NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE NICK SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS.

Hola de nuevo! Me disculpo, he tardado mucho en escribir este capítulo. No estaba segura de qué escribir y finalmente dejé que mi imaginación volara in criticar cualquier idea de mi mente. Salió esto y espero que les guste :)

Comentarios:

Usagui13Chiba: No sabia que te gustaba más el zutara, ojalá te guste esta historia XD Aquí ya pasaron cinco años de que la guerra acabara. Así que Katara tiene 19, Aang tiene 17, Zuko 21 al igual que Sokka. ¡Gracias por leer!

Enjoy!


Capitulo 2.

Mercado.

POV Zuko.

Había visto a Katara realmente triste. Sus ojos azules siempre brillantes estaban opacos, y no podía culparla. La relación entre ella y Aang era intensa, profunda, me recordaba bastantea la que tenía yo con Mai. Algo más espiritual que físico.

Katara era mi amiga y no me gustaba verla entristecida. Comprendía que estuviera preocupada por Aang, vamos ¡Hasta yo lo estaba! Y que tuviéramos la confianza de saber que se las arreglaría solo no lo mejoraba. Suki, Mai o hasta Toph podrían ayudar mucho más que yo, pero Aang había dejado a Katara aquí porque confiaba en mí y no le decepcionaría. Ayudaría a Katara a que se relajara y pasara un buen rato antes de que Aang llegara.

Fue por eso, entre varias razones, que me animé a ir con ella al mercado. Las otras cuestiones era que yo mismo necesitaba un respiro de la estresante vida en el palacio. Los problemas políticos que estábamos viviendo eran grandes, y amenazaban con ser peor. Un buen relajo me haría pensar mejor las cosas antes de tomar una decisión.

Me encontré con Katara en la enorme puerta de madera de la muralla, y los dos salimos al mismo tiempo. Les di claras instrucciones a los guardias de no seguirnos, no queríamos su estorbosa compañía. Yo me había puesto una capa grande y dejado el cabello suelto para evitar que me reconocieran. Y no es que no me gustara saludar a mi gente, si no que aún hay molestos maestros fuego que no me siguen precisamente porque quieran, si no por deber. Restos de la dictadura de mi padre.

Katara se veía más feliz apenas llegamos al enorme mercado. No era un edificio, eran miles de tiendas desfilando en una sola calle, algunas improvisadas, con diversos objetos. Me recordaban vagamente los días que pasé de príncipe errante, mi tío era aficionado a lugares como éstos y era común pasar tardes enteras regateando con él.

Hacía meses que no lo veía. Estaba ocupado con su tienda, espero poder verlo pronto, quizá un viaje a Ba Sing Se…

Dejé esos pensamientos para concentrarme nuevamente. Katara estaba en un puesto, y en sus dos manos morenas sostenía un brazalete de playa que parecía trenzado con joyas incrustadas. La señora, canosa y de edad que atendía el puesto, le dirigía una mirada sonriente.

—Es la mejor plata del lugar.—le aseguró—Y al mejor precio, debo agregar.

Me puse a su lado, enderezando la espalda de modo en que pudiera verme más alto. No dejaría que nadie la estafara.

Pero Katara tenía más experiencia que yo en estas cosas. Después de toda, su vida entera pasó entre trueques y ventas a los mejores postores. Entonces la guerra y la pobreza hicieron que aprendiera de manera rápida que comprar y qué no.

—Gracias—le dijo con una sonrisa—Me parece buena la plata, pero no el precio.

La vendedora inmediatamente adoptó una pose altiva, rostro alto y brazos en las caderas. Empezaba la pelea…

—Lo siento, no puedo ofrecérselo más barato.

—Claro que puede—replicó—Diez monedas de oro.

—Oh claro que no. Ese brazalete vale quince monedas de oro.

—Lo valdría si las joyas fueran auténticas. No lo son. Así que solamente pagaré la plata, si quiere…

La mujer hizo una mueca, Katara le había ganado. Renuente, aceptó el trato y Katara se colocó sonriente el brazalete en su muñeca. Seguimos pasando por muchos puestos más, y ella siempre se detenía en donde vendían ropas y joyas. Me recordaba algo a Mai, porque ella también compraba esas cosas cuando la llevaba de compras. Pero, pensándolo bien, era algo diferente.

Es decir, Mai podía pasar por miles de tiendas y llevarse bastantes cosas, con una ligera sonrisa en su rostro. Pero Katara esbozaba tales sonrisas y reía tanto que me animaba. Vagamente me devolvió memorias de mi madre; ella, antes de que todos los problemas cayeran sobre el Palacio, solía ser realmente alegre en todos los sentidos.

Además de que esto era divertido. Katara parecía disfrutar haciéndome partícipe de sus comprar y, a cada elección que iba a hacer, me pedía mi opinión. Llegamos a una tienda de vestidos y me obligó a ver un total desfile de diferentes prendas modeladas por ella.

—¿Qué tal éste azul?.—me preguntó.

—Bien—contesté. No sé nada de moda, y Mai puede dar fe de eso—Te queda lindo.

Respingó.

—Has dicho eso de los últimos dos vestidos—colocó ambas manos sobre sus caderas, señal de que estaba molesta—Di algo diferente por favor.

—¡No se qué decir!.—admití.

