hola chicas... waooo AMANECER estuvo genial... son unos malvados tenemos que esperar hasta el año proximo para la otra parte... aunque me da tristeza que se termine la saga pero como nosotras no dejaremos que eso suceda... siempre seguirá en nostras esto obsesión twilight.
gracias por sus reviews, aletras y favoritos
en especial a gabriela cullen... tus palabras nenas son siempre alentadoras y siempre me dejas un revw... gracias... espero que hayas disfrutado de la pelis tanto como yo...
saludos... simoneth :) :D
Cuando Bella se despertó, fue en una cama vacía y con una deliciosa sensación de plenitud que parecía impregnar todo su cuerpo. Sensación que se sumaba a la alegría perezosa que la embargaba. Una alegría empañada sólo por el hecho de que Edward no estaba allí.
La luz del sol se filtraba por las puertas del balcón mientras la fresca brisa del acondicionador de aire se filtraba a través de la habitación, sumándose a la somnolienta idea de permanecer en la cama por más tiempo.
Mejor quedarse y disfrutar del lujo y la fantasía de que había sido muy bien amada y muy bien jodida. Preferiría permitirse creer por un momento que la próxima vez que se enfrentase a Edward, no estarían la ira y el odio que había visto en su mirada el día que se había leído el testamento.
Rodando hacia su lado, sacó la almohada y la apretó contra su pecho. Enterrando su cara en la fría seda de la funda de la almohada, inhaló el aroma sutil que había dejado en ella. Cerró los ojos y trató de aparentar que todo habría cambiado. Que Edward nunca la habría tomado con tanta hambre y tanta dulzura, si no le hubiese importado al menos un poco.
Lo sabía. Aún si fuera tan ingenua como para creerlo. Podría haber sido una virgen en sus brazos, pero no había sido totalmente inocente.
No podría estar allí y seguir creyendo lo contrario tampoco. Había descubierto que era siempre mejor enfrentar la realidad cuando fuese posible, superar cualquier infierno que seguir allí fantaseando y soñando despierta con que las cosas fuesen diferentes.
Era buena en eso. A veces.
Rodando de espaldas una vez más, miró hacia el techo y luego volvió la cabeza y miró las puertas del balcón.
Tres meses sin nada que hacer. Iba a volverse loca.
Por lo menos antes de ir a la universidad, había tenido los clubes en los que estuvo involucrada, las salidas con sus amigas. Sin embargo, no había estado involucrada con la escena de los clubes de campo en mucho tiempo. La pretenciosa postura que tenían en esos lugares en particular, francamente le aburría.
Alice trabajaba para su tío en su casa del lago y no estaría disponible para socializar hasta más tarde o incluso al día siguiente. Eso dejaba a Edward forzado a que le permitiera trabajar en el rancho, lo que probablemente no era una muy buena idea; quedarse en la cama el resto del día, lo que no tenía ninguna intención de hacer, o recuperar el bronceado que había desaparecido más de un año atrás, después de mudarse de la hacienda.
La tercera opción era la única que estaba dispuesta a considerar.
La piscina podría suavizar algunos de sus recurrentes nervios y darle un poco de paz antes de que tuviera que hacer frente a Edward de nuevo.
Saliendo de la cama, rápidamente se duchó antes de ponerse el pequeño traje de baño de dos piezas y una bata, antes de secar el largo y pesado cabello castaño. Lo aseguró en una coleta alta, recogió una toalla de baño del armario y el aceite de bronceado de su gabinete antes de salir de la habitación hacia abajo, a la cocina por un vaso de té helado. La cocinera, Sue, siempre tenía una jarra de té fresco en la nevera junto con las frutas y las verduras en rodajas para un almuerzo ligero o un desayuno tardío.
Una vez que Bella entró en la cocina se dio cuenta de que se estaba muriendo de hambre. Tomó un plato de frutas en rodajas y los vegetales y una selección de quesos, se sirvió el té y se sentó en el rincón del desayuno para disfrutar de él.
La casa no estaba normalmente tan tranquila. Sue y leah, el ama de llaves, estaban con frecuencia envueltas en una confrontación, y Tanya nunca dejaba de participar en ella.
El drama luego llegaría a Edward, que invariablemente terminaría gritando a las tres mujeres con frustración antes de azotar la puerta y salir de la casa.
Era un poco temprano para que ya hubiera ocurrido. No era más que pasado el mediodía.
