Bueno les traigo el ultimo capitulo, espero y les haya gustado y ojala y se encuentren en su vida un vecino parecido (suerte), nos leemos mas adelante.


CAPÍTULO 6

El cuerpo de Isabella estaba felizmente agotado. Estiró los brazos sobre su cabeza antes de darse cuenta de que algo andaba mal. Girando la cabeza, miró hacia donde Edward había estado acostado. Él no estaba allí, estaba completamente sola en la cama. Un vistazo a la alarma del reloj junto a su cama le dijo que eran sólo las tres de la tarde.

Salió de la cama y agarró su túnica blanca y esponjosa del gancho de la parte posterior de la puerta del baño. El algodón mullido se sentía cómodo sobre su piel caliente.

Bajó las escaleras de la buhardilla y se paró en la sala de estar. Él no estaba allí. La cocina estaba completamente vacía, la caja de donuts todavía seguía olvidada en el mostrador.

Caminando hacia ella, tomó una profunda aspiración antes de levantar la tapa de la caja. Seleccionó un donut con crema Boston y le dio un enorme mordisco antes de dirigirse a la cafetera. Debía de haber ido a casa para ducharse y cambiarse, se dijo. Regresaría.

Edward paseaba por su departamento, maldiciéndose a sí mismo todo el tiempo. No debería haberla dejado así. Debería haberse quedado y haberla abrazado mientras ella dormía. Era un idiota por haberla tomado. ¿Qué había estado pensando? Esto nunca iba a funcionar. Pasearse no ayudaba y pensar en ella, durmiendo desnuda en su cama, torturaba su cuerpo. No podía permitirse encariñarse. No era esa clase de hombre. Él no podía darle lo que ella se merecía.

Pero no importaba. La quería. La necesitaba. Y era un hombre acostumbrado a no necesitar a nadie. En una mañana, ella se metió bajo su piel.

Edward se rió en voz alta con amargura. Se estaba engañando. Había estado obsesionado con ella durante seis meses. Había soñado con ella cuando estaba lejos de casa. Compró todos sus libros de romance y los mantuvo ocultos de los otros chicos. Había abierto y leído un par de capítulos, y lo hizo sentir más cercano a ella.

Pasándose una mano por el pelo una vez más, la bajó y luego pateó la pared más cercana. ¿Qué diablos iba a hacer?

Isabella trabajó constantemente durante varias horas, olvidándose de la taza de café. Había tenido que modificar la parte del sexo en su libro, pero todo lo demás se ajustaba perfectamente. Los dos personajes se habían reunido en una explosión de emociones y necesidades.

Se sorprendió cuando miró el reloj y vio que ya eran las diez. Se puso de pie y se estiró, girando el cuello y los hombros.

Él no iba a volver. Había tenido su diversión con ella y ya estaba satisfecho.

Presionó las palmas de sus manos sobre sus ojos. No iba a llorar. Había conseguido lo que quería. Había tenido a Edward, y ahora, iba a seguir adelante. Había sabido desde el principio que no era el tipo de hombre de establecerse. No podía estar en casa todas las noches. ¿Entonces por qué su corazón sentía ese dolor?

Fue al baño, tomó una ducha bien caliente, pero mantuvo el chorro de agua lejos de su coño ardiente. No necesitaba un recordatorio de lo que habían compartido juntos. Tal vez muy pronto iba a mirar hacia atrás con cariño, pero sabía en su corazón que todo había terminado entre ellos antes de que comenzara.

No podían volver a ser sólo amigos. No después de lo que habían hecho. Colocando una mano sobre el lado de la ducha, Isabella dejó caer las lágrimas y el dolor por el amor que nunca compartiría.

Se vistió lentamente, sintiéndose débil, su cuerpo estaba aún dolorido por las actividades de la mañana. Necesitando un café, se dirigió hacia las escaleras para preparar una jarra fresca.

Se paró de repente cuando Edward la miró desde el sofá. Se veía tan mal como ella. Bueno, bueno. Habría odiado sentirse miserable sola.

Sus ojos estaban brillantes, pero con una nitidez como si estuviera enojado.

—He hecho el café mientras te duchabas, —le dijo poniéndose de pie. Se dio la vuelta y se alejó hacia la cocina.

Isabella lo siguió lentamente, manteniendo sus brazos alrededor de su cintura. Bueno, al menos conseguiría una despedida de él antes de que abandonara su vida. Notó la bolsa que tenía más temprano sobre su mesa de café.

Lo vio servirse una taza, luego pasar al otro lado de la cocina. Sus manos temblaban mientras tomaba la suya. Sorbió un trago y dejó que le quemara la lengua antes de volverse hacia él.

Edward miró hacia abajo en su taza de café y ella esperó a que dijera lo que había ido a decirle.

—No planeé lo que pasó hoy.

Isabella no apartó la mirada de él.

—Lo sé.

Él asintió con la cabeza. Fue él quien rompió el contacto visual.

