Había pasado una semana desde que los participantes de los 74º Juegos del Hambre comenzaran su lucha por la supervivencia, pero el tiempo no parecía pasar para los dos únicos tributos que poblaban la llanura de la Arena. Nada había pasado allí desde que la chica del distrito cinco se viera obligada a matar a su compañero de distrito. Thresh y la Comadreja habían cazado, recolectado plantas y leído el libro de la chica pelirroja tantas veces que eran capaces de recitar párrafos enteros de memoria. Cada día era una tranquila rutina que habían aprendido a sobrellevar con mejor o peor humor. Pero la tranquilidad no dura eternamente.
- Ya no puedo más- dijo la pelirroja cuando Thresh le ofreció su ración de comida compuesta por raíces y plantas comestibles- Si vuelvo a comer algo que proceda de la tierra, vomitaré.
- Es difícil que vomites cuando no tienes nada en el estómago- repuso Thresh llevandose a la boca una baya- Además, esto es lo único que hay- anteriormente había ratones campestres pero el Capitolio parecía haberles eliminado su particular suministro de carne.
- Te equivocas, hay más comida. Sólo hay que encontrarla- la chica se inclinó hacia delante y miró a Thresh fijamente- Y yo sé dónde encontrarla.
- Ya- Thresh se inclinó a su vez hacia delante y sonrió- Yo también sé donde encontrarla, Pelirroja, en el bosque. Pero resulta que el bosque está a más de dos días de aquí- dicho esto se recostó contra la roca en la que estaba sentado y volvió a concentrarse en su comida.
- No, hay otro lugar. Y está a un día de viaje- Thresh alzó la vista con curiosidad- La Cornucopia.
- Ni hablar- el rostro de Thresh se ensombreció- No vamos a ir allí- durante los juegos, los profesionales solían asentar en la Cornucopia su campamento. Allí tenían comida, bebida y armas y se aseguraban de que ningún otro tributo llegara vivo a coger cualquiera de esas cosas.
- No tienes que ir si no quieres. Iré yo.
- ¿Y dejar que te enfrentes sola a tres profesionales y quién sabe cuántos tributos?- Thresh hizo una mueca y se terminó lo que quedaba de comida- Ni hablar.
- Pues vayamos los dos- la pelirroja estaba decidida a salirse con la suya- Tarde o temprano tendrán que dejar la Cornucopia, aprovecharemos entonces para coger algo de comer. Y si tenemos que luchar...- la chica desvió un momento la vista hacia la maza plateada antes de continuar- Tú eres fuerte.
- He dicho que no. Esta zona es segura, no merece la pena arriesgarse.
- ¿Y qué me dices de Rue?- la chica calló unos segundos antes de continuar- Quizás aún siga en el bosque, podríamos encontrarla y...
- No metas a Rue en esto- Thresh se tensó- He dicho que no iremos y no iremos, fin de la discusión- ambos permanecieron en silencio hasta que la chica suspiró.
- Esta bien- dijo mirando fijamente a Thresh- No iremos.
...
La tarde caía en la Arena de los Juegos. La Comadreja corría lo más rápido que podía por entre las plantas que componían la llanura, mirando constantemente atrás y esperando llegar lo antes posible al bosque. Has hecho lo correcto, se decía a cada paso. No podía quedarse de brazos cruzados sin hacer nada cuando había una fuente de alimento y, por tanto, de supervivencia tan cerca de ella. Por eso, cuando Thresh se había quedado dormido después de la comida, había cogido su mochila y abandonado la seguridad de su campamento para ir a la Cornucopia. Y no se arrepentía. Después de horas sin dejar de correr, vislumbró el final de la llanura y cambió la dirección de su carrera para encaminarse hacia el bosque. Paró junto al primer árbol que encontró, se tomó unos minutos para recuperar el aliento y, camuflada por la vegetacion, observó el terreno que se abría ante ella. El chico del distrito uno estaba sentado a los pies de la Cornucopia afilando la punta de su lanza mientras el chico del dos charlaba con su compañera de distrito y el chico del distrito tres paseaba alejado de ellos. ¿El chico del distrito tres? La pelirroja se quedó mirándole frunciendo el ceño. ¿Qué hacía el chico del tres con los profesionales? ¿Para qué le necesitaban? Su mente comenzó a trabajar a toda velocidad. Los habitantes del distrito tres eran expertos en asuntos tecnológicos pero no veía cómo eso podía servirles. Entonces reparó en los montículos que había alrededor de las plataformas que llevaban a los tributos al estadio y dejó escapar un silbido de sorpresa. Pues claro, para eso le necesitaban. Había desenterrado las minas del terreno, las había activado de nuevo y las había enterrado alrededor de la Cornucopia. Lo que había ante ella era un campo minado. Genial, pensó con amargura, ¿Y ahora qué piensas hacer? Podría llegar a la boca de la Cornucopia evitando las minas pero para eso necesitaba saber a ciencia cierta dónde estaba cada una. Y para eso necesitaba acercarse. Negó varias veces con la cabeza mirando al grupo de tributos. No, lo que necesitaba era una distracción. Como si alguien hubiera escuchado sus plegarias, un enorme humo negro surgió del bosque y se elevó por el cielo. La chica se quedó boquiabierta mirándolo ascender y viendo cómo los tributos se gritaban entre