Levantándose de la mesa, llevó su plato al fregadero, lo lavó y luego lo colocó en el lavavajillas antes de volver a mirar a la piscina a través de la ventana sobre el lavabo.
El sol era abrasador y feroz, cayendo sobre el agua cristalina y dándole un aspecto refrescante y acogedor. Y definitivamente se sentía como una mujer que necesitaba refrescarse. Cuanto más se permitía sentarse y pensar, más recordaba la noche anterior y lo caliente que se estaba poniendo.
Juraría que casi podía sentir el tacto de Edward contra su carne. Un susurro fantasmal de la sensación que de a poco fue apretando su coño y dejó a su clítoris dolorido al segundo.
Esto era exactamente lo que no necesitaba hoy.
No necesitaba sufrir por él.
No tenía por qué estar tan caliente y húmeda que la esencia de seda de su excitación empezara a extenderse a lo largo de los pliegues hinchados de su coño.
Haciendo un movimiento duro con su cabeza, Bella trató de empujar los recuerdos detrás, mientras se dirigía hacia la puerta del patio que llevaba a la piscina.
Estaba por abrir el pestillo de la puerta cuando lo escuchó. Lo sintió.
El ruido sordo de sus botas al entrar en la cocina desde el pasillo alfombrado la había tensado antes de que ella se diera vuelta para mirarlo de frente.
Se puso de pie junto al mostrador, a pocos metros de ella, su mirada oscura y brillante se redujo a algo depredador mientras la miraba.
Su mirada recorrió su cuerpo, deteniéndose en el bikini, y, obviamente, haciéndole notar que estaba insuficientemente vestida o tal vez más insuficientemente de lo que hubiera estado con tan sólo su ropa interior.
—Tuve la sensación de que estarías corriendo a la piscina al momento en que tuvieras una oportunidad, — gruñó bruscamente y ella sintió sus pezones temblando en respuesta, debajo de su traje de baño. Ellos estaban, sin duda, presionando contra el fino material que los cubría y eran fáciles de ver.
—No había nada más que hacer. —Se aclaró la garganta, nerviosa, excitada. El efecto que tenía en ella debería haber sido ilegal.
—Te podrías haber quedado en Nueva York y terminar este semestre a tiempo. ―Su expresión se oscureció con el obvio pensamiento.
Él no tenía idea de lo mucho que había deseado que fuera una opción.
—Sí, podría, —dijo en voz baja―. Necesitaba volver a casa sin embargo.
Su expresión pareció oscurecerse aún más con sus palabras.
—¿Consideras que esta es tu casa? ¿Aunque papá haya muerto?
La pregunta la detuvo. Por un momento, el miedo pareció paralizarla.
No había considerado…
Podía jurar que sintió su mundo derrumbarse a su alrededor, ladrillo por ladrillo, cayéndose a pedazos cuando le devolvió la mirada.
—¿No es mi casa ya? —Preguntó, casi con miedo de permitir que las palabras salieran de sus labios.
Él cruzó los brazos sobre su pecho.
Bella vio el movimiento, sabiendo lo que era. Era la postura clásica de Edward al tratar con ella y la posibilidad de que a ella no le iba a gustar lo que pensaba.
—Papá se ha ido, —dijo en voz baja―. Cuando te gradúes, vas a tener tu propia vida, Bella.
¿Eso era lo que quería?
Podía sentir su corazón latiendo en su pecho, el dolor y el miedo casi desgarrándola ante la idea de que Edward no considerara que esta fuera su casa.
¿Fue por eso que papá Carlisle había puesto el testamento de esa forma? ¿Para asegurarse de que tuviera la oportunidad de acostumbrarse a ser expulsada?
Edward tenía razón. En realidad no era su casa. Le acababan de permitir vivir aquí por un tiempo, eso era todo.
—Por supuesto, —dijo ella con voz débil, metiendo las manos en los bolsillos de su bata mientras luchaba para encontrar una forma de evitar llorar de dolor―. Lo siento, Edward, debí haber pensado... —se encogió de hombros.
¿Pensado qué? ¿Que siempre sería bienvenida, aunque lo sabía mejor después de la lectura del testamento?
Debería haber pensado, no, debería haber sabido después de la lectura del testamento que él se sentiría de esta manera. No fue como si hubiera tratado de ocultar lo que sentía. Le había dicho en ese momento que ella no podría robarse una casa o las raíces. Que no funcionaba así.
