¿Dónde estás, Thresh?, pensaba la Comadreja mientras caminaba por entre las plantas. El sol comenzaba a salir en el estadio pero su particular compañero de alianza seguía sin aparecer. Había llegado a su campamento en medio de la noche y lo había encontrado desierto. Aún quedaban restos de lo que fue una hoguera y algunas bayas por el suelo pero estaba claro: Thresh se había ido; bien por su propia voluntad, bien obligado por algo o alguien. Sólo ha pasado medio día, se dijo, No seas tonta, ya aparecerá. De todas formas, ¿para qué quieres encontrarle? Para darle las gracias por no haberla matado, para comprobar que estaba bien; no lo sabía. Además, estaba inquieta. A pesar de que el cielo había dejado claro que el tributo del distrito once se encontraba con vida, sentía que las cosas no iban bien. Algo estaba a punto de pasar y su intuición le decía que no sería nada bueno. Eso que sientes se llama estrés, dijo una voz en su cabeza, llevas días aquí, es normal que estés inquieta. Pero no, tenía que ser algo más. Si no, ¿qué había sido aquella explosión que escuchó al abandonar la Cornucopia? Alguien ha debido activar una mina, se repitió sin mucha convicción, alguno de los chicos que murió ayer. ¿Qué otra explicación había? Eso era lo más razonable... A no ser que fuera algo preparado por los vigilantes. ¿Pero qué conseguirían con eso? ¿Reunirles a todos? ¿Herir a alguien para convertirle en una presa fácil? ¿Acaso Thresh había estado cerca de la explosión y estaba herido? Me va a estallar la cabeza, pensó la pelirroja dejando de caminar y apoyando las manos en las rodillas. Debía dejar de preocuparse tanto por los demás y empezar a preocuparse por sí misma, si no acabaría volviendose loca. Volvió a ponerse derecha y miró a su alrededor. No se había dado cuenta de que había dejado atrás la llanura. Se encontraba en un claro amplio y desierto, rodeado por árboles. Tardó unos segundos en reconocer el lugar. Lo que ella había tomado por un simple claro era el antiguo emplazamiento de los suministros de los profesionales, cercanos a la Cornucopia. Solo que no había suministros. No fue una sola mina, pensó paseando despacio por entre los escombros, Fueron todas. Alguien ha hecho volar por los aires todas las provisiones. ¿Pero quién querría hacer una cosa así? ¿Y eso qué importa?, grito una voz en su cabeza, ¿No lo entiendes? ¡Ya no hay suministros! Y si no hay suministros... Tampoco había comida para los profesionales. Una sonrisa comenzó a aparecer en sus labios. Sin los suministros los profesionales tendrían muy difícil sobrevivir en la Arena y eso hacía la supervivencia del resto mucho más fácil. Su sonrisa se ensanchó hasta dar paso a la risa. Comenzó a dar patadas a los escombros y a las cenizas sin dejar de reír, hasta que sintió un dolor en el pie. Bajó la vista al suelo para ver cuál había sido su causante y distinguió un objeto metálico semi-enterrado en la ceniza. Se agachó y descubrió que tenía dos asas a los lados. Las agarró con fuerza, levantó el objeto y lo limpió y vació de ceniza. Era una olla. Empezó a reír de nuevo. De todas las cosas que podrían haber sobrevivido a la explosión, había encontrado una olla. Mientras los profesionales estén cazando ratones, yo podré hacerme sopitas. Rió con más fuerza y observó su reflejo en la superficie metálica de la olla. Has perdido el juicio, pelirroja, pensó mirando su pelo despeinado y su sonrisa de loca. Dejó la olla en el suelo y siguió buscando entre los escombros hasta que encontró un cuchillo. Sonrió satisfecha y tiró el cuchillo dentro de la olla. Sólo falta el tenedor en mi kit de cocina, pensó rebuscando de nuevo entre las cenizas. De pronto escuchó un ruido, no muy lejos de donde se encontraba, que la hizo alzar la cabeza. No había nadie por allí pero se sintió inquieta. Esto no se ha terminado, pensó cogiendo la olla en brazos y agarrando el cuchillo con una mano, Los juegos continúan. Echó a correr hacia el bosque sin saber muy bien de qué huía o adónde se dirigía. Una vez más, no se dio cuenta de que la chica del distrito doce la observaba entre los árboles.

...

