Hola chicas les traigo un nuevo capitulo espero que lo disfruten y disculpen si tarde, les doy las gracias por leerme y por poner alertas les comento que esta historia solo tien 6 capitulos, si ya se es cortita pero buena.


CAPÍTULO 3

—¿Qué? —No podía haber oído bien.

Él sólo continuó frunciéndole el ceño.

—¿Edward?

—¿Qué parte de "quítate la camisa" no entiendes, Isabella?

—Yo... eh... bueno...

—Te voy a mostrar, Isabella. Todas las cosas sobre las que has fantaseado y sobre las que te has preguntado, te las voy a enseñar. Incluso las que ni se te ocurrieron. Pero quiero tu sumisión completa. No voy a tolerar menos.

—¿Tú... me vas a mostrar? —Isabella no podía creer lo que estaba escuchando. Había oído rumores en el último año sobre sus preferencias únicas en la habitación, pero aquí lo estaba admitiendo y ofreciéndose a compartirlas con ella.

Se la quedó mirando fijamente con los ojos entrecerrados, pero el bulto en contra de sus pantalones lo estaba diciendo. Era su elección. Ella no tenía que rogarle que la tomara, que le enseñara, que le demostrara todas las cosas que quería. Él lo estaba ofreciendo.

—Quítate la camisa.

Su estómago se revolvió ante la idea de él haciendo todo tipo de cosas muy malas con su cuerpo. Y las deseaba a todas y cada una de ellas. Sus manos temblaron sobre el dobladillo de su camiseta de algodón con tirantes.

La sacó lentamente sobre su cabeza, y luego la dejó caer al suelo. Inmediatamente se cubrió los pechos con sus manos.

Edward contuvo el aliento al ver el destello de la cremosa piel blanca.

—Quita las manos y ponlas detrás de tu espalda.

Ella vaciló de nuevo.

—Ahora, Isabella.

Se llevó las manos atrás.

—Bien, —dijo Edward mirándola hasta hartarse—. Harás lo que te diga cuando te lo diga. Ningún cuestionamiento ni vacilación. Sé que no tienes experiencia, pero tienes que confiar en mí. Si no tenemos confianza entre nosotros, debemos poner fin a esto ahora. —Dio un paso hacia ella―. ¿Confías en mí, Isabella?

Isabella asintió con la cabeza.

—Dime.

—Confío en ti, Edward.

—Bien. —Sonrió para demostrarle su aprobación―. Has hecho algunas investigaciones supongo. Así que ya sabes todo lo que puedes esperar.

Ella asintió con la cabeza.

—Poco a poco, quítate los pantalones.

Isabella no lo dudó. De inmediato puso las manos sobre su cintura. Mientras bajaba los pantalones por sus caderas, desvió su mirada nerviosamente por la habitación.

—Isabella.

Isabella dejó los pantalones por encima de sus rodillas y levantó los ojos hacia él.

—No entiendo.

—No te di permiso para mirar a otro lado.

—Yo... lo siento. —Isabella se inclinó más con las manos en sus pantalones―. No sé lo que quieres que diga o que haga.

—Quiero que confíes en mí. Quiero que te entregues a mí por completo. Quiero hacerte gritar.

—¿Gritar? —Chilló Isabella.

Edward no sonrió.

—¿Es eso un problema?

—No. No es un problema.

Levantó una ceja.

—No soy una gritona, —admitió, su voz era apenas un susurro.

—Vamos a verlo. —Esperó a que ella terminara de desnudarse, pero ella no se movió―. ¿Isabella?

—¿Sí?

—Tus pantalones.

Miró hacia abajo de nuevo y, como dándose cuenta de lo que hizo, volvió su mirada hacia él.

—Oh. —No apartó los ojos de él mientras se sacaba los pantalones deslizándolo por sus rodillas y daba un paso afuera de ellos.

La atención de Edward volvió a la pintura rosa de las uñas de sus pies. Por qué encontraba que eso era terriblemente erótico, no podría decirlo. Edward se movió lentamente, mirando sobre todo su cuerpo. Era la mujer más hermosa que jamás había visto. Llevaba las bragas de algodón blanco todavía puestas y la inocencia de ello lo tenía moviéndose para darse un poco de alivio. La rodeó, manteniendo su distancia. Cuando estuvo detrás de ella le dio la siguiente orden.

