Había pasado alrededor de un día y medio desde que se celebrara el banquete de la Cornucopia. Los cinco tributos supervivientes se encontraban dispersos por la Arena, dos de ellos a salvo en un refugio y tres completamente solos, aunque ninguno de ellos lo sabía. Desde el final del banquete se había formado en el cielo una nube de tormenta que cubría toda la Arena y descargaba fieramente agua sobre todo aquel que se atreviera a aventurarse a campo abierto. Como siga lloviendo así, nos hundiremos todos, pensó Thresh resguardado bajo un árbol de ramas colgantes. Su primera opción tras abandonar la Cornucopia había sido la gran llanura donde pasó sus primeros días pero tuvo que abandonarla cuando la tormenta se hizo más fuerte. Si al menos tuviera un impermeable... Pero lo único que había en su gran mochila, aparte de su fiel maza, era un silbato; una especie de reclamo para animales tallado en madera y con la forma de un pájaro. Cada vez que soplaba, el pájaro emitía cuatro notas, parecidas a las que usaban en su distrito para señalar el final de un día de trabajo. Thresh comenzó a dar vueltas al silbato entre los dedos haciendo caso omiso de los truenos que sonaban. Era evidente que le habían mandado ese silbato para atraer a los tributos y poder matarles pero, ¿por qué tronaba entonces? Querrán crear ambiente, pensó Thresh con ironía, No hay nada más bonito que morir entre truenos y lluvia. Se recostó contra el árbol con las dos mochilas a sus pies y se llevó el silbato a la boca. Se oyese o no, aquella melodía le recordaba a su hogar. El sonido de las cuatro notas quedó unos segundos flotando en el aire antes de desaparecer pero, al contrario que otras veces, no se escuchó ningún trueno después. Thresh se asomó por entre las ramas del árbol y miró al cielo. Seguía lloviendo con fuerza y de vez en cuando brillaba la luz de un rayo pero parecían haberse eliminado los truenos. Los capitolianos quieren que el pajarito cante. Thresh se colgó cada una de las mochilas sobre un hombro y comenzó a caminar bajo la lluvia soplando de cuando en cuando el silbato. Muy bien, hagámosle cantar.
...
Como siga lloviendo así, nos hundiremos todos, pensó la Comadreja arrebujándose dentro de su saco de dormir. No había parado de llover desde que se celebró el banquete de la Cornucopia, aunque por suerte el aguacero la había pillado instalando su recien adquirido saco en la rama de un árbol. Allí había pasado todo aquel tiempo, alimentándose a base de las manzanas que había en su mochila y pasando las horas jugueteando con su caja de dardos. Cinco dardos y cuatro personas, me sobra uno, pensó volviendo a sacar la caja. Aunque dudaba ser capaz de matar a nadie con aquella tormenta surcando el cielo. Estarán todos refugiados. Un sonido de cuatro notas surcando el aire interrumpió sus pensamientos. La pelirroja se puso tensa. Conocía ese sonido, era la canción que había cantado Rue justo antes de morir, la que cantaba para llamar a Katniss. Deben ser imaginaciones mías, pensó escudriñando la oscuridad. Pero no, allí estaba otra vez. La Comadreja colocó un dardo en la cerbatana y permaneció quieta hasta que vio moverse unos arbustos unos metros más abajo de donde ella estaba. Un chico de composición fuerte paseaba entre los árboles con dos grandes bultos a la espalda. La luz de un rayo le permitió a la pelirroja identificarle; era Thresh. Bajó la cerbatana sin apartar los ojos de él. Era él el que emitía el sonido de la canción una y otra vez, ayudado de un silbato, y caminaba tranquilamente, como si estuviese esperando a alguien. Quiere atraernos para matarnos. Aquello debía ser lo que necesitaba desesperadamente, una excusa para encontrarse con los tributos y acabar con ellos. De repente la Comadreja sintió miedo de su antiguo compañero de alianza. Rememoró la noche en que él casi la había estrangulado y las últimas palabras que la dirigió: la próxima vez que te vea, te mataré. No si puedo impedirlo, pensó colocando un dardo en su cerbatana. Se puso de rodillas sobre el tronco, apuntó hacia Thresh y dudó unos segundos. Hazlo, se dijo intentando que no le temblara el pulso, Es él o tú. ¡Hazlo! Sus labios rozaron la cerbatana pero en el momento en que iba a soplar un ruido entre las sombras la sobresaltó. Thresh también pareció ponerse alerta. Muy despacio, se guardó el silbato en el bolsillo de su chaqueta, dejó los dos bultos que llevaba en el suelo, sacó su maza plateada de uno de ellos y esperó. De entre las sombras apareció un chico, no mucho mayor que Thresh con señales de haber estado corriendo. Una vez más, la Comadreja pudo saber quién era gracias a la luz de un rayo: el chico del 2. La chica se quedó quieta sin hacer ningún ruido, escuchando atentamente.
- Cato- la tranquilidad de la voz de Thresh la hizo estremecerse- Cuánto tiempo. ¿Dónde has estado?
