Lo siento por mi ausencia. Podría argumentar excusas, pero mejor les dejo el capítulo y ya, jaja. Disfruten!
PD. ¿Han leído Mockingjay? ¿Les gustó? Quisiera escuchar opiniones en los reviews!
-KATNISS-
Nunca sabía decidir con certeza cuál era la mejor parte de los domingos.
¿Sería en la mañana, cuando salgo con Gale al bosque, y pasamos horas sentados frente a un hermoso campo, devorando moras? ¿En la tarde, cuando llego a casa con una mochila llena de carne fresca y dinero? ¿O en la noche, cuando me acurruco a un lado de Prim, y le sostengo la mano con fuerza, aliviada ante un día más de sobrevivencia?
Los domingos solían ser días dedicados solamente a mi padre. Cantábamos durante horas- hasta el punto de hartar a mi madre, que nos sugería con impaciencia que saliéramos afuera y la dejáramos concentrarse en sus labores. Mi padre me llevaba encima de su cabeza, y me correteaba a un lado del arrollo que pasó a ser mío y de Gale.
Ahora estos días parecen ser más solitarios, pero no menos mejores. Lo he perdido a él. Me he ganado a Gale. No son lo mismo, y sin embargo, ambos me hacen sentir mejor, de alguna manera.
- ¿Estás bien?
Gale me mira directamente. Yo asiento, distraída. Hoy pasamos cuatro horas en los bosques. Logramos cazar tres ardillas- pero la primera la atravesé mal, y la estropeé. Decidimos dejársela a los cuervos. Esas criaturas disfrutan hasta las cosas más asquerosas. Les tengo envidia por eso.
Los pasos silenciosos de Gale, a mi lado, me intimidan. Siempre ha sido así. Yo no soy ruidosa, en lo absoluto, pero comparándome con él, parezco una cabra recién nacida.
Cuando llegamos a nuestro destino, la panadería, me detengo en seco al recordar a quién veré allí. Por alguna extraña razón me pongo nerviosa y me muerdo las uñas de la mano derecha sin darme cuenta.
Al entrar, veo de prisa que su padre se encuentra allí, pero a él no lo veo por ningún lado. Una ola de decepción me invade de la nada. Intento que no me duela demasiado. ¿Desde cuándo me importa, de todos modos?
- Hola. – saluda Gale alegremente.
- Eh… hola. – el panadero se encuentra ausente está mañana. Me preguntó a mí misma si la bruja de su esposa le habrá amargado el día, de nuevo. Nunca he entendido como llegó a casarse con ella. Aquí es el perfecto momento de decir: los opuestos se atraen.
- Tenemos esto…
Gale me quita la mochila de la espalda con cuidado, y la deposita sobre la caja. La abre, y enseña el contenido a una distancia prudente. El olor a ardilla muerta es de lo peor, y tengo la urgencia de decirle que la cierre, pues temo que podría estropear el delicioso olor a pan recién horneado.
El panadero sonríe ante la vista de su cena, y asiente sin decir nada. Toma la mochila y desaparece detrás de una puerta a sus espaldas.
- Hola.
La voz viene de mi derecha, y me sobresalto. Claro, ahí está.
Es increíble cuánto puede cambiar una persona con el atuendo que lleva puesto. Peeta está usando un delantal de un color blanco impoluto, amarrado detrás del cuello y la cintura, y de alguna forma, sus ojos se ven más azules que nunca. Sonríe al verme, y me doy cuenta que debo decir algo en respuesta.
- Hola. – replico estúpidamente. Gale alza las cejas, y yo aprieto mi mano en un puño, como hago siempre que estoy avergonzada. Ellos dos estando en una misma habitación… es algo extraño para mí.
Recuerdo el momento en que nos tomamos de la mano, cuando le agradecí por el pan, y una sombra rojiza empieza a extenderse por mis mejillas con rapidez. Me doy la vuelta violentamente para no encararlo, y finjo que espero a que su padre regrese, mientras los observo por la rabilla del ojo.
- ¿Ha ido bien ésta mañana? – inquiere Peeta. Estoy abriendo la boca cuando me doy cuenta de que la pregunta no está dirigida a mí.
- Normal. Estábamos cantando victoria al ver la primera ardilla, pero la señorita de aquí. –Gale me da un suave codazo en broma. – se puso algo tensa y le atravesó el estómago.
- No me puse tensa. – niego por mi honor, sin voltearme a encararlos. Las palabras me salen amargas, y forzadas. – La ardilla era demasiado gorda.
Gale se echa a reír.
- ¡Demasiado gorda! Vaya, no lo había pensado así.
Me sonrojo, indignada por su burla, e intento no prestar atención a Peeta, que tiene sus ojos clavados en mi nuca. Gale parece darse cuenta, y deja de reír de manera abrupta.
Gracias a dios, el padre de Peeta escoge precisamente ese momento para regresar a grandes zancadas con una pequeña bolsita llena de monedas tintineantes y dos generosos pedazos de pan con pasas, que bien podían haberse omitido en el trueque.
- Tomen. – nos entrega un pedazo de pan a cada uno, y la bolsa me la da a mí. – Y gracias. – añade, antes de volverse a atender a otro cliente.
Gale y yo hacemos lo que podemos para dividirnos el dinero, y estamos a punto de salir cuando escucho que Peeta me llama.
- Tengo algo que enseñarte. – susurra, en confidencialidad, en mi oído. Yo tiemblo por un escalofrío, y me despido de Gale. Siento un vago sentimiento de que se me queda viendo aún después de que le doy la espalda, para seguir a Peeta.
Nunca he estado detrás de la panadería. Entramos por la puerta en la que siempre desaparece el padre de Peeta, y me encuentro con un calor sofocante que me impide respirar, maquinas ruidosas a mi alrededor, y un fuerte olor a masa. Deben ser los hornos.
Peeta se da cuenta de mis grandes exhaladas de aire y me expresión desconcertada y ríe quedamente:
- Te acostumbras después de un par de años. – me asegura.
Me guía más allá de los hornos, por unas escaleras de madera antiguas y con aspecto de estar a punto de derrumbarse, que subo cuidadosamente. No me doy cuenta de que estoy entrando a su casa hasta llegar al final de ellas, a un cuarto que parece ser una sala: tiene dos sillones de color verde limón, una alfombra negra, y una mesita de madera que asumí sería la mesa de té.
- Peeta, ¿qué…?
Pero él me pide silencio con un dedo en los labios, y señala a la habitación de al lado, donde se escucha una respiración débil. Su madre, comprendo yo, está durmiendo.
Me pregunto cómo reaccionaría si despertara, entrara al cuarto de Peeta, y me encontrará allí, con él. A solas.
Sacudo la cabeza, y continúo caminando con aparente tranquilidad, pero ahora ruborizada.
-PEETA-
No puedo creer que en verdad esté haciendo esto.
¿Hace sólo una semana no tenía el valor suficiente para saludarla por la mañana, y ahora la traigo a mi habitación?
Pero no puedo dejar de emocionarme ante la idea. He estado trabajando en el papel durante horas, y estoy algo satisfecho con el resultado… sólo espero que Katniss no crea que estoy loco por siquiera pensar en esto. ¿Estará de acuerdo conmigo?
La escucho caminar atrás de mí, y los nervios me carcomen.
