No comprendo muy bien cómo fue que llegué a casa.

Siento aún la leve presión de los labios, de sus labios, en mi boca (levanto un dedo dubitativo y me los toco, aún sin creer completamente lo sucedido) y dejo vagar mi mirada entre la torre de libros sobre mi mesita de noche. Abajo, mi madre vocifera a mi padre sobre cómo mi hermano rompió un costal de harina por la mañana, desperdiciándola. Su voz se deshace y pierde sentido cuando en mi mente se repite el instante ocurrido hace apenas unas horas. Cierro los ojos, derrotado.

- Lo siento tanto. – la voz de Katniss llega lejana en el aturdimiento por su cercanía. Intento asirla del brazo con suavidad, pero ella se suelta al instante.

- Katniss…

- Lo siento.- se pone de pie de un salto y antes de que pueda comprenderlo, sale disparada entre los árboles y hojas verdes y sonidos del bosque la esconden de mí.

- ¡Katniss! ¡Katniss!

Sólo el silencio me responde.

¿Quién hubiera pensado que las cosas pudieran ocurrir en tales extremos? Las emociones jugaron conmigo. Me dejaron flotando en el aire puro, embriagado ante las promesas que ya se habían empezado a dibujar en mi mente, para luego desinflarme con una aguja dolorosamente afilada que no sirvió más que para regresarme a la realidad. ¿Se arrepintió de haberme besado? ¿Por qué lo hizo en primer lugar? ¿Tanto le costaba quedarse y decirme todo lo que pensaba, en lugar de dejarme muriendo con lentitud en dudas que rozaban en lo existencial?

Mi mente es un torbellino de ideas y pensar que faltan casi doce horas para volver a verla, aunque sea rodeado de treinta pupitres, se me antoja insoportable. Me planteo con seriedad ir a su casa, preguntarle de una vez qué sucedió.

Comprendo que, de hacerlo, probablemente terminaría con una flecha ensartada en el corazón. Literalmente.

O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O

Hay días en los que simplemente no me entiendo. Lo más lógico sería aceptar que me estoy volviendo loca. Que mis pensamientos ya no se conectan como deberían, o solamente me dejo llevar por la situación. Pobreza de excusa. Eso no cambia lo que hice, lo que quise hacer (porque debo admitir que, rayos, yo quería hacerlo.)

Y caigo en la cuenta de que lo importante lo he dejado en el olvido. El proyecto el cual nos unió a -y debo hacer un esfuerzo para siquiera pensar en su nombre- Peeta y a mí, eso es lo que debería ocupar todo mi tiempo y todos mis sentidos. Mi propósito en la vida, el mismo que antes había creído claro y firme, ahora flaqueaba por debilidad que me hacía sentir inútil.

Regreso a casa entre corriendo y trotando, con el corazón palpitándome con violencia en el pecho y punzadas de dolor en la cabeza. ¿Qué demonios pasa conmigo? Pensando fríamente, acabo de arruinar toda oportunidad que tenía para convertir mis ideas revolucionarias y vulgares en poesía. Acabo de desechar un recurso que (repito, pensando fríamente) seguramente sería el mejor que podría llegar a tener. Acabo de echar a perder la posibilidad de mis palabras convertidas en palabras de Peeta. Embellecidas.

Pero… aún así. Una vocecita en mi cabeza no deja de repetir las otras implicaciones. Lo otro que he perdido. La confianza recién adquirida, un nuevo amigo. Y duele pensar que he roto algo que apenas comenzaba a construirse por los cimientos. A veces me sorprende mi propia idiotez, mi madurez de niña pequeña.

Y sin embargo, hay algo a lo que me aferro y a la vez le huyo. ¿No correspondió él acaso? Este pensamiento me llena de inseguridad. Lo único perfectamente memorable en el recuerdo que ya he archivado (y seguramente permanecerá tatuado en mi hasta mi muerte, gracias) es que fui yo la que se inclinó, fui yo la que junto sus labios con los suyos, la que ansiaba más contacto humano. Estoy segura de que él no se apartó, pero bien… mi mente juega conmigo, y ya no sé exactamente qué fue lo que hizo. ¿Se habrá quedado inmóvil, petrificado mientras yo le besaba? ¿aguardando el momento de separación?

