CAPITULO DOS: PRIMER DIA.

--PEETA--

Miro con nerviosismo mi reloj de pulsera cada dos o tres segundos. Katniss está retrasada, y, aunque no puedo decir con justicia si eso es o no un hábito de ella, ya que apenas la conozco, comienzo a preocuparme un poco.

La hora de la salida llegó mucho más lento de lo habitual. Cada clase me resultó insoportablemente monótona, cada segundo que pasaba, palpable. Aguanté mordiéndome el labio, sin soltarlo hasta que éste amenazó con sangrar en serio.

Finalmente llega la hora, y resulta que a la señorita se le ocurre aparecer tarde.

No se a dónde pudo haber ido. Katniss toma el mismo curso que yo, porque somos de la misma edad, pero nuestras clases, por más pocas que sean, no siempre coinciden. Sin embargo, estoy casi seguro de haberla visto desaparecer detrás de una muchedumbre, a un lado de Gale.

¿Habrá sido capaz de dejarme plantado?

Comienzo a plantearme la posibilidad con seriedad cuando escucho que alguien me llama con suavidad:

- ¿Peeta…?

El corazón me da un pequeño vuelco. Me calmo, y entonces me doy la vuelta. Claro, allí esta.

- Hola, Katniss. – digo en mi mejor voz tranquila.

Ella me sonríe, y noto que está avergonzada.

- Oye, siento llegar tarde. Es que Prim-mi hermana- estaba un poco enferma y mi madre me pidió unas plan… - se interrumpe a media frase, dubitativa, pero yo ya sé que estuvo a punto de decir "plantas", y también sé que se la pasa cruzando la cerca de más de dos metros de alto que divide al distrito 12 del bosque. Todos saben que Gale y ella cazan furtivamente, pero nadie los delata porque mucho de lo que cazan es nuestra principal fuente de carne.

- No importa. – le aseguro, salvándola del apuro. – Acabo de llegar. – miento.

Pero la cara de alivio que pone Katniss me relaja a mí también, así que no me siento demasiado culpable. Mentir siempre ha sido una de mis actividades destacadas y, aunque la utilizo raras veces, siempre es bastante efectiva.

Katniss parece sentirse incómoda. No la culpo. Nunca, literalmente, nos hemos hablado el uno al otro. Jamás. Y ahora tenemos que hacerlo con fluidez, sin ningún toque de timidez, todos los días, por cuatro semanas. No es algo muy fácil que digamos.

Habíamos quedado de vernos en frente de la panadería de mi padre (o más bien, de mi madre), pero como no es un buen lugar para trabajar (la gente pasa corriendo cada dos o tres minutos, aplastándonos) decidimos irnos a un lugar más apartados. Para ser exacto, dos metros antes de la cerca que supuestamente está electrificada. No nos preocupa llamar la atención de los Peacemakers, porque nunca nos han ocasionado demasiados problemas. A decir verdad, Croy y Darius están tan necesitados de un buen filete como cualquier otro.

Katniss se sienta primero, en la tierra y con las piernas cruzadas. Yo me siento frente a ella, a una prudente distancia de medio metro. Aunque no nos tratemos directamente, la conozco de lejos, y, por lo que he visto, le gusta tener su espacio personal.

- Bien. – dice, sacando un pedazo de pergamino de su mochila de cuero negra. – Comencemos.

--KATNISS--

No sé qué es peor: estar aquí sentada con el chico que me salvó la vida hace años y al que nunca se lo agradecí, o no estar a lado de la temblorosa Prim, que se encuentra enferma en este mismo instante, por una estúpida tarea del Capitolio.

Supongo que lo primero es malo. Pero lo segundo, es simplemente insoportable.

Peeta es bueno con las palabras. Me doy cuenta casi inmediatamente, después de hacerle una pregunta, y quedarme completamente helada con su extensivo uso del vocabulario. Vaya. ¿Leerá mucho? Usa palabras largas y complicadas, cuyo significado no entiendo, ni estoy en el proceso de hacerlo. Y no es sólo eso, sino que también habla con tanta pasión, que una se pierde en el sonido de su voz. Cualquier cosa que el dijera sonaría convincente, por más loca que fuera.

