Fic basado en una canción del cantautor Víctor Manuel y los personajes de Candy Candy, en este caso, George, a sus autoras: Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi. Marianne es creación mía. Universo alterno.
Quiero abrazarte tanto
George escuchó el primer verso de la canción, romántica a más no poder. Por la señorita Marianne conocía la letra, la cual había sido traducida por la chica antes de partir a Nueva York. Recordó el toque de Marianne durante el viaje de regreso a América… "tu mano fría", pensó. Fría en medio de la niebla en las noches que pasaron en el barco. No había sido su pecho, sino sobre su propia mano, y la descubrió suave y deseable. "Tu pecho en mi pecho y tu desnudez…" no pasaría nunca, decidió. A pesar del deseo que sentía por Marianne, ella debía seguir siendo la señorita Marianne, "olvido reproches…" ningún reproche, ¿qué podría reprocharle a tan angelical y perfecta criatura?
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El jardín estaba lleno de Dulce Candy, traídas desde Lakewood. Había caminado con la señorita Marianne por el amplio jardín, escuchándola reír y deleitándose con la bella y grácil figura. "La promesa que has roto…" No, no había promesa de volver por parte de ella. Se había marchado a Nueva York feliz y deseosa de su nueva vida. La promesa estaba hecha por parte suya: haría lo posible y lo imposible porque fuera feliz. Se permitió un rictus de dolor. "Y así creer lo que les conté". La tarde del día que la joven se marchara, caminó él solo por el jardín, recorriendo el paseo tantas veces caminado con Marianne. Susurró el nombre de la amada, con suavidad y dolor.
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"Te quiero como a nada en el mundo", continuó pensando. Después de todo, ¿qué tenía él en el mundo? Una vida de servicio, atado por las promesas hechas a personas ya fallecidas. Claro que el quererla debía ser como a nada en el mundo, por lo menos en su mundo. Claro que seguía sus pasos… "tu caminar". Recordó la amplia correspondencia que desde que se conocieron, Marianne había iniciado. Desde niña, la señorita le había dispensado una amistad muy poco usual. La señorita Candy le escribía, pero siempre para comunicarse con el tío abuelo William. Marianne, por el contrario, le escribía por el cariño que sentía hacia él. "Como un lobo en celo…" Así se sentía ahora: un lobo posesivo con Marianne. A pesar de toda su determinación, sentía hervir su sangre cuando pensaba que la chica conocería a alguien de quien enamorarse. "La puerta abierta de par en par". Así estaría su corazón para ella. Cómo deseaba que algún día, ella se volviera hacia él. "En penumbra nuestro rincón". Sonrió al recordar la escapada de una tarde, donde compartieron una comida en un desconocido restaurante. Escondidos en un rincón del mismo. Bromeando y riendo. "…y tu canción y con tus flores en el jarrón". Para Candy, rosas. Para Marianne, cualquier flor era bien recibida cuando llegaba de manos de él.
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La fina y tibia mano, sujetando la suya cuando quería comunicarle algo que le emocionaba, "tus brazos me enredan hoy como ayer…" Los abrazos cuando estaba contenta y le agradecía de esta manera. "En este nuevo día vuelvo a creer", Por ella, volvía a amar. Había superado el dolor de su primer amor. Si bien sufría por mantenerlo en secreto. Estaría a su lado, como amigo incondicional.
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La brisa marina revolviendo el cabello de la chiquilla en su primer viaje en barco, junto a él y a su hermana, al ir al colegio san Pablo. Lo mismo para el último viaje. El cabello tocado con velos, en lugar de sombreros. En ambos casos, se había ganado a la tripulación, convirtiéndose en la favorita. Sonrió al recordar la emoción de Marianne en ambos viajes: la aventura por lo desconocido, pero al mismo tiempo excitante.
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Cerró los puños y volvió a abrir las manos de largos dedos. Vacías, sus manos estaban vacías desde que Marianne se fuera. Mientras la joven estaba cerca de él, su vida estaba completa. Ahora… algo le faltaba. "Quiero abrazarte tanto, con mis sentidos, con tanto amor". Estrecharla junto a su corazón. Mantener el frágil y delicado cuerpo cerca de sí para toda la vida y no soltarla jamás. Llenarla con su amor, "que no haya más sonido que nuestra voz…" Susurrarle al oído "te amo", en todos los tonos y en todos los timbres. Sentirla bajo su peso en la culminación de su amor, "mi cuerpo en el tuyo, continuación". Ser un solo ser.
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George se sentía como pájaro sin nido. ¿Era posible albergar mayor dolor en su ser? Dos veces había tenido que ahogar su propio corazón. Dos veces había tenido que sufrir en silencio, ocultando bajo su fachada de cortesía y gravedad de perfecto caballero, el profundo desgarro de su alma. Con Rosemary, su propia juventud y la posición de la muchacha le había negado cualquier oportunidad. Nadie se imaginó que la cortesía con que la trataba, era una mascarada cuidadosamente representada, sin ninguna resquebrajadura, de un profundo amor. Con Marianne, sucedería lo mismo. Por mucho que lo deseara, no podría confesarle lo que sentía, esta vez, la juventud de la chica jugaba en su contra, al igual que su posición.
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"Tú sabes que te quiero…" No, Marianne no debía saber nunca lo que él sentía por ella. ¿Qué podía ofrecerle? ¿Una casa pequeña? Marianne merecía una mansión, un palacio. Merecía convertirse en una reina. "Que tenía en penumbra nuestro rincón…" Así se quedaría su alma y su corazón: en penumbra, amándola en silencio. Adoptiva o no, Marianne era la pupila del hijo del hombre al que tanto debía. Y estaba totalmente consciente de que jamás podría ofrecerle la posición que, como heredera de los Andley, ella merecía.
Miró por el amplio ventanal, la tarde moría, mientras escuchaba las últimas notas de la canción. Vuelto de espaldas a la entrada del despacho, envuelto en las sombras que se iban apoderando de la habitación y sabiéndose solo, se permitió embargarse por un profundo dolor. Sintió humedecérsele los ojos y los apretó fuertemente. Sintió el nudo en la garganta que le hizo difícil tragar saliva. Una oleada de furiosa rebeldía le invadió por un momento: todo su ser le gritaba que le confesara a Marianne su amor. Se dijo a sí mismo todas las razones por las cuales la joven no lo aceptaría: su edad, su posición, su propia independencia…
Oyó llamar a la puerta.
-Adelante –respondió, con su voz grave y tranquila de siempre.
-Señor Jhonson, la señora Aloy le llama –avisó el mayordomo.
-Iré enseguida, Perkins, gracias.
George se apresuró a retirar el disco del fonógrafo y guardarlo con cuidado. Se revisó el rostro en el espejo que adornada la pared lateral de la entrada al despacho donde estaba, buscando huellas que delataran sus recientes pensamientos y salió a la sala de estar de la anciana dama.
*** FIN ***
Lady Lyuva Sol.
