome!"- Milo se le puso al paso otra vez, pero Camus jaloneaba con él para que lo dejara pasar. La ira se había apoderado de él y no tenía intención de mantenerla bajo candado.

-"No te tengo miedo. Puedes amenazar y amedrentar a quien te de la gana, pero a mi no me haces ni cosquillas"- Continuó su hermano, provocando que el mayor empujara a Milo, pero sin írsele encima.

-"¿Sabes qué? Tienes razón Touma. No tengo que golpearte para que te sientas miserable, con ser yo mismo ya hago suficiente por ti. Tú el que siempre has estado celoso por vivir tras la sombra de tu éxito hermano…"- Soltó una risa fría. –"Que pena me das."- El pelicorto se quedó callado. Ya no tenía más que decir ante la evidente verdad. Si lo odiaba era tal cual este lo pronunció. No había más razón.

Le sostuvo la mirada, pero no halló más palabras en su léxico para defenderse. Se dio la vuelta y emprendió la retirada hacia la salida del hospital.

Marin, que con el brazo vendado salió momentos antes, observó que Camus iba tras Touma, seguramente para continuar el pleito; así como Artemisa y Milo tenían el impulso de seguirlos…

-"Ni se les ocurra salir. Si ellos quieren arreglar sus problemas como cavernícolas es su problema, no el nuestro."- No había duda que le preocupaban sus familiares, sin embargo, a un día de la boda, las cosas debían resolverse de una o de otra forma.

-"Pero…"

-"Señorita Marin…"- Ella maneó la cabeza. Dio un par de pasos y se sentó en las sillas de espera.

-"Cinco minutos."- Dijo. Los rubios se miraron entre sí: la mujer solamente sonrió, nerviosa, como si no supiera que hacer; Milo observó la puerta, preocupado. –"Me sacaron sangre."- Añadió la pelirroja, señalando el lugar de su brazo donde la aguja fue insertada.

-"¿Cuándo te entregan los resultados?"- Inquirió el griego.

-"El médico me dijo que mañana por la tarde."- Sonrió. –"En momentos así agradezco tener mucho dinero."- Se rió de una forma poco normal en ella, tanto inusual que llamó la mirada de Artemisa.

-"Creo que ya deberíamos salir…"- Comentó. Marin asintió, pues era obvio que estando dentro sólo pensarían en esos dos.

Se levantaron de la sala y salieron del hospital. En el estacionamiento estaban los dos, frente a frente hablando cosas que nadie escuchaba. Discutían, pero no un tono elevado. El retrovisor de la camioneta era el único testigo auditivo.

Touma apretó el puño, enrojeció, agachó la cabeza y continuó hablando. Su hermano lo contemplaba, serio, pensativo, hasta que este levantó la vista y le dijo alguna cosa que atrajo otra vez una discusión. Al final Camus le dio la espalda y se fue hacia donde estaban los testigos: su hermana, su mejor amigo, y su prometida. Fue la mano de Artemisa la que tomó. La jaló hacia él y se la llevó hacia la limosina en la que habían llegado Milo y él, mientras el primero se quedaba de piedra, observando la escena y preguntándose qué de la conversación provocó esa reacción en el taheño.

Camus jamás lo había ignorado, pero al verlo marcharse comprendió que en esa relación estaba sobrando…

Su mano diestra se colocó sobre el brazo zurdo, a la altura del codo, mientras ladeaba la vista y ocultaba su profundo deseo de soltarse a llorar… de rabia, celos, desesperación y desamor.

-"Creo que esta noche te quedarás con nosotros."- No lo pudo creer, pero fue Touma quien dijo aquello; incluso Marin se quedó con la boca abierta.

-"¿Qué? ¿Por…?"- Preguntó, desconcertada. El rubio no se atrevió a hablar.

-"No creo que Camus se entere que está aquí. Estaba noche estará muy ocupado…"- Marin notó que reconocerlo, le había dolido, pero nada se comparó con la cara de Milo, quien estaba devastado con lo ocurrido.

Lo que nadie sabía era que Touma tenía una carta bajo la manga para vengarse de su hermano, pues este acababa de arrebatarle lo que le confesó más valiosa que cualquier otra cosa en el mundo para sí.

