- Espera.

El susurro de Gale me llega como una cubeta de agua fría en medio de un silencio absoluto, pero no me sobresalto. Sé que si lo hago, la presa será mucho más difícil de capturar.

Los pasos de Gale son inaudibles bajo las hojas más secas. Su silueta se aleja de mi lado con lentitud, y yo no puedo evitar echar una rápida mirada al ciervo que, cuatro metros delante de nosotros, bebe de un pequeño riachuelo de agua cristalina. Sin saber que su muerte está muy próxima.

Levanto el arco con cuidado, y posiciono una flecha del carcaj lo más calladamente que puedo. El canto de unos pájaros próximos logra perder el sonido de la cuerda tensándose mientras yo apunto directamente al corazón de mi víctima…

Pero algo zumba a través del aire, y yo bajo mi arco. Gale le ha dado con una puntería increíblemente perfecta. La punta de la flecha ha quedado incrustada en el pecho del ciervo, que yace tirado entre la maleza. Muerto al instante. Me alegro de que así sea. Nunca me ha gustado ver a los animales sangrar hasta vaciarse.

- Vaya. – digo, regresando a mi tono normal. Trago saliva, y miro cómo Gale se agacha a un lado del ciervo para observar su obra. – Buen tiro. Excelente, a decir verdad.

Gale sonríe. Hay algo raro en su rostro. ¿Puede una persona sonreír de manera seria? O quizás sean sus ojos. Sus ojos que parecen apagados desde hace semanas.

- Has estado practicando. – no lo digo como pregunta, sino como afirmación. No es que fuera malo con el arco, pero tampoco hubiera podido tirar tan bien hacía un mes. La mejora no se podía pasar por alto.

No me contesta. Toma un cuchillo de su bolsa de cuero, que lleva colgada del hombro, y se pone a destripar al animal. Durante unos minutos no se escucha nada más que el repulsivo sonido del cuchillo abriéndose el paso entre la carne. Demasiado acostumbrada para que esto me moleste, me aproximo con cautela.

- ¿Cómo esta Rory? – pregunto.

Rory enfermó hace una semana. Fiebre leve, me contó la madre de Gale. Me duele un poco el tener que enterarme por ella y no por mi mejor amigo, a decir verdad.

- Mejor. – responde él. Alza su mirada para encararme. Sus ojos grises se ven extrañamente oscuros, aún bajo la luz del sol. Se limpia la sangre de las manos con un pañuelo, y después se enjuaga en el mismo riachuelo en el que el ciervo había estado bebiendo.

Me hinco junto a él y lo miré con fijeza, segura de que en algún momento tendrá que volver a abrir la boca. Y, en efecto, no tarda en hacerlo. Solo que sus palabras me toman de sorpresa:

- ¿Cómo está Mellark? –pregunta con sarcasmo.

Es su tono, y no su pregunta, el que me causa una punzada de dolor. Gale casi nunca se dirige hacia mí de esa manera.

- Bien. – contesto, cortante.

Me examina con cuidado. Sus cejas espesas se alzan con escepticismo.

- Me sorprende que no estés con él. – dice, casualmente. Mete al animal muerto en su bolsa y se enjuaga las manos llenas de sangre en el riachuelo, que se torna de un color rojizo.

- Ya te lo expliqué, Gale. – respondo cansinamente. – Es un proyecto, ¿de acuerdo? No estoy con él por elección.

A pesar de que se supone que digo la verdad, siento un poco de culpa. Las últimas reuniones con Peeta han sido más de conocernos el uno al otro que de trabajar en nuestro proyecto secreto. Pero, he de admitir, la razón de esto soy en gran parte yo. Yo y mi curiosidad por la vida del chico del pan, que parecía tenerla tan fácil, pero que resulta tener una cicatriz en el antebrazo derecho, prueba de la furia incontrolable de su madre y hermanos mayores que le causan problemas.

No es que me sienta mal por Peeta, pero mi deseo de ayudarlo se ha ido incrementando poco a poco, y ya no sé que puedo hacer. Además, por más que él me diga que lo deje ir, el recuerdo de él dándome el pan y su madre golpeándolo sigue regresando cuando es menos apropiado.

- Puede ser. – murmura Gale, poniéndose de pie y sacudiendo sus manos en el tronco de un árbol grueso. Se vuelve para encararme.

De repente, todo se calla. El pájaro que había estado cantando desde que le disparamos al ciervo ha volado. Gale y yo no hablamos. Sólo nos observamos, en silencio. Su cabello negro brilla por la luz que alcanza a filtrarse entre las ramas de los árboles. Su piel morena se ve tersa y lisa, como siempre.

No me di cuenta, pero Gale está ahora mucho más cerca de mí. A cuatro, quizá cinco dedos de distancia. Puedo ver el lunar que tiene en la mejilla derecha, sus pestañas oscuras y largas. Respiro con dificultad.

Y el momento termina cuando él rompe el silencio:

- ¿No tienes nada con él? – me pregunta en un susurro. El viento se agita y el movimiento de las hojas acompaña a su voz.

Niego con la cabeza, confusa por la pregunta.

Gale me mira una última vez, se aleja un paso de mí y da media vuelta para regresar al distrito. Dejándome perpleja e incapaz de seguirlo.