sí mientras cogían las armas y corrían hacia él, dejando el campamento sin vigilancia. Quizás la suerte sí estaba de su parte en aquella ocasión. Salió de su escondite andando con cautela, mirando a su alrededor y comprobando que no había nadie cerca. Vía libre, pensó. Echó a correr hacia la Cornucopia procurando no hacer ruido y se paró a unos metros de los suministros. A esa distancia era fácil saber dónde se encontraban las minas y dónde no. Muy despacio, apoyó un pie sobre un espacio del terreno entre dos montículos y esperó. Nada. Apoyó el otro pie en el siguiente punto pero esta vez no esperó, sino que siguió avanzando sin detenerse, saltando primero sobre un pie y luego sobre otro. Si te concentras, es fácil, pensó arriesgándose a dar unos cuantos pasos, Sólo tienes que fijarte bien. A medio camino de la Cornucopia, se vio rodeada de minas tanto delante como a los lados, de modo que tomó impulsó y saltó lo más lejos que pudo, cayendo en una zona segura de puntillas. Cuando fue a apoyar de nuevo los talones en el suelo sintió que algo no iba bien. En el salto había tomado demasiado impulso y todo su cuerpo caía hacia delante. Voy a morir. Un grito escapó de su garganta cuando sus manos tocaron el suelo. Después...nada. Permaneció unos segundos tumbada en el suelo, sin atreverse a moverse y con el corazón desbocado. Levanta, se ordenó, No has volado por los aires, levántate y sigue avanzando. Y por lo que más quieras, no grites. Se puso en pie rápidamente y siguió su camino, procurando ir con más cuidado, hasta llegar a la Cornucopia. Comenzó a dar vueltas a su alrededor sin decidirse. Allí había de todo, desde medicinas hasta cajas llenas de comida y sacos de arpillera donde podría haber cualquier cosa. Se descolgó la mochila del hombro y empezó a llenarla con galletas saladas, manzanas y todo lo que encontraba a mano. Procuraba coger la menor cantidad posible, de manera que si los otros tributos volvían no sospecharan que alguien había estado allí. Se llevó a la boca un pedazo de queso, cerró la mochila, se la echó al hombro y repitió el mismo proceso que había usado para llegar a los suministros. Verás la cara que pone Thresh cuando vea toda esta comida, pensaba mientras saltaba de un pie a otro, Tendrá que darme la razón. Al llegar a la zona no minada comenzó a correr de nuevo hacia la llanura, notando cómo la mochila golpeaba su espalda a cada paso. No se dio cuenta de que la chica del distrito doce la observaba entre los árboles.
...
¿Dónde se habrá metido? pensaba Thresh mientras caminaba por entre las plantas con la maza echada al hombro. Era casi noche cerrada y la pelirroja seguía sin dar señales de vida, aunque algo le decía que había ido a la Cornucopia. Es tan cabezota... Su primer pensamiento al despertar y encontrarse solo en el campamento fue ir tras ella inmediatamente pero lo que de verdad le hizo salir en su busca fue la explosión que resonó en la Arena proveniente de algún punto en la lejanía. Está bien, pensaba mientras apretaba con fuerza el libro que les habían enviado, Es lista, habrá buscado algún refugio. O a lo mejor estaba muerta... No, no podía dejarse llevar por el pesimismo; no como había hecho con Rue. A ella tampoco la has encontrado, dijo una voz en su cabeza, Es a ella a la que deberías estar buscando. Pero era más probable que Rue estuviera subida a un árbol que rodeada de plantas. Aún así, Thresh apretó el paso. Las sombras iban alargándose a medida que se iba haciendo de noche y las plantas comenzaron a dar paso a los árboles a su alrededor pero aún así las chicas seguían sin aparecer. Thresh se obligó a parar al llegar a un claro del bosque. Ya era noche cerrada y apenas veía las cosas que había frente a él. Además tenía hambre. Dejó el libro sobre un tronco caído, cogió dos piedras del suelo y encendió un fuego, lo suficientemente pequeño como para que no se viera en unos metros a la redonda pero capaz de cocinar algo. El fuego atrajo a un conejo hacia el claro, Thresh lo atrapó le retorció el cuello y comenzó a prepararlo distraídamente. Ensartó uno de los pedazos de carne en un palo, se sentó sobre el tronco frente al fuego y comenzó a cocinarlo. Al menos cenaría algo caliente. El himno nacional interrumpió la quietud que reinaba en el claro. Thresh alzó la vista hacia el cielo a tiempo de ver el símbolo de Panem desaparecer. De repente todos sus miedos reaparecieron. ¿Y si la pelirroja había muerto? ¿Y si había recorrido toda esa distancia para nada? ¿Y Rue? ¿Estaría muerta? ¿Habría tardado demasiado en ir a buscarla? Se puso en tensión. La cara del chico del distrito tres apareció unos segundos en el cielo, seguida de la imagen del chico del distrito diez y de nuevo el símbolo del Capitolio. Thresh suspiró y se llevó un pedazo de conejo a la boca. Ya está, sólo dos. Las chicas estaban bien. Al día siguiente iría a buscarlas. ¿Y después? Quién sabía. Se terminó lo que le quedaba del conejo, se aseguró de apagar bien el fuego y se tumbó sobre el tronco, usando el libro de la pelirroja como almohada. ¿Dónde estáis, chicas?, pensó justo antes de quedarse dormido.