La idea hace que me sonroje de pura vergüenza. Oh, Dios. ¿Qué he hecho? Más que eso… ¿Por qué lo hice?

Sacudo mi cabeza mientras piso con mis botas un charco de agua ennegrecida, salpicando a un perro que pasaba por allí y que después se voltea a mirarme con grandes ojos tristes. En la ridiculez, recuerdo la mirada de dolor de Peeta al huir de su lado, y me planteo seriamente la posibilidad de ahogarme en el charco.

O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O

Cuando llego a casa, mi madre y Prim duermen. Hay una quietud que me tranquiliza un poco el alma. Me siento en una débil silla de madera, frente a la chimenea chisporroteante y observo con nostalgia el cuadro de mi padre. Su uniforme desgastado de minero. Su sonrisa honesta, sus ojos brillantes, pero siempre ausentes… incluso antes de su muerte, mi padre gustaba de ausentarse. Igual que ahora yo lo hago, hasta conmigo misma.

Entierro mi rostro entre las manos, sin preocuparme por el hecho de que están llenas de mugre, e intento pensar con claridad, pero sólo me llega el tacto de su piel, el olor dulce que emana de su ropa, su cabello ligeramente dorado, el color de sus ojos de mar. Y no me comprendo y tengo miedo de comprenderme, porque al final sé que lo que hice, impulso o no, fue resultado de algo que ya deseo guardar y tirar hasta el otro lado del mundo.

O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O

El siguiente día despierto en mi cama. Seguramente mi madre me ha encontrado en la silla, acurrucada patéticamente y hecha un ovillo, y ha sentido compasión por mí. Cruza por mi mente que no me ha llevado a mi cama desde que mi padre murió, y se hace un nudo en mi garganta. Tomo mi mochila sin preocuparme en ver lo que tiene dentro, y salgo con sigilo lo más rápido posible. Pienso en saludar a Prim, pero hoy no tengo ganas de dejar salir a mi voz.

El camino sigue húmedo por la lluvia de ayer. Eso me desagrada. Quiero eliminar cualquier prueba del ayer, borrarlo como si nunca hubiera pasado. Deseo que Peeta no me trate diferente, que no sienta compasión por mí.

La puerta de la escuela está custodiada por un pequeño grupo de alumnos, los que siempre llegan temprano. Ni siquiera me molesté en mirar la hora al salir de casa, pero asumo que faltan todavía varios minutos para la entrada. Peeta está entre ellos, hablando con Deny Smithson y su pareja del proyecto, un chico de nombre Creeker. Bromean unos segundos más antes de que la risa se congele en los ojos de Peeta al encontrarse con los míos.

Y, súbitamente, decido qué haré.

Me acerco caminando con tranquilidad (esta vez evito charcos, mis botas ya no necesitan más suciedad) y saludo a todos con un ligero asentimiento.

- Hola, Katniss. – me dice Deny alegremente. Simpática chica. Pelo castaño y ojos verdes, siempre sonriente. Podría decirme que somos opuestas.

- Hola Deny.

Peeta me mira inquisitivamente, y yo le sonrío.

- ¿Te parece juntarnos hoy a la salida?

- Um… creo que tengo algo en la panadería, pero quizá a las tres, si está bien para ti. – me dice Peeta, aprehensivo.

- A las tres está bien. – asiento. – creo que ya han abierto, ¿entramos?

Atravieso el umbral y siento que ellos me siguen, pero más que eso siento la mirada de Peeta clavada en mi nuca, llena de preguntas ahogadas y desconcierto. Cuando se sienta en el banco de al lado, se limita a decir en voz neutral:

- La lluvia no parece querer detenerse.

Y el resto de la clase hago y deshago su oración, intentando descifrar todo su significado oculto. Porque es Peeta, y entiendo al instante que la ha cargado de las cosas que yo no le dejo decirme.