¡Hola!
Rompiendo todos los paradigmas de autores que han dejado pasar meses en la actualización de sus fics, he decidido subir un nuevo capítulo por dos razones: sigo recibiendo correos notificándome que han puesto mi historia en favoritos, en alerta, tengo un nuevo review o (lo más impresionante) me han agregado a lista de autores favoritos. Todo esto y con la película a la vuelta de la esquina, decidí dejar de estudiar la Guerra Fría para mi clase de historia y dedicarles este capítulo. Espero que lo disfruten.
-HoppingEuphoria
Todo está iluminado de un aura extraña. No recuerdo cómo ni cuándo, pero el caso es que me encuentro en la entrada de la escuela, mochila al hombro, con el murmullo de pasos a mi alrededor de estudiantes apresurados que corren porque han llegado tarde, madres que les gritan media frase que se pierde en el viento acerca de que pongan atención y el delicado cantar de los pájaros que acaricia mis oídos.
Aún así, mis ojos logran desviarse para encontrar a una chica que, como unos pocos, va con retraso. Trota y esquiva los charcos que quedaron de la llovizna del día anterior con agilidad, su trenza se mueve de un lado a otro mientras observa con sus ojos grises, evaluándonos a todos. Se me acelera el alma cuando sus ojos se encuentran con los míos, y se detiene para sonreírme. Exclusivamente a mí, me sonríe.
Y la escena parece detenerse unos segundos. Siento el bombeo de mi sangre por mis venas, el aliento que exhalo parece hacer un ruido estruendoso, el frío de la mañana pasa desapercibido pero mi rostro se ha congelado en una expresión tierna que, deseé con fiereza, no fuera demasiado obvia. Nos quedamos así, viéndonos, mientras decenas de obreros pasan entre nosotros, cuando la llovizna decide regresar. Y delgadas gotas de lluvia caen sobre los dos, y su piel mojada y sus labios húmedos se me antojan la vista más bella que he visto jamás, y su mirada parece insinuar que vaya hacia ella, con una pizca de timidez que me convenzo me he imaginado.
Cuando llego hacia ella, algo de la escena ha cambiado. Es como si hubiera sido regresado de golpe a la realidad. Los ruidos de las personas y el olor a tierra me llenan los sentidos, y entonces comprendo que es su presencia la que me embriaga.
- Has llegado tarde. – dice, con suavidad. Se toca un mechón de cabello, incómoda, y noto que su mochila le pesa.
- Tú también. Y con buena razón. – digo. Es obvio que ha estado cazando.
Katniss evita mi mirada, pero la conozco lo suficiente (por más irónico que sea el tiempo pasado) para darme cuenta de que he acertado.
-Estaba pensando… - dice, indecisa. – estaba pensando que quizá deberíamos faltar hoy a clases.
La miro, sorprendido por la propuesta, pero algo dentro de mí se mueve con entusiasmo. Esta chica va a ser mi muerte, lo juro.
- Hum. Creo que sería bueno para ambos. – digo, sin saber qué responder. Pero la curva de sus labios se presenta más, y hay un brillo en sus ojos que antes se encontraba ausente.
- Pensé que te negarías. – dice Katniss, colocándose bien la mochila. – Claro que no creo necesario pedirte que no se lo comentes a nadie… - frunce el ceño.
- No quiero ser castigado de por vida, gracias. – respondo con ironía. Ella sólo sonríe. ¿Me encontraba soñando? Nunca la había visto sonreír tanto en tan poco tiempo. - Entonces, ¿a dónde?
- A mi hogar, si te parece bien.
- ¿No están Prim y tu madre? – inquiero, confundido.
- A mi segundo hogar. – se corrige Katniss, y entonces entiendo, y me avergüenza decir que, en efecto, siento nervios.
Me quiere llevar al bosque.
