III.
Por egoísmo
Noto que los días se suceden casi con violencia. Veo la luz cambiar de pronto; los colores se escinden; las imágenes se transforman y solo yo permanezco inmutable, minúscula, de pie en medio del vacío que lo es todo y no es nada. ¡No puedo respirar! Protesto, grito, lloro, exploto. Y cuando pasa todo, aún me cuesta abrir los ojos entre los cálidos brazos de mi hermano.
—Estás bien, todo está bien, preciosa, todo está bien —repetía insistentemente Aberforth sin deshacer su abrazo.
Albus suspiró, aburrido. El ataque no había sido muy fuerte esta vez y Ab había sabido controlarlo, así que no había ido a más; solo queda una mancha negra en el techo de la que podrían librarse con una sencilla floritura de la varita. «Hecho», pensó mientras daba la espalda a sus hermanos pequeños con una mueca de hastío en la boca, pero sonrió al recordar que había quedado con Gellert. Lo necesitaba. Necesitaba escapar de aquella casa cuanto antes.
—Siempre se desentiende —susurró Aberforth con el ceño fruncido, sin poder disimular la rabia.
Rabia. Rencor. Resentimiento.
Ariana se contrajo y Ab se mordió un labio, preocupado y se olvidó de Albus por el momento. En vez de eso, sonrió a su hermana y, apartándose un poco para mirarla de frente, le propone:
—Vamos a dar de comer a Goatty, ¿quieres? Le gusta mucho que le acaricies la cabeza.
Ariana se relajó un poco y él pudo darle la mano. La mano de Ariana estaba fría porque había dejado salir demasiada magia fuera de sí, pero era primavera y la temperatura ambiente era perfecta para dar un paso bajo el sol. Seguro que eso la animaría después de dar de comer a las cabras.
—Goaty —balbuceó Ariana y él supo interpretarla perfectamente, como si hubiera escuchado la frase que ella habría dicho de haber podido.
Los dos echan a andar y se dirigen al establo que colindaba con la casa de los Dumbledore. A Aberforth lo embargó una extraña sensación de dicha, de plenitud, como siempre que compartía ratos a solas con Ariana, que, desde la llegada del rubiales idiota a casa de la vecina, se habían triplicado. Ya no tenía que soportar tanto al imbécil de Albus con cara de vinagre cada vez que cuidaba de Ariana, por lo menos... Inmerso en sus pensamientos, no se percató de que Ariana miraba hacia atrás y que a sus ojos asomaba una tristeza infinita.
Me gusta mucho que Aberforth me trence el pelo por las mañanas, que me acaricie y me hable con cariño, pero echo de menos a mi madre. A lo mejor ya no me quiere. A lo mejor se ha cansado de cuidarme y, por eso, no regresa de su viaje al cielo. También Albus está cansándose de mí, como mamá. Me doy cuenta. Cada vez viene menos conmigo. ¿Y si Aberforth deja de quererme también? ¿Y si me quedo sola? Completamente sola...
—¿Por qué llora Ariana? —preguntó Albus, con el ceño fruncido y el cuerpo, de pronto, en tensión. Acababa de entrar por la puerta acompañado de su amigo Gellert, que miraba a la niña con extrañeza.
—No lo sé —contestó Aberforth, angustiado, acariciando la mano de su hermana en un sofá—. Lleva así horas. Llorando en silencio. Está triste. No sé por qué. No sé qué hacer.
Albus bufó. Maldición. Él era el mayor. Él era el responsable, el que se suponía que tiene que hacerse cargo de su hermana en realidad, pero no entendía qué le pasa a Ariana, ni la entendía a ella ni a Aberforth y tenía otras muchas cosas importantes en las que pensar. Como las Reliquias por ejemplo. O Gellert. ¿No podían tener ni un momento para ellos en los que la enfermedad de Ariana no se inmiscuyera?
—He decidido ir con Gellert en busca de las reliquias, Aberforth.
—¡¿Estás mal de la cabeza?!
—Desgastas tu inteligencia con este mentecato botarate, Albus —desdeñó Gellert.
—¿A ti quién te ha dado vela en este entierro, imbécil? —replicó Aberforth.
Gellert sacó su varita y Ariana se estrujó contra la pared.
Miedo. No es el de ellos; sino el mío, pero ahora es todo lo que siento. Miedo. Ellos siguen hablando y se gritan y siento cómo, poco a poco, todo se llena de magia. El ambiente se carga y me pongo muy, muy nerviosa. Sus peleas. Las voces, la magia. Quiero que acabe. Quiero que acabe. Quiero que acabe. Miro a Aberforth: «por favor, que pare». Y hay una luz verde y un grito de terror...
