aquí les dejo este capi algo emocionante... gracias a lo entusiasmada que estoy porque mañana es el estreno de AMANECER por fin... dios la espera se me hizo eterna... me imagino que a ustedes también... estoy super feliz...
espero que le agrde y lo encuentre entretenido... nos leemos en el proximo capi...tratare de publicar lo mas pronto posible
saludos
besos y mordiscos de parte de nuestro vampiros los cullen y nuestros lobitos de la reserva... jajaja
simoneth =D
¿Iba, realmente, a dejarla en su habitación llorando sola?
En todos los años que Bella había vivido en La Flecha S, nunca le había permitido llorar a solas. Desde el momento en que su padre había traído a la pequeña fresa rubia y a su tranquila madre al rancho, Edward no había podido reprimir el instinto de protección que crecía en su interior.
Él tenía dieciocho años en ese momento. No había querido una madre o un hermano. Su padre le había dicho a bocajarro que Bella no era su hermana. Ella era la hija de la mujer con la que su padre se había casado, nada más. Todo lo que necesitaba Edward hacer era asegurarse de que nadie en el rancho o en cualquier otro lugar nunca le hiciera daño. Hombre o mujer.
Eso tenía mucho sentido para él.
Ahora, mirando hacia las escaleras afuera de su oficina, puso un pie en el escalón inferior y empezó a subir.
—Edward, los faxes que estabas esperando han llegado y el comprador de Dallas está en el teléfono, si todavía deseas hablar con él. Creo que podría haberle convencido de que el toro es bien digno de los miles más que estamos pidiendo.
Hubo un aire de triunfo en la voz de Tanya , y Edward hizo una mueca.
Le había pedido una suma escandalosa por ese maldito toro, porque él no quería venderlo. Sin embargo, tampoco quería molestar a los compradores. Si pensaban que Edward no quería vender, moverían la luna y las estrellas en su intento de convencerlo de hacer precisamente eso.
Rayos, habría jurado que Tanya había comprendido la situación.
Se volvió lentamente y la miró en silencio durante largo rato.
Con el tono rojo sangre de su rizado cabello largo, con un atractivo estilo desmechado, con sus grandes ojos azules y piel color crema, ella era una mujer hermosa. También era una amiga, que hacía que la situación que había surgido entre él y Bella en los últimos dos años, fuera mucho más difícil de entender.
—¿Por qué no me dijiste que Bella había llamado antes?
No le preguntó si Bella había llamado.
Sabía que ella lo había hecho.
Como ella dijo en el coche, la había conocido la mayor parte de su vida. Sabía cuándo mentía, cuándo lo evadía, y sabía descubrirla en el arte de las artimañas femeninas. Ella había estado coqueteando con él desde que tenía diez, y en los últimos años, cada vez que la veía, su pene se endurecía.
Por otro lado, no sentía deseo por Tanya, y sabía a ciencia cierta que nunca había actuado como si pensara obtener más de él de lo que lo hizo ninguna de sus otras amigas.
Ella le devolvió la mirada con afectada sorpresa. No lo engañaba en lo más mínimo.
—Déjame que te advierta ahora, que si me mientes te podría costar el trabajo. ―Buscar una nueva asistente no era algo con lo que querría tratar por el momento y la pérdida de una amiga nunca era una opción preferida. Pero no iba a tolerar mentiras tampoco. Esta no fue la razón por la que la había contratado y ella lo sabía. No estaba allí para mentirle, y se aseguró de mantener efectivamente su pene dentro de sus pantalones.
Los labios rojos y exuberantes se estrecharon mientras él observaba el destello calculador que brilló en su mirada.
—Estábamos ocupados, Edward, —dijo ella. —Iba a decirte, pero cuando te vine a buscar, ya te habías ido. —Ella hizo un encogimiento de hombros, de sus delgados delicados hombros, por debajo de la blusa sin mangas que había emparejado con una falda negra por encima de la rodilla y tacones de cuatro pulgadas.
—Ya no te necesitaré para controlar las llamadas entrantes a mi teléfono móvil durante mis reuniones. Simplemente dejaré que el correo de voz tome los que creo que pueden esperar, —le dijo―. Y dile al comprador que el toro ya ha sido prometido a otro comprador que quiere permanecer en el anonimato.
Un ceño fruncido se marcó entre sus cejas.