Por desgracia, sus raíces estaban aquí, con él. Su hogar estaba con Edward. Y ella podía sentir su alma partirse en dos ante la idea de que él no la quería allí.
—¿Deberías haber pensado qué? —Él frunció el ceño―. No estoy enojado por eso, Bella. No es como si hubieras crecido aquí.
Pero ella lo había hecho. Y, por supuesto, no estaba enojado por eso. Era lo que quería desde el principio. No la quería aquí. No la necesitaba aquí. Ella era una intrusa, nada más.
Tal como había sospechado antes, ella simplemente había conseguido un buen polvo en lugar de un buen amante. No había habido ningún amor por su parte, y era mejor que siempre lo recordara.
—No te preocupes. —Fue todo lo que pudo hacer para impulsar las palabras más allá de su boca―. Disculpa, Edward, se me olvidó algo en mi habitación.
Su corazón. Una parte de su alma. Ella lo había perdido mientras estaba debajo de él en la cama que había llamado suya una vez, y ahora tenía que encontrarlo de nuevo.
La piscina de repente no tenía atractivo. La luz del sol de repente parecía más tenue, menos atractiva. Un futuro sin Edward y sin La Flecha S se extendía ante ella, y la idea de la pérdida que enfrentaba era desgarradora.
Corriendo al pasar junto a él, apartando la cara para ocultar las lágrimas, todo lo que podía hacer Bella era atravesar la casa y regresar a su habitación.
¿Qué iba a hacer? No podía irse. No, si quería cederle el cuarenta por ciento de la Flecha S que papá Carlisle quería que le fuese dado a Edward. No podía soportar la idea de que lo fuera a perder.
No podía soportar la idea de perder a Edward.
Cerrando la puerta de la habitación rápidamente detrás de ella, se llevó las manos al estómago y respiró profundamente, de manera irregular, mientras miraba alrededor.
Las lágrimas caían, simplemente no podía evitarlo.
Su cama estaba desordenada aún, y sabía que el aroma de Edward aún permanecía en las sábanas. Era su cama. Era su habitación.
O lo solía ser.
Un sollozo silencioso sacudió su cuerpo cuando poco a poco se deslizó sobre la puerta y hundió la cabeza entre los brazos, luchando por mantener los sollozos en silencio.
No podía permitir que Edward supiera que acababa de herirla. No podía dejarle ver lo profundamente que lo amaba. Eso mataría su orgullo. Su corazón ya había sido roto, su alma dañada, no podía permitir que le robara su orgullo también.
Él no había querido hacerle daño intencionadamente, ¿verdad?
¿Fue la referencia a que La Flecha S no era su casa una venganza por el testamento que su padre había dejado? ¿O era que papá , de alguna manera había sabido que Edward trataría de quitarle el único hogar que ella había conocido alguna vez?
¿Cómo había permitido amarlo tan profundamente? ¿Cómo se había convencido a sí misma de que él se preocupaba por ella cuando en realidad no lo hacía?
Sentada en el piso, sola, con esa sensación de pérdida, con el sentimiento de abandono rodeándola. Bella se preguntó exactamente ¿dónde se suponía que debía ir ahora? ¿Dónde se suponía que tenía que ir y cómo iba a dejar de amar al único hombre que había amado en su vida? El único hombre que sabía, más allá de cualquier sombra de duda, que se había impreso en su alma y que no había posibilidad de que alguna vez pudiera estar libre de él.
Edward se quedó en silencio, con la cabeza baja, mirando el piso de cerámica de la cocina cuando el silencio de la casa lo envolvió y recordó cómo había sido cuando Bella se fue.
Se recordó que así sería otra vez cuando ella volviera a su vida en Nueva York y a la carrera universitaria en la que había estado trabajando tan duro para lograr.
Medicina veterinaria. Como si tuviera la intención de regresar al rancho con una educación que pudiera usar aquí.
No se había dejado engañar por su apariencia, y tampoco lo había hecho su padre. Sin embargo Carlisle había querido que ella tuviese lo que quería. Le había llenado los jardines frente a su ventana con flores brillantes y coloridas, con las figuras de fantasía que tanto disfrutaba, en un intento de animar su vuelta a casa.
Su casa. Esta no era su casa, se recordó.
No podía dejar que creyera que lo era. No podía hacer frente a un futuro donde Bella se dejara caer por allí cuando quisiera, usando La Flecha S para hacer una parada y nada más.