No tengo miedo de las leyendas terribles acerca de los animales salvajes que rondan por allí, ni de quedar ensartado bajo la imponente cerca que nos rodea, o ni siquiera de morir por una estupidez como deshidratación y simplemente meterme entre el arco de Katniss y su presa por coincidencia. Tengo miedo de ser atrapados y de lo que nos harían. Por un instante, olvido que ella va al bosque prácticamente una vez a la semana, si no es que más, y que la probabilidad es de mínima a nula. Pero el pendiente está allí, y esa posibilidad no desaparece.
Pero me trago todos mis pensamientos, aunque estoy seguro de que ella los ve morir en mis ojos, y digo con tranquilidad:
- Vamos.
Aquí todo es distinto.
No sé en qué manera, pero el Peeta que cruzó la cerca que rodea el distrito 12 cambió. Aquí el aire es diferente. O quizá no, y ese es el punto. Es aire puro, no como el aire contaminado de carbón que inhalamos en nuestras casas. Y me limpia los pulmones, y me limpia la mente, y cuando barre todo y llega la claridad, la visión de mi acompañante se hace más nítida, y sólo me doy cuenta de qué tan bella es aquí. Comprendo qué tan libre se siente sólo cuando escucho su risa, clara y musical, y sigue sonando en mis oídos mientras caminamos rompiendo ramitas secas y asustando pequeños conejos, que huyen entre el césped verde y húmedo de rocío.
Cuando nos detenemos, el aire sopla con continuidad, y la llovizna sigue, aunque a ninguno nos fastidia. Es, incluso, agradable.
Katniss se sienta recargándose en el tronco de un sauce viejo. Ha escogido un lugar espléndido. Un riachuelo serpentea hasta donde alcanzo a distinguir, y lo rodean árboles altos y seniles, con hojas caídas y flores rosas y rojas decorando el suelo fértil. Las rocas en el río son suaves y tersas, y el ruido que produce el agua al chocar contra ellas me resulta relajante.
Me siento a su lado en silencio. Después de una pausa, habla:
- Mi padre solía traerme aquí. – dice
No sé qué contestar.
- A veces pienso que se encuentra mejor muerto. – dice Katniss, con la voz seca. – no por nosotras, sino por él. Por todo. Somos los vivos los que merecemos la pena de los muertos y no viceversa.
- Katniss…
- Y luego llegas tú y pienso lo contrario. – continúa ella. – me haces pensar que la vida es buena, y entonces es cuando lo extraño de verdad. Estoy segura de que le habrías caído bien.
Dice la última frase en un susurro, y me doy cuenta de que quiere llorar, y me siento desesperado porque no sé en qué momento pasó de ser sólo sonrisas a la nostalgia y el llanto. Pero es Katniss, y las lágrimas no llegan, sino que se secan dentro de sus ojos, y cuando vuelvo a verla, ni siquiera su fantasma está ahí.
- Es hermoso. – le digo, y no lo hago sólo para hacerla feliz. Es, en verdad, hermoso.
Ella me ve. Nos vemos por un largo rato. Minutos, quizá. Y siento la lluvia sobre nosotros, y su mirada sobre mí, y todo es demasiado confuso.
Siento la necesidad imperial de inclinarme y besarla en ese mismo instante. El cosquilleo molesto y agradable ha hecho acto de presencia, y empiezo a considerar realmente hacerlo cuando ella me sorprende.
¿Son ciertos sus labios húmedos moviéndose contra los míos? ¿Es verdad el olor dulce que inhalo al sentir su mejilla fresca contra la mía? ¿Y es mi imaginación, o me ha besado por iniciativa propia, lenta y dulcemente? Y puedo ver cómo ha cerrado los ojos, y su expresión es tan suave que no la reconozco, y su nariz hace cosquillas a la mía. Oh.
Y es tanto lo que he guardado con celo, que no sé cómo responder a sus labios insistentes, los mismos que me dejan desconcertado y eufórico. Y pasan segundos y ella me besa, y yo me doy cuenta de que no la he besado, y la beso.
En ese instante comprendo que, si fuera a morir, moriría feliz.