—Edward, me rompí el culo para vender ese toro para ti.
—No, coqueteaste y provocaste hasta que aceptaron el precio, sabiendo muy bien que la razón por la que lo había sobrevalorado era para retenerlo por un tiempo. Lo que me gustaría saber es por qué estás tan decidida a vender el toro para mí.
—¿Tal vez quería hacer mi trabajo? —La veía flexionar la mandíbula, tratando de tener bajo control su lengua―. La única razón por la que estás reteniéndolo es porque bella lo compró, no porque tenga algún valor.
Bella había comprado el terco y cabronazo toro ocho años atrás, después de que Edward lo había admirado siendo un becerro. Ella había encantado por completo al propietario, un ganadero de Nueva México que no se había encantado con nadie en las últimas décadas, y compró el ternero negro por casi nada.
Ese toro se había convertido en la piedra angular de su manada, con los precios aumentando, Edward lo había retirado el año pasado. No sólo era un activo rentable, también era un regalo de la niña que había sido Bella. La muchacha que había estado convencida de que Edward no podía hacer nada mal.
Por supuesto que no, no iba a venderlo, y que lo condenen si él permitía que Miriam fuera a manipularlo por alguna razón que se le había ocurrido. Al igual que Bella, sus acciones comenzaron a confundirlo como el infierno.
—Vete a casa por el resto del día, Tanya, —le ordenó―. Mejor aún, por los próximos dos días. Reflexiona sobre cómo deseas continuar nuestra relación de negocios. Porque permíteme asegurarte que no voy a tolerar que nadie interfiera en mi relación con Bella de esa manera. Nadie. Ni en ningún momento.
—Ya veo. —Sus labios se fruncieron, aunque si fue con enojo o desaprobación, no estaba seguro―. ¿Y qué hay acerca de la opinión de que está a utilizando su relación de hermanos para robarte este rancho? Tal vez simplemente estaba tratando de ayudarte a liberarse de ese pasado, Edward, para que puedas continuar con tu futuro.
Una carcajada burlona salió de sus labios.
—¿Robarlo? Hija de puta, papá le dio un cuarenta por ciento del mismo. Ella no tiene que robar una mierda, Tanya. Y la próxima vez que cuestiones mi relación con ella o mis decisiones, entonces yo te prometo que no estarás más aquí para lamentarlo.
No le dio oportunidad de réplica.
Girando sobre sus talones, se dirigió a las escaleras, tomando su decisión en ese instante. No iba a dejar a Bella llorar a solas. Ella tenía razón, la había conocido suficiente tiempo para saber si era sincera.
Había pensado que conocía a Tanya casi tan bien. La había conocido en la universidad. Había estado casada con uno de sus mejores amigos que había perdido la vida en el extranjero.
Podía vivir sin Tanya, sin embargo. Bella era otra historia. No importaba lo enojado que estuviera con ella, no había manera de que pudiera vivir sin su presencia en su vida. Avanzando hacia la puerta cerrada del dormitorio frente a su suite, giró el picaporte y la abrió, esperando encontrar una Bella sollozando.
Lo que encontró lo llevó a otro punto: ponerse duro.
Ella había estado llorando. Tenía los ojos hinchados aún, con la cara limpia de maquillaje y pálida.
Hasta que entró a su habitación.
Ella se ruborizó.
Desde el borde de la toalla envuelta alrededor de sus pechos hasta su cabello.
Se sentó en la cama, con un pie apoyado en el delgado colchón mientras sostenía una botella de esmalte de uñas, obviamente, preparándose para pintarse los dedos de los pequeños y delicados pies mientras sorbía más lágrimas.
Cuanto más Bella se sentía herida en su interior, más se acicalaba en el exterior. Como si el acto de cuidar en exceso de sí misma con una atención inusual la consolara. Era una buena cosa, porque él y su padre habían sido dos completos inútiles en cuanto a la forma de consolar las lágrimas de una mujer joven.
Esta no era una jovencita sentada en la cama.
Esta era una mujer. La mujer que rondaba sus fantasías.
La mujer que hacía a su polla alzarse potente y lo confundía como el infierno.
Y estaba desnuda debajo de la toalla.
El borde se apartó de su muslo, dejando al descubierto la carne suave y cremosa. Mientras lo miraba, sus pechos comenzaron a moverse muy por debajo del material, y sabía que sus pezones estaban duros.
