Hola les traigo el penultimo capitulo, gracias por leerme.
CAPÍTULO 5
El cuerpo de Isabella nunca se había sentido tan relajado y lleno. El orgasmo había sido todo lo que había esperado de él, y ni siquiera la había follado todavía. Observó a Edward mientras se ponía los pantalones y en silencio salía de la habitación. Mientras esperaba, recordó de nuevo esa mañana cuando se había tocado, fantaseando con él. Bueno, ella lo tenía. Sonrió. Lo que habían compartido era más íntimo que sólo sexo.
Ella había tenido sexo antes, pero esto... con Edward... iba mucho más allá. Se preguntó qué haría después. ¿La follaría luego? Quería que lo haga, quería sentir su polla dentro de ella, quería envolverse en torno a él. Casi jadeó en voz alta por los pensamientos revoloteando en su cabeza.
—Estás sonriendo, —la acusó desde la puerta del dormitorio.
Isabella saltó. No había notado que había regresado. Estaba perdida en su propio mundo. Él se inclinó casualmente, mirándola, pero ella no podía dejar de notar la lujuria en sus ojos ni la pequeña bolsa que llevaba.
—¿En qué estabas pensando esta mañana? —le preguntó desde esa segura distancia.
Isabella frunció el ceño y se mordió el labio. ¿Se arrepentía ya de su tiempo juntos? ¿Era por eso que estaba de pie en la puerta en vez de entrar? Había tratado de complacerlo. Miró la bolsa en su mano. ¿Qué habría en ella? ¿Se marchaba?
—Cuéntame.
—No estoy segura de lo que quieres decir, —le espetó. Ella no quería que esto terminara tan pronto.
Cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Qué estabas pensando cuando te masturbabas esta mañana?
Isabella contuvo el aliento. Bueno, mierda. Esto era lo que le estaba preguntando.
—En ti, —respondió con sinceridad.
Él parecía divertido.
—¿En mí?
—Sí.
Se acercó lentamente a los pies de la cama. Isabella tuvo un momento para admirar su paso, la de un cazador acechando a su presa, antes de que hablara otra vez.
—Muéstrame.
Las cejas de Isabella se fruncieron. ¿Que le muestre? ¿Mostrarle qué?
—Tócate a ti misma como lo hiciste esta mañana antes de que yo llegara.
Isabella no pensó, no reaccionó. No fue sino hasta que tuvo una mano sobre su pecho, pellizcándose el pezón y la otra acariciándose el clítoris que tuvo suficiente sentido común para sentirse avergonzada de estar tocándose mientras él observaba. Se detuvo.
—No dije que pararas.
Mordiéndose los labios, Isabella volvió a lo que estaba haciendo. Lo miró a los ojos y los vio oscurecerse mientras le miraba las manos.
—¿Alguna vez has tenido una pinza de pezón?
Ella se detuvo de nuevo con la boca abierta.
—No.
—Pero sabes lo que son.
Ella asintió con la cabeza.
—Creo que puedes disfrutarlos. De hecho, sé que lo harás. —Se quedó a sólo un par de metros de ella. Volvió a meter los dedos dentro de su coño mientras escuchaba su voz, recordando que su voz la había enviado sobre el borde esa mañana.
—Detente.
Isabella se detuvo de inmediato, pero no retiró sus manos.
—Lame tu dedo.
Sabía cual quería que lamiera. Ella lo llevó a su boca y le dio una rápida lamida. Nunca se había probado antes.
—Chúpalo.
Así lo hizo y se sorprendió al encontrar que su sabor no era horrible como había imaginado.
—Bien.
Isabella mantuvo su dedo en la boca.
—¿Qué quieres ahora, Isabella?
Isabella tenía ganas de gritar que quería que él la follara, pero no creía que esa fuera la respuesta correcta.
—Te lo dije. Quiero que me jodas.
—Yo quiero eso también.
Aliviada, dejó escapar un profundo suspiro. No había terminado aún.
Edward se acercó a la cama y pasó los dedos hacia abajo por su entrada, y luego de nuevo arriba, antes de apretar su clítoris ligeramente.
—Da la vuelta y túmbate sobre tu estómago.
Isabella hizo lo que le dijo. Sentía a Edward cubriendo con la mano una mejilla de su culo y luego la otra, con los pulgares acariciando en el centro. Sabía que era el momento. Volvió la cabeza hacia él cuando quitó las manos. Él se estiró y abrió la bolsa que había llevado a la habitación.
—Boca abajo. No quiero que veas. Sólo siente, —le dijo sin levantar la vista―. Quiero que metas las piernas debajo de tu cuerpo y las utilices como una almohada.
Ella se colocó en esa posición extrema, al tanto de la vista que le estaba ofreciendo. Alcanzándola, él la agarró por la muñeca.
Isabella se encontró con las muñecas atadas a la cama, las piernas bajo el vientre, a la espera de Edward.
—¿Quieres que te joda, Isabella? —Sus dedos se burlaban de su sexo, serpenteando por la ranura.
La sensación de sus manos sobre ella era el cielo. Podía sentir su coño contrayéndose.
—Sí. Oh, sí.
—¿Quieres que meta mi dura polla aquí? —le preguntó, metiendo los dedos dentro de su canal. Sabiendo que él estaba viendo cómo le respondía, la puso más caliente. Que él fuera el único que alguna vez la había visto así, llevó su excitación hasta otras alturas.
—Sí, —dijo entre dientes mientras empujaba contra sus dedos, tratando de obtener más.
—¿O quizás prefieras que te joda... aquí? —Metió la punta de su dedo pulgar en su agujero anal.
—Ugh... —gritó.
