Puedes hacerlo, se repitió mientras la plataforma circular la llevaba hacia arriba, Puedes hacerlo, puedes hacerlo, puedes hacerlo. Quizás si se lo repetía varias veces conseguía creérselo, o al menos engañarse a sí misma. Estaba aterrada. En unos segundos tendría que enfrentarse a sus 23 compañeros hasta que sólo quedara uno. Puedes hacerlo, se repitió con fuerza, Eres lista, ¿no? Eso era cierto. Quizás no tuviera la capacidad física del tributo del 1 pero tenía inteligencia y eso la serviría para sobrevivir. O eso esperaba. La luz del sol le dio en los ojos cuando salió a la superficie y tuvo que parpadear varias veces para acostumbrarse. ¿Qué ves?, preguntó una voz en su cabeza con urgencia. Qué veía... Veía un lago, a unos pocos pasos de donde se encontraba. Veía una llanura frente a ella y más allá veía una extensión de terreno inmensa, quizás un desierto. A los lados veía árboles, probablemente pertenecientes a un bosque situado tras ella. Y en medio de todo aquello veía un cuerno. Un cuerno dorado repleto de armas y objetos de todo tipo. La Cornucopia. Encima de ella había una especie de reloj marcando una cuenta atrás de un minuto al ritmo de unos tambores. Un minuto, bien. Echó un rápido vistazo a la Cornucopia valorando su posición. No estaba frente a la boca de aquel cuerno dorado pero sí se encontraba cerca de ésta. Aún así dudaba ser capaz de llegar a ella antes de que la alcanzaran sus compañeros, de modo que se centró en los objetos repartidos a su alrededor. La mayoría eran mochilas y comida y las únicas armas útiles que encontró fueron una onda y un cuchillo cerca de ella. No había forma de averiguar qué había en las mochilas pero quizás fueran su única oportunidad de coger algo. Asintió satisfecha con su análisis y volvió la vista al reloj. Aún la quedaban 30 segundos de modo que se dedicó a adivinar qué haría el resto de tributos. Estaba claro que los tributos profesionales irían a por las armas del centro de la Cornucopia, probablemente matando a aquellos que se interpusiesen en su camino. El chico del 12 tenía la vista puesta en la chica de su distrito pero algo la decía que no tenía intención de enzarzarse en ninguna pelea. La chica en llamas parecía indecisa, como si se debatiera entre huir al bosque o coger el arco que había en la Cornucopia. La niña de 12 años parecía dispuesta a correr hacia los árboles, a pesar de tener que atravesar toda el campo de batalla. El resto de sus compañeros moriría pronto, de eso estaba segura. Y el chico del 11... Frunció los labios mirándole fijamente. ¿Qué haría el chico del 11? Era fuerte, así que no tendría problemas en llegar a las armas más mortíferas, pero no era como los profesionales. ¿Y entonces qué tenía pensado hacer? Se obligó a sacar ese pensamiento de su cabeza. No, no podía pensar en eso ahora; tenía apenas 15 segundos para pensar qué hacer. Estaba claro que cogería la mochila más grande que estuviese cerca de ella y hasta quizás algún cuchillo suelto pero, ¿y después? Había dos caminos posibles: el bosque y la llanura. El bosque suponía una mayor variedad de recursos para sobrevivir pero la mayoría de tributos optaría por esa opción. Sin embargo, dudaba mucho que alguien se internase en la llanura de modo que allí estaría segura, a pesar de ser un terreno sin recursos. Bosque o llanura. Bosque o llanura. Aquellas opciones resonaban en su cabeza al ritmo de los tambores que marcaban los segundos que faltaban. Bosque. Pum. Llanura. Pum. Bosque. Pum. Llanura. Pum. Bosque. Pum.

...