Como lo habían estado cuando fue a recogerla.
Vestida con pantalones cortos de mezclilla, una de esas finas y delgadas camisolas y sandalias de tiras. Carne bronceada de color dorado, la masa de cabello chocolate, ardiente como el sol, cayendo en cascada sobre los hombros en un motín de grandes olas. Se había puesto caliente al instante en que salió del vehículo.
Sus pezones se habían puesto duros inmediatamente.
Sus muslos habían temblado.
Había estado húmeda. Él sabía que estaba mojada. Húmeda y salvaje y tan dispuesta a follar.
Empujó la puerta del dormitorio y la cerró luego casi sin darse cuenta, cuando ella le devolvió la mirada, con sus ojos color chocolates muy abiertos y llenos de excitación.
La visión de su hambre femenina tenía un efecto en él que nunca había sabido muy bien cómo combatir. En los últimos años, desde el día en que había cumplido los dieciocho, era como si una parte de él que había dormido antes, hubiera despertado.
Se acercó a ella.
Aturdido y tan jodidamente hambriento por probarla que apenas podía soportarlo.
En todo lo que podía pensar era en la noche de su cumpleaños. Encontrarla tendida en la cama con ese vestido de noche, sus ojos tan oscuros y misteriosos, los pezones duros como pequeños guijarros debajo del material.
Y los había querido probar. Él los quería en su boca, en contra de su lengua, listo para devorarlos a medida que los chupaba.
¿Qué demonios estaba haciendo?
Acercándose a ella, podía sentir el hambre creciendo a través de él, rompiendo el velo delgado de su control. Sólo por un momento, se juró a sí mismo. Sólo una pequeña probada, tal vez entonces podría sobrevivir.
Tomó el esmalte de uñas de su mano y con mucho cuidado lo colocó en la mesita de noche.
Luego se acercó a ella.
Mirándola, sus ojos se cruzaron con los suyos mientras ella se recostaba contra las almohadas, su expresión transformándose en somnolencia sensual mientras él desataba los bordes de la toalla y la abría.
El material se desprendió de sus pechos.
Llenos, firmes, los pezones suaves, de un rosa dulce, apretados y duros, elevándose hacia él.
—¡Ah infiernos! —se quejó―. Vas a hacer que me vuelva loco, Bells. Mi polla está tan condenadamente dura que apenas puedo respirar. En lo único que puedo pensar es en joderte. En hundirme tan profundamente dentro tuyo que no sepa donde terminas tú y comienzo yo.
—¿Qué te detiene? —susurró.
¿Qué lo detenía?
Había esperado demasiado tiempo. La había deseado demasiado.
Esa era la razón por la que trató de mantenerla alejada de la finca y de él, incluso antes de que su padre muriera.
Su cabeza bajó, el hambre por saborear sus labios explotó a través de él con una fuerza que no quería resistir. Que él no tenía ninguna intención de resistir.
Besarla fue como sumergirse en un incendio. El placer barrió a través de sus sentidos cuando ella dejó escapar un pequeño gemido que se le escapó de la garganta y pareció derretirse bajo él.
Delicadas manos se deslizaron sobre su pecho hacia los botones de su camisa, un poco torpe, lo suficientemente lento como para volverlo loco por el toque de sus manos contra su carne. Sin embargo, los botones cedieron bajo sus dedos. El material se separó cuando ella comenzó a empujarlo de sus hombros.
Se encogió de hombros, dejando caer la camisa descuidadamente sobre un lado de la cama. Al mismo tiempo, puso sus labios sobre los de ella, la fusión erótica y sensual de los labios y la lengua llenaban su sangre con pura lujuria.
Se inclinó, tirando del broche y bajando la cremallera de sus pantalones vaqueros, desesperado por salir de la tela, para liberar la carne dura y pesada de su polla.
Le tomó mucho tiempo quitárselo, sacarse las botas y lanzarlas lejos.
Mientras se bajaba los vaqueros por las caderas, sus labios se movían por su cuello, saboreando su carne recién salida de la ducha. El aroma a melocotones rellenos de crema colmó sus sentidos. Caliente y fragante, su piel era como la seda, receptiva y sensible a cada toque.
Ella se movió debajo de él, retorciéndose, con las manos sobre sus hombros, sujetándolo a ella con su cuello arqueado y quejándose contra suyo.
