Depuis longtemps mon cœur, Etait à la retraite, Et ne pensait jamais devoir se réveiller, mais au son de ta voix j'ai relevé la tête et l'amour m'a repris avant que d'y penser.

Tenía yo sin ti mi corazón dormido, pensaba que jamás podría despertar y al escuchar tu voz, corriendo desperté y ha vuelto a mí el amor más fuerte aún que ayer.

El ambiente se sentía húmedo y caliente, comenzaba a sentirse exhausto. La sangre bajaba por su espalda goteando lentamente para caer en las baldosas, tiñéndolas de rojo. Sentía los párpados pesados, como si le costara mantenerse consciente, la oscuridad le aturdía pero ya no se sentía capaz de escuchar nada, de sentir nada; eran solamente él y su soledad. En los últimos años había estado sufriendo los severos castigos de su padre tanto por errores propios como por defender a Mae porque nada le parecía más detestable que un ser haciéndose llamar hombre tras golpear a una mujer. Cuando le castigaban de esta forma Alexander se sentía adolorido no por los azotes, que podían ser cien, doscientos, trescientos... ¡Incluso quinientos azotes! No, a él le había dolido la humillación, la mirada compasiva y lastímera que le dirigían los criados cada vez que su señor padre decidía "enseñarle unos cuantos modales". Pero en su cuerpo, algo cambiaba paulatinamente, algo le hacía ser más fuerte, más resistente. Y en algún punto, cuando ni siquiera él lo hubiera imaginado, comenzaba a disfrutarlo.

Una brecha de luz, llameante en la oscuridad, le cegó por completo ¿Sería Mae? Tenía que serlo... sino lo era, sino era Mae, iba a romper a llorar desesperadamente pues la sola idea de quedarse allí sólo y encerrado le hacía estremecer. Quería liberarse pero estaba demasiado débil para forcejear. La luz se volvía cada vez más grande, nítida y próxima... fue entonces cuando cayó en cuenta que no era luz sino cabello... Fogoso y resplandeciente cabello rojo, iluminado y brillante gracias a la tenue luz de una mísera vela. Hizo acopio de todas sus fuerzas para hablar pero cuando apenas lo quiso intentar, aquel dedo cálido y suave selló sus labios. Y decidió por fin abandonarse al cansancio, sabiendo que con ella estaría bien; con ella siempre estaría bien.

Antes de darse cuenta ya estaba del todo consciente y lo próximo en descubrir fue que estaba en su habitación. Percibió aquel típico olor a aloevera y un significativo ardor en la espalda, no había muerto desangrado o por alguna infección, Mae le había llevado un médico y él iba a estar bien. O eso era lo que a él le encantaba repetirse a sí mismo, que él iba a estar bien. Ella le había propuesto huir en ya varias ocasiones pero su temperamento, su orgullo y su ego, eran más grandes que su sentido de la razón. Él no iba a huir, él no iba a ser un cobarde: él no iba a dejar que aquel hombre ganara. Mientras estuviera vivo, viviría para molestar su existencia, para dejarle en ridículo sin importar cuantos azotes le costara.

Intentó sentarse sin embargo las manos gélidas de su madre, tan ya conocidas, le detuvieron: por lo que sencillamente se reclinó sobre las almohadas. Mas no le vio o hablo en todo lo que llevaba de aquel día; estaba sintiéndose demasiado indignado, demasiado traicionado. Se aferró a las sábanas a puño cerrado, con lo que a él le parecía ser todas sus fuerzas ¿pero qué tan fuerte puede estar un hombre que acababa de recibir ciento veinte azotes en la espalda? Contempló las grandes lámparas con arreglos en oro y cristal, como si esperara a que ella se fuese de allí para él poder sentirse a gusto. Entonces ella se retiró al comprender que su hijo no se iba a dignar a hablarle y ella estaba demasiado avergonzaba para pronunciar palabra.

Alexander agradeció aquello pues nada le hubiera parecido más hipócrita que escuchar disculpas o lamentos. Aquellas formalidades siempre le habían parecido tan innecesarias...

Una hora más tarde entró Mae en su habitación con una jarra de metal llena de agua, unos vendajes, unos pañuelos y unas infusiones. Alexander entendió de inmediato sus intenciones y comenzó a desabrochar los botones de la camisa, tras lo cual se dio la vuelta sobre sí mismo para que ella pudiera maniobrar. Tomó aire, como si fuera su última bocanada de oxígeno, y apretó las nalgas en cuanto sintió el primer espasmo de dolor. No se atrevió a quejarse en ningún momento.
-Huyamos, Alexander- comentó ella, de forma tentativa.
-Ni lo pienses.
-No mereces esto.
-No merece ganar- respondió con aquella típica sequedad.
-Está ganando.
-Ganará en cuanto me...- sintió nuevos espasmos de dolor y un escalofrío que le obligó a apretar la mandíbula pero luego continúo, tanto más entrecortado-. subleve ante él.

Mae suspiró pesadamente, como si se tratara de un niño pequeño al que hay que educar para que no toque el fuego con el que se está quemando pero es demasiado terco y seguirá haciéndolo hasta el cansancio. Tras unos segundos Alexander no dijo nada pero disfrutó de la silente compañía, era como estar solo sin necesidad de estarlo y aquello le agradaba, lo suficiente como para no cambiarlo por escuchar o decir algunas tonterías que estaban de más. Un criado llamó a la puerta justamente en el momento que Mae terminó con el cambio de vendaje y se aproximó a esta para atender, sin embargo una expresión de enojo se dibujó en sus facciones.
-No desea verle, señor Fujiwara, márchese- dijo con firmeza pero en voz baja con intención de que Alexander no la escuchase, ahora mismo no debía alterarse de ningún modo, por lo que Mae cerró la puerta en la cara del asiático, colocando el pasador, y volvió con Alexander.

Él ya se encontraba en la posición inicial. El pelinegro hizo acopio de sus fuerzas para alcanzar una copa llena de agua que había sobre la cómoda pero la fémina ya se había adelantado y ahora se disponía a sentarse con él nuevamente. Esta vez Alexander se recargó en su regazo, como un niño pequeño que busca protección en los senos maternales; y aquella suavidad le parecía la más tierna de todas, la más idílica. ¡Le amaba! Solamente Dios sabía cuánto la amaba, cuánto la había amado siempre y cuánto le deseaba, no iba a dejar nunca que nadie le separara de ella porque ella era magnífica.
-Fujiwara se va la semana que viene, Alexander... Y padre dará una fiesta de despedida para él, al parecer los negocios han prosperado magníficamente. Confío en que no harás nada estúpido- dijo ella, de un momento a otro, mientras acariciaba la cabellera del moreno, que no perdía tiempo en acariciar sus muslos.
-¡Basta! No quiero saber de él, cuando llegué el momento lo sabre y hasta entonces no tengo intención ninguna de verle. No hables, no digas nada... sólo ámame.
-Ya te amo.
Y sin más que decir, ambos se entregaron a los brazos candentes de la pasión.