hola chicas! aquí esta el nuevo capitulo... disculpen a los que siguen este fic que subi el mismo capi... XD... jajaja soy nueva en esto es la primera historia que publico... asi que perdónenme, estos errores de principiante.

saludos! Simoneth

sigan disfrutando de su Edward vaquero HOT&SEXY


Y Tanya lo había intentado, más de una vez. Aún peor, sus ideas en verdad habían tenido mérito. Ese mérito había obligado a Bella a usar las ideas en vez de ignorarlas como habría deseado.

Acercándose a la mesa de noche, encendió el interruptor de la pequeña lámpara, derramando una suave y oscura luz alrededor del área.

La luz atrapó el hilo de plata del negro traje de noche que ella llevaba puesto. Más seda y más encaje, aunque el encaje de su vestido fuera más delicado, más suave y asombrosamente femenino. Había comprado el vestido con Edward en mente.

La seda resbalando bajo su cuerpo se sentía como una nube, la hacía sentir femenina y sexualmente atractiva, mientras los tacones de cuatro pulgadas la habrían colocado a una altura simplemente correcta para contonearse contra él.

Si él se hubiera dignado a bailar con ella. Lo que no hizo.

Cuando escogió pareja para el baile, había elegido a Tanya.

Un suave golpe le hizo girar bruscamente la cabeza hacia la puerta mientras ésta se abría lentamente.

―¿Bells, nena, estás bien?

Su corazón se estrelló contra su garganta, los músculos allí se apretaron en una excitación repentina cuando Edward entró a la habitación.

Sus ojos estaban tan oscuros que parecían casi negros. Estaban más verdes que nunca . su cabello Grueso y pesado, lacio , rebelde, las hebras en diferentes direcciones le daban marco a las líneas de su cara, los pómulos afilados y altos, las pestañas densas y oscuras sobre sus ojos esmeraldas.

Ella se incorporó lentamente cuando él se movió a través del cuarto, sintiendo que repentinamente le faltaba el oxígeno, deslumbrada mientras se acercaba a ella y se sentaba a un lado de la cama.

―¿Estás bien, nena? ―Su voz era baja, rasposa cuando se inclinó hacia ella, su brazo extendido a través de su cuerpo, por sobre sus muslos, mientras repetía la pregunta cariñosa.

Parecía sacado de una fantasía. Edward entrando en su cuarto, acercándose a ella, su brazo extendiéndose a través de su cuerpo. Excepto que en su fantasía, ella no se incorporaba para estar derecha delante de él, en lugar de eso, él venía sobre ella, su cabeza moviéndose hacia abajo, sus labios tomando los suyos.

―¿Bells? ―Había preocupación en su voz ahora.

―Estoy bien. ―Luchaba por respirar, sintiendo la pesadez en su pecho mientras la excitación comenzaba a surgir a través de su cuerpo.

Dios, ella lo quería. Lo anhelaba. Sintió un calor que parecía hacerle temblar los muslos, el clítoris y los músculos interiores de su vagina cuando sintió el calor de su cuerpo rodeándola.

―Papá dijo que no estabas sintiéndote bien, ―dijo él alzando su mano libre para arreglarle un rizo terco detrás de su oreja donde ella prefería conservarlo. ― ¿Qué te pasa?

Ella lo amaba.

Se estaba muriendo sin él.

Lo estaba ansiando tan brutalmente que sintió como si su corazón estuviera siendo desmenuzado.

―Feliz cumpleaños, Edward, ―le susurró.

No podría esperar.

Él podía rechazarla. Sabía que lo haría, pero no podía refrenar la necesidad. No podía refrenar el hambre repentinamente embravecido a través de ella.

Su mano se alzó hacia su cuello mientras lo jalaba, acercándose en dirección a él.

Él no se movió.

Su mirada fijamente clavada en la de él cuando ella comenzó a sacudirse, a temblar, tanto de miedo como de necesidad cuando rozó sus labios contra los suyos en una primera caliente caricia.

Fuego y hielo corrieron velozmente a través de su cuerpo al sentir el roce de terciopelo de sus labios cuando los acarició, enviando una oleada de tal hambre corriendo rápidamente a través de ella que fue casi insoportable.