Después de la noche que había pasado con ella, se había dado cuenta exactamente de lo peligrosa que era para él. Él había visto a su padre sufrir la muerte de las dos mujeres que le habían robado su corazón, y nunca había entendido cómo Carlisle Cullen había tenido el coraje de volver a amar después de que su primera esposa, Elizabeth había muerto de un cáncer persistente casi veinte años antes .
—Bueno, ¿no eras tú el tipo brillante? ¿Estás lastimándola o lastimándote, Edward? ―Tanya entró en la cocina mientras levantaba la cabeza y la miró con una expresión cuidadosamente en blanco. Debería haber sabido que estaría al acecho en algún maldito lugar, a pesar de su sugerencia de que se tomara un par de días libres.
—Vete a la mierda, Tanya, —gruñó―. Debería haberte despedido por no haberte dado cuenta exactamente de lo que iba a pasar anoche.
Tanya era su cortina de humo. La había contratado dos años antes después de que se encontrara con ella en la fiesta de un amigo en común. Habían ido juntos a la escuela, Tanya se había casado con uno de sus amigos de la universidad y luego se trasladó al extranjero durante varios años.
Ella necesitaba un trabajo para complementar los beneficios de viuda que recibía del Ejército. Edward había necesitado una ayudante dispuesta a ser una cortina de humo, una compañera de mesa y alguien a quien llevar del brazo sin necesidad de ir más allá de lo que era un trabajo exactamente. Nada más.
Pero aún más importante, su trabajo consistía en interponerse entre él y Bella. Para proporcionar no sólo una cortina de humo, sino también un muro impenetrable que Bella encontraría imposible de atravesar.
Y en los últimos dos años había hecho un excelente trabajo. Ella había ido más allá de la descripción del trabajo hasta la noche cuando hacía un año atrás, su padre había logrado engañarlo y lo envió a la habitación de Bella. Parecía enferma, había dicho su padre. Algo andaba mal.
Edward se había lanzado a su habitación y se dirigió a un sensual campo minado que no había esperado.
—Bueno, ¿no fuiste tú el que me envió ayer a casa? —Ella arqueó una ceja burlona.
Maldita fuera. Nunca había sido de jugar juegos antes, ¿por qué demonios estaba haciendo esto ahora?
—Me estás ignorando, Edward, — la risa burlona llenaba su mirada mientras cruzaba los brazos sobre sus pecho e inclinaba la cabeza hacia un lado―, sabes que realmente no está funcionando.
Ella lo conocía demasiado bien, y ese era el problema.
Pasándose los dedos por el pelo, exhaló un fuerte suspiro, aun peleando una batalla interna para evitar correr escaleras arriba tras Bella.
Bella se había visto devastada y sabía que sus palabras la habían lastimado. La implicación de que ya no tenía una casa aquí había hecho más que hacerle daño. Había hecho más que introducir una cuña entre ellos. La había visto clavarse directamente dentro de su alma y dejarla sangrando.
—Ella está llorando, Edward, —dijo Tanya en voz baja, con una acusación en su voz imposible de ignorar―. La vi correr por las escaleras. Estaba llorando.
Su mandíbula se tensó, sus dedos se apretaron en puños y era lo único que podía hacer que obligarse a quedarse en el lugar. Para evitar ir tras Bella. Para evitar abrazarla y rogarle que lo perdone.
—Déjalo ya, Tanya, —gruñó.
—Eres un cobarde. —La diversión llenaba ahora su voz, pero también un toque de censura―. Ella es una estudiante universitaria de veinticuatro años. Seguramente puedes manejarla. ¿Desde cuándo el grande y malo Edward Cullen comenzó a retroceder ante los bebés?
Él le lanzó una mirada dura.
—Eres mala, Tanya.
Ella se rió, un sonido ronco que habría encontrado atractivo si no fuera por el hecho de que ninguna otra mujer le había provocado absolutamente nada desde hacía un año.
—Soluciona este problema, Edward, —le aconsejó suavemente, gentilmente, a pesar del acero por debajo de la seda de su voz―. No le quites la única seguridad que le queda en su vida.
—Una casa no provee seguridad, —espetó.
—No, no es la casa lo que le da seguridad, ni es la casa lo que la mantiene volviendo siempre aquí. Y seguro como el infierno que no es la herencia que tu padre le dejó. Eres tú, Edward. Siempre has sido tú. Y esa es la única cosa de la que siempre has sido demasiado cobarde como para darte cuenta.
