Hola chicas estoy de vuelta con una nueva adaptacion espero que les guste como las otras esta va a ser doble M
CAPÍTULO 1
Isabella Swan maldijo en voz baja. Estaba tratando de abrir su puerta sin dejar caer las dos bolsas de comestibles que sostenía. Equilibrando una rodilla contra el marco de la puerta, trató de introducir la llave.
—¿Necesitas ayuda?
La voz familiar que venía de atrás la sorprendió, haciéndola dar un grito y sacudirse. Perdiendo el equilibrio.
Edward Cullen, su vecino del otro lado del pasillo, puso una mano en su espalda para sostenerla, mientras aseguraba las bolsas de la compra con su otro brazo.
—Estás de vuelta, —dijo Isabella, enderezándose e inclinándose en su contra. Su corazón se aceleró y le temblaron las manos por el breve contacto.
—Llegué anoche, —dijo él mientras estudiaba su rostro.
Isabella estaba segura de que podía ver el sonrojo a través de sus mejillas y el sudor empezando a gotear por su frente. Rápidamente bajó la mirada con vergüenza y se inclinó para colocar la llave en la cerradura.
Edward siempre la afectaba de esta manera. Con su penetrante mirada profunda, era casi como si pudiera ver a su alma. Cuando estaba alrededor de él, se convertía en una adolescente vertiginosamente nerviosa. Odiaba su reacción a él. Las manos le temblaban tanto que le tomó tres intentos conseguir meter la llave en la cerradura. Suspiró con alivio cuando escuchó el clic.
Edward la siguió hasta el apartamento, llevando las dos bolsas de comestibles. Había estado en su apartamento antes, pero esta vez, miró a su alrededor como si estuviera pensando. Isabella se sintió aliviada, estaba limpio. No había ropa sucia en el suelo ni platos en el fregadero. Su mirada se desvió hacia las escaleras, hacia su dormitorio, el único lugar donde no le dejaría ver.
Todos los apartamentos de esta planta tenían el mismo plano. Por lo que el suyo era muy parecido. Pero el de ella era mucho más acogedor y cómodo. En lugar de ser demasiado femenino, Isabella mantenía su apartamento en colores neutros, sin mucho alboroto. Su sofá de cuero marrón tenía una silla a juego. La mesita de café era del mismo arce que la del televisor. Tenía una televisión de última generación, con pantalla plana y sistema estéreo.
Como él, ella no tenía una mesa de comedor. Así que se sentó en uno de los taburetes del mostrador que separaba el salón de la cocina. Eso era lo único que los dos apartamentos tenían en común. Cuando ella había visto el suyo, no le había sorprendido. Era el típico apartamento de soltero. Un sofá, una mesa de café, y una vieja silla gastada, eran lo único que tenía en su sala de estar. Sus gabinetes de la cocina a menudo estaban vacíos.
Él colocó las bolsas de las compras en el mostrador y se echó hacia atrás y, cruzando los tobillos, dejó en claro que no tenía prisa para irse. Ella mantuvo la mirada sobre él cuando fue a ubicar las bolsas de la tienda de comestibles en otro sitio. Tenía un lugar específico para cada elemento en su cocina. Teniendo la esperanza de que no se diera cuenta y pensara que era extraña, se apresuró a quitarlas. Edward la miró fijamente mientras doblaba cuidadosamente las bolsas antes de colocarlas en un cajón.
—¿Tuviste un buen viaje? —Sin nada más que hacer con sus manos, colocó las palmas hacia abajo, contra la isla.
Él se encogió de hombros.
—Me alegro de estar en casa.
Era su respuesta habitual, y Isabella sonrió. Nunca iba a sacar nada de él. Ella sabía que él trabajaba para el gobierno, aunque no iba a trabajar todos los días y no usaba un traje. Mantenía su trabajo en un misterio. Era uno de los aspectos de él que más hacía que su pulso se acelerara y la mantuviera despierta por las noches, pensando.
Había permanecido despierta muchas noches pensando en su musculoso cuerpo y lo que podría hacer con ella. Se había despertado muchas mañanas sudorosa con su cuerpo ardiendo, al recordar los sueños de él tomándola en todas las posiciones imaginables. Deseaba a su vecino, pero eso era todo lo que quería. Sabía que un hombre como él no estaría interesado en una tranquila, inmaculada y aburrida mujer como ella.
—¿Cómo es tu nuevo libro? —le preguntó en voz baja mientras se miraba las manos.
—¿Qué?
Él se echó a reír.
—¿Cómo es el nuevo libro que estás escribiendo?
Isabella se mordió los labios y apretó los dedos en el granito que cubría la isla. ¿Por qué hacía preguntas sobre su libro? No podía saber que ella... Sacudió la cabeza con rapidez para evitar ese tren de pensamiento. No era más que una conversación ociosa. Él no sabía nada acerca de su libro ni de los personajes principales.
Se obligó a reír.
—Bueno, el héroe es un terco, testarudo y obstinado hombre que aprovecha la inexperiencia de la heroína ante una crisis.