Un grito agudo dividió sus labios cuando sus manos repentinamente la tomaron por la parte superior de los brazos. Al principio pensó que él la sacudiría con fuerza lejos de él, que la arrojaría hacia la cama rechazándola. Ella no esperó que él hiciera una pausa, sus manos sujetándola, sus labios moviéndose en contra de los suyos, separándoselos.

Fue repentinamente más valiente de lo que alguna vez había sido. El hambre abrió una puerta que ella no había esperado, y ante la sensación de sus labios separándose uno sobre el otro, ella dejó su lengua acercarse para saborearle. Simplemente un poco.

Había estado muriéndose por esto durante mucho tiempo. Simplemente una probada se había dicho a sí misma. Siempre se había dicho que sería suficiente. Sería suficiente sin importar qué tan ligera fuese.

Hasta que él repentinamente la estrujó con fuerza. Sujetándola por los brazos, su cabeza cayendo hacia atrás por la fuerza del hambre que repentinamente colmó el beso que ella siempre soñó. Un beso que disparó una furia de placer eléctrico desgarrador a través de ella cuando su lengua empujó a través de sus labios, pegándose a ellos, saboreándola como ella lo había saboreado, desatando una cascada de sensaciones que inundaban sus sentidos.

Calor y creciente hambre. Era como una prisa intensa desgarrándose a través de cada terminación nerviosa de su cuerpo. El placer la inundó, la cubrió. La rodeó como sus brazos lo hacían, jalándola contra el duro calor de su cuerpo mientras sus labios se inclinaban sobre los de ella. Él la empujó sobre la cama, yendo sobre ella, su cuerpo cubriéndola cuando ella empujó los brazos debajo de su chaqueta para agarrarse de él.

Las palmas se apoyaban en su espalda, sintiendo el movimiento de sus músculos, el calor de su carne. Sus labios y su lengua asaltaron los de ella, raptándolos con una necesidad no dominada que la dejaba fuera de control.

Mientras sus uñas se clavaban en su espalda por el placer, ella sintió su mano en la rodilla, agarrando la falda de su vestido, arrastrándola hacia arriba, empujando para separar sus muslos y luego sus dedos encontraron la tela humedecida de sus bragas y se introdujeron debajo de ellas.

Fue como una tormenta de hambre. Se propagó con furia entre ellos, a través de ellos.

Sus piernas se abrieron para él, un grito se desgarró en su garganta cuando sus dedos acariciaron sobre los pliegues henchidos de su coño, encontrando sus jugos y la carne íntima sensibilizada.

Un gruñido hizo eco en su garganta cuando sus labios regresaron a los suyos. Pasaron por la línea de su mandíbula, debajo de su cuello cuando él lamió y pellizcó su carne. Entre sus muslos, sus dedos recorrían, acariciaban, encontraron su clítoris y rozaron alrededor del brote apretado y torturado mientras sus caderas avanzaron hacia arriba para él.

―. Oh Dios, sí. ¡Por favor sí! ―Ella se contorsionó debajo de él cuando las sensaciones se arremolinaron a su alrededor. Una todavía estaba surgiendo a través de sus sentidos cuando llegaron más, entonces se repetían, hasta que hubo tantos estratos de placer que ya no tuvo deseos de escapar. Ningún deseo para resistir las cadenas que se formaban alrededor de su corazón y la encadenaban a él con emociones que resultarían irrompibles, aunque su corazón no lo fuera.

Cuando él se movió, no fue para tomarla. No fue para quitar sus ropas y hundirse entre sus muslos. No fue para posesionarla completamente.

Antes de que ella pudiera procesar lo que estaba haciendo, él había saltado de la cama y se había quedado con la mirada fija en ella en estado de shock, sus negros ojos con lujuria y furia interior, sus puños apretados con fuerza a sus lados cuando un momento antes, él los pasaba a través de su pelo desgreñado.

―¿Edward? ―susurró su nombre, repentinamente consciente de lo que el movimiento quería decir exactamente.