—Quítate las bragas, Isabella.

Hubo una pequeña vacilación antes de empezar a moverse hacia abajo. Cuando llegó a los tobillos, las echó a un lado.

Edward se fijó en su trasero. Era perfecto. Tenía las curvas de una mujer real. Nunca había disfrutado de las mujeres tan delgadas que sus caderas se clavaban en la suya o no tenían culo al qué aferrarse. Isabella era perfecta. Ni delgada ni gorda.

Isabella temblaba mientras Edward se mantenía detrás de ella. Esta era una experiencia nueva. Ella no era virgen, pero nunca había tenido la mirada de un hombre de esa manera tan intensa. El sexo siempre se había en la oscuridad y en la cama. Podía sentir el calor de su núcleo y quería a Edward poniendo sus dedos donde ella lo había hecho antes.

Se movió de nuevo frente a ella, y pudo ver el brillo de lujuria en sus ojos. Su propia mirada se dirigió a la parte delantera de su pantalón, y la prueba de que él estada tan excitado como ella era inconfundible. Cuando se inclinó hacia adelante y tocó suavemente sus labios con los de ella, suspiró en el beso largamente esperado.

El beso comenzó como un encuentro suave de labios. Cuando se movió hacia adelante y presionó su cuerpo contra el suyo, puso sus manos a ambos lados de su cabeza, sosteniéndola. Le mordió el labio inferior y luego pasó la lengua sobre él para calmarlo. Ella abrió la boca para él. A partir de ahí, el beso subió varios grados. Empujó su lengua en su boca y tomó el control del mismo y todas las sensaciones que sentía. Cuando se separaron, un pequeño sonido de protesta escapó de sus labios.

—Ve a la cama y sube a la parte superior. Arrodíllate, manteniendo tu Isabella hacia el otro lado. Mantén las piernas abiertas y los hombros abajo. Las manos detrás de la espalda. La cabeza inclinada hacia atrás con el pelo en la espalda. Mantén tus ojos abiertos, Isabella.

Isabella se acercó a la cama y siguió las instrucciones en silencio mientras lo hacía.

—Eso es. Bien.

Isabella se mordió el labio y trató de concentrarse en permanecer inmóvil. Su cuerpo se sentía vivo y emocionado ante la idea de que Edward viera gran parte de ella. Había leído libros y pasado tiempo en las salas de chat erótico, escuchando cómo se sentía abrirse ante su amante.

Cuando una mano cálida cubrió una mejilla detrás de ella, dio un respingo.

—Isabella, —advirtió.

—Lo siento. Sólo me sorprendió.

—Confía en mí. No te haré daño. Nunca voy a hacerte daño. —Le dio un beso en la parte posterior de la cabeza. —Te lo prometo.

Tantas emociones estaban en funcionamiento a través de ella, que sólo pudo asentir en respuesta.

—Bien. —Continuó frotando la mejilla y luego la otra antes de introducir un dedo en la ranura de su coño. —Estás mojada, nena.

—Sí, —asintió ahogadamente.

—Eso es, disfrútalo. —Dejó su dedo hacer un círculo sobre su clítoris antes de empujar la parte superior del cuerpo en la cama. Su rostro se apoyaba en la sábana lisa y volvió la cabeza hacia un lado para tratar de verle.

—¿Qué? ¿Qué estás haciendo? —Isabella se sentía completamente expuesta en esta nueva posición. Con el culo en el aire, Edward estaba teniendo una muy buena vista de todas sus partes íntimas. Podía sentir los jugos de su coño deslizarse por sus muslos.

Edward asestó un golpe perfecto en una mejilla, y Isabella gritó sorprendida.

—¿Sabes cuánto tiempo he querido hacer esto? —Preguntó, frotándole la mejilla que acababa de abofetear.

Ella sacudió la cabeza y disfrutó del masaje que Edward le estaba dando. La picadura se iba, dejando una sensación incluso más necesitada.

—No te haré daño. Pero quiero que experimentes las cosas que sólo has leído.

Continuó acariciando su trasero mientras hablaba.