Apoyó la mano en la espalda de Milo y lo incitó a que subiera a la camioneta para dirigirse a la mansión Breuer.

o.o.o.o.o

Después de pasar una pésima noche, por fin se levantó de aquella cama satinada, que en nada se parecía a la suya. Su familia también tenía dinero y una buena posición, pero no estaban acostumbrados a despilfarrar el dinero, y Milo, aunque con la posibilidad de hacerlo, jamás consideró esa opción. Por sus costumbres y personalidad, la habitación de huéspedes le pareció exagerada, incluso el baño a diez pasos de su cama.

Se levantó, se puso una bata que estaba por ahí y que le había prestado el menor de los hermanos, y se fue al baño. En el espejo le devolvió la mirada un rostro entristecido, ojeroso, con los labios colgados.

Aquél día no tenía ganas de sonreír, y se sentía tan molesto que tampoco estaba seguro de querer dirigirle la palabra otra vez al idiota de Camus. Luego se consideró un bobo al albergar la posibilidad de que todos esos juegos de su amigo fueran una vaga esperanza para quedarse con él…

-"¿Qué pensabas?"- Le preguntó a su reflejo. –"A él siempre le han gustado las mujeres…"- Se sostuvo del lavadero, agachó la cabeza y una lágrima le baño el dorso de la mano.

No entendía la situación, pero tampoco estaba de humor para hacer de cuenta que no le dolía. Incluso ya estaba considerando la posibilidad de declinar su papel como padrino.

Suspiró y salió del baño. Se vistió, y después de un rato bajó a desayunar. La sirvienta le dijo que la señorita Marin ya se encontraba en el jardín, y que estaba sola, así se dirigió a donde estaba ella leyendo el periódico, seguramente buscando alguna noticia de su marido.

-"Buenos días."- La saludó acercándose. Pretendió hacerlo como siempre, sonriente y agradable con ella, pero el gesto no le salía natural.

-"¡Ah, Milo! Buenos días."- levantó la mirada, sonriente. Lo contempló un poco y no pudo evitar la comparación.. –"Vaya… Touma se veía mejor que tú…"- Milo suspiró, dejándose caer en la silla próxima.

-"Entonces… lo que me dijo ayer era cierto. Él y la señorita Artemisa…"- No pudo seguir a causa del nudo en su garganta. La taheña evitó mirarlo.

-"Si, eso parece... Y a menos que ella no esté enamorada de él, Camus debió haberla traído anoche."- Sus suposiciones eran vagas. El rubio tomó un salero pequeño en la mesa y comenzó a jugar con él

-"¿Cree que deseaba sacarle la verdad?"- Inquirió.

-"No lo sé… Touma insiste en que lo hizo para estar a solas con ella… ya sabes. La boda es mañana y quizá quería aprovechar el tiempo."

-"Si… eso pensé yo."- No quería aceptarlo, pero el comportamiento de Camus no le daba para más ideas.

-"Lo siento…"- Asió su mano. La mirada griega se cristalizó.

-"No importa. Ya estaba listo…"- A pesar de eso el consuelo el de la muchacha le servía para no soltarse a llorar. Se sentía tan mal que tenía en mente la idea de tomar el primer vuelo a Grecia, cambiarse de nombre, domicilio y todo lo que tuviera que ver con 'el'.

-"¡Buenos días!"- Exclamó Artemisa apenas llegando a donde estaban. Se le notaba muy sonriente.

-"Buenos días linda."- Respondió la pelirroja. A Milo no le salieron las palabras, sólo un gesto cortes.

-"¿Cómo te sientes Marin?"- Inquirió, preocupada.

-"Bien, bien, gracias."- Respondió. Sonreía, pero no era tan natural como las que le mostraba al rubio.

-"Hola Milo, ¿cómo estas?"- Se volvió al que aún creía el padrino de su boda. Este quiso sonar normal

-"Bien… "- Pero la garganta lo traicionó.

-"Camus se quedó en el hotel, dijo que iría a verte para hablar contigo…"- Le explicó. El rubio agachó la mirada.