Y yo que lo creía tímido.

Creo que se da cuenta de mi sobrecogimiento, porque alza una ceja.

- ¿Qué pasa?

- Nada… es solo que… - balbuceo un par de cosas incomprensibles, me espero un momento a recuperar la coherencia, y vuelvo a intentarlo: -eres muy inteligente. – digo de sopetón.

Peeta sonríe levemente.

- Ni tanto. – dice en voz baja.

- Pues entonces, lo pareces. – insisto, mirándolo con honestidad.

- Como sea. – veo que el tema lo está poniendo incómodo, y eso hace que yo también me ponga incómoda, así que me apresuro a preguntarle otra cosa:

- ¿De qué quieres hablar? El anciano dijo que podía ser cualquier tema de la Veta.

Peeta no se sorprende de que yo llame al profesor "anciano" (todos lo hacen, de verdad) pero eso no evita que tuerza la boca y se ría. Aunque, debo admitirlo, recupera la seriedad más rápido de lo que yo habría podido.

- Entonces tenemos una gran variedad de opciones. El tema de las minas estará muy vetado, y no creo que te guste hablar de eso, de todos modos. – dice, dubitativo, en un susurro. Y tiene razón.

Mi padre, como muchos otros, murió en esas minas. Son tenebrosas, espeluznantes, altamente peligrosas, y tienen de seguras lo que yo de dulce. Si escribiéramos sobre eso nuestro ensayo, probablemente terminaría como una carta de odio hacia el Presidente Snow y todo su maldito gobierno de pacotilla.

Respiro para tranquilizarme, pues la sangre me hierve con solo pensar en ese despreciable personaje, y respondo con seriedad:

- Tienes razón. Ya podemos ir eliminando el tema de las minas.

Peeta me observa minuciosamente, después asiente un poco, y garabatea algo en el pergamino. Yo, mirando de reojo, veo que escribe:

NO MINAS

Hay algo en esas palabras, la desesperación con que las ha escrito, cómo las ha subrayado para resaltar su importancia, el respeto que siente hacia mí por mi decisión, que hace que explote en carcajadas, aunque en realidad no hay nada por lo que reírse. Peeta me mira, sobresaltado, pero yo me sigo riendo hasta que me resbalan las lágrimas por la mejilla. Este es mi modo de protegerme, mi burbuja de los sentimientos crudos y fríos que se avecinan. Río para no llorar. Sonrío para no morir.

Peeta parece comprender mi lucha interna, porque se une poco a poco hasta que los dos reímos como un par de maníacos, sin importarnos que las personas que pasan por allí nos echen miradas fulminantes o cautelosas. Incluso veo a una madre vestida con una túnica sucia y llena de polvo llevar una mano protectiva sobre la cabeza de su pequeña hija, alejándola de nosotros. Esto me recuerda a Prim, a su estado, y la risa se me quita de golpe.

- ¿Qué más sugieres? – pregunta Peeta con toda la tranquilidad del mundo, como si nada hubiera pasado, como si nunca hubiera habido risas histéricas. Lo admiro por su formalidad, por el respeto que tiene hacia mi privacidad, pero aún así no puedo evitarlo. La palabra me sale de los labios, se me escapa, y es demasiado tarde:

- Gracias. – le digo, y un nudo en la garganta amenaza que me comience a temblar la voz, pero sigo de todas formas. – Gracias por aquél pan. No sabes… no tienes idea… de lo que me hizo ver, Peeta. De lo que me hizo hacer.

Peeta me mira con fijeza a los ojos, y yo me pierdo en el azul de los suyos. ¿Qué estará pensando?

Pasa tanto tiempo antes de que me responda, que empiezo a temer que no se acuerde de nada, y que he hecho una estupidez. Y cuando estoy apunto de volver a abrir la boca para disculparme, él toma mi mano y la aprieta con suavidad.

No dice "por nada". Tampoco me suelta un discurso sobre lo que significa ayudar al necesitado. Simplemente se sienta allí, a mi lado, en el camino de tierra, apretando mi mano y mirándome a los ojos. Y, de alguna forma, eso significa más de lo que una conversación de dos horas lo hubiera echo.