—Si llegamos a un punto en el que no puedes aceptar lo que estoy haciendo, me dices que pare. Yo sé lo que quieres. Y sé lo que necesitas. Tienes que confiar en mi, bebé.

—Confío en ti, Edward.

—Bien. Muy bien. —Edward se apoderó de sus caderas. —No luches. Sólo escucha mi voz.

—Sí.

—Muy bien, —repitió Edward. Le pasó las manos por atrás sobre su espalda y otra vez tocó su hendidura.

Sus pechos se apretaban contra las sábanas, y sabía que el tacto de la seda contra sus pezones duros como rocas estaría enloqueciéndola.

—Abre más las piernas, —la persuadió.

Isabella luchó, pero se las arregló para adoptar una postura más amplia para él. Se quedó completamente abierta y expuesta ante él. Podía sentir la vergüenza que quemaba su rostro y cerró los ojos.

—Isabella.

Abrió los ojos y vio que él se había movido hacia el lado de la cama.

—Te dije que mantuvieras los ojos abiertos.

—Edward, yo...

Él frunció el ceño. Ella no quería decepcionarle, pero no estaba segura de lo que estaba haciendo.

—Quiero que disfrutes de esto. No quiero que te sientas avergonzada.

—De acuerdo.

Él negó con la cabeza.

—Tal vez deberíamos reducir la velocidad.

—¡No! Edward, por favor. Quiero esto. Te quiero a ti. —Isabella se sentía desesperada. No podía detenerse. No sentía vergüenza de decirle la verdad―. Quiero hacer esto y quiero que me lo hagas.

Edward la miró durante un largo momento.

—Está bien. Pero si quieres parar, me dices.

—Lo haré. —Isabella sacudió la cabeza―. Quiero decir, voy a decírtelo, pero no quiero parar.

Volvió a su alrededor una vez más, a los pies de la cama, detrás de ella y podía sentir la intensidad de su mirada.

—No te muevas. No te levantes de la posición a menos que yo te diga. ¿Entiendes, Isabella?

—Sí.

—Bien. —Volvió a acariciar su trasero nuevamente y movió las manos hasta su espalda―. Sólo relájate con mi toque. Mantén tus ojos abiertos.

—Sí, —dijo Isabella en un tono de ensueño.

El primer golpe vino de la nada otra vez. Ella gritó como lo había hecho antes. Antes de tomar aliento, llegó otro, luego otro. Alternaba entre las mejillas antes de colocar una otra vez sobre su raja. Ella gritó y sacudió todo su cuerpo.

Isabella no podía creer lo mucho que le dolía. Y lo mucho que la encendía. Trató de relajarse, como él le había dicho, pero no podía evitar tensarse.

Él no dijo nada mientras seguía con sus azotes. Podía sentir cada golpe en todo su cuerpo. Cada vez que su cuerpo se movía, latía su clítoris y demandaba atención. Oyó gemir y se dio cuenta que era ella.

Cuando se detuvo, Isabella sentía como si estuviera a punto de explotar.

—Quiero follarte, nena. —Se arrodilló detrás de ella―. Quiero enterrar mi polla dentro de ti. Quiero sentir que los músculos de tu coño se aprietan a mi alrededor.

Ella sólo podía gemir en respuesta.

—Pero no lo voy a hacer.

Isabella dio un tirón, pero no se movió de su posición.

—Primero hay mucho más para mostrarte.

Isabella respiró hondo y mantuvo los ojos abiertos.

—¿Quieres venirte, Isabella?

—Sí.

—¿Cómo?

Isabella tragó saliva. Su cuerpo estaba en llamas. Todo lo que quería hacer era tener el clímax que estaba fuera de su alcance.

—Te quiero.

Se inclinó sobre ella para susurrarle al oído.

—¿Cómo me quieres?

Tocó su clítoris varias veces antes de sumergir su dedo adentro. Ella gimió y sacudió sus caderas.

—Por favor, Edward, te quiero.

—Dilo, Isabella. Déjame oírte decirlo.

Dejó que sus dedos frotaran su clítoris en círculos y presionó.

—Quiero que me jodas. Por favor. —¿Acababa de rogar? Oh, ya no le importaba nada. La estaba torturando. Y él lo estaba disfrutando.


A poco no quieren un vecino asi