CAPITULO TRES:ASIMILANDO AL OTRO

-KATNISS-

Cuando Peeta y yo nos despedimos, ya es tarde. El sol se está ocultando detrás de una colina y el cielo tiene un extraño matiz anaranjado rojizo: el atardecer está por terminar, y la oscuridad se nos tira encima. Yo lo observo alejarse; sus pasos tranquilos y un tanto torpes, su espalda fuerte y ancha. No se qué he estado pensando sobre este chico los años anteriores, pero ahora se ha formado en mi mente, después de un examen minucioso, mi opinión: es de las mejores personas que he conocido.

Sin embargo, en realidad no llegamos a ningún acuerdo sobre el tema de nuestro ensayo. Después de que le agradeciera por ese bendito pan quemado, no pudimos volver a hablar sobre tarea. Peeta me preguntó cosas sobre mi familia, yo sobre la suya. Se le nublaba el rostro cada vez que mencionaba a sus padres, y me dio la impresión de que éstos no mantienen una relación sana en lo absoluto. Sus hermanos mayores no le hacen mucho caso. En resumen: se encuentra solo.

Yo le hablé de Prim y su cabra, y de mi madre. No le conté sobre los días en que ella no se levantaba de la cama más que para comer una vez, y yo tenía que hacer todas las tareas. Tampoco mencioné los sollozos que escuchaba provenir de su cama en la madrugada. Si evadía el pensar en eso, ¿cómo sería decirlo en voz alta?

Peeta parecía entretenido con mis historias de Lady, la cabra de Prim, y aún más con el aparentemente ardiente odio que Buttercup, su gato, sentía por mí. No le cabía en la cabeza cómo había sido capaz de intentar ahogar al gato, pero, claro, siendo hijo del panadero, Peeta no entendería nada sobre bocas que alimentar.

Tengo que estar frente a la puerta de mi casa para recordar el estado de Prim, y entonces la angustia me carcome las entrañas y la culpa me deja mareada. ¿Cómo he sido capaz de olvidarla por completo?

Entro con rapidez (casi tiro la puerta) y aviento mi mochila de cuero al piso. Mi madre está en la cocina, y Prim se encuentra sobre la mesa de madera, con los ojos cerrados. De pronto me lleno de miedo y mi corazón se acelera, se me forma un nudo en la garganta, pero logró pronunciar una pregunta:

- ¡Mamá! ¿Prim…?

Mi mamá voltea a verme, sobresaltada, pero luego se relaja.

- Está bien, Katniss. Está dormida.

Los hombros se me caen para atrás y el alivio que siento es tan inmenso que tengo que sentarme en una silla. Entierro la cabeza entre los brazos para que mi madre no vea las lágrimas que se me han escapado; me compongo lo mejor que puedo y alzo la cara.

- ¿Cómo está?

- La fiebre la subió un poco, pero le di una medicina especial y al parecer está funcionando muy bien. Se quedó dormida hace media hora.

Miro el rostro de mi hermanita: sus cabellos rubios destellantes, sus mejillas, que están recuperando el color. Se ve tan vulnerable tendida allí, sin conocimiento.

- Espera. ¿De dónde sacaste la medicina?

Ella me había dicho antes de que me fuera que no tenía, y que estaba probando con diversas plantas. Pero la forma en que dijo medicina especial me sonó a medicina del Capitolio.

- El alcalde Undersee… Madge pasó a buscarte y entrevió a Prim sentada en el sillón. Se fue corriendo sin decir una palabra, y después regresó… con esto.

Mi mamá me muestra un botecito envuelto en una bolsa de terciopelo. Yo alzo las cejas, sorprendida.

- ¿Madge?

- Si. ¿Acaso no son amigas?

- Bueno… - me lo pienso durante una pausa. – Si. Supongo que si lo somos.

Mi madre sonríe con alegría.

- Pues bien, la medicina está funcionando a las mil maravillas. Asegúrate de agradecerle a Madge mañana cuando la veas en la escuela. De mi parte, dile que cualquier cosa que necesite, no dude en pedirla.

Yo asiento, distraída. No había pensado en Madge como amiga antes, pero ahora que sucede esto… se sienta conmigo en los recreos, aunque no hablamos… pero me cae bien. Es una buena chica, callada, como yo, pero buena. No puedo culpar a su padre por todo lo que está sucediendo. Él no tiene ningún poder sobre el Distrito 12, eso lo sabe todo mundo. El titiritero aquí es el Presidente Snow.

Arrugo la nariz, pero después dirijo la vista a Prim, y sonrío.

Una preocupación menos.

-PEETA-

Las mejores tres horas de toda mi vida.

Cuando me alejé caminando, aún sentía sus ojos clavados en mi espalda. Los ojos de Katniss. Y el corazón no dejaba de latirme como loco, respiraba con dificultad, pero me obligué a mí mismo a seguir caminando y a no cometer estupideces.

Todos los años anteriores en los que la había estado observando furtivamente (acosando, más bien), solamente había observado a la Katniss con trenzas, la Katniss que cantaba con una voz prodigiosa, a la que los pájaros escuchaban con fervor. Tenía la idea de una Katniss fuerte y determinante, por sus hazañas de cazadora en los bosques, de sustento para su familia.

No tenía ni idea de que existiera esta Katniss sencilla y sensible, a la que se le llenaron los ojos de lágrimas cuando me agradeció por el pan, la cual habló sobre su hermana con un hermoso cariño paternal, la que se rió con histeria cuando garabateé "no minas" en su pergamino. Es increíble que toda esta parte de su personalidad, la mejor, haya estado ocultándose de mí por tanto tiempo.

Es en momentos como este, cuando me doy cuenta de que no la conozco en realidad, que me siento como un completo acosador. Pero no puedo evitar dirigir la mirada hacia ella en la escuela, ver sus largos cabellos negros y sus hipnotizantes ojos grises. Después me siento como un idiota, pero vale completamente la pena.

Eres muy inteligente

Sus palabras resuenan en mi interior. No escucho eso muy seguido, porque 1) no muestro mi faceta inteligente a mis amigos de la escuela, 2) a mi familia le importa un comino mi coeficiente intelectual y 3) me da vergüenza ser catalogado como sabelotodo.

Pero la admiración con la que ella pronunció "inteligente" me impidió sentirme avergonzado en lo absoluto.

Más que nuestros temas de conversación, lo que más pasa por mi cabeza es que ahora que nos hablamos, que somos amigos, tengo más esperanzas que nunca de pasar a ser algo más.