Quedamos cuatro, pensaba la Comadreja sentada con las piernas metidas en su saco de dormir. No había cambiado de posición desde la noche en que el tributo del once y el tributo del dos se habían enfrentado a muerte. No comía, no bebía; sólo pensaba. No dejaba de darle vueltas a la escena que había presenciado desde el árbol: Cato, lanzando mandobles con su espada; Thresh, sangrando de una herida de la cabeza. Y ella, lanzando aquel dardo para intentar salvarle la vida. Fallé. Habría sido imposible acertar con toda aquella oscuridad y más aún con los dos chicos moviéndose. Había hecho lo que habia podido. Y entonces, ¿por qué se sentía tan vacía? Hiciste lo que debías, pensó con la vista clavada en los árboles, Intentaste salvarle. No, lo que había hecho era matarle. Y sin embargo no se sentía culpable por ello. No había sentido rabia al ver a Cato huir con su mochila dejando tras de sí el cadáver de Thresh, no había llorado al ver la foto del tributo del once en el cielo. No sentía nada. Estás en shock, pelirroja. Quizás fuera mejor así. Quizás de aquel modo conseguiría reunir la suficiente fuerza para enfrentarse a los demás. Enfrentarme no, matarles. La pelirroja apretó los dientes. Quedaban cuatro, lo único que debía hacer era eliminar a los demás. Eso o esperar a que se mataran entre ellos. En cualquier caso, si sobrevivía a ellos volvería a casa y enmendaría sus errores. Hazlo por Thresh. Aquel pensamiento consiguió sacarla de su entumecimiento. Se sentó con las piernas colgando sobre la rama y echó un vistazo a su mochila. En todo aquel tiempo no se había dado cuenta del hambre que tenía. Pero por más que rebuscó, no encontró ninguna de las manzanas que le habían servido de alimento días antes. La Comadreja suspiró y miró al cielo. Era de día, aunque no sabía muy bien cuánto tiempo había pasado. Lo que sí sabía era que era hora de cazar. Animales o personas. Enrolló su saco de dormir, lo metió en la mochila y bajó de un salto de la rama donde estaba. Comenzó a andar sin rumbo fijo con la mochila al hombro, buscando el rastro de algún animal que poder llevarse a la boca, cuando oyó el ruido de hojas partiéndose. La pelirroja paró en seco. Sonaba como si algo muy grande o pesado estuviera moviéndose y el sonido se dirigía hacia allí. Nada bueno. Trepó lo más rápido que pudo a un árbol cercano y esperó. Al cabo de lo que pareció una eternidad le pareció distinguir el sonido de unas voces unos metros a su izquierda. Con mucho cuidado, fue moviéndose de rama en rama hasta llegar al origen del sonido. Unos metros más abajo de donde ella estaba había dos personas hablando. La Comadreja les reconoció casi enseguida: eran los tributos del doce, la única pareja superviviente de los juegos que tenía oportunidad de volver a casa. Al parecer aquel ruido de pisadas que había oído venía de un problema en la pierna que sufría el chico de doce. Después de una corta discusión la chica del doce suspiró y le enseñó a su aliado cómo desenterrar raíces. Ellos también tienen hambre, pensó la pelirroja asomándose un poco más para saber dónde estaban las raíces. Acto seguido, la chica dejó su mochila en el suelo y le enseñó al chico del doce una melodía con la que se mantendrían en contacto. Te lo ha puesto en bandeja, pensó la Comadreja sacando su cerbatana. Con Katniss cazando lejos de allí, sería fácil acabar con su compañero y huir por las ramas. Tanteó el contenido de su cajita de madera y sacó uno de los dardos sin apartar los ojos del compañero de la chica en llamas. A pesar de que la chica ya se habia ido, él seguía intentando no perderla de vista, sonriéndose y con un brillo especial en los ojos. La quiere. De modo que todo lo que había dicho en su entrevista era cierto; estaba enamorado de ella desde que era un crío. ¿Y qué?, pensó la Comadreja apretando