El ambiente en el comedor estaba algo cargado aquel día. Los tributos se miraban nerviosos los unos a los otros y si hablaban entre ellos lo hacían en susurros o sin mirarse a los ojos. Era lógico. Ya llevaban tres días en el centro de entrenamiento preparándose para los Juegos y la tensión entre ellos era palpable. Durante las comidas solía haber dos grupos de tributos: los que tenían alianzas y los que no. Los tributos aliados, como los profesionales y la pareja del 12, se sentaban juntos y charlaban y reían durante toda la comida, como si intentaran hacer ver a los demás que estaban unidos y que tenían más posibilidades de sobrevivir. Los tributos que no tenían alianza andaban cada día de mesa en mesa intentando entablar conversación con alguien cuya amistad les pudiera ser de alguna utilidad en los Juegos. Y ella... Bueno, ella se sentaba sola, lo más alejada posible de los profesionales y la pareja del 12 pero sin apartarse mucho de los demás. No buscaba alianzas ni amistad ni nada parecido pero sí que echaba de menos el hablar con otras personas. Desde que había llegado al Capitolio apenas había intercambiado unas palabras con el chico de su distrito (al que por suerte no conocía) de modo que no conocía a nadie con quien charlar un rato. Ni falta que te hace, susurró una voz en su cabeza, Dentro de unos días estarás intentando que veintitrés personas no te maten, lo último que necesitas es tener amigos asesinos. La pelirroja arrancó un pedazo de pan y lo mojó en aquella sustancia llamada salsa que acompañaba a su filete. La amistad en los Juegos del Hambre podía ser tan letal como un cuchillo porque en algún momento debía terminar, de una forma o de otra. Sólo podía haber un ganador. Se llevó el trozo de pan a la boca y lo masticó despacio mirando al resto de tributos que había en el comedor. Su mirada se encontró con el tributo del 11 al otro lado de la sala. Al igual que ella, él pertenecía al reducido grupo de personas que preferían no arriesgarse a entablar amistad antes de los Juegos. Él sí sería una buena alianza en los Juegos. Era alto, fuerte y más listo de lo que ella había pensado. Todos los días iban tributos a su mesa con la esperanza de trabar amistad con él pero nadie lo conseguía. Ni siquiera se había juntado con su compañera de distrito, la niñita adorable de doce años. Es lógico, pensó mojando distraídamente otro pedazo de pan, debe ser duro enfrentarse a los Juegos sabiendo que tarde o temprano debes matarla. Aún así, había algo de cariño en los ojos de aquel chico cuando la niña estaba cerca. Es atento, pensó llevándose el trozo de pan a la boca, se preocupa por ella. Pero no dejaba que nadie lo viera. Nadie salvo ella, claro. ¿Debería acercarme? Se había prometido a sí misma no entablar amistad antes de los Juegos pero el tributo del 11 despertaba su curiosidad. En ese momento el chico levantó la vista de su plato y sus miradas se encontraron. Es demasiado intimidante, pensó la pelirroja desviando la mirada y notando cómo sus mejillas se encendían.

...

Es una chica lista, pensó Thresh evaluando a la pelirroja sentada al otro lado de la sala, Algo solitaria, pero lista. La había visto varias veces durante los entrenamientos, siempre en los puestos de supervivencia y trampas, lejos de las armas, y siempre sola. Porque es lista, se repitió llevándose un trozo de su filete a la boca. Al igual que él, la pelirroja era de las pocas personas que habían optado por no hacer amigos antes de los Juegos y algo le decía que no la pasara tan fácilmente por alto. Seguro que acaba matándonos a todos o algo parecido. Aunque ha decir verdad no le importaría que la pelirroja ganase. Le caía bien. No, se dijo con dureza, debe ganar Rue. Ella era la que más lo merecía. Su Rue... Había procurado mantenerse lo más alejado de ella desde que llegaron al Capitolio, no quería ni podía encariñarse con ella más de lo que estaba. Debo protegerla, se dijo, pero debo hacerlo desde la distancia. Sería...¿cómo lo llamaban los capitolianos? Un guardaespaldas. Sería el guardaespaldas de Rue. Sus pensamientos se vieron interrumpidos con la llegada de los profesionales. Era fácil saber cuándo entraban los profesionales en el comedor, nadie más podía hacer tanto ruido. Thresh se removió molesto en su silla y se concentró en su filete. Los profesionales no le caían bien. Eran los perros falderos del Capitolio y los niños mimados de los Juegos. Y todo lo que tenía que ver con los Juegos le desagradaba. Los profesionales avanzaron por la sala como si fueran los dueños del lugar y se pararon frente a su mesa. Genial, pensó Thresh masticando su filete, Lo que me faltaba.

- Hola, ¿eres el tributo del 11, verdad?- uno de los profesionales, rubio y grande como un toro, se sentó frente a él extendiendo una mano- Me parece que no nos hemos presentado. Soy Cato.

- Thresh- masculló intentando no vomitar por la sonrisa que le dedicaba el tal Cato.

- Thresh- repitió el chico rubio apartando la mano- Bueno, Thresh, pareces una persona a la que no le gusta perder el tiempo así que no me andaré con rodeos: ¿te gustaría unirte a nosotros en los Juegos?- Thresh levantó la vista de su plato y miró Cato de arriba abajo. ¿Hablaba en serio? ¿Él? ¿Con ellos? Su mirada pasó de Cato al resto de tributos que componían en grupo. Había una chica alta (la del distrito 4, la recordaba de los reportajes de la Cosecha), un chico rubio con pinta de no haber pasado hambre en su vida, la chica morena que no dudaba en mostrar su dominio de los cuchillos durante los entrenamientos y una chica rubia de ojos verdes que no dudó en guiñarle un ojo cuando cruzaron la mirada.

- No me interesa- contestó volviendo a atacar su filete. Cato pareció tardar en digerir la respuesta.

- ¿Que no te interesa?- Cato sonrió como si Thresh hubiese hecho una especie de broma- ¿Cómo que no te interesa? ¿Por qué?

- Mira Cato, como has dicho, no soy una persona a la que le guste perder el tiempo- agarró su cuchillo y señaló ampliamente al grupo- No quiero aliarme con vosotros. No me interesa- había visto actuar a tributos profesionales en otro Juegos. Iban en manada cazando uno a uno a todos los tributos débiles hasta acabar siendo los únicos participantes- Yo no mato por gusto y menos a niños.

- Ya veo- Cato se levantó de la silla haciendo un gran esfuerzo por controlar su ira- Veremos si opinas lo mismo cuando tengas que matar a tu compañera- Thresh siguió con la mirada al grupo hasta verles marcharse del comedor. En eso tenía razón. Suspiró y volvió la vista al frente. Su mirada volvió a encontrarse con la de la pelirroja, solo que esta vez ella no miró hacia otro lado. Es observadora, se dijo, No debo perderla de vista.