—Nunca te haría hacer algo de lo que te arrepentirías.

—Yo no me arrepiento, Edward.

—Has estado llorando, —acusó.

Isabella sólo se encogió de hombros. Ese era un asunto personal.

Dejó su taza de café.

—Lo quería, Isabella. Voy a asumir la responsabilidad de lo que sucedió hoy, pero lo quería. Yo lo… lo siento por ser demasiado rudo contigo.

Isabella se sentía insultada. Su Isabella ardía de ira. No iba a dejar que él le quite lo que habían compartido. Siempre lo recordaría como el mejor encuentro sexual hasta la fecha.

—No necesito a nadie para que asuma la responsabilidad por mí, —le espetó ella―. Soy responsable de mí misma. Yo lo quería. Tienes razón. ¡Y no voy a dejar que me quites eso!

Edward sonrió y ella le gritó.

—¡No te rías de mí! —Gritó ella, apretando los puños con rabia. No era una adolescente que necesitara una explicación sobre lo sucedido. No estaba buscando una declaración de amor. Ella sólo quería que admitiera que había disfrutado de su tiempo juntos también. Que admitiera que esa mañana había sido maravillosa.

Edward inmediatamente cambió su expresión.

—Isabella.

—No me llames por mi nombre así. No seas condescendiente conmigo. —Tuvo que dejar su taza de café antes de que terminara arrojándosela por la cabeza―. ¡Voy a sentirme como quiero!

Edward alzó sus manos en un gesto de paz.

—Está bien, bebé. Espera.

—¡Y no me llames bebé! —Isabella podía sentir las lágrimas caer por su rostro.

—Mierda, —murmuró Edward antes de acercarse y tomarla en sus brazos. Trató de alejarlo y ocultar su rostro, pero él era más fuerte y la obligó a quitar las manos―. Shh. Está bien.

Isabella se sentía estúpida. Al igual que una niña que acaba de romper con su primer novio.

—No... —lloró―. Déjame ir.

—Isabella. Isabella. Shh, bebé. No llores. —Edward la abrazó y le acarició la espalda.

La ternura de sus acciones y palabras suaves sólo hizo que Isabella gritara más fuerte.

—Mírame, bebé. Por favor. —Ahuecando la barbilla de Isabella, no le daba otra opción. Le secó las lágrimas de sus ojos―. ¿Por qué lloras?

Isabella se encogió de hombros.

—Cuéntame.

Isabella se mordió el labio.

—Sé que no puedes quedarte conmigo. Te quiero... No puedo evitarlo. Hemos compartido mucho más que sexo, —le dijo en voz baja.

Edward asintió con la cabeza.

—Nunca quise una relación.

Ella asintió y se mordió el labio de nuevo con sus ojos mirando hacia abajo.

—Lo siento... no soy tan emotiva por lo general.

—No te disculpes conmigo, bebé, no por esto. No podrías imaginar lo que me haces sentir cuando dices eso.

Isabella le devolvió la mirada.

—Voy a hacer un novio terrible. Soy controlador y exigente. Me voy por largos períodos de tiempo por trabajo. No tengo un trabajo normal, puede ser peligroso, y no quiero que te preocupes por mí. Pero te quiero demasiado. El cielo me ayude, yo no quiero volver a dejarte ir.

—Tú... ¿Qué?

—No voy a dejarte ir, Isabella. Me tomó mucho tiempo llegar a ti, y no voy a dejarte ir.

—Pero... pero dijiste que no querías una relación.

Edward sonrió y apoyó sus labios contra los suyos, frotando entre ellos.

—Te dije que nunca quise una relación. Tú has cambiado eso.

Isabella suspiró y se apoyó en él.

—¿Qué estás diciendo?

—Estoy diciendo que eres mía, Isabella. Sólo mía.

Enderezándose, Isabella tomó su turno y apoyó su boca sobre la suya.

—Eso es lo que yo pensaba que estabas diciendo.

Rodeó los brazos alrededor de su cuello y él la levantó del suelo. Con las piernas envueltas en torno a él, se la llevó a través de la sala de estar. Sólo haciendo una breve parada para recoger la bolsa.

—¿Qué hay en esa bolsa? —Preguntó, con la boca contra su oreja.

Su sonrisa era malvada.

—Un poco de esto y aquello, —le dijo mientras subía las escaleras. Cuando llegó al dormitorio, la dejó sobre la cama. Agarrando su tobillo, tiró de ella―. ¿Alguna vez usaste uno de estos? —le preguntó, mostrándole el par de esposas que había sacado de la bolsa.

Con los ojos muy abiertos, Isabella negó con la cabeza.

—Bueno, creo que ya es hora, —y le guiñó un ojo―. Y tenemos que probar algunas pinzas para pezones.

La cabeza de Isabella se aclaró. Oh, ella iba a disfrutar de esto. Disfrutar de este hombre con todos sus juguetes. Se alegró de haberse entregado y haberse dejado seducir por el vecino.

F i n