con fuerza la cerbatana y colocando un dardo en su interior, Yo también quería a Thresh a mi manera y a nadie ha parecido importarle. No iba a poner en juego su supervivencia por agradar a la audiencia. Apuntó con la cerbatana al chico enamorado pero no consiguió soplar. La mano le temblaba ligeramente pero lo suficiente para impedirla sujetar su arma con fuerza. Bajó la cerbatana para inspirar hondo un par de veces antes de volver a subirla pero lejos de mejorar, el temblor pareció ir en aumento y ni siquiera sujetando la cerbatana con las dos manos fue capaz de apuntar. Los ojos le escocían por culpa de las lágrimas que se amontonban tras ellos. No voy a poder, pensó bajando la cerbatana. Aquella situación le recordaba demasiado a lo que había pasado con Thresh. Tiraré y fallaré. Y entonces el chico avisará a su querida novia y me matarán entre los dos. La chica se quedó mirando cómo el tributo del doce iba y venía dejando raíces y bayas sobre una lona de plástico en la que había también un queso. No era justo. Aquella pareja tenía asegurado el triunfo de los juegos y todo el mundo lo sabía. Cato y ella sólo estaban allí de relleno. Demuéstrales que se equivocan, la voz de Thresh sonó en su mente, ¿No puedes atacarles? No lo hagas. Escóndete, sobrevive por tu cuenta, sé más lista que ellos. Y vuelve a casa. La pelirroja se secó las lágrimas que bajaban por sus mejillas y bajó de un salto del árbol con la mochila sobre la espalda. Hacía un rato que el chico del doce había ido a buscar más raíces de modo que tenía tiempo para salir de allí. Se paró un momento frente a la lona y miró a derecha e izquierda. Aquella pareja tenía comida de sobra y, por lo que había visto, Katniss llevaba un arco para matar animales. No les importaría que les cogiera un poco de comida. Se llevó a la boca un trocito de queso y se llenó las manos con tantas bayas como le fue posible antes de salir corriendo de allí. Sobreviviré, pensó llevándose una de las bayas a la boca, Volveré a casa. En el momento en que el jugo de la baya rozó su lengua, un cañonazo sentenció su muerte.
...
En una de las salas de la planta baja del centro de entrenamiento, los avox daban los últimos retoques los cadáveres de los tributos fallecidos en los juegos. En aquel momento sólo había dos cuerpos que debían ser preparados para ser devueltos a sus familias, un chico y una chica. Él iba vestido con un traje oscuro sobre una camisa blanca, sin corbata y con zapatos oscuros. Le habían cortado el pelo y habían conseguido reducir a una fina línea platedada la cicatriz que habia surcado su cuello. Tenía los ojos cerrados y el semblante tranquilo pero se apreciaban pequeños detalles en su rostro que reflejaban el sufrimiento que había experimentado antes de morir. Ella llevaba un vestido azul claro de tela ligera, con zapatos plateados. Habían peinado su pelo color naranja hasta dejarlo suave y sedoso, suelto como lo había llevado en la Cosecha. Tenía las manos entrelazadas sobre el pecho y parecía mucho más relajada que su compañero. Podría decirse que dormía. Ambos estaban tumbados en sendas camillas uno al lado del otro, sin llegar a tocarse por escasos centímetros. Nadie parecía entristecido por su muerte, por la misma razón que nadie les conocía realmente. Los tributos del distrito doce habían sido los protagonistas de aquellos juegos de modo que ellos habían pasado desapercibidos. Nadie había visto cómo ella leía ni cómo él la miraba mientras dormía. Nadie sabía por qué habían terminado con su alianza ni sabían a ciencia cierta si era cierto que aquellas dos personas habían sido aliadas alguna vez. La audiencia ya tenía su pareja de amantes, no necesitaba nada más. Para ellos, sólo eran dos tributos a los que la suerte no había ayudado. Para ellos, sólo eran una pieza más de los juegos.
FIN.