Edward había sabido que esto iba a suceder. Una parte de él lo había admitido seis años antes, pero lo había combatido. Lo había combatido porque sabía que Bella no sería una aventura casual.
Pero había demasiadas cosas entre ellos. Decepcionar a su padre. Sus posibles mentiras. Ya nada de eso importaba en ese momento.
Nada importaba, sino tocarla, saborearla. Tomarla.
Bella sintió los temblores pasar a través de ella, estremeciéndose a través de cada nervio de su cuerpo y convirtiendo cada célula en una zona erógena.
Gimió cuando sus labios se movieron a lo largo de su cuello. La sensación de la pesada longitud de su polla endurecida contra su estómago como hierro caliente y duro. Lo quería dentro de ella. Lo necesitaba en su interior. Necesitaba sentirlo presionar en ella, extendiéndola, quemándola en formas que nunca había sido capaz de hacer por sí misma.
Todavía era virgen. En esos años, el dolor y la necesidad por él habían crecido hasta el punto en que había noches que sólo con la liberación de esa tensión, de esa presión, pudo sobrevivir a la locura de su necesidad.
La masturbación había sido su único recurso.
Ella había determinado que, siempre y cuando Edward fuera soltero, entonces habría una posibilidad.
Se había guardado para él. Quería que él fuera el primero.
Había sido su primer beso. Quería que fuera su primer toque, su primer amante, su primer todo.
Sus labios se movían sobre sus pezones, arrancando un agudo grito de sus labios.
Tensos, duros, sus pezones se inflamaron de placer cuando sus labios rodearon uno, los dedos se apoderaron del otro. La lengua azotó sobre el tierno brote, con los dientes ásperos sobre él antes de que lo chupara más profundo hacia el interior.
Hambrientos y sensuales lametazos como llamas calientes rodearon primero un pico y luego el otro. Él no le dio la oportunidad de recuperar el aliento o mantener la cordura.
Mientras chupaba sus pechos, devorando sus pezones con su lengua, una mano se movía a sus muslos, presionando entre ellos para encontrar los rizos saturados que cubrían su coño.
Sensibilizada e hinchada por la necesidad, la carne se sacudió con el más ligero roce de sus dedos. Sus muslos se separaron más, invitando a que la tocara más allá
Deslizándose entre los pliegues de la carne, las yemas callosas de sus dedos acariciaban la piel de seda.
—Edward, por favor.
Sus caderas se alzaron hacia arriba, y los labios abandonaron el pezón y comenzaron a acariciar por su cuerpo. Lamiendo, besando, mordiendo la carne sensible, dirigiéndose al lugar donde sus dedos jugaban con delicada y erótica precisión.
Ella se quemaba desde adentro hacia afuera.
Bella estaba segura de que no podía aguantar más.
Mientras él abría sus piernas, sosteniéndolas con sus palmas sobre sus muslos internos, Bella estaba segura que no había manera de que pudiera sobrevivir al placer.
Ella se haría añicos.
Lo podía sentir.
Estaba ardiendo a través de todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo, su vientre, su clítoris, apretando los músculos de su vagina, donde la necesidad de su toque era mucho más feroz.
—Sí, por favor, Edward, sí, —se quejó ella, levantándose hacia él cuando su lengua vagó a través de la estrecha rendija y de vuelta a la yema hinchada de su clítoris.
El hambre explotó a través de ella. Su vientre se apretó, doblándose por su abdomen cuando un grito salió de sus labios y las manos fueron a su cabeza, enterrando los dedos en las largas hebras de su cabello negro y espeso.
—Edward, es tan bueno. —Ella no parecía poder detenerse ni contener su necesidad de vocalizar el placer―. Oh Dios, es tan bueno. Tan caliente.
Su lengua hizo círculos sobre el clítoris de nuevo, haciéndolo palpitar, para apretar aún más y enviar un dolor pulsante directamente a las profundidades de sus entrañas.
Podía sentir sus jugos derramándose de su coño, goteando desde la abertura cerrada y deslizándose a los pliegues de su coño. La humedad cayendo desde allí hasta los muslos y más abajo, humectando y lubricando la carne tan sensible que juró que podía sentirla resbalar a través de la habitación.