Él había acabado. No tenía intención de tomarla. En cierta forma, ella tuvo un presentimiento, él nunca había querido que ese beso se convierta en lo que se había convertido. Y él no estaba solo escandalizado, estaba horrorizado. Asqueado.

―¡Dios! Bells, lo siento.

Ella iba a llorar. Podría ver el arrepentimiento en su cara, lo veía llenarle los ojos mientras ella lentamente se incorporaba y empujaba la falda de su vestido sobre sus muslos. Ella observó el movimiento, poco dispuesta a observar su expresión o las innumerables emociones que no tenían nada que ver con quererla o amarla.

―Estaba bebiendo, — él pareció hacer un alto, una pausa.

Bella negó con la cabeza desesperadamente. Por favor, Dios, que no me venga con excusas. No podía soportar oírlas.

―Esto no debería haber ocurrido, ―finalmente manifestó. Su voz, que había sido tan áspera en los momentos anteriores tan sexualmente hambrientos, era ahora helada y sin emoción. ― No ocurrirá de nuevo.

―Por supuesto que no lo hará, ―ella susurró cuando se empujó de la cama.

Su cuerpo se sintió pesado. Le dolía de los pies a la cabeza. Un eco de la agonía que corría a toda velocidad por su alma.

―Bella, no tuve la intención de hacer eso.

―Pero yo sí.

Ella miró hacia arriba a tiempo de ver el hielo repentinamente derretirse y su expresión transformarse en conmoción otra vez.

―¿Qué dijiste?

―Dije, que yo sí quería que ocurra, ―ella admitió, su voz gruesa por las lágrimas que se rehusaba a derramar―. Estoy cansada de quedarme mirando, Edward. Estoy enferma a muerte de observarte desaparecer dentro de tu dormitorio con otra mujer, quienquiera que sea tu favorita del mes. Y estoy cansada de sufrir amargamente por un hombre que nunca me ve.

Si se veía horrorizado antes, ahora estaba atónito. Él simplemente clavó los ojos en ella, su expresión lentamente volviéndose helada otra vez.

―Tú eres mi hermana, ―manifestó con determinación espeluznante.

Sintió como si le hubiera clavado una daga en el pecho, directamente en el corazón y luego la retorciera salvajemente.

Tuvo que parpadear para contener las lágrimas, tuvo que luchar para contenerse por la pérdida del único sueño que ella había tenido durante demasiados años.

―No, ―susurró―. No soy tu hermana. Pero me aseguraré de no molestarte otra vez.

No se molestó en cambiarse el traje de noche. Acercándose a la bolsa al final de su cama, ella buscó adentro y sacó el obsequio alegremente envuelto antes de volverse a él. Lo colocó cuidadosamente en la cama entre ellos.

― Feliz cumpleaños, Edward. ―Se apresuró a salir del dormitorio, la cólera y el dolor agitándose dentro de ella.

Había querido darle el obsequio personalmente, pero ahora no se atrevía. Él probablemente lo habría arrojado en su cara.

Había tomado un trabajo de medio tiempo durante meses para comprar ese presente, guardando cada centavo de su asignación para comprarlo. Para comprarle uno de los pocos presentes que ella sabía que él no compraría para sí mismo.

Salió de la casa, determinada a poner bastante tiempo y suficiente distancia entre ellos hasta que pasara el dolor.

Si eso fuera posible.

Sin embargo, una parte de ella sabía que eso no iba a ocurrir.

Ella lo amaba. Y amarlo era el error más grande de su vida.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, Edward dio un paso hacia las escaleras, sujetando el regalo en una mano mientras los dedos de la otra apretaban en un puño una oscura y brutal emoción que él no podría nombrar.

Un anillo. Ella le había comprado la banda plata y turquesa modelada por uno de sus artistas favoritos. Un original, que nunca sería hecho otra vez y personalmente firmado. Ya no estaba a la venta cuando Edward había regresado varias semanas después a comprarlo, y ahora supo por qué.

Abriendo la mano, se quedó con la mirada fija en el anillo y se preguntó qué diablos se suponía que tenía que hacer ahora.