Edward no se detuvo por sus gritos, sino que empujó más profundamente. Su dedo estaba recubierto con su propia crema, por lo que fue más fácil entrar. Sacó el pulgar y le frotó las mejillas de nuevo. Dios, ella estaba tan caliente.
Entonces sintió una gota de líquido frío en una mejilla y luego más en la otra. Miró por encima del hombro para ver a un tubo de lubricante en la mano. Cuando reemplazó su dedo pulgar por el dedo mayor bañado con lubricante, se puso a mover las caderas al ritmo de él.
—Te gusta, ¿no? —Preguntó Edward mientras empujaba su dedo más lentamente.
Isabella se movió contra su mano mientras disfrutaba de la sensación. Dolía, pero el dolor parecía incrementar su placer.
—Sí.
—Sabía que lo harías, —le dijo cuando se arrodilló sobre la cama detrás de ella―. Sí, sabía que te gustaría esto. Al igual que sé que te gustará si meto la polla allí. Allí donde nadie más ha estado.
—Oh... —gimió cuando Edward imprimió más presión. Se estiró a su alrededor y tocó su clítoris con la otra mano.
—Sí...
—Debería haber sabido que serías una niña mala, —le susurró al oído.
—Sí, —Isabella empujó contra su mano y luego apretó para presionar más el dedo haciendo círculos sobre su clítoris.
—Tienes que ser castigada.
Isabella no podía creer las sensaciones que Edward le estaba causando. Era como nada de lo que jamás había conocido o podría explicar.
—Sí, Edward. Oh, sí.
Edward movió el dedo de su clítoris y lo frotó sobre una mejilla, cerca de donde su otro dedo la estaba follando.
Isabella gritó cuando el primer golpe de su mano cayó sobre su culo. Luego más. Una y otra vez. Cada vez que la palmeaba, sentía cada nervio en su cavidad anal apretarse. Se iba a venir.
Pero todo pensamiento la abandonó cuando Edward llegó hasta adelante una vez más y le pellizcó el clítoris, duro. Ella gritó y sabía, sin importar lo que hiciera, que iba a llegar al clímax.
—Me voy a venir.
—Aguanta, cariño. Espera, —le dijo con casi un gemido.
Isabella se mordió los labios, abrió los ojos, y miró a su alrededor. Esto era. Esto era lo que había estado esperando de un compañero. Nunca había confiado en nadie lo suficiente como para explorar lo que estaban haciendo.
—Oh... yo... yo... ah.
—¡Córrete ahora! —Edward apretó y retorció su clítoris mientras dolorosamente metía dos dedos en su ano.
Isabella se arqueó y casi se salió de la cama con el poderoso orgasmo. Ella gritaba y gritaba cuando oleada tras oleada la arrasaron. Antes de que pudiera recuperar el aliento, Edward la soltó por completo y se inclinó sobre ella. Colocando ambas manos debajo de su cuerpo, ahuecó sus pechos y apretó los pezones antes de tirar la espalda de ella contra su cuerpo, mientras se sentaba sobre sus rodillas
Isabella podía sentir la polla de Edward frotar contra las mejillas de su culo cuando la instaló en su regazo con la espalda apretada contra su pecho.
La besó en la nuca, hasta la oreja y luego movió la cabeza para atrapar su boca. Al igual que el primer beso que habían compartido, fue todo lo que quería. Este no empezó suave y relajante, pero fue duro, brutal, y posesivo.
Edward sostuvo a Isabella fuertemente en su contra mientras le asaltaba la boca con la suya. Se abrió de inmediato a él y unió su lengua con la suya, empuje a empuje. Cuando ella chupó su lengua como si fuera una polla, y luego pasó la lengua sobre él ligeramente, su cuerpo gritó y Edward casi explota.
Movió las manos a sus caderas, levantando lo suficiente para posicionar los pliegues de su coño por encima de su dolorosa polla palpitante. Ella continuó seduciendo su boca con la suya y él reconoció que era la mejor besadora que jamás había conocido.
Se impulsó de una estocada hasta el fondo de su coño. Ella gritó, pero su boca se trago su grito.
Su cuerpo se estremeció ante la sensación de estar finalmente dentro de ella. La posición de que estuviera sentada en su regazo mientras empujaba hasta llevarlo a su interior, le hacía jurar que podía sentir todo el camino hasta su vientre.
Ella se estremeció cuando otro clímax se construyó en su interior. El sudor le corría por el rostro y deslizó la espalda contra su pecho. Edward no podría aguantar mucho más. Luchó para recuperar el aliento, pero no pudo.
—Yo... no puedo... ¡Edward! —Jadeó Isabella.
—Aguanta, cariño. ¡Espera! —Sus embestidas se hicieron más frenéticas. La empujó hacia adelante sobre sus manos y rodillas, y sujetándola por las caderas, la jodió tan fuerte y tan profundo como pudo.
Edward podía oír sus gemidos y lamentos en voz alta haciendo eco a lo largo de su habitación. Sus propios gruñidos los acompañaron, haciendo una música dulce.
—No puedo aguantar... Oh...
Edward cerró los ojos mientras se estrellaba contra ella una y otra vez. Cada vez más duro.
—Vamos, nena. Ven por mí. No dejes nada.
Las lágrimas corrían por su Isabella cuando ella lo hizo. Edward no se detuvo hasta que un minuto más tarde, cuando después de los últimos empujones desesperados, se había vaciado completamente dentro de Isabella.
Edward dejó caer la cabeza de Isabella en la cama, agotada, y se acurrucó detrás de ella acariciándole la espalda.
—¿Estás bien, bebé? ¿No fui demasiado rudo, verdad?
Isabella suspiró con profunda satisfacción.
—Perfecto. Absolutamente perfecto. —Cerró los ojos y vio como el sueño se envolvía alrededor, con el peso de su cuerpo y su olor aferrándose a ella.
