II.

Por afecto

Eileen se siente impotente tantas veces al día, que ha dejado de contar. Una vez estuvo a punto de hacer las maletas, coger al niño y, sencillamente, desaparecer. Habría sido tan fácil como eso. Sin embargo, no pudo, no fue capaz. Ahora... ni tan siquiera se lo plantea. Puede que sea esmirriada, puede que sea fea, pero no es ninguna estúpida. Sabe que si existiera una forma de volver al pasado para enmendar errores, no habría aunado el valor suficiente para alterar en modo alguno las decisiones que tomó en su día. Sabe que lo peor de todo es... que no se arrepiente de nada.

Poco después de graduarse en Hogwarts, comenzó a trabajar de dependiente en una tienda de cosméticos del Callejón Diagon. La carta de recomendación de su profesor de pociones no le había valido para conseguir el puesto que hubiera deseado en el laboratorio, pero necesitaba el dinero ahora que había decidido emanciparse y confiaba en ganar algo de experiencia laboral que podría ayudarla en el futuro para aspirar a otros trabajos más satisfactorios. Todo lo era su carrera y su formación porque por entonces había desestimado la posibilidad de conocer a alguien. Un alguien que pensara que era la chica más bonita del mundo, le comprara flores y la sacara a cenar o a bailar. Alguien a quien no le importara besarla debajo del muérdago en Navidad o que no tuviera inconveniente en susurrarle tonterías al oído... No. Ya le había quedado muy claro que todo eso no le iba a pasar a ella: no daba la talla, no cumplía los requisitos estéticos indispensables. Así pues, trataba de no pensar en ello más de la cuenta y centrarse en su carrera profesional y sus objetivos a corto plazo, su día a día, sus amistades, su familia...

Los Prince vivían en las inmediaciones de El Caldero Chorreante y a ella le gustaba caminar por las mañanas para aclararse las ideas, así que iba andando hasta al trabajo todos los días. En uno de esas mañanas en las que Eileen se levantaba con el pie izquierdo y nada salía como debía, iba pensando en las musarañas por la calle y fue a cruzar la carretera sin haber mirado primero. Craso error. Afortunadamente, una mano le tomó el hombro y le hizo retroceder a tiempo, con lo que se libró de ser atropellada por un coche que pasaba a más velocidad de la recomendable. Fuera fruto de la casualidad o de alguna confabulación del destino, un muggle, con su traje de chaqueta a rayas y su maletín, le había salvado la vida. Se llamaba Tobias Snape y, con intención de que se recuperara del susto, la invitó amablemente a un café.

Aún hoy, Eileen recuerda a la perfección el momento en que lo observó con curiosidad desde el otro lado de la mesa. Mientra se llevaba la taza a la boca, le había tiempo a fijarse en la nariz ganchuda que confería carácter al rostro simétrico de su salvador. Era un hombre bien parecido. Y tendría veinticinco años, como mucho.

—¿Se encuentra usted mejor?

—Sí. Muchas gracias.

—De nada.

—En serio, no tenía por qué...

—Claro que sí. Toda escusa es buena para compartir una bebida caliente con una mujer atractiva —Eileen sonrió, adulada, aunque sin creerse de todo el cumplido—. Por cierto, ¿cómo ha dicho que se llama?

—No se lo he dicho.

—¿Me va a dejar con la intriga?

—Perdón. No. Me llamo Eileen. Eileen Prince.

—Un placer, señorita Prince. Le dejo aquí mi tarjeta con mi teléfono —depositó un pedazo fino de cartón manuscrito sobre la mesa— por si algún día necesitara los servicios de un abogado. Me temo que tengo que irme ya o mi jefe me matará...

Tobias, el primer hombre que había sido caballeroso con ella en toda su vida, la dejó con el «Encantada» en los labios y salió de la cafetería con una sonrisa en la boca y hoyuelos en la mejillas. La probabilidad de volver a verlo era de una entre un millón. Sin embargo, quiso la suerte que se lo encontrara no una, sino diez veces durante dos semanas enteras. Se cruzaban por las mañanas, de camino a sus respectivos trabajos y él se quitaba el sombrero y ella levantaba la mano en señal de reconocimiento. Se sonreían al pasar. El undécimo día, él la detuvo y se aclaró la garganta antes de hablar:

—Señorita Prince, últimamente, me parece que la veo muy a menudo.

—Sí, es verdad, qué curioso.

—No es que me queje —Ella no pudo evitar reírse—, pero empiezo a pensar que me está usted siguiendo...

—Oh, no, no, de verdad que no —intentó explicar ella, muy avergonzada de repente.

—Es broma —aclaró él, visiblemente divertido—. En fin, me sabe mal esto de cruzármela tanto y no saber nada de usted... ¿le gusta el teatro?

—¿El teatro?

—Sí. Tengo dos entradas para el teatro y... no sé a quién invitar. Mis amigos no pueden... ¿Le gustaría?

—Pues...

