Saori salió de la librería con la cabeza llena de pajaritos y sintiendo que caminaba sobre las nubes. Era la primera vez que la invitaban a salir.
Tatsumi, al verla llegar así, se preocupó.
-¿Todo bien, señorita? - le preguntó mientras abría la puerta de la limusina.
-Todo bien... ¡Todo más que bien! Shun... ¡Shhun!- respondió ella, distraídamente, y le sonrió.
Saori nunca le sonreía con tanta alegría, así que él pensó que algo estaba mal.
Dejó a la chica en la limusina y se devolvió a la librería para averiguar qué le había causado el estado tal de ensoñación a Saori. Y vio a Shun, con un tremendo magullón en la mejilla, que ordenaba el estante de libros que se había caído cuando el Dragón le lanzó el combo vengador.
No ayudaba en nada que todos los libros fueran de sexología.
Tatsumi no era para nada inocente, y muchos de esos libros formaban parte de su biblioteca personal. Por eso, cuando sumó Shun más Saori más sexología, temió de inmediato por la virginidad de la diosa virgen.
-Shun, debo hablar contigo – le indicó al chico, tomándolo del hombro.
Shun se desasió de Tatsumi, y lo miró con los ojos entrecerrados. Luego, se le ocurrió una buena idea, así que le sonrió.
-Cómo quiera, señor Tatsumi. ¿En qué puedo servirlo?
El tono respetuoso del chico hizo sentir muy bien a Tatsumi, que se dignó a mirarlo con un poco menos de altanería.
-La señorita Saori salió muy extraña de este lugar. Se supone que venía a hablar contigo. Explícame qué sucedió – exigió.
Shun lo quedó mirando un buen rato sin decir palabra, hasta que Tatsumi empezó a ponerse nervioso y sudar frío.
-Explicarte qué sucedió – murmuró Shun – Para eso debemos remontarnos varios años atrás, Tatsumi.
Algo en el tono de su voz inquietó más todavía a Tatsumi.
-Debemos recordar el momento en que cien pequeños se encontraban a merced de un lamebolas como tú. ¿No crees?
La contradicción entre las ofensivas palabras y la dulce sonrisa le resultaba extrañamente horrible.
-Por favor, asiento, señor Tatsumi. Te ves cansado – ofreció Shun, empujándolo en una silla que estaba cerca de los libros aún botados.
Tatsumi miró a todos lados buscando a alguien, pero el personal de la librería parecía haberse esfumado.
-¿Crees en el infierno, Tatsumi? - preguntó Shun, poniéndole las manos en los hombros – Yo sí, porque estuve ahí. No en los entrenamientos, ni en las batallas, sino en ese lugar que tú regentabas como tirano particular de todos nosotros.
-N...no sé de qué hablas – masculló Tatsumi, apartándose de él.
-¿Qué pasaría si yo fuera vengativo? - preguntó Shun, apretándole los hombros hasta hacerle doler - ¿Y si decidiera que ha llegado la hora de que pagues por lo que nos hiciste?
-Shun, yo... ¡Eran órdenes!
-¿Qué pasaría si te saco una a una todas las uñas? ¿Si te quito la piel de las piernas? ¿Y si destruyo tu alma? Todo eso no alcanzaría a pagar las torturas que infringiste a todos nosotros.
Tatsumi palideció de terror y empezó a temblar, tratando de escapar, pero Shun lo tenía fuertemente sujeto.
-¡Si me haces algo, le diré a la señorita Saori! - graznó, desesperado.
-Pobrecito... ¿qué pasaría si la señorita Saori supiera todo lo que pienso hacerte? - preguntó con voz acariciante, lo que hizo temblar más a Tatsumi - ¿Y si ella estuviera de acuerdo? Ella es una diosa, tú sabes que yo albergué un dios... Es fácil que nos pongamos de acuerdo. ¿Cómo quieres morir, Tatsumi? Échale una última mirada al mundo, que aquí se te acaba todo.
Tatsumi no respondió. Después de orinarse, cayó desmayado. Shun lo soltó con un poco de asco.
-Ahora tendré que limpiar – murmuró.
Luego de un rato de aseo, dejó a Tatsumi instalado en un sofá de la librería, encima de unos plásticos que le facilitó una vendedora. Sabía que se demoraría un buen rato en despertar.
Al salir, se encontró con Saori, la cual seguía esperando a Tatsumi, y ahora estaba acompañada por Hyoga, que conversaba con ella desde afuera de la limusina. Se veían alterados.
-¡Mira, ahí está Shun! ¡Hola, Shun! - dijo ella, con la voz singularmente aguda - ¿No viste a Tatsumi? Estaba en la librería.
Hyoga lo miró unos instantes y luego volvió la cabeza, molesto.
-Va a quedarse un rato por allá – le informó Shun, inquieto por la situación. No sabía qué cosas le habría contado Hyoga a Saori, ni qué le habría dicho ella a él.
-Bueno, pues... yo debo irme, no puedo esperarlo. ¿A las siete, entonces? - dijo ella, mirando de reojo a Hyoga, con aire desafiante.
-Sí, a las siete – repuso él, aliviado. Hyoga resopló.
Saori se pasó al asiento del conductor y se fue sin despedirse de Hyoga ni esperar que éste se apartara del vehículo. Casi lo atropelló.
Shun y Hyoga se quedaron frente a frente. El primero se empezó a poner nervioso, pues Hyoga lo miraba muy molesto. Hyoga casi nunca se molestaba con él.
-Este... yo me voy – dijo Shun, retirándose lo más rápido que podía sin correr.
-Alto ahí – ordenó Hyoga – tenemos que hablar.
Como su conciencia no estaba en paz, Shun hizo lo que le pedían y se quedó quieto, sin mirar a los ojos a Hyoga, lo que lo hacía ver más culpable.
-Primero haces toda esa comedia de la preferencias sexuales alternativas, asustas a tu propio hermano, y luego ¿invitas a Saori a salir? ¿Qué pretendes? ¿Qué pensará Seiya?
Shun iba a confesarle la verdad, pero de pronto tuvo una maravillosa inspiración.
-Soy solo un dios que quiere ser amado por una diosa. ¿Es eso mucho pedir? - dijo Shun, con voz suave.
Hyoga palideció.
-¿Qué?
-Tus ojos mortales no son capaces de ver más allá de lo evidente – dijo Shun, con una sonrisa maquiavélica - ¿Quién te crees que eres para hablarme así, caballero de Bronce? ¡Demuéstrale un poco de respeto a Hades!
Continuará...
Nota de la autora: Shun sabe cuál es el límite de Hyoga. Bastaría con decirle "hey, tu madre anda de zombie por ahí". Por eso no lo va a hacer, no es tan cruel! Pero sí es capaz de hacerlo pensar que Hades volvió a poseerlo.
A ver cómo se las arregla para escapar del problema en el que se va a meter. Yo aún no lo sé.