Cuando se vio completamente rodeada de árboles, la Comadreja dejó de correr. Toda la alegría que había sentido antes había desaparecido para dar paso a la incertidumbre y el cansancio. Notaba los brazos rígidos y temblorosos por llevar durante todo el trayecto la olla. No sabía dónde estaba ni la distancia que había recorrido, sólo que debía ser algo más de medio día por la posición del sol y los rugidos de su estómago. Tenía hambre, pero por desgracia había gastado la comida que había conseguido en la Cornucopia el día anterior. Si quieres comer, tienes que buscarte la vida, se dijo poniendose de nuevo en movimiento. No tardó mucho en llegar a un arroyo de aguas tranquilas. Dejó la olla en la orilla, asegurándose que estuviese orientada al sol, se metió en el agua cuchillo en mano y esperó. Tardó unos ocho intentos en pescar algo decente pero finalmente consiguió sacar un pequeño pez, no mucho más grande que su mano. Salió del agua con el pez aún retorciéndose en el cuchillo y se acercó a la olla. El sol había calentado su interior todo aquel tiempo, de modo que no hacía falta tocarla para saber que abrasaba. Echó el pez dentro de la olla, oyendo casi al instante el chisporroteo de su carne cocinándose, cogió la olla en brazos y el cuchillo con una mano y volvió a adentrarse en el bosque. Por el camino fue dando la vuelta al pez con el cuchillo, de manera que para cuando llegó a un claro ya tenía la comida prácticamente lista. Apoyó la olla en el suelo, trasladó el pez hasta una roca lisa y comenzó a prepararlo con paciencia. Se tomó su tiempo en limpiarlo bien de escamas y espinas; todo lo que la hacía no pensar en su realidad era bienvenido. Una vez terminada la tarea, se sentó sobre un tronco caído con los trozos de pescado en la mano y empezó a comer. Suspiró de placer cuando el trozo caliente de pescado rozó su lengua y masticó despacio con los ojos cerrados. Aquello era la primera comida caliente que tomaba en días y, aunque le faltaba un poco de sal, sabía a gloria. Si Thresh pudiera probarlo... Continuó saboreando la comida, ajena a todo lo que la rodeaba, hasta que se terminó. Permaneció con los ojos cerrados unos segundos más, pasando la lengua por sus dientes y su paladar intentando disfrutar un poco más del sabor. Entonces lo oyó. Un sinsajo, no muy lejos de donde ella estaba, cantaba una melodía de cuatro notas una y otra vez. La pelirroja abrió los ojos y se puso en pie agarrando el cuchillo con fuerza. Más sinsajos cantaban esa melodía a su alrededor, una melodía sencilla pero demasiado compleja para ser un ruido más del bosque. Alguien quiere que los sinsajos canten, pensó siguiendo el rastro musical que dejaban los pájaros. ¿Pero quién? Avanzó por entre los árboles siguiendo la melodía de los sinsajos hasta que llegó a otro claro, algo más grande que el anterior. Se quedó de piedra cuando encontró el origen de la música. Una niña, no mayor de doce años, entonaba la melodía de cuatro notas entre sollozos, atrapada en una red. La Comadreja la reconoció en seguida. Era Rue, la niña del distrito once, la compañera de Thresh. Estuvo a punto de liberarla con el cuchillo pero se detuvo. Rue le cantaba a los sinsajos y no una canción cualquiera, sino una melodía de cuatro notas invariable. Rue cantaba para llamar a alguien. ¿Y si aquello era una trampa? ¿Y si Rue estaba avisando a alguien de que ella estaba allí e iban a matarla? ¿Y entonces por qué llora?, pensó mordiéndose el labio. Además, la niña no podía saber que ella estaba allí, no la había visto. No sabía qué hacer. De repente, todos los sinsajos se callaron y segundos después comenzaron a entonar la misma melodía de cuatro notas, sólo que algo diferente. Lo que no significó nada para la Comadreja fue como una bendición para Rue. Miraba a todos lados mientras luchaba por deshacerse de la red.

- ¡Katniss!- gritaba una y otra vez- ¡Katniss, socorro!- Katniss...La chica en llamas, ella era a quien Rue estaba esperando. Confiaba en que Katniss la liberaría. La Comadreja empezó a retroceder. Por muy buenas que fueran las intenciones de la chica del doce, no creía que fuera bueno estar cerca de ella por si acaso. La voz de Katniss comenzó a sonar cada vez más cerca de donde estaban, por lo que no tardaría en llegar. Entonces le vio. El chico del distrito uno, al que había visto días antes en la Cornucopia, corría hacia allí lanza en mano. El destello de la punta de la lanza sirvió para terminar de convencerla. Dio media vuelta y echó a correr en dirección contraria, sin molestarse en recuperar su olla. Corre, decía una voz apremiante en su cabeza, corre, corre, corre, corre. No paró de correr en ningún momento, ni siquiera cuando escuchó el estallido de dos cañonazos.