Me quedo quieta durante mucho tiempo. No estoy segura de cuánto, pero en algún lugar distante, puedo escuchar las manecillas de un reloj avanzando. Recordándome que no porque esté congelada, todo se congelará a mi alrededor.

Tic, toc. Peeta me mira con intensidad, pero yo estoy más allá de sus ojos, más allá de su cuarto, su casa y todo el distrito. Estoy en una mansión elegante: alfombras gruesas con forro de seda, cortinas delgadas de color blanco impoluto, una música clásica resonando de algún aparato antiguo de un librero próximo. Y, lo más vívido: un repugnante olor a rosas que han sido manipuladas genéticamente para desprender un aroma empalagoso.

¿Por qué pienso en las rosas? ¿Es mi inconsciente? No lo creo. El presidente usa una rosa blanca en el pecho en cada una de las apariciones que hace. Y hay rumores. Rumores de que, si te aproximas demasiado, podrías morir intoxicado.

No es que dé crédito, pero tampoco me sorprendería si fuera cierto. Que el presidente escupiera veneno sería totalmente normal. En mi mente, cuando se va a acostar, mata a unos cuantos conejos y se bebe su sangre. Tal vez tiene un globo terráqueo que gira con ambición y se ríe de manera macabra, como los villanos en las historias que mi madre nos cuenta a Prim y a mí.

Me lo imagino allí, sentado en su escritorio. Lo veo claro en mi cabeza. Tal vez bostezando. O quizá leyendo algún libro. Pero el caso es que está allí. En una habitación placentera, lujosa y, lo mejor de todo: aislada de una realidad en que Peeta y yo, nuestras familias y todos los demás, estamos obligados a vivir.

Y no me hubiera molestado en lo absoluto, si no fuera por una pequeñísima razón. Porque, seamos sinceros. Gente rica sí hay. En todos lados. El alcalde, por ejemplo. Y a pesar de que Gale trata mal a Madge, que yo le tengo envidia… no les odio. Snow es diferente. A él lo quiero degollar, quiero hacerlo gritar en agonía. Quiero hacer que se sienta arrepentido por todo lo que nos hizo.

Porque el es la causa.

Y, me doy cuenta sonriendo para mí misma… yo quiero ser la consecuencia.

Así que regreso al cuarto de Peeta y enfoco mi mirada en su rostro ceñudo de preocupación. Me doy cuenta que piensa que ha ido demasiado lejos.

- Cuenta conmigo. – le digo en una voz innecesariamente alta.

Empezamos con sesiones de un par de horas a la semana. Es difícil encontrar tiempo y lugar, muy difícil. Peeta está muy ocupado en la panadería –su madre no facilita mucho las cosas, enarcando las cejas con escepticismo cuando aparezco en la puerta y su hijo hace una vaga excusa- y yo tengo que cazar ahora también entre semana, pues el dinero falta y en los últimos Domingos no hemos encontrado mucho.

Gale parece irritado por mi ausencia las pocas veces que no voy con él. No comenta nada de que es más complicado cazar en solitario, pero eso yo lo sé bastante bien. Nos hemos conectado tanto como compañeros de caza que ahora se nos dificulta encontrar una presa, acecharla y ensartarle una flecha por nuestra propia cuenta.

No le comento nada de nuestra pequeña conspiración. Ahora que ha pasado el tiempo, me parece un poco absurdo, para ser sincera. Pero, de alguna manera, cuando me reúno con Peeta nuevamente, las emociones mezcladas comienzan a surgir dentro de mí. Odio por el gobierno. Angustia de que nos agarren escribiendo. Ansiedad de que salga bien. Exasperación por no tener ideas brillantes.

Y es verdad. Me siento tan enfadada, que lo único que Peeta logra sacarme es una mueca de concentración para luego darme por vencida. No soy buena para los ensayos. Solamente quiero romper la hoja en pedacitos y después pegarle un buen puñetazo al presidente.

Pero como esto no parece muy posible, Peeta hace prácticamente todo el trabajo.

Y lo hace increíble. No tengo idea de cómo, pero con ver mi rostro parece saber todo lo que deseo decir, pero aún así no logro. Escribe y yo leo por detrás de su hombro, fascinada por la nueva brecha que este chico panadero ha abierto para mí. Paso tanto tiempo cazando, tanto tiempo mirando por la ventana en las horas de clase, que en realidad jamás leo. Nunca.

Sin embargo, ahora que tengo hojas y hojas enteras de un texto que me atrapa, me atrae y me hace desear leer en voz alta… me encanta. Y me siento una estúpida, porque no sé ni siquiera cómo decirle esto a Peeta. Pero espero que él entienda suficiente por mis miradas de sobrecogimiento y admiración.

Ahora tengo una razón para querer una rebelión. Que este chico brillante haga otra cosa aparte de hornear pan.