- Déjate de juegos- si la voz de Cato era tranquila, la voz de Cato era pura rabia- Has matado a Clove.
- ¿Así se llamaba?- Thresh se encogió de hombros- Bueno, supongo que estamos en paz teniendo en cuenta que vosotros matasteis a Rue.
- Fue Marvel quien lo hizo, Clove no tuvo nada que ver.
- ¿Crees que me importa?- la voz de Thresh se endureció- No hemos llegado hasta aquí para echarnos las cosas en cara.
- Eso es cierto- Cato sonrió ferozmente- Estoy aquí para que me devuelvas lo que es mío- señaló uno de los bultos del suelo con algo alargado y brillante. La Comadreja tardó unos segundos en comprender que era una espada.
- Qué curioso- Thresh había empezado a pasarse la maza de una mano a otra- Yo estoy aquí para acabar contigo.
- Cuando quieras- hubo un momento de tensión en el que ninguno se movió. Después, con la velocidad de los rayos que surcaban el cielo, Cato corrió hacia Thresh blandiendo la espada a dos manos. Lejos de retroceder, Thresh asentó bien los pies en el suelo y se preparó para recibir a Cato con las dos manos firmemente sujetas a la maza. Los dos objetos parecieron soltar chispas al chocar entre sí. Los dos tributos comenzaron a moverse en círculos repartiendose golpes entre sí pero la Comadreja apenas conseguía ver nada. El sonido de una queja le indicó que Cato había recibido un mazazo, probablemente en el estómago, y el ruido de algo cortante rasgando un tejido le advirtió que Thresh había sido herido. El cielo se iluminó con una sucesión de relámpagos silenciosos sucedidos uno detrás de otro. La Comadreja ahogó un grito. Cato tenía varios golpes en la cabeza y los brazos y sangraba de un oído pero aún podía mantener la espada con un mínimo de fuerza. Pero ella sólo tenía ojos para Thresh. Parecía menos cansado que Cato pero tenía varios cortes en los brazos y la pierna y sangraba profusamente de una herida en la cabeza. Se va a morir, pensó aterrorizada, Cato lo va a matar. Buscó a tientas su cerbatana y colocó un dardo en su interior. No, Cato no mataría a Thresh, ella no lo permitiría. Se llevó la cerbatana a los labios e intentó apuntar al cuello del tributo del dos pero le fue imposible. Luchaban tan cerca y estaba tan oscuro que era difícil saber quién era quién. Thresh es más alto, se dijo apuntando a la figura de menor tamaño. Inspiró profundamente y sopló con todas sus fuerzas. El dardo recorrió velozmente la distancia que les separaba y se clavó en el cuello de una de las dos figuras.
...
Thresh notó cómo algo se clavaba en su cuello. Empujó con todas sus fuerzas a Cato haciéndole caer y se palpó el cuello hasta dar con algo pequeño clavado en la piel. Lo sostuvo a la altura de la vista. Era un dardo, de cuyo extremo goteaba algo parecido a la sangre pero más ligero. ¿Veneno?, pensó parpadeando varias veces y mirando a los árboles. Si había algo allí observando, no podía verlo. Los árboles a su alrededor parecían tener vida propia, el más leve soplo de viento les hacía moverse y cambiar de posición. Thresh notó cómo el suelo giraba a su alrededor y tuvo que apretar fuertemente los ojos para concentrarse. Cato parecía no darse cuenta de lo que pasaba porque volvía a acercarse a toda velocidad con su espada en alto. Thresh sujetó su maza con fuerza e intentó golpearle pero falló. Probó una segunda vez pero sin suerte y tras el tercer intento retrocedió. Cada vez que intentaba darle, Cato se multiplicaba, de manera que tenía a cuatro Catos mirándole con ira frente a él. Thresh profirió un grito y continuó repartiendo golpes a diestro y siniestro hasta que los Catos cayeron al suelo a la vez con una herida en la cabeza. Thresh bajó la maza cada vez más pesada al suelo y volvió la vista al árbol desde donde parecía haber venido el dardo. Entre las sombras le pareció ver una figura pequeña. ¿Era Rue? Sí, lo era. La pequeña saltaba de rama en rama, danzando bajo la lluvia y sin dejar de sonreír. Thresh frunció el ceño. ¿Por qué sonreía? ¿Se alegraba de su sufrimiento? La niña dio una vuelta sobre una rama y señaló al suelo. Thresh bajó la vista esperando encontrar a Cato inconsciente pero sólo vio la tierra, salpicada de un líquido rojo parecido a la sangre. Se giró mirando a todas partes buscando al chico del dos pero no vio a nadie. La lluvia que caía comenzó a transformarse en ácido que le perforaba la piel y la maza se calentó tanto que Thresh se vio obligado a soltarla.
- ¡¿Dónde estás?!- gritó Thresh hacia la nada notando su respiración entrecortada.
- Aquí- una voz fría como el hielo le respondió a su espalda, aunque más frío fue el contacto del metal al rajar su cuello.