Definitivamente ella podía sentir su aliento. El toque de su lengua lamiendo su carne, corriendo alrededor de su clítoris, tentando, jugueteando, atormentando hasta que llegó a la estrecha entrada que le dolía con una desesperación que no tenía idea de cómo manejar.
Entonces ella gritó su nombre, alzándose hacia arriba, cuando su lengua empujó dentro de esa entrada dolorida.
—¡Oh Dios, Edward, sí! —Gritó―. Jódeme, jódeme así. Jódeme, me gusta eso. Oh Dios, he soñado con ello. Soñaba con tu lengua ahí, jódeme tan bien.
Y era tan bueno.
Tan bueno que estaba segura de que no podría sobrevivir.
Empujó las piernas más arriba y la lengua la folló con un hambre que no esperaba. La lengua empujaba dentro de su coño, lamiendo la sensibilidad, los nervios cargados de las paredes de su coño mientras ella se arqueaba hacia los embates, gritando por la pura quemadura de placer.
Se retorcía debajo de él, necesitaba estar más cerca, para sentirlo más profundo, más duro, más caliente.
Quería su polla dentro de ella, pero la sensación de su lengua era tan buena, tan erótica que no pudo resistirse a eso.
—Edward. —Ella estaba a punto de gritar. Podía sentirlo creciendo dentro de su pecho cuando el placer se levantó dentro de su cuerpo y amenazó con consumirla.
Se sintió a punto, en el borde de una liberación diferente de lo que ella podría haberse dado a sí misma. Bella gimió en agonía, agarrándose a su pelo cuando él se echó hacia atrás.
Su lengua se había ido de repente. Ya no cavaba en su coño. Ya no estaba lamiendo, sondeando, destruyendo sus sentidos con cada lametazo hambriento.
En lugar de eso, él se arrastró por su cuerpo, metiendo la polla entre los pliegues de su coño mientras se detenía, mirándola, sus ojos negros hambrientos.
—No iba a hacer esto. —Tenía la mandíbula apretada, era obvio que luchaba contra la necesidad―. Dios, Bella, yo sólo quería probarte.
Mientras hablaba, utilizó la mano para acariciarle el clítoris con la cresta engrosada de su pene.
—No iba a hacer esto. No he traído un condón. Y te aseguro que no quiero usar uno contigo.
Él la había protegido la mayor parte de su vida, no podía imaginar que no fuera a protegerla ahora, con o sin condón.
—Edward, no me tortures, —susurró mientras lo miraba, luchando por respirar, por sobrevivir a las increíbles sensaciones a través de su cuerpo.
No había imaginado que fuera posible morir de placer, pero estaba empezando a preguntarse si eso no era exactamente lo que estaba corriendo. Morir de éxtasis.
—¿Que no te torture? Sólo si hacerte correr hasta que grites es una tortura.
Bueno, lo era, en cierto modo. O por lo menos, ella siempre había pensado que así sería con él. La dulce tortura, el placer más perfecto.
Había descubierto hacía un año lo que era capaz de hacer con ella. Había descubierto cuán hambrienta podía volverla cuando la había llevado a la liberación la noche de su cumpleaños. Y ella había fantaseado, soñado y tenido hambre de más.
Por esto. Por todo de él.
—Ahora, bebé, —gruñó, levantando su torso varios centímetros entre la parte superior de su cuerpo y el de ella―. Mira, Bells. Vamos, nena, mírame como te lleno. Mira mi polla entrar dentro de ese apretado coño.
¿No lo sabía? ¿Se había dado cuenta que era virgen?
Ella lo miró, repentinamente insegura hasta que bajó la mirada donde sus cuerpos comenzaban a fusionarse.
La gruesa cabeza llena de sangre de su pene separándole los pliegues, presionado contra la entrada apretada, entonces comenzó a empujar, abriéndose camino, estirando su cuerpo cuando comenzó a poseerla.
Era como ser consumida por las llamas. Como tener un calor duro como el hierro presionando dentro de ella, ardiente contra la tierna carne, y las terminaciones nerviosas que nunca habían sido tocadas antes se despertaron.
—A la mierda, Bella, bebé, estás tan apretada, —gimió mientras miraba su carne trabajar entre los labios hinchados de su coño―. Tan acogedoramente dulce.
Brillando con la espesa humedad que brotaba de ella, la carne pesada y ancha pulsaba de nuevo, la cabeza de la polla de repente empujó hacia adelante en su entrada, cuando la sensación barrió de golpe a través de ella y la dejó luchando por respirar.