—¿Tiene algo que hacer el viernes a las nueve?

—Creo que no, pero...

—Fantástico. ¿Dónde paso a recogerla?

—Eh, eh, ah, eh...

—¿Le parece que quedemos aquí?

—Um...

—Estupendo. Nos vemos a las nueve menos cuarto junto a esta... esta farola.

Ni supo, ni pudo, ni —para qué engañarse— quiso decir que no. La primera cita fue bonita, como lo fueron la segunda, la tercera, la cuarta, la quinta y todas las demás. El noviazgo fue sencillo, bonito y efímero porque al cabo de un año y medio fijaron la fecha de la boda, a pesar todas las pegas del señor y la señora Prince que no veían el enlace con buenos ojos. Eileen hizo oídos sordos porque Tobias era el único que había manifestado interés por ella en toda su vida y ella, podía ser muchas cosas, pero no dejaba pasar las oportunidades que se le ponían por delante, ni aunque vistieran traje de chaqueta y corbata. No si esas oportunidades hacían que se sintiera tan feliz, tan preferida.

En realidad, el auténtico problema llegó cuando Tobias se quedó sin sus efectos personales, maletín incluido; al poco de quedarse ella embarazada, a él lo despidieron. Con el apoyo de Eileen, buscó empleo como abogado desesperadamente hasta que, cansado de que el único sueldo que llegara a casa fuera el de su mujer, aceptó un puesto de barrendero en Surrey poco después de nacer Severus. Ya para entonces se había germinado en Tobias la semilla del rencor y es que, si Eileen era una bruja... ¿por qué no lo había ayudado con su magia y lo había dejado sufrir? Herido en su orgullo, le prohibió terminantemente que siguiera haciendo carrera en la elaboración de pociones con la escusa que le brindaba la llegada de Severus a la casa en la calle de la Hilandera. Ella accedió, sumisa, pero como él seguía insatisfecho, no tardó mucho en darse a la bebida y entonces...

Eileen se lleva la mano a la mejilla y enseguida la retira porque le duele el moratón de ayer. Está cocinando aunque no tiene apetito. Severus tiene cuatro años y el pelo sucio. Está jugando a su vera con unas piedras que ha recogido en el patio, enfundado en un abrigo que le queda grande. Hace un frío espantoso porque no tienen para pagar la calefacción y Tobias no le deja emplear la magia...

Escucha un portazo. Pasos en el vestíbulo. Eileen tiembla e intenta remover la cacerola más rápido. Sin embargo, él llega antes de que ella termine y grita. Todo él huele a ginebra y su voz resuena entre las cuatro paredes reclamando la cena. Severus se encoje, aterrorizado. «No ha sido siempre así», quisiera decir Eileen, pero no le sale la voz porque ella también está asustada: ni siquiera le ha dado tiempo a poner la mesa... Tobias se impacienta y su voz trona en la diminuta cocina una vez más. Se acerca a ella, levanta el brazo y le pega una bofetada. Y otra. Ella llora, se cae al suelo. Él le da un puntapié.

La luz se paga y se enciende una y otra vez y Tobias mira al techo, sorprendido. Distingue la magia cuando la ve, pero Eileen no tiene su varita; él la rompió. Entonces... ¿qué? Sus ojos buscan al causante y, apoyado en la pared y encuentra a Severus. «Él también —piensa—. Él también se cree mejor que yo». Tobias se encoleriza y va a por él, tambaleándose, al tiempo que se quita el cinturón con torpeza. Va a darle un escarmiento. Eileen chilla, ruega y suplica, pero no se mueve, no se interpone, no corre a salvar a su niño de la hebilla del cinturón porque sabe que no le valdrá de nada. No es la primera vez y no será la última... La bruja cierra los ojos y se dice así misma que pasará pronto. Sin embargo, también tiene que taparse los oídos cuando Severus aúlla de dolor.

Han pasado dos horas y Eileen intenta besar a Sev en la frente antes de acostarlo, pero él no quiere y se esconde debajo de las sábanas amarillentas para evitarlo. Ha conseguido lavar la sangre y curarle las heridas con agua oxigenada, pero él no va a dejar que ella le toque más de lo necesario. Está enfadado.

Eileen sale de la habitación y sube a su dormitorio donde le espera Tobias, con la cabeza oculta entre las manos, sollozante, arrepentido. Eileen se sienta junto a él, escucha sus «perdón» y sus «te quiero», como cada noche y como cada noche, decide creerle. Le abraza, le dice que todo va a salir bien, que no pasa nada. Él cierra los ojos y descansa entre sus brazos y ella le besa en la cabeza. Después, él busca sus labios y los botones de su camisa y ella se deja hacer porque es lo único que da sentido a someterse a la tortura.

Recibir golpes es la manera que Eileen tiene de amar, se redime por no ser suficiente para él y busca con ello las caricias y el perdón al final del día.

Eileen no es estúpida. Nadie más podría quererla ni de esa, ni de ninguna otra manera.