—Bueno. Haber que tal este…

Agarró unas telas rojas y se metió nuevamente a los vestidores. Yo me tumbé en la silla de brazos cruzados pensando que, de toda la tarde, esto era lo más aburrido. Podía entender joyas y accesorios, pero nunca comprenderé esa emoción que tienen las mujeres por comprarse ropa.

—¿Y?

Cuando volteé para verla, me quedé paralizado. Yo recordaba a mi amiga maestra agua, fuerte y maternal, con dulce sonrisa en sus labios y ojos cálidos. Pero la mujer que estaba en frente de mí lucía completamente diferente. Katara llevaba puesto una blusa escotada que apenas le llegaba al obligo, dejando descubierto su plano abdomen y el nacimiento de sus pechos. Empezaba en sus caderas una falda roja mate con bordes dorados y con mucho vuelo, que le llegaba a penas hacia las rodillas y dejaba caer gráciles una serie de piedras brillantes. Sus piernas seguían desnudas hasta los tobillos donde empezaban las cintas de unos zapatos con ligero tazón. Ambos brazos demostraban hermosos brazaletes dorados. Su cabello, usualmente recogido en sus dos trenzas, estaba suelto y caía por su espalda, dos mechones solitarios enmarcaban su rostro y hacían que sus azules ojos resaltaron con una mirada pícara.

Lo único que desentonaba-y no lo hacía realmente-era su collar azul. Aquel que fue de su madre. Pero se le veía bien, porque acentuaba el brillo de sus propios ojos.

—¿Te gusta?—me preguntó, con su voz dulce.

Por alguna extraña razón al verla me pareció más hermosa que antes. Como si estuviera delante de mí una Katara que no conocía, más atrevida y coqueta. Regresé a la realidad cuando ella me hizo esa pregunta y me limité a asentir. Debió verme tan embobado, porque sonrío para sí misma y dijo:

—Me llevo éste.

La vendedora inmediatamente se fue hacia Katara. Ella regresó a los vestidores y salió con sus túnicas azules y trenzas, tal como siempre la veo, tendiéndole a la vendedora aquel vestido rojo. Lo pagó y nos fuimos de la tienda, viendo en otros escaparates.

La contemplé mientras observaba chalinas, sandalias, collares, brazaletes y más cosas que no me interesaban. Aún veía en mi mente a Katara llevando ese vestido y quería quitarme la imagen de mi cabeza lo más pronto posible ¡Esto no era sano!

Me encontraba tan distraído que me devolvió a la realidad unos ojos azules, viéndome fijamente. Ella me tendía en una de sus morenas manos una bolsita.

—¿Qué…?

—Es tuyo—dijo—Anda, ábrelo.

Así hice. Dentro estaba un brazalete guerrero, forjado de un acero brillante y nuevo que además, tenía unas cuantas piedras incrustadas allí y allá. Lo que más sobresaltaba era el símbolo de Agua-Control en el centro, enmarcado por una línea celeste.

—Katara, no puedo acepar esto…

—Quédatelo como recuerdo de este día.—me dijo sin más—Y como premio por ser tan buen acompañante.

Le sonreí.

Pronto nos encontramos sentados en un pequeño restaurante para comer. Empezaba a anochecer y debíamos volver al palacio. Peor, por alguna razón, Katara se encontraba más a gusto en estas calles que en la lujosa habitación que Mai le decoró unos meses atrás.

En el suelo, cerca de nuestra mesa, estaban desparramadas todas las bolsas del mandado que habíamos conseguido. Sus ojos ausentes hicieron que, por un momento, dejara de lado mi plato de arroz y hablara.

—Katara ¿Qué te ocurre?

Ella me miró.

—¿Eh? Ah. Nada en realidad.

—Katara.—insistí.

—Solo pensaba en Aang y… bueno. Espero que esté bien.

—Lo estará.

Volvimos al Palacio cansados pero relajados. Ella se despidió de mí apresurada y se encerró en su alcoba sin decir nada más. Yo me fui a mi propia habitación, golpeándome la cabeza para que esos azules ojos no me siguieran hasta la cama.

o-o-o-o-o-o

POV de Katara.

¡Katara despierta! ¿Qué te está pasando? Veía el vestido rojo en mis manos y temblaba, recordando el preciso momento en que me lo puse durante esta tarde. Recreaba en mi mente esa extraña sensación de satisfacción cuando noté a Zuko con sus ojos completamente puestos en mi cuerpo, analizando cada parte de mi anatomía con sus ojos mientras llevaba puesta esta prenda. En el fondo, muy en el fondo, lo compré únicamente porque a él le gustó.

Sacudí mi cabeza varias veces, pensando aún en esa sonrisa de alegría genuina que desfilaba en su rostro. Cuando reía, Zuko de verdad se veía lindo.

¡Bah! De verdad que me estaban pasando cosas extrañas. Me recosté en la cama, pensando en Aang. En sus ojos grises, en sus lindas sonrisas. E, inevitablemente, pensé también en ese par de ojos dorados. Eran tan diferentes uno del otro, y sin embargo, los dos hicieron que mi corazón se estremeciera.

Cerré los ojos y me acurruqué en la cama. No debía seguir pensando en estas cosas.


lo sé, es un capítulo muy corto pero crucial. Esta historia no pretende ser muy larga, acaso unos diez capítulos a lo mucho. No tengo realmente nada que decir, salvo gracias por leerme y tenerme paciencia.

Me despido esperando recibir sus lindos comentarios, tanto si les gustó como si no xD

chao!