Habían pasado dos días desde que Thresh y la Comadreja rompiesen su alianza y separasen sus caminos. Dos días en los que ambos tuvieron que volver a acostumbrarse a valerse por sí mismos, sin ataduras y sin nadie de quien depender. Sin nadie con quien convivir. La Comadreja había pasado aquellos dos días en un pequeño refugio que se había construído a orillas del río. Se sentía insegura ahora que quedaban sólo seis de ellos en la Arena, de modo que nunca se alejaba demasiado de su escondite. En lo que a ella respectaba, aquellos habían sido dos días tranquilos, sin sobresaltos. Por suerte o por desgracia no había encontrado a nadie en todo aquel tiempo, de modo que no había tenido muchas novedades. Bueno, quizás una. Una noche la Arena recibió la noticia de una nueva norma en el reglamento de los Juegos: dos tributos podían resultar vencedores siempre y cuando fueran del mismo distrito. Seguramente los del dos y los del doce están todavía celebrándolo, pensó la pelirroja con amargura, A ellos les basta con trabajar en equipo y darnos caza para sobrevivir, mientras que Thresh y yo... Sacudió la cabeza. Los Juegos le habían dejado claro que debía permanecer en solitario. Tendría que contentarse con intentar que no la matasen.

...

Por su parte, Thresh había pasado aquellos dos días deambulando sin rumbo fijo por la Arena. No le gustaba la idea de permanecer siempre en un mismo sitio, de modo que dormía de noche y cazaba de día y nunca estaba más de un día seguido en un lugar. Para él también habían sido dos días sin novedades, lo que agradecía. Necesitaba pensar. Sólo quedaban seis personas en la Arena y, con la nueva norma, tenía difícil sobrevivir. Pero estaba decidido a ganar, por Rue. La imagen de la niña seguía persistiendo en su memoria y algunas noches el sentimiento de culpa era tan grande que no conseguía conciliar el sueño. Ganaré por tí, pequeña, pensaba mientras removía con un palo los restos de una hoguera, Cuidaré de tus hermanos por tí. El sonido de un coro de trompetas le hizo ponerse en pie. Ya había oído ese sonido antes, la noche en la que anunciaron el cambio en el reglamento de los Juegos. Pero esta vez no se anunciaba ninguna norma, sino que se invitaba a todos los tributos a un banquete. Thresh soltó un bufido y volvió a sentarse. No necesitaba más comida, se las apañaba perfectamente para cazar y recolectar. Incluso había ganado algo de masa muscular. Sin embargo, siguió escuchando la voz: "Una cosa más: puede que algunos estéis ya rechazando mi invitación, pero no se trata de un banquete normal. Cada uno de vosotros necesita una cosa desesperadamente. En la Cornucopia, al alba, encontraréis lo que necesitáis en una mochila marcada con el número de vuestro distrito. Pensadlo bien antes de descartarlo. Para algunos, será vuestra última oportunidad." Thresh frunció el ceño. Aquello tenía toda la pinta de ser una estrategia para juntarles a todos. Bueno, ¿qué importaba? Si los demás querían arriesgarse a una muerte segura, que lo hicieran. Él tenía comida, bebida y salud de sobra, no necesitaba nada. ¿No? Venganza, susurró una voz en su interior, ¿No es esa la razón por la que no has parado de dar vueltas por el bosque estos días? Necesitas vengar a Rue. Aquello era cierto. Aunque no sabía a ciencia cierta cómo había muerto, estaba claro que alguien de los seis que quedaban era el causante de la pérdida de su compañera. Si, eso necesitaba. Necesitaba encontrar a ese alguien, mirarle a los ojos e incrustarle la maza en la sien. La pregunta era: ¿conseguiría sobrevivir a aquella carnicería? Cato y la chica del dos eran fuertes pero seguro que no irían los dos al mismo tiempo al banquete; podría acabar con ellos por separado y lo mismo pasaba con la pareja del doce. Y la pelirroja... no, ella no era un problema. Reflexionó unos segundos más sobre el tema antes de asentir.

- Lo haré, Rue- dijo en voz alta hacia nadie en concreto- Tendré mi venganza.

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Es un arma, pensaba la Comadreja mientras caminaba entre los árboles, Eso es lo que hay, lo que necesito. Era lo único posible. No podía ser comida, porque había encontrado un manzano a pocos pasos de su escondite; ni podía ser agua, pues tenía el río prácticamente a sus pies. Tampoco era medicina, pues no sufría ninguna herida, ni quemaduras, ni fiebre. Lo que necsitaba era un arma con la que defenderse, un arma de larga distancia con la que atacar desde lejos. El cuchillo podría serla útil pero no se atrevía a entrar en un combate cuerpo a cuerpo. Sin embargo, si tuviera por ejemplo una cerbatana... Podría acabar con todos sin ponerme en peligro. El problema estaba en el banquete, aunque eso también lo había pensado. Probablemente la mayoría de los tributos iría a la Cornucopia y aquello se convertiría en un baño de sangre. Sin embargo, todos irían al alba. Si conseguía llegar antes que ellos, podría irse antes que ellos. Y sólo había un sitio lo suficientemente cerca del lugar acordado donde podía esconderse. Llegó al claro de la Cornucopia cuando el himno de Panem comenzaba a sonar pero apenas le prestó atención. No se habían oído cañonazos durante el día, de modo que no había muertos. Aprovechó el ruido de la música para moverse deprisa y llegó a la boca de la Cornucopia antes de que el sello de Panem desapareciera del firmamento. Se agachó y entró a cuatro patas en el cuerno dorado. Ahora sólo tocaba esperar. Se sentó con la espalda pegada a una de las paredes de la Cornucopia y se acurrucó intentando ponerse cómoda. Sí, allí estaría a salvo. ¿Cómo la había llamado Thresh? Comadreja. La comadreja había encontrado su madriguera. Sonrió y cerró los ojos intentando descansar. Iba a ser una noche corta.