Hacia la llanura, fue lo único que pudo pensar Thresh antes de que el contador de la Cornucopia llegara a cero. Acto seguido echó a correr sin pensárselo dos veces hacia la boca de la Cornucopia. No tardó mucho en hacerse con una maza de hierro pero para entonces había un montón de tributos a su alrededor. Apretando los dientes, fue abriéndose paso entre la multitud a golpe de mazazo, notando cómo la maza aplastaba huesos y extremidades a su paso. Cada vez se arrepentía más de haber ido hacia la Cornucopia, aquello comenzaba a convertirse en una carnicería. Por todas partes había tributos luchando unos contra otros, tributos corriendo y tributos muriendo. Y él podría ser el siguiente. Cato se dirigía hacia él blandiendo una espada pero, en lugar de huír, Thresh asió con fuerza la maza y se encaró a él. Después del encuentro en la cafetería, no le importaba partirle la mandíbula. Paró la primera estocada de Cato con la maza y se las arregló para propinarle una patada en el estómago pero eso no intimidó al chico del 1. Empezaron a moverse en círculos, sin perderse de vista el uno al otro y sin dejar de atacar. Voy a matarle, se decía Thresh en cada golpe, Pienso matar a Cato. Toda duda que podía haber tenido se había desvanecido al verle. Odiaba a ese chico desde que se encontraron en la cafetería y no le importaba partirle las costillas. Agarró su maza con las dos manos y le asestó un golpe en la mejilla haciéndole caer. Estaba a punto de rematarle cuando sintió un dolor punzante en la pierna. Bajó la vista y se sorprendió al ver la pernera de su pantalón manchada de sangre. Por lo visto Cato había logrado alcanzarle con la espada. Reprimió un grito de dolor, miró a Cato semi inconsciente en el suelo y luego a su alrededor. Apenas quedaban tributos y los profesionales se dirigían hacia él para socorrer a Cato. Huye, dijo una voz en su cabeza, Si te quedas, morirás. ¿Qué más da matarle más tarde? Apretó los dientes y, tras asestarle a Cato una última patada con la pierna buena, echó a correr cojeando hacia la llanura. Cada paso que daba era un suplicio pero no se detuvo; debía dejar atrás la Cornucopia cuanto antes. Estuvo corriendo un buen rato hasta que se vio rodeado de altas plantas que le llegaban hasta el pecho. Las reconoció en seguida, era el tipo de plantas que recolectaban en su distrito los días de cosecha. Mi territorio, pensó frenando el paso. Aquello parecía estar desierto y el único sonido que se escuchaba era el de su respiración. Decidió que era la hora de descansar y de echar un vistazo a su herida, de modo que dejó su maza en el suelo y se sentó en una roca cercana. Se subió la pernera del pantalón hasta más arriba de la rodilla e hizo una mueca de dolor. Tenía un corte justo encima de la rodilla que le atravesaba todo el muslo. No era muy profundo pero sí sangraba peligrosamente. Aspiró entre dientes y se tapó la herida con ambas manos; debía impedir que la sangre siguiera saliendo o acabaría perdiendo la pierna. Se arrancó un trozo de la camisa e intentó atarse un torniquete por encima de la rodilla.

- Yo que tú no haría eso- dijo una voz proveniente de entre las plantas. Thresh alzó la cabeza y miró a su alrededor. Seguía estando sólo pero juraría haber oído aquella voz a pocos metros de él. ¿Se la habría imaginado?

- ¿Quién está ahí?- preguntó agachándose para recoger su maza.

- Tranquilo, no voy a hacerte daño- la voz provenía de las plantas que había frente a él. De entre ellas salió una chica, la chica pelirroja que había visto en la cafetería. Parecía desarmada y no llevaba nada a excepción de una gran mochila a su espalda.

- ¿Qué quieres?- preguntó con desconfianza sin soltar la maza.

- Ayudarte- la pelirroja avanzó unos pasos hasta arrodillarse frente a él- Perderás la pierna si no tratas bien la herida.

- ¿Y por qué ibas a ayudarme?- la chica pelirroja enrojeció y se encogió de hombros mientras sacaba cosas de su mochila. Sacó una botella de agua de dos litros llena, vendas, una pequeña navaja, un paño y aún quedaban cosas en su mochila. Se ha llevado un buen botín, pensó Thresh reparando en que él sólo tenía su maza para sobrevivir. La chica echó algo de agua en el paño y empezó a limpiar la herida con cuidado. Acto seguido e ignorando las quejas de Thresh, cogió una de las vendas y cubrió poco a poco la herida, atando los extremos de la venda con fuerza cuando terminó.

- Ya está- suspiró y volvió a guardar las cosas en su mochila- Tendrás que cambiarla dos veces al día hasta que se te cure del todo. Y si empeora...- hizo una pausa y alzó la vista- Supongo que tendrás que confiar en tus patrocinadores- dicho esto se levantó, se echó la mochila al hombro e hizo además de marcharse por donde había venido.

- Espera- Thresh examinó su herida recién curada y se bajó con cuidado la pernera del pantalón- ¿Podrás repetirlo la próxima vez? Ten en cuenta que esto es muy grande y tendremos que andar mucho- la chica se volvió hacia él y le miró con desconfianza.

- ¿Quieres...quieres que nos aliemos?

- No, creo que no lo has entendido- no debo perderla de vista, pensó incorporándose con ayuda de la maza- Me acompañarás hasta que la herida se me cure. Y si empeoro, te mataré.