—Sí, ¡cielos! Tómalo, —gimió mientras un grito ahogado arrancó de su pecho―. Toma mi polla, nena. Todo.
Antes de que pudiera advertirlo, antes de que pudiera considerar las consecuencias de la pesada tensión de su cuerpo, las caderas de Edward retrocedieron. Arrastrando su polla casi hasta liberarla, se detuvo, hizo una pausa, y luego con un golpe extremadamente fuerte, empujó hacia adentro otra vez.
Ella gritó. No pudo evitarlo.
Un poderoso y muy caliente rayo la extendió hasta que estuvo segura de que no había espacio para estirar más, y luego la extendió más cuando la gruesa carne atravesó su inocencia.
Ella abrió muy grande los ojos cuando se dio cuenta de que los había cerrado. Inmediatamente, Edward atrapó su mirada, la sorpresa en las profundidades de sus ojos mientras la miraba.
—Eres virgen, —gimió, su voz llena de horror y más gruesa por la necesidad pulsando a través de su cuerpo.
Todavía estaba tratando de respirar. Tratando de darle sentido a las sensaciones corriendo a través de ella con la fuerza de un maremoto.
Duro, haciéndose eco en el fondo, golpeando a través de ella una y otra vez, el violento placer la llevó más alto, temblando por todo su cuerpo al sentir el latido de su polla dentro de ella.
Era como si su carne se fundiese con la de ella, él estaba alojado profundamente en su interior.
—Edward —Jadeó por aire, sólo pudo susurrar su nombre mientras luchaba por aceptar la intrusión encajada dentro de ella. El pulso y la flexión del grueso eje la estiraban más con cada oleada de sangre que corría por las grandes venas que lo rodeaban. Cada deslizamiento en ella se sentía como un empuje completo, la cabeza de la polla acariciando su tejido interno y excitando las sensibles terminaciones nerviosas.
—¿Por qué no me lo dijiste? —gimió, su cuerpo tenso, los muslos apretados mientas se disponía a retirarse.
—Creí que lo sabías, —le susurró, su aliento atragantándosele, con los muslos apretados, la acción causó un aumento de la sensibilidad que corrió a través de su coño.
Sus uñas se clavaron en los hombros, el temor de que él fuera a dejarla, que le pusiera fin a las sensaciones y a la ráfaga de placer, arrancó un quejido de su garganta y apretó los delicados músculos rodeándolo.
—Dios, no hagas eso, bebé, —su mano se aferró a la cadera, como si él pudiera evitar que apretara los músculos internos. Como si ella pudiera dejar de hacerlo.
La respuesta involuntaria fue más allá de su control, y cuando volvió a suceder, ella sólo pudo gemir por el incremento del placer.
—No puedo evitarlo, —jadeó, sus uñas se clavaron en su carne una vez más mientras sus caderas se movían por debajo de él, su clítoris raspando contra la áspera pelvis, una malvada agonía sensual la atravesó―. Edward, no me hagas esperar. Por favor. No me tortures. Jódeme. Por favor, jódeme —se retorcía debajo de él desesperadamente―. Hazme venir. Hazme venir por ti. —Las lágrimas llenaban sus ojos―. He soñado con venirme por ti, Edward.
Sus caderas se sacudieron, enterrándolo más mientras un sonido gutural de placer escapaba de su garganta.
Calor. Placer. Dolor. Quemando con el estiramiento, la sensación de estar demasiado llena y aún más extendida. Era más placer del que jamás había conocido ni había anticipado nunca. Y fue más placer que el que su cuerpo y su mente parecía capaz de procesar a la vez. Pero él se movía. Con pequeños envites comenzó a trabajar su polla dentro y fuera, extendiéndola a medida que hacía su camino hacia adentro y hacia afuera de ella con movimientos lentos y superficiales.
Las sensaciones hicieron explosión a través de ella mientras se movía más rápido. Necesitaba más de él. Iba demasiado lento. Necesitaba más.
—Más duro, —exclamó, levantándose hacia él―. Jódeme, Edward. Jódeme duro. Por favor, por favor, me quema...
Sus caderas se echaron hacia atrás, y cuando él la penetró de nuevo, no fue con movimientos lentos. Se enterró hasta la empuñadura, su grito rompió el aire alrededor de ellos cuando comenzaron los profundos y pesados empujes y enterraba su verga dentro de ella una y otra vez.