—Suena como que me gustará.
Isabella cambió nerviosamente de un pie a otro.
La diversión era evidente en su voz cuando le dijo.
—Entonces, ¿qué no va bien?
Ella sacudió la cabeza.
—¿Cómo sabes que no va sin problemas?
Edward se apartó del mostrador y se inclinó hacia ella.
—Porque te conozco, Isabella.
Isabella se lo quedó mirando durante unos segundos, tratando de digerir lo que dijo. Estaba segura de que estaba jugando con ella. Relajando los hombros, le sonrió.
—Ah, ¿sí?
Edward vio en su Isabella una serie de emociones. Le pagaban por leer a la gente y sabía que su lectura era correcta. Supo al momento en que ella rechazaría su comentario como nada más que bromas. Él podría continuar y hacerle entender que estaba interesado en algo más que en ser amigos, pero nunca había cruzado la línea con Isabella. Ella era más que una mujer de una noche. Ella tenía "compromiso" escrito en toda su bonita Isabella.
Bueno, si ella quería jugar...
—Sí. Sé que cuando tu historia no anda bien, no sales de tu apartamento por días, a veces semanas. Sé que cuando estás tratando de resolver algo, murmuras entre dientes y masticas las palabras. Y sé que cuando estás completamente atascada, haces actividades diarias como ir de compras o salir a cenar, o incluso al cine.
Isabella se quedó boquiabierta. Le encantaba el hecho de que pudiera dejarla sorprendida. Los últimos dos meses habían estado llenos de tensión sexual entre ambos. Había estado luchando contra la atracción al mismo tiempo que había fantaseado con ella.
—Interesante. Tal vez necesitas un hobby.
Se rió de su intento de llevar la conversación hacia él.
—Tal vez.
—Podrías jugar al golf o armar aviones a escala. Ah, ya sé, jardinería.
La descarada se está divirtiendo, pensó.
—Tal vez, pero creo que sé cuál es el hobby perfecto. Tengo un amigo que podría necesitar un poco de ayuda en un proyecto. Tal vez voy a ofrecerle mis servicios. —Se deslizó alrededor de la isla hasta que estuvo de pie detrás de ella.
Tan pronto como él había empezado a moverse, ella se había enderezado, y volvió la cabeza para mirarlo con recelo. La bloqueó colocando ambos brazos alrededor de su cuerpo. Él no se movió más cerca, sabiendo que si lo hacía iba a ser capaz de sentir la erección que luchaba contra la cremallera de sus pantalones.
—Entonces, ¿qué dices?
La cercanía la estaba afectando tanto como él lo estaba sintiendo. Sus ojos se habían ampliado y cambiado. Cuando respiró profundamente, como si absorbiera su esencia, la polla de Edward dio un salto.
Se aclaró la garganta.
—¿Qué? ¿Podrías repetir la pregunta?
—Dije ¿qué te parece? ¿Quieres mi ayuda?
Se sentía temblar ante su voz baja. Estaba bastante seguro de que ella no sabía lo que estaba ofreciendo con su ayuda, pero ella quería, lo quería. Lo necesitaba para aliviar el dolor entre sus muslos. Y lo quería haciéndose cargo de todas sus necesidades. Ella cambió de posición, y su espalda se rozó en su contra y él casi jadeó.
—Sí, —susurró.
—Sí, —repitió Edward. Estaba muy excitado teniéndola alrededor. Sus pezones se habían endurecido bajo el fino algodón de su camiseta. Podía imaginar su cuerpo desnudo debajo de él mientras gritaba su liberación. Sería una gritona, lo sabía. Su erección empujó contra la costura de sus pantalones al imaginarlo. Gimió interiormente. Él no había planeado seducirla, pero en este momento, no podía pensar en una mejor manera de pasar su mes de vacaciones.
Imágenes de la posición de su dulce cuerpo curvilíneo en su cama, en la ducha, en el sofá, en la mesa de la cocina, sobre la silla... Casi todos los lugares imaginables pasaron por su cabeza. Sabía que podría introducirla a sensaciones que nunca había soñado. Y él lo deseaba. Quería abrirle los ojos a su mundo. Sin embargo, él exigía control en todos los aspectos de su vida, incluido el dormitorio. No quería asustarla, pero si se encontraba desnuda, atada a su cama, pidiendo que la folle, él podría mostrarle más placer del que ella supiera que existía. Él mismo se sentía torturado, teniéndola tan cerca y sin poder tocarla. Se alejó, sabiendo que si iba a hacer esto, tendría que confiar en él totalmente y tendría que darle tiempo para acostumbrarse a la idea. Porque una vez que probara el sabor de su pequeño coñito dulce, una vez nunca sería suficiente.
Una vez que estuvo al otro lado del mostrador tomó una respiración lenta y profunda.
—¿Isabella? —Dijo su nombre en voz baja, casi como una caricia.
—Uh huh.
—Te veré en la mañana. —Él le envió una sonrisa devastadora y siniestra, disfrutando de la mirada de lujuria en su rostro.
