Hermione se encontraba perdida en su mente. No lograba sentir su cuerpo, pero tampoco estaba segura de querer hacerlo. Podía escuchar, muy cerca, una voz que le decía que todo iba a estar bien. Pero ¿qué era lo que iba a estar bien? ¿Acaso estaba en problemas?
La dulce brisa le azotó suavemente el rostro, y aunque sus manos quisieron reaccionar, moverse un poco, no lo lograron. Poco a poco, Hermione comenzó a ser consciente del estado en el que se hallaba su cuerpo, tan herido como no lo había estado nunca antes. Sin embargo, un recuerdo no muy lejano afloró en su mente como agua que emana de un grifo y, de pronto, sintió la desesperación propia de quien ve la realidad por primera vez.
Una pequeña bola de cristal. Quemaba. Alguien le advirtió que no la tocara. Su mente se vio invadida por algo que trataba de ignorar con todas sus fuerzas. El primero en desafiar al Innombrable, será quien deba morir para salvar a sus seres queridos. Bajo la furia del infierno, poco puede hacer el cielo.
Hermione sintió una punzada en medio del pecho. Hubiera deseado no recordar nada de aquello, pero algo en su corazón le decía que así debía de ser. La muchacha todavía no había tomado ninguna decisión al respecto, pero estaba decidida a librar a su mejor amigo de aquel horror. Harry ya había sufrido demasiado, se dijo, y no necesitaba que otra desgracia lo golpeara, nuevamente, de frente.
Recordó, una vez más, que Harry siempre estaba protegiéndola y asegurándose de que estaba bien. Hermione no quería defraudarle, y sentía que era su obligación tomar el lugar del muchacho. No importaba cuánto tuviera que sacrificar; estaba dispuesta a darlo todo por quien la salvó en tantas ocasiones sin sentarse a pensarlo dos veces.
-Todo va a estar bien, lo prometo…
Hermione abrió los ojos, reaccionando por primera vez desde que su mente se despertara. El rostro tenso de Harry fue lo primero que vio, y otra punzada volvió a golpear su pecho con fuerza.
Se encontraba en la enfermería, con la luz del sol filtrándose tímidamente por las ventanas. Quiso hablar, pero tenía la boca demasiado seca, así que movió la mano derecha hacia Harry, intentando que el gesto fuera suficiente.
La puerta de la enfermería se abrió de repente, y el profesor Dumbledore entró majestuosamente y se dirigió hacia ellos. Era la primera vez que Hermione se sentía tan avergonzada, pero la voz del director de Hogwarts era suave, y no había indicios de decepción en ella.
-Me alegra que ya se haya despertado, señorita Granger. Puedo decirle, muy ciertamente, que nos ha dado un susto de muerte. –Dumbledore sonrió. –Sé que todavía se encuentra débil, pero me gustaría hacerle algunas preguntas.
-Profesor –susurró Harry-, ¿es que acaso no ve en qué condiciones…?
-Puede que esté viejo –repuso éste-, pero tengo una vista privilegiada. La señorita Granger se vio envuelta en una extraña situación, y cuanto antes se resuelva, más rápido se podrá castigar a los culpables.
-Ni siquiera puede hablar –protestó Harry-. ¿Cómo va a responderle si no puede hablar?
Dumbledore sonrió.
-No necesito que hable.
Hermione le dirigió una mirada a Harry de soslayo. Estaba disgustado con Dumbledore. Ella también lo estaba. ¿Por qué las cosas tenían que ser tan…? A menos que, mágicamente, el profesor ya tuviera noción de lo que había pasado, o al menos lo sospechara.
-¿Serías tan amable de dejarme a solas con la señorita Granger, Harry?
Harry no respondió. Se puso en pie y, tras echarle una última mirada a Hermione, salió de la enfermería.
Dumbledore se sentó en la cama.
-Bien. –Miró a Hermione con aquellos ojos que daban la impresión de atravesarte como rayos X. –Sé que lo que ocurrió no fue su culpa, señorita Granger, pero debe responderme unas cuantas preguntas para que podamos solucionar esto cuanto antes.
Hermione lo miró, pero no se movió ni un centímetro.