Podía sentir las oleadas de sensaciones pululando a través de ella. Desbaratando su autocontrol, su sentido del equilibrio. Las sentía como calientes choques eléctricos a medida que sentía el agarre de Edward en sus piernas, empujando de nuevo como antes, con los fuertes músculos de sus bíceps para mantenerlas en su lugar.
—Joder, así, —gimió mientras se hundía más profundo, con la bofetada de sus bolas contra su trasero, dándose cuenta de que se había enterrado tan profundamente como era posible.
Entonces empezó a follarla realmente.
Bella no había conocido un hombre que pudiera tomar a una mujer con tanta fuerza y sobrevivir a él. No había imaginado que pudiera sentirse tan plena, tan ardientemente consciente de la mezcla de placer y dolor, surgiendo dentro de ella y rompiendo a través de sus sentidos.
Cada embestida era como el golpe de un taladro, separando la carne, hundiéndola en su interior y acariciando sus músculos intactos.
Apretada y gritando en respuesta al placer y al creciente doloroso éxtasis que parecía mezclarse y fusionarse, creaban una fuerza de sensaciones de tal manera que Bella podía sentir cómo se desmoronaba.
—Ah, sí, Bells, —gimió al sentir su coño apretarse, luchando por retener cada uno de sus empujes cuando el placer comenzó a llegar a un punto crítico―. Así, bebé, aprieta ese pequeño coño sobre mí, —gruñó—, ordéñala, amor. Succiona mi polla con ese coñito caliente. Chúpalo, nena. Ah, infiernos, sí, dame ese coño tan apretado.
Él estaba moviéndose más rápido, empujando dentro de ella más fuerte, el calor extendiéndose cada vez más, acumulándose, hasta que podía sentir las llamas luchando en cada partícula de su cuerpo y de pronto, brutalmente, arrojándola dentro de un éxtasis del que Bella sabía que nunca se recuperaría completamente.
El orgasmo se estrelló a través de ella, explotó como un estallido de luz radiante a través de su sistema, enviando una oleada de placer violento a través de sus sentidos.
Ni siquiera podía llamarlo placer. No era placer. Iba incluso más allá del placer, no había nombre para describirlo.
Ella estaba gritando su nombre. Tratando de gritar su nombre. No le quedaba mucho aliento. No le quedaba mucha energía. No eran sólo los profundos y rápidos espasmos de fuego que se precipitaban a través de su vagina, de su clítoris, entonces centrándose en su matriz cuando Edward dio una estocada final. Luego, con un áspero gruñido de éxtasis, comenzó a venirse dentro de ella.
Los chorros calientes de su simiente provocaron otra respuesta, otro punto culminante que fue más profundo, que explotó a través de partes de ella que no sabía que el placer físico pudiera alcanzar.
Juraba que podía sentir las explosiones dentro del núcleo de su alma. Cada apretón, cada caliente retazo de liberación se apretaba y cerrada más profundo dentro de ella.
Cada latido pulsante de su propia liberación parecía arrancado de un núcleo interior femenino que iba más allá de lo físico y con una profundidad de que sabía que nunca sería capaz de escapar ni de eliminar de él.
Los brazos de Edward se envolvieron alrededor de ella, atrayéndola.
Ambos se estremecieron cuando los temblores de las sensaciones palpitantes del clímax continuaron como ondas a través de ellos durante largos segundos.
No podría haber previsto esto, se dijo. Ella no podría saber lo que sucedería. No se podría haber preparado para ello.
Y no había manera, ni siquiera en otra vida, que pudiera haber sabido que un orgasmo en sus brazos podría significar tanto placer. Ella no tenía ni idea de que la iba a dejar con la certeza de que pasara lo que pasara, no importa lo mucho que la lastimara, desconfiara y se negara a creer en ella, ahora le pertenecía por completo. No importaba lo poco que pudiera amarla, Bella sabía que su corazón y su alma ahora pertenecían a Edward Cullen de una manera en la que nunca sería libre.
Él era su dueño.
Era dueño de partes de ella que no sabía que existían.
Y de pronto estuvo terriblemente asustada de que un día, y ella sabía que el día llegaría, cuando para Edward todo terminara, entonces la destruiría.