-"Touma insistió en que se quedara, espero no te importe."- Acotó la taheña. Artemisa sonrió.

-"¡Por supuesto que no! Sabes que eres como de la familia, y siempre serás bien recibido en mi casa"- El griego odiaba que siempre fuera tan amable con él. En momentos así dudaba si lo hacia por su carácter, para quedar bien con Camus, o por el dicho de que a tus enemigos debes mantenerlos más cerca que a tus amigos.

-"Se lo agradezco."- Comentó, levantándose. –"Le tomaré la palabra y caminaré un poco por su jardín."

-"Adelante."- Le respondió, mientras ella se sentaba en otra silla y charlaba con Marin.

Tenía que mantener la cabeza fría para enfrentarse a aquella situación. Debía conocer sus deseos íntimos y saber que podría anteponer: su corazón, o su amistad con Camus. ¿Qué podría ser más importante?

Hacia un par años había escuchado de labios de un ser muy valioso para él, casi tanto como el galo, que el corazón era la pieza más valiosa de un humano, y que se debía cuidar de cualquier tipo de daño. Por eso había terminado su relación con Milo, pues sabía que este jamás lo llegaría a amar.

Andando entre los rosales y citando sus pensamientos, se daba cuenta que lo extrañaba, y que deseaba verlo aunque fuera para reconfortarse…

-"Milo…"- Aquella voz lo hizo sobresaltarse. Tenía ganas de voltear sobre su propio eje y darle un golpe, pero al apretar el puño y contener su ira se dio cuenta que hacerlo le daba mayor poder sobre su dolor a Camus.

-"Hola."- Lo saludó sin voltear a verlo. El taheño comprendía su molestia; ya la había adivinado la noche anterior.

-"¿Sabes? Hay algo que debes saber… y quizá…"- El rubio le dio la cara: el galo se veía cansado, como si no hubiera dormido mucho.

-"No quiero escucharte."- Le dijo, apretando los dientes. Mirarlo le causaba molestia, escucharlo desazón. El galo se quedó quieto, observando las reacciones de su amigo.

-"No pasó nada entre nosotros."- Se apresuró a hablar, porque lo menos que deseaba era que el otro se hiciera de ideas equivocadas. Milo, a punto de alejarse, se quedó quieto. Un extraño alivio se hizo presente en su pecho, pero la duda estaba clavada en su alma como una mortal espina.

-"Como si me importara…"- Puntualizó, seco, frío; ni el más crudo invierno podría haberlo igualado. Le dio la espalda completamente, con la intensión de huir de esas mortíferas palabras que tantas esperanzas le habían traído los últimos dos días.

«Quisiera probar algo diferente…»

Le había dicho Camus unas horas antes de que se acostaran.

«Necesito que hablemos de nosotros…»

« No hay persona más importante para mí que tú…»

Y luego un estúpido beso que ese momento quería borrarse con la manga de la camisa.

El pelirrojo lo detuvo del brazo.

-"Escúchame…"- Rogó. El griego tiró de su extremidad y prosiguió su camino.

-"Yo no soy nada tuyo para que me des explicaciones"- Su amistad también estaba finiquitada.

-"Por favor, necesito explicarte… decirte que…"- Milo no supo si Camus había continuado su discurso, porque sus ojos azulinos estaban fijos en un punto de los rosales, donde un muchacho alto, peliazul, estaba parado con un ramo de rosas y una sonrisa tan deslumbrante, que dejó de oír cualquier sonido.

¿Lo había convocado después de rememorarlo momentos antes?

¿El destino lo puso en su camino para que olvidara a Camus?

-"Hola…"- Leyó sus labios.

-"¿Kanon?"- Se preguntó desconcertado. El pelirrojo levantó la mirada: su rival, su tormento estaba parado a pocos metros de ellos, y amenazaba con llevarse lo que intentaba poseer.

Desesperadamente trató de tomar la mano del rubio para que no se fuera con el peliazul, pero este ya había dado pasos fuera de su alcance, y culminaba la retiraba en los brazos de aquél muchacho griego, que no conforme con soltar las rosas y apretar contra su pecho el cuerpo de Milo, le daba un profundo, prolongado, pero